25.
Olivia pinchó en la ensalada con el tenedor y se lo llevó a la boca, bajo la atenta mirada de Zoey, sentada en su trona.
—¿Poqué comes hieba, mamá?
Olivia estuvo a punto de atragantarse.
—Es lechuga, cariño. Está buena, ¿quieres probarla?
Zoey puso cara de indignación.
—¡Zoy no vaca!
—Tú te lo pierdes… ¡Sigue comiendo maíz, como las gallinitas!
La niña torció el morro, y su madre depositó un beso en su frente mientras retiraba el plato. Ya iba retrasada. No había parado desde que estaba en pie. ¡Quién le habría mandado organizar una gran «barbacoa de confraternización», como la llamaba ella! Se le había ocurrido de repente, para facilitar su integración y la de su familia y estrechar lazos con los vecinos más o menos cercanos. Era el género de cosas que se hacían en lugares como Mahingan Falls, pensaba Olivia. Habían llegado casi un mes atrás y quería aprovechar el buen tiempo, antes de que el torbellino de la vuelta de las vacaciones dispersara a todo el mundo. Tom la había animado, asegurándole que de todos modos, con los pocos habitantes que tenían los Tres Callejones, sobraría sitio aunque se presentara la mitad. Sin embargo, casi todo el mundo había respondido afirmativamente y buena parte de los conocidos que empezaban a tener en el pueblo se habían apuntado a la fiesta. Repasando la lista definitiva de las personas que habían confirmado su asistencia, Olivia se lo había refregado por las narices.
—No olvides, Tom, que la gente está deseando conocer a «la chica de la tele». La fama produce curiosidad y da mucho tema de conversación. ¿Cómo vas a arreglártelas con las hamburguesas? Nuestra parrilla es demasiado pequeña… Buscaré un catering, será más caro pero más práctico…
—Deja que se encargue el hombre de la casa. Encenderé un gran fuego en mitad del jardín con unos cuantos ladrillos y la barbacoa de Roy. Con eso bastará y sobrará.
Olivia no había insistido. Conocía lo bastante a su marido para saber que en cuestiones de barbacoa no se bromeaba: habría sido tanto como poner en tela de juicio su virilidad. ¡Además, así saldría un poco de su despacho! Rara vez lo había visto tan inspirado al inicio de una obra; se pasaba el día entero encerrado allí dentro, y cuando salía para cenar parecía totalmente ausente y tardaba una hora larga en aterrizar entre ellos, por lo general en el momento en que los niños acababan de acostarse. Habitualmente solo se comportaba así una vez metido en faena, durante dos o tres meses, el tiempo que tardaba en parir el meollo de la obra; luego volvía a ser él mismo poco a poco. Ella respetaba ese período creativo; sabía que su marido lo necesitaba para concretar sobre el papel lo que tenía en la cabeza. Olivia se lo tomaba con paciencia, y entretanto se ocupaba sola de la casa (y de su propia vida, por supuesto, porque mientras el artista creaba, el mundo seguía girando). Era en cierto modo como la esposa de un militar en campaña, con la diferencia de que ella se reencontraba cada noche con el envoltorio carnal de Tom, pero no con su mente, que seguía en el frente de la escritura, en una región lejana. También tenía su lado bueno, por qué negarlo. Recuperar un poco de independencia, una pizca de apetecible soledad, y luego, cuando la obra terminaba, Tom estaba más disponible que la mayoría de los hombres, que se iban a trabajar todas las mañanas.
Pero en resumidas cuentas hoy le tocaba a ella hacerlo todo, encargarse de las compras, preparar las ensaladas y pelar la fruta. Por suerte, durante la mañana había conseguido avanzar con la casa. Cubiertos, decoración, vasos… Ya solo faltaban unos cuantos toques de última hora.
La pequeña Zoey soltó un grito de frustración con los diminutos dedos tendidos hacia el yogur de chocolate que esperaba en la mesa. Olivia se lo dio.
Y, para colmo de males, Gemma había elegido justo ese día para ponerse enferma. La chica no había faltado nunca, ni una hora, ni un retraso, nada, pero iba a fallarle el único día que difícilmente podía arreglárselas sin ella. Corey acababa de presentarse con el otro chico, el conversador, que parecía un poco mayor, para llevarse a Chad y a Owen al bosque, y a Olivia no le había gustado su respuesta cuando se había interesado por la salud de su hermana. Rehuyendo su mirada y esquivando la pregunta, se había limitado a admitir que Gemma «lloraba lo suyo». Olivia no paraba de darle vueltas a la frase. ¿Qué enfermedad podía hacer llorar a una chica de diecisiete años?
«Mal de amores».
Lo que le dolía a Olivia no era tanto que Gemma le mintiera sobre el motivo de su ausencia como que no le hubiera hablado de un hipotético novio. Desde el incidente con Derek Cox, el día que Olivia lo había mandado a hacer gárgaras tan tranquila y se había llevado a la chica a dar una vuelta en coche para intercambiar confidencias, las dos se habían entendido estupendamente. Ya no había incomodidad entre ellas. Entonces, ¿por qué no le había contado nada sobre ese incipiente romance? ¿Temía que su «jefa» la juzgara? Olivia estaba apenada y un poco enfadada.
Zoey derramó el yogur sobre las baldosas de la cocina.
—¡Uy, qué tontidía!
Olivia frunció los labios.
—Oh, Zoey, no es el momento… Si quieres comer tú sola, tendrás que tener más cuidado.
—Pedón, mamá.
Olivia cogió el rollo de papel de cocina para arreglar el desaguisado. La adaptación de la familia a su nueva vida iba mejor de lo que esperaba, salvo en el caso de Zoey. Tras las noches de pesadillas, Tom había decidido de un día para otro cambiarla de habitación. Al parecer, había encontrado excrementos de rata cerca de la cama. Olivia se llevó un disgusto. Había elegido la habitación cuidadosamente, por su situación en el ala de los niños, por su tamaño y por lo luminosa que era, y después había pasado mucho tiempo decorándola con mimo. Ver a su hija emigrar al cuarto que les servía de antecámara le hizo tan poca gracia como enterarse de que en su casa había roedores. «Solo serán unos días —le aseguró Tom—. Zoey estará de nuevo en su habitación antes del comienzo del curso». Ese mismo día compró veneno para ratas y tres trampas, que repartió por la preciosa moqueta blanca y subía a comprobar cuatro veces al día. Ante la sugerencia de Olivia de que acudieran a un profesional, respondió categóricamente: «¡Son unos charlatanes! Dejan al menos una hembra adrede, para que haya que volver a llamarlos más tarde. Lo vi en un reportaje». Inapelable. Olivia se había rendido, pero no veía el momento de volver a llevar a Zoey a su habitación. La niña dormía mejor, aunque no del todo. De cuando en cuando se ponía a llorar, o incluso a chillar, en mitad de la noche, y el hecho de que estuviera en el cuarto de al lado lo hacía menos penoso, había que reconocerlo. Pero Olivia estaba un poco harta. Tenía la sensación de que su intimidad como pareja se resentía. Una simple puerta corrediza les separaba de su hija, y no habían hecho el amor desde hacía más de dos semanas, pese a que todo iba bien, los dos tenían la moral muy alta y no estaban destrozados por tener que hacer esfuerzos físicos todo el santo día. Sin ser unos conejos, cuando había luz verde como en esos momentos solían desplegar un poco más de actividad sexual. Incluso después de quince años de matrimonio, seguían cuidando ese aspecto de su vida en pareja, conscientes de lo mucho que repercutía en la armonía de la relación. «¡Cuando la fontanería funciona, todo funciona! —le gustaba decir a Tom en un tono un poco bufo, imitando a un viejo sátiro—. ¡No olvidemos jamás que el acto mismo lleva el nombre exacto del sentimiento que va a la par! ¡El uno no es nada sin el otro, señora Spencer! Así que, ¡a la cama sin rechistar!».
Pero desde el cambio de habitación de Zoey no se habían tocado. La proximidad de la niña, el temor de que pudiera oírlos, debía de inhibir a Tom. Y luego estaba su trabajo… Mientras escribía siempre mostraba menos deseo y hacía el amor de forma más mecánica.
—¿Mamá ecoge?
—Sí, mamá recoge tus tonterías. ¡Y créeme, hoy no me importaría nada no tener que hacerlo!
Olivia pensó en la lista de la compra, kilométrica, y en los preparativos. Todo el mundo llegaría a las siete, pero ella había dado permiso a los chicos para salir hasta media tarde, sin caer en la cuenta de que habrían podido quedarse para ayudarla… «¡Y a saber cómo vuelven! Si es que soy tonta…».
Subida en lo alto de la sillita, Zoey se echaba ahora el vaso de agua encima y volvía sus grandes ojos castaños hacia su madre para comprobar si se había dado cuenta.
Olivia suspiró. Estaba harta. Tentada de anularlo todo. Extendió los brazos hacia su hija.
—Ven, te voy a cambiar…
De pronto, el timbre resonó en la planta baja y Olivia se sobresaltó. No esperaba a nadie, y le entró el pánico. Si algún invitado había decidido presentarse con seis horas de antelación, lo iba a recibir…
Gemma apareció en la puerta. Su enorme sonrisa no conseguía disimular sus ojos enrojecidos.
—Me he cruzado con mi tía y me ha dicho que ha invitado usted a medio pueblo esta tarde, así que he pensado que le vendría bien que la librara de esto —dijo la chica cogiendo a Zoey, que se debatía para saltar a sus brazos. Y sin esperar respuesta, dejó atrás a Olivia y se dirigió al salón—. Pero si estás empapada… ¿Has vuelto a volcarte un vaso encima?
—Zoé, tontidía.
—Sí, eso se te da estupendamente.
Olivia las observaba. «Nada de mal de amores. Es algo grave… Un disgusto importante».
—Subo a ponerle otro babi —anunció Gemma procurando evitar la mirada de su jefa.
En ese instante, Olivia tuvo la certeza de que la cosa era mucho más grave de lo que suponía.
—Gemma…
—¿Sí?
—¿Qué te pasa?
La chica sacudió la cabeza.
—Nada, todo va bien, se lo aseguro. Solo era un dolor de cabeza. Un paracetamol y se me ha pasado.
Olivia se colocó delante de ella y adoptó una expresión afectuosa, tan indulgente como le fue posible.
—No, Gemma, lo veo perfectamente. Mira, mientras subo a Zoey para que duerma la siesta, haz té, que tú y yo vamos a…
La barbilla de la canguro tembló y su garganta se agitó. Las lágrimas asomaron a sus ojos, y antes de que pudiera reprimirlas, Olivia la rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí. Zoey notó que pasaba algo importante, se quedó callada y, con la cabeza apoyada en la sien de Gemma, miró la cara de su madre, a unos centímetros de la suya.
Cinco minutos después, Olivia bajaba de la primera planta tras dejar a la niña dormida. Apenas se había sentado frente a Gemma cuando la chica se echó a llorar. En medio de los sollozos, dos palabras brotaron con la violencia de un espasmo:
—Es Derek…
Olivia apretó los puños.
—¿Te ha hecho daño?
Gemma alzó unos ojos llenos de desesperación.
Y asintió.