57.

Sentado al tibio sol de mediodía, Ethan Cobb contemplaba el océano desde la pasarela elevada de Atlantic Drive, arrullado por el rumor del oleaje. En los alrededores, unos cuantos chavales aprovechaban el domingo para juntarse en la pista de monopatines, mientras un puñado de ociosos paseaban tranquilamente. Aquí, dos personas mayores, indiferentes la una con la otra en apariencia, pero seguramente incapaces de sobrevivir si uno de los dos faltase. Un poco más allá, con los ojos iluminados por la magia y el orgullo de la paternidad, un hombre le mostraba la playa al bebé que llevaba en brazos, embargado por la dicha de compartir, enseñar y sentirse útil para una criatura tan frágil. Más lejos, una pareja de apenas treinta años conversaba con expresión seria, apoyada en la barandilla. Ella se secó una lágrima, y un instante después, cuando él hizo lo mismo, le acarició la espalda con la mano para consolarlo. Ese mero gesto decía mucho de su relación: ella encajaba la separación mejor que él.

Ethan veía todo aquello y muchas cosas más, pero no estaba allí. Una parte de él seguía bajo tierra, en el túnel, con aquellos seres que murmuraban en la oscuridad.

Él tampoco conseguía encajar lo ocurrido, olvidarlo, pasar el duelo.

Centrarse en los adolescentes le había ayudado a seguir adelante. Para empezar, había escuchado el relato, largo y salpicado de silencios y sollozos ahogados, que le habían hecho en su piso. Después de lo que acababan de vivir, no podía dejar que todo el pueblo los viera juntos en una cafetería. Mientras hablaban, les había curado las heridas, ninguna profunda afortunadamente. Al final, la más grave era la suya, que le había obligado a ponerse vendas y puntos de sutura adhesivos para detener la sangre sin necesidad de ir a que lo cosieran.

Ethan les había hecho repetir varios pasajes que le costaba creer, en especial el del espantapájaros, pero también lo relativo a la fuerza benéfica que supuestamente los protegía en el barranco. No obstante, tras lo mucho que habían afrontado, consideró preferible no poner en duda sus palabras.

Un asesino de niños se había reencarnado en un espantapájaros y una horda de indios furiosos intentaba devorar a todo aquel que penetrara en su antro subterráneo.

El balance de la jornada era como para tirarse por la ventana.

Ethan se lo había pensado bien antes de hacer un pacto con los chicos. Él los cubriría y nadie le contaría nada a ningún otro adulto hasta que hubiera aclarado el asunto. Sabía que nadie los creería, a menos que bajara a las cloacas, de las que probablemente no regresaría. Pero, ante todo, necesitaba encontrarle un sentido a aquellos horrores.

Cosa que, de momento, no conseguía.

La tarde anterior, después de acompañar a sus casas a los chavales y hablar con sus padres para que los reconfortaran, con la excusa del ataque del jabalí, un poco traída por los pelos (pero que había funcionado), Ethan había vuelto a la suya con la intención de coger su arma y dirigirse a los campos de maíz para buscar el cuerpo de Dwayne Taylor. Los detalles que le habían dado los chicos le bastaban para orientarse, y esperaba poder hallar el cadáver en unas horas. Pero se estaba haciendo de noche y sus jóvenes compañeros habían insistido en la peligrosidad de los espantapájaros. Estaban convencidos de que los otros podían despertar, como el que habían quemado ellos, y Ethan, muy a su pesar, decidió que era mejor no arriesgarse. Después de lo que acababa de experimentar, no se veía vagando en plena noche entre los altos tallos del maíz, en busca de un cadáver, con la amenaza de unos espantapájaros provistos de garras planeando sobre su cabeza. Lo sentía por él, pero Dwayne Taylor tendría que esperar un poco más. En su fuero interno sabía que la incertidumbre ofrecía un mínimo de esperanza a la familia, y que en cuanto descubrieran sus restos la insoportable realidad de su muerte los devastaría. El policía se tranquilizaba pensando que les daba un respiro de unas horas antes del caos. Tenían derecho a saber, pero siempre sería demasiado pronto.

Al despertarse, Ethan había postergado el momento un poco más. Estaba molido y atontado por el alcohol que había bebido para conseguir dormirse, y no se sentía demasiado sólido mentalmente para enfrentarse a la muerte solo.

—Tienes una pinta horrible… —dijo Ashley Foster a su lado.

Ethan alzó la cabeza. Un top que le moldeaba los pechos, vaqueros ajustados… No se andaba con chiquitas. Con el pelo recogido en la nuca, estaba preciosa.

—Gracias por venir.

—Para una vez que eres tú quien pide socorro… —respondió la chica sentándose junto a él en el banco, frente al mar—. ¿De capa caída?

—No es un asunto personal.

—Pero por teléfono has dicho…

—No quiero pasar por los canales oficiales. Me han dado un soplo… anónimo.

Ashley frunció el ceño.

—Necesito ayuda para verificarlo —le explicó Ethan, y señaló las botas que asomaban bajo los vaqueros de la chica—. Has hecho bien, tendremos que andar. Vamos —dijo levantándose.

—¿Adónde?

—A buscar el cadáver de Dwayne Taylor.


El viento agitaba las hojas resquebrajadas de las plantas de maíz y producía un sonsonete continuo y crepitante que ponía nervioso a Ethan. Llevaban más de una hora peinando el campo entre la salida del barranco y el estanque de los Taylor, más al sur. Los adolescentes habían sido categóricos: el ataque se había producido en el primer tercio del maizal. Pero eso, en aquella maraña vegetal, seguía siendo un espacio inmenso, y más teniendo en cuenta que el maíz que invadía gran parte de los surcos apenas les permitía ver, y que la tierra, abundantemente regada por la lluvia nocturna, se les pegaba a las suelas y frenaba su avance. Los Taylor seguían sin decidirse a recolectar. Ethan suponía que aún no estaban listos para pasar con la enorme cosechadora por el lugar donde quizá reposaba el cadáver de Dwayne. Un padre no puede resignarse a destrozar el cuerpo de su hijo por muy muerto que esté, ni siquiera accidentalmente. Pero las mazorcas empezaban a secarse.

Ashley caminaba por el surco de al lado. Se había llevado una sorpresa cuando, al bajar del todoterreno, Ethan le había tendido una Glock con su funda de cuero.

—Cógela, nunca se sabe —le había dicho con un tono que no admitía réplica.

—¿Por qué no me lo cuentas todo?

—Porque pensarías que me he vuelto loco.

Él también iba armado. De vez en cuando acariciaba la empuñadura para tranquilizarse. «Si el fuego es capaz de repeler a esas cosas en los túneles, seguro que las balas también».

¿Cómo reaccionaría si de pronto aparecía un espantapájaros delante de él? Más valía que no se pusiera a disparar a lo loco, tenía a Ashley al lado.

Se sentía un poco culpable por hacer que lo acompañara y poner su vida en peligro. Pero no había podido evitar llamarla. Necesitaba hablar con ella, sentirla cerca. No habría sido capaz de llegar al final de ese día solo. No podía contarle nada, y ese silencio abría una brecha entre ellos, pero, por ahora, su presencia le bastaba.

—¿Ashley?

—Sigo aquí.

—No bajes la guardia, ¿de acuerdo?

—¿Me vas a decir lo que pasa de una vez?

—No quiero mentirte, así que no hagas preguntas.

La chica asomó medio cuerpo entre una hilera de plantas.

—Bueno, pero ¿por qué estás aquí?

Ethan se detuvo y aprovechó para quitarse el mazacote de barro que llevaba pegado a la suela con la ayuda de un tallo roto.

—Tengo mis razones —dijo al fin—. Creo que los restos de Dwayne Taylor están en esta zona.

—Una llamada anónima, ¿eh? ¿Me tomas por tonta?

Ashley se acercó a él. A Ethan le encantaba la vivacidad de sus ojos, le atraía la suave calidez de sus labios. Tenía unas ganas locas de besarla, de sentir su cuerpo pegado al suyo, de notar su respiración en el cuello y oír los latidos de su corazón… Dio un paso atrás.

No podía hacerlo. Estaba en plena descompresión, en una especie de shock postraumático tras la explosión de todas sus certezas racionales, y no debía aprovecharse de ella ni arrastrarla en su caída.

—Te pido que confíes en mí —respondió.

Ashley lo observaba. Sus grandes ojos color avellana descendieron hasta los labios de Ethan, que se estaba preguntando si no desearía lo mismo que él, cuando un cuervo graznó en el cielo y le recordó por qué estaban allí.

—Sigamos —dijo, y reanudó la marcha.

Después de otra hora recorriendo los surcos del maizal, cuando Ethan empezaba a desanimarse, descubrieron al fin a Dwayne Taylor, o lo que quedaba de él. Lo que los atrajo no fue el olor, sino la presencia de una gran cantidad de plantas partidas, prueba de un enfrentamiento feroz.

Yacía en una postura grotesca, con las piernas dobladas bajo las nalgas y un brazo retorcido detrás del torso. Sus intestinos, desenrollados por completo, habían sido parcialmente devorados por la fauna local, lo mismo que algunos de sus órganos. Las moscas también habían hecho su trabajo. Era difícil diferenciar entre los daños causados por el ataque y los debidos a la acción posterior de la naturaleza. No obstante, los dientes superiores destellaban al sol del mediodía sobre un siniestro hueco: la mandíbula inferior había desaparecido.

Y las órbitas vacías dirigían hacia ellos sus cavidades, rebosantes de larvas de gusanos.

La muerte había sido violenta, lo que confirmaba el testimonio de los adolescentes.

«Asesinado por un espantapájaros…».

Ethan estuvo a punto de desvanecerse, no por el estado del cadáver sino por lo que implicaba. Aquello no era una pesadilla. El día anterior no había sufrido una alucinación. Aquellos seres inhumanos y sedientos de sangre existían realmente.

Dwayne Taylor era la prueba. Un ser humano asesinado por aquellos monstruos.

Era demencial.

El vívido y angustioso recuerdo de sus impredecibles apariciones a lo largo del río subterráneo le aceleró el corazón.

Los chicos se habían enfrentado a un espantapájaros allí mismo.

Y todas aquellas extrañas muertes en Mahingan Falls desde hacía dos meses… «Todo está relacionado».

No estaba perdiendo la chaveta. No, el pueblo entero se había vuelto loco. No había otra explicación posible.

El viento sopló y las plantas oscilaron.

La imponente masa del monte Wendy los vigilaba en la distancia. Su reluciente mástil de acero tocaba el cielo.

—A Warden no le va a hacer ninguna gracia, pero esta vez habrá que avisar al fiscal Chesterton —dijo Ashley, agachada cerca del cuerpo.

Pero Ethan no la escuchaba.

Miraba la montaña.

Sus labios se movían cada vez más deprisa.

Murmuraba algo.

Su instinto de policía juntaba las piezas del puzle.

De repente, lo supo.

Aquellas muertes no eran casuales. Y la aparición de las criaturas, tampoco.