58.
Dos grandes ojeras delataban el estado de agotamiento en que se encontraba Gemma. Era domingo por la tarde, debería de haber estado en plena forma, descansada después del fin de semana, y en cambio se sentía más tensa que nunca.
Pero no quería que se le notara. La noche anterior, cuando Corey se fue a la cama llorando, Gemma había comprendido cuál era su papel. Su hermano había tenido una pesadilla, pero en cuanto empezó a consolarlo le abrió su corazón y le confió sus miedos. Cada sombra le hacía temblar; cada chirrido lo sobresaltaba. Su madre estaba ausente y, como hermana mayor, le correspondía a ella reconfortar a su angustiado hermano, encontrar las palabras adecuadas y dar una apariencia de seguridad. Lo que sentía ella en esos momentos no importaba.
Y tampoco podía mostrarse preocupada delante de Zoey. La niña no debía sufrir sus cambios de humor, sus contradicciones, su…
«¡Estoy a punto de estallar, sí!».
Los monstruos existían.
Todo se resumía en esa breve frase, que le ponía la carne de gallina cada vez que le venía la cabeza.
Zoey le tendió una figurita de los Osos Berenstain.
—¡Guega, Ema! ¡Guega con mí!
Seguramente los niños eran la solución a todo, se dijo procurando olvidarse de sus zozobras y concentrándose en el juego que le proponía Zoey. Por muchos obstáculos que la vida pusiera en tu camino, los niños siempre acababan exigiendo tu atención para que jugaras con ellos, los alimentaras y les evitaras algún que otro problema. «No pienses más, céntrate en lo que tienes que hacer ahora, y punto».
Tom y Olivia no estaban. Habían desaparecido en cuanto ella había llegado, y Gemma sospechaba que les pasaba algo. Parecían una pareja sólida, quizá la más sólida entre los adultos con los que trataba, pero Gemma sabía que no había que ser ingenuo: a veces las apariencias engañaban, pese a todo lo que Olivia hubiera podido confiarle. No sería la primera mujer que descubría que su marido, tan atento y fuera de sospecha, la engañaba con la vecina…
«Menuda ocurrencia… Como si en los Tres Callejones hubiera muchos vecinos…».
En todo caso, aquellos dos andaban por ahí, discutiendo, haciendo las paces o tramando algo.
En ese momento, Owen, Chad y Corey irrumpieron en el salón. Venían de la calle, alborotados como unos adolescentes normales que no hubieran vivido ninguna experiencia traumática. Pero Gemma recordaba el estado en que se encontraban al salir del túnel, y antes de eso había visto a Owen en poder de aquellos seres de sombra y había leído el terror puro en su rostro. Ciertamente tenía unas ojeras tan marcadas como las suyas, pero no había perdido su picardía habitual. Gemma imaginaba que hablaría bastante con Chad, sobre todo por las noches. Cuando la familia se hubiera acostado, los dos muchachos debían de juntarse, desahogarse el uno con el otro, consolarse y animarse mutuamente. La resistencia, la capacidad de adaptación y la apertura de mente de los chavales la llenaban de envidia.
—¿Dónde estabais? —les preguntó.
—En el barranco, a salvo en nuestro refugio —respondió Corey.
—¿Y qué hacíais allí?
—Decidir cómo vamos a actuar.
—Muy fácil: de ninguna manera. El teniente Cobb dijo que él se encargaba y que, mientras tanto, no nos moviéramos.
—Ya, el teniente… —rezongó Chad—. Porque si ese dice algo, tú obedeces sin rechistar, ¿no?
Los chicos no le guardaban rencor por su traición, al menos no tanto como había esperado. En su momento, la habrían arrojado al río de pura rabia, pero la noche de ese mismo sábado reconocieron que sin el poli probablemente no habrían vuelto al completo de su aventura subterránea. Ella los había vendido, pero eso les había salvado la vida.
Chad y Connor eran quizá los únicos que aún estaban un poco enfadados con Gemma, pero Corey y Owen no le mostraban el menor resentimiento.
—Vamos a volver a la biblioteca —explicó Owen—. Para hacer una lista de los crímenes más sangrientos de la historia de Mahingan Falls.
—¿Por qué? Es siniestro…
—Eddy Hardy en la granja de los Taylor, los indios asesinados de las cloacas… No pueden ser casualidades. Los fantasmas de los individuos más peligrosos, o de los que más sufrieron, están volviendo a la vida para apoderarse del pueblo. Hay que tenerlos apuntados para saber a quién nos enfrentamos y por dónde se moverán.
—El espantapájaros no dudó en bajar hasta aquí… —objetó Corey.
—¡Precisamente por eso! —replicó Chad—. Si vuelven a las andadas, quiero saber a quién me enfrento.
—Es una buena idea —reconoció Gemma—. Si queréis, puedo acompañaros mañana después de clase.
—No, nada de trai… —empezó a decir Chad.
—Será un placer —lo interrumpió Owen.
—Pero ¡acordamos con Connor que seríamos nosotros solos!
—Ahora Gemma es de la pandilla.
Corey dio su aprobación con un movimiento de cabeza, y Chad se golpeó las piernas con las manos con una mezcla de rabia y resignación.
Gemma le tendió una de las figuritas a Zoey, que, muy seria, las hacía entrar en una casita de plástico y volver a salir.
—Chicos, ¿no creéis que deberíamos contárselo todo a vuestros padres? —preguntó de pronto.
—¿Qué? —exclamó Chad, casi atragantándose—. Sí, ¿y qué más? ¿Quieres que mi madre nos encierre en nuestros cuartos el resto de nuestra vida? ¡Les dará un ataque al corazón!
Owen parecía indeciso.
—No nos creerían —opinó Corey.
—Lo sé —admitió Gemma en voz baja.
No podía evitar decirse que estaba traicionando a Olivia. No solo sentía la necesidad de ponerlo todo en manos de los adultos para librarse en parte del problema; también tenía la sensación de que estaba faltando a sus deberes. Los Spencer le habían confiado el cuidado de sus hijos, y ella les ocultaba el peligro que planeaba sobre lo que más querían en el mundo.
Frente a ella, Zoey jugaba, despreocupada y frágil. Gemma se acordó de pronto de los miedos de la niña y tuvo una idea.
—Chicos, ¿creéis que alguno de esos fantasmas podría estar en vuestra casa?
—¿Por qué dices eso? —preguntó Owen.
Gemma miró a Zoey y titubeó.
—Por nada…, solo es una intuición.
—¿Has visto alguno?
Gemma se encogió de hombros, indecisa.
—En realidad no… Pero Zoey le tiene pánico a su habitación y a… ¿Habéis visto ratas en las vuestras?
Chad asintió.
—Papá y mamá hablaron del tema. Por eso Zoey duerme en el cuartito que hay junto a su habitación.
—Pero ¿tú has visto alguna rata?
—No…
—Vale, venid conmigo.
Gemma cogió en brazos a Zoey, subió con ellos al piso de arriba y los llevó a la antigua habitación de la niña. Tras dejarla a sus pies, se agachó para mirar debajo de la cama, de donde sacó una manta que extendió ante ella.
Los pedazos que faltaban parecían grandes mordiscos.
—¿Habíais visto alguna rata tan grande?
Chad sacudió la cabeza.
—Ni en Nueva York tienen ese tamaño.
Zoey, asustada en su propia habitación, se agarraba a la pierna de Gemma.
—¡Brillan! —exclamó señalando la manta—. ¡Brillan!
Gemma le deslizó la mano por el pelo.
—Creo que quiere decir «chillan».
Los tres chicos pusieron cara de susto.
—En esta habitación hay algo que no es normal —concluyó Gemma.
Chad y Owen intercambiaron una mirada.
—En esta casa pasan cosas raras, eso seguro —dijo el más alto de los dos—. A mí un día me mordieron mientras jugaba en la habitación de enfrente.
Corey miraba la manta desgarrada con fascinada repulsión.
—¿Queréis decir que lo que pasa en el pueblo también se está manifestando en vuestra casa?
Owen asintió lentamente.
Gemma no se sentía muy bien. Tenía náuseas, le daban ganas de llorar, el cuarto giraba a su alrededor…
«¡No te derrumbes ahora! ¡Tienes que dar ejemplo! ¡Necesitan una adulta fuerte que los tranquilice!».
Pero cada vez le costaba más interpretar ese papel. El traje le venía grande.
Fuera, una nube tapó el sol, y la penumbra de la habitación se intensificó. De pronto las muñecas y los peluches alineados contra la pared parecían un tribunal reunido para juzgar a aquellos cinco fisgones.
—Vámonos de aquí —dijo Gemma volviendo a coger en brazos a Zoey—. No me gusta este sitio.
Como en respuesta a sus palabras, el techo de vigas crujió.
Olivia llegó a casa a última hora de la tarde, extenuada. Habían estado entrevistando a los diferentes trabajadores que habían reformado integralmente la Granja por encargo de Bill Taningham. Les había costado localizarlos, dado que era domingo, y al final no habían sacado nada en limpio: en su día no había aparecido ninguna habitación secreta ni ningún pentáculo amenazador pintado en una pared, y tampoco les habían contado ninguna anécdota «un poco rara», como las había llamado Tom. Todos habían tomado a aquella pareja preocupada por unos «ruidos en las paredes» —y al mismo tiempo muy interesada por la historia de la Granja— por unos lunáticos.
Los chicos estaban en el jardín con Milo, y Gemma y Zoey, en la cocina, moldeaban una mano de plastilina. Olivia charló con la chica de cosas intrascendentes durante unos instantes, hasta que su detector de problemas empezó a pitar. Notaba nerviosa a Gemma, que rehuía su mirada y mostraba una actitud demasiado positiva para ser sincera. No estaba bien e intentaba disimularlo.
—¿Noticias de Derek Cox? —le preguntó Olivia.
Gemma alzó los ojos de inmediato.
—¿Lo ha visto?
—No, por eso te lo pregunto. ¿Te ha molestado?
—Pues… no. Lo vi en el instituto, pero se mantiene alejado de mí. Pero… Chad lo vio ahí delante el otro día.
—¿Delante de nuestra casa?
—Quería contárselo, pero no sabía cómo hacerlo sin alarmarla.
—¿Dijo o hizo…?
—No, no, al parecer solo estaba ahí, mirando.
Olivia asintió, pensativa.
—Lo siento mucho —dijo Gemma—. Espero no traerle disgustos con él.
Olivia le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Asumo totalmente la lección que le di. Lo último que quiero es que te sientas culpable. Si la policía hubiera hecho su trabajo, nosotras no habríamos tenido que intervenir, ¿de acuerdo?
—Sí. Espero que Derek no la tome con su coche o algo así…
—Que lo intente y verá: ¡los próximos clavos serán para adornar toda la carrocería de su precioso Toyota!
Olivia consiguió arrancar una tímida sonrisa a la adolescente. Pero intuía que había alguna otra cosa, más profunda. Una preocupación más seria, demasiado agobiante para una chica de apenas diecisiete años.
—¿Tienes un noviete? —aprovechó para preguntarle.
—¿Se ha enterado?
—La señora Feldman me ha dicho que el otro día te vio en el Paseo con un chico. Bastante mono, al parecer.
Gemma se puso roja.
—Se llama Adam Lear.
—Conque sí… Me preguntaba cuándo ibas a hablarme de él. ¡Llevo una semana mordiéndome las uñas! Me parece estupendo. ¿Va al instituto?
—Sí, acaba este año, como yo.
—¿Estás enamorada?
Gemma se encogió de hombros, un poco tímida.
—Aún es pronto…
Olivia agitó el índice en su dirección.
—Pero te gusta, se te nota. Me alegro.
—Ya se verá…
Olivia sacó dos vasos de un armario, los dejó en la mesa y fue a buscar una botella de coca cola al frigorífico.
—¡Esto hay que celebrarlo! Pero tendrá que ser con refresco: una cosa es llevarte a castrar a un gilipollas y otra corromperte con alcohol.
Entrechocaron los vasos.
Gemma la observaba con un extraño brillo en los ojos, que reflejaban admiración, además de complicidad. Pero Olivia también creyó ver en ellos una gran tristeza.
—Vamos a ver, cariño, ¿qué ocurre?
Gemma eludió la pregunta con una mueca a la que le faltaba sinceridad para resultar creíble. Olivia posó una mano en la suya.
—Es ese asunto de Derek, ¿verdad?
—¡No, no! Todo va bien —mintió Gemma.
Olivia la examinaba, y cuanto más lo hacía más profundo era el desasosiego que percibía en ella.
—Sabes que puedes contarme cualquier cosa, ¿verdad? No te juzgaré. No soy tu madre, soy tu amiga —su mano apretó la de Gemma, que bajó el mentón—. Vamos…
Gemma lloraba. Intentó evitar el contacto visual, pero acabó por sacudir la cabeza.
—Olivia… —dijo al fin, y se inclinó hacia ella—. Tiene que hablar con el teniente Cobb. Es importante.