30.
El olor a cola, plástico y desinfectante inundaba la nave, donde Derek Cox estaba terminando su turno de trabajo. Durante el verano trabajaba como mozo de almacén en la tienda de bricolaje The Home Depot de Danvers East, donde Clive Cummings, ayudante del entrenador del equipo de los Wolverines de Mahingan Falls, ocupaba el puesto de jefe de personal. Cummings, que no era famoso por su finura durante los entrenamientos (que dirigía gratuitamente en su tiempo libre, como no se cansaba de recordar a todos), siempre se las apañaba para adaptar la agenda de Derek a las sesiones de pretemporada del equipo, de forma que, sin faltar a ninguna, el chico acumulara suficientes horas para embolsarse un mínimo de doscientos dólares semanales. Aunque Cummings era un abucheador de primera en la banda, además de muy retorcido cuando había que imaginar ejercicios para mejorar el cardio, a Derek le caía bien, en buena medida porque le garantizaba la mayor parte de su dinero para gastos. Dinero que se le iba sobre todo en el coche, un Toyota MR2 Turbo que le costaba un ojo de la cara en reparaciones pero al que tenía un cariño especial.
Saludó a la secretaria, sentada al otro lado del cristal —«una cerda gorda y asquerosa» en sus propias palabras, pero a la que no convenía enfadar porque era uña y carne con el jefe—, y se dirigió a la salida preguntándose si acercarse a Five Guys a comprar comida para llevar antes de marcharse a casa. Estaba hambriento, pero esa tarde tenía que ir a correr con Jamie y Tyler, y temía sentirse pesado. Se quitó la sudadera gris de los New England Patriots, a la que le había cortado las mangas con las tijeras, como Bill Belichick, su entrenador (más por enseñar los tatuajes de sus musculosos brazos que como auténtico homenaje), y comprobó con orgullo que se le marcaban los pectorales.
Absorto en sus pensamientos, no vio el obstáculo que se alzaba delante de él, y la mujer chasqueó los dedos delante de su cara para detenerlo antes de que se la llevara por delante.
Estaba de pie, cerrándole el paso en el umbral de la puerta, y lo miraba fijamente. Derek comprendió que no solo no iba a disculparse, sino que además debía de estar esperándolo. Lo había hecho aposta, la muy puta. La intensidad de su mirada le hizo entender que no bromeaba, y en ese momento la reconoció. Era esa tía para la que trabajaba Gemma, la milf que lo había cabreado hacía dos semanas diciéndole que su chica ya no estaba disponible para él. Bueno, Gemma no era exactamente su chica, todavía no, pero después de acorralarla en el cine y meterle los dedos en el chichi sabía que solo era cuestión de tiempo. Después de todo, ella ya no tenía elección. Si no cedía, le contaría a todo el mundo que había dejado que le tocara el sexo, y ella pasaría tanta vergüenza que volvería a su lado para no parecer una chica fácil. Siempre funcionaba.
Derek esperaba que la madurita no le hiciera perder el tiempo explicándole otra vez que Gemma no estaba disponible. Ya estaba cansado. Gemma era suya. Tendría que aclararse las ideas, con o sin trabajo de verano. ¡Él lo hacía!
—Acabo de comprar esto en su tienda —le dijo la cuarentona mostrándole una pistola de clavos neumática que había sacado de la caja y sujetaba por la empuñadura.
—Ya no estoy de servicio, y no soy de atención al cliente. Si tiene algún problema, vaya al mostrador de la entrada. Ah, por cierto, ¿sigue Gemma trabajando para usted?
La madurita sexy le agarró la sudadera por la cintura y se oyó una detonación presurizada. ¡Klank!
Derek quedó sujeto a una jamba de la puerta, con un clavo atravesándole la prenda.
«¡La muy zorra me ha disparado! ¡Me ha hecho un agujero en la sudadera!».
—Pues funciona estupendamente… Ya no necesito ir a atención al cliente.
¡KLANK!
Acababa de clavar la sudadera al marco por encima del hombro. Derek estaba demasiado estupefacto para resistirse.
—Y sí, Gemma sigue trabajando para mí.
¡KLANK!
Otro clavo debajo del brazo. Esta vez, Derek reaccionó e intentó dar un paso hacia ella, pero el tejido hizo un ruido sospechoso, amenazando con rasgarse de arriba abajo. ¡Aquella furcia lo había clavado al marco de la puerta, literalmente! Era como si lo hubiera atado.
—¿Se ha vuelto loca? —le gritó.
—Sé lo que le hiciste en el cine.
—¿Qué? ¿Có…? ¿Gemma se lo ha contado?
Derek ya no sabía si sentirse orgulloso o incómodo. ¿Le iba a sermonear aquella vieja, o acaso la excitaba? ¿Quería que le diera un repaso a ella también? Las pocas luces que tenía Derek Cox le hicieron comprender que la actitud de Olivia no presagiaba una versión bricolaje y cutre de Cincuenta sombras de Grey.
El cañón de la clavadora se apoyó en sus testículos, y Derek soltó un cacareo de sorpresa.
—Dame una buena razón para no atravesártelos.
—¿Cóoooo… mo?
Esta vez la mujer hablaba en serio, y Derek advirtió la amenaza.
—¡Déjese de bromas! ¿Está aquí… por Gemma?
—La violaste, pedazo de mierda.
La clavadora se hundió, y la dolorosa presión hizo retroceder ligeramente a Derek, que desgarró el hombro de su sudadera favorita.
—¡No! ¡No! ¡De verdad que no! Yo… Ella estaba de acuer…
¡KLANK!
El clavo pasó entre los muslos y rebotó en el hormigón detrás de él, dejando un pequeño agujero en el pantalón de chándal. Un sudor frío empezó a resbalarle por la espalda cuando el cañón se apoyó en su pene.
—La violaste, Derek. Meter la mano en las bragas de una chica por la fuerza es una violación. ¿Lo pillas?
Consciente de que ante todo no había que contrariarla, Derek asintió enérgicamente.
—¿Sabes que por ese delito suelen mandarte a la cárcel?
Derek asintió de nuevo. La cuestión ya no era si estaba de acuerdo con lo que decía aquella psicópata, sino saber cómo iba a escapar de sus garras.
—Dejaremos a la policía al margen de esto, ¿te parece? —continuó la mujer—. Haremos justicia entre nosotros.
Derek no veía adónde quería ir a parar, pero la idea de evitarse problemas con el jefe Warden y, sobre todo, de que aquella loca lo soltara lo convenció totalmente, así que volvió a asentir.
—Y eso empieza por pedir disculpas.
—Vale. Le pido disculpas.
La herramienta le aplastó el miembro y Derek hizo una mueca.
—A mí no, a ella.
La mujer le hizo una seña a alguien que se encontraba a un lado, oculto detrás del muro, y al cabo de un instante apareció Gemma. Tenía las manos metidas en los bolsillos delanteros del mono y le costaba sostener la mirada de su agresor.
—¿Derek? No te oigo… —dijo la mujer.
—Te pido disculpas, Gemma.
¡KLANK!
Esta vez el clavo rozó el interior del muslo, arañó varios centímetros de piel y arrancó un grito muy poco viril a la estrella del equipo de fútbol americano de Mahingan Falls.
—¡Con sinceridad! —exigió la mujer.
—¡Sí, sí! Lo siento mucho, Gemma. Lo siento muchísimo, de verdad.
—¿Qué sientes? —preguntó la mujer.
—Haberte metido la mano en el panta…
Derek soltó un gemido al notar que la pistola de clavos le aplastaba un testículo.
—Violación, Derek, fue una violación.
—Siento mucho haberte violado… Lo siento enormemente, no debí hacerlo.
Sus ojos empezaban a mostrar terror. Por fin se hacía una idea de la gravedad de la situación, y temía no salir bien parado. Al imaginar que la mujer podía agujerearle los órganos sexuales y convertirlo en un eunuco, le entró pánico. Una vida sin erecciones le parecía insoportable. Se mataría.
—¡No volveré a hacerlo! —añadió espontáneamente—. ¡No volveré a tocarte! ¡Lo juro!
La mujer, todavía colérica, meneó la cabeza.
—Mucho me temo que eso no es suficiente. Si vamos a hacer justicia entre nosotros, vas a tener que mostrarte aún más cooperador.
—De acuerdo. Dígame qué quiere. ¿Pasta?
Nuevo grito. El cañón le estaba haciendo ver las estrellas. ¡Aquello tenía que acabar, le iba a reventar las pelotas!
—No vas a comprar ni la justicia ni el honor de Gemma, ¿lo entiendes?
—¡Sí! ¡Perdón!
—A partir de ahora, siempre que la veas cambiarás de acera para que no tenga que soportar tu asquerosa presencia. Y si te la encuentras en un pasillo, agachas la cabeza y das media vuelta.
—¡Ningún problema!
—Si le cuentas a alguien lo que le hiciste, te buscaré y te clavaré las pelotas a la boca, ¿entendido?
La mujer tenía una mirada glacial.
—Sí.
—Te quiero lejos del pueblo antes de dos años.
—¿Qué? Pero yo…
¡KLANK!
El clavo le pasó a menos de un centímetro de los testículos. Derek sintió el aire y un arañazo en la parte inferior de la nalga.
—¡Vale, vale! ¡Me iré en cuanto pueda!
—Mírala. ¡Mírala!
Derek obedeció. Gemma no parecía más estoica que él.
—Dile lo que opinas realmente de ti mismo y de lo que le hiciste.
—Soy… soy un bestia… No debí hacerlo. Estuvo mal, lo siento mucho, Gemma.
—Si quieres conservar las pelotas —le susurró la mujer al oído—, más te vale hacerlo un poco mejor.
—¡Discúlpame! Perdona por haberte… violado. No sé lo que me pasó… No pensé… Estaba…, creía que después de eso querrías salir conmigo, que no tendrías más remedio. Eres una chica superguapa, no sabía cómo… No debí hacerlo. Lo siento de veras. Un gilipollas, eso es lo que soy, y un cobarde, y… y… ¡y un pervertido! —una mirada de reojo a la mujer, para ver qué opinaba, y añadió—: Ahora sé cuánto daño te hice. No volverá a pasar nunca. ¡Te lo juro!
—¿Tienes hermanas?
Derek negó con la cabeza.
—Entonces, piensa en tu madre. ¿Te gustaría que un fulano le metiera la mano en las bragas a tu madre la próxima vez que vaya al cine?
—No…
—No olvides eso jamás. Ni todo lo que acabas de decir. No estás disculpado. Ni siquiera eres digno de volver a posar los ojos en Gemma una sola vez. Si dejas de cumplir tus promesas en alguna ocasión, lo lamentarás el resto de tu vida, créeme. Si vas a contarle a la policía lo que acaba de pasar, me las arreglaré para que también tengas que explicar la violación, e irás a la cárcel.
La pistola de clavos se alejó de la entrepierna de Derek.
La mujer emanaba una rabia fría con la que era mejor no jugar. Derek asintió sin rechistar.
Luego, Gemma y ella se marcharon y desaparecieron por la esquina del edificio.
Las piernas apenas lo sostenían. Tardó un largo minuto en reunir la energía necesaria para quitarse la sudadera y soltarse. Estaba para tirarla a la basura.
Mientras caminaba por el aparcamiento le temblaba todo el cuerpo. El miedo ahogaba cualquier arranque de rabia o deseo de venganza. Diciéndose que se había librado por los pelos, se palpó los genitales para asegurarse de que seguían en su sitio.
Cuando llegó a la plaza en que había aparcado, se detuvo en seco.
Le habían pinchado las cuatro ruedas y pintado la misma palabra con grandes letras en la carrocería, incluidos los costados.
«Violador».