53.
Tumbados en los hierbajos, entre los acebos y los fresnos del pequeño jardín abandonado, los cinco adolescentes intentaban recobrar el aliento, bajo la mirada incrédula de Ethan Cobb, apoyado a su vez en una vieja farola para recuperarse.
A sus espaldas, el muro bajo que los separaba del río parecía insuficiente para contener el alud de furiosas imágenes que remontaban el túnel.
Lo que oía Ethan en esos momentos no era el suave murmullo del agua, sino el insidioso rumor de todos los horrores que se agazapaban a lo largo de su imperturbable corriente.
En esos instantes, había tantos ecos insoportables chocando contra su razón que ya no sabía si lo que pugnaba por respirar eran sus pulmones o su mente.
Para su gran sorpresa, al llegar al final del túnel ninguna trampa se había cerrado sobre ellos. No había nada ni nadie esperándolos para echárseles encima como la serpiente que aguarda pacientemente ante la madriguera de un roedor para inyectarle su veneno, tragárselo y digerirlo lentamente. Ethan había interpretado mal la situación, pero ¿cómo no hacerlo en semejantes circunstancias?
Las primeras palabras que le vinieron a la cabeza lo pusieron enfermo, hasta el punto de hacerle vomitar una bilis ácida en los últimos peldaños de la escalera que subía al jardín.
«Todo eso no es real».
¡Por supuesto que lo era! Owen temblaba de la cabeza a los pies, Gemma lloraba en silencio y los demás estaban cubiertos de rasguños, lo cual demostraba que las afiladas garras que habían intentado despedazarlos existían. Aquella última tentativa de la razón de salvar los restos de su lucidez resultaba patética. Grotesca.
«¡Es la mar de real, maldita sea!».
Los murmullos salmodiados y los gritos de dolor, el frío glacial, el torbellino de seres invisibles, los miembros huesudos y acabados en garras hechos de sombras, los chorros de fuego con que los habían rechazado… Ethan había grabado hasta la última imagen, incluso cuando, al borde del abismo, a punto de precipitarse en la locura, su cerebro había desconectado brevemente.
Todo estaba ahí, en su memoria, pero también en su piel, erizada y con el vello de punta desde que habían salido. Nada se desdibujaba. «Y nada desaparecerá. Podrás inventarte todas las explicaciones del mundo, pero este terror frío te invadirá una y otra vez, hasta que el agotamiento haga que te derrumbes… o el alcohol te aturda».
Ethan miró a los adolescentes, que se habían acurrucado los unos junto a los otros y se tranquilizaban mutuamente en voz baja. Corey abrazaba a su hermana y le acariciaba el pelo.
Ellos tampoco olvidarían nada.
«Lo sabían. Antes de que entráramos, sabían lo que encontraríamos —habían intentado hacérselo comprender, pero ¿cómo se convence a un adulto de que los monstruos existen, salvo mandándolo a enfrentarse a ellos?—. Lo sabían, y a pesar de ello han entrado».
Eso era quizá lo que más le costaba entender. No sabía si los admiraba o le parecían unos auténticos chalados. Él no habría vuelto a meterse allí por nada del mundo. Jamás.
Habían hablado del peligro que planeaba sobre sus vidas si no actuaban los primeros.
«No han tenido elección».
Ethan expulsó el aire lentamente para intentar recuperar un ritmo cardíaco normal. Tenía el esófago ardiendo y el regusto de la bilis en la boca.
¿Cómo iban a poder vivir aquellos cinco chicos? Aunque no hubiera sido más que esa tarde, ¿era humanamente posible volver junto a sus padres y fingir que aquel era un sábado como cualquier otro? Él, en su lugar, habría derribado la mesa gritando hasta romperse las cuerdas vocales. Y lo que era aún peor: notar que la calma se adueñaba de la casa al caer la noche y el silencio la envolvía, con la cabeza en la almohada, en la oscuridad, sabiendo lo que merodeaba por las cloacas del pueblo, y sentirse tan vulnerable, tan solo, tan incomprendido… Tendrían que golpearse la cabeza contra las paredes hasta perder el conocimiento, no les quedaba otra alternativa.
Su deber era ayudarlos. Aún no sabía cómo, pero no podía abandonar a aquellos pobres chavales a su suerte después de lo que acababan de pasar todos juntos.
«Cuando les cuente lo que he visto, a los padres les faltará tiempo para llamar al jefe Warden…».
Nadie le creería.
Pero ¿podía culparlos? Él tampoco se habría tomado en serio ni una sola frase de una historia tan absurda.
En ese momento, Ethan advirtió que tenía una herida en la cadera. Un corte de unos quince centímetros, que le había cubierto el costado de sangre pegajosa. Aquellas cosas habían intentado agarrarlo. El simple recuerdo volvió a provocarle náuseas, pero consiguió reprimirlas.
Vaciar su mente. Si no podía comprender, al menos tenía que pensar en lo que podía hacer.
Había mucho sobre lo que reflexionar. Debía organizar sus ideas y recuperar un poco de serenidad.
«No tengo ni puñetera idea de por dónde empezar…».
Lo averiguaría. Tenía que confiar en sí mismo. Cada cosa a su tiempo.
Ahora tenía que centrarse en lo esencial.
Se aproximó a los cinco adolescentes y se puso en cuclillas muy cerca de ellos. Sabía perfectamente que su expresión no era en absoluto la del hombre firme y seguro de sí mismo de hacía tres cuartos de hora, sino más bien la de alguien perdido, pero se esforzó en teñirla con una pizca de complicidad.
Abrió los brazos para reunirlos a todos. Los chicos le obedecieron, azorados.
Ethan se inclinó.
—Voy a ayudaros, os lo prometo. No os dejaré en la estacada, ¿me oís?
El único que asintió fue Connor. Los demás aún estaban demasiado conmocionados para reaccionar.
Ethan se tomó su tiempo para mirarlos a los ojos uno por uno y hacerles comprender que no hablaba por hablar. Su desamparo hacía rebrotar al policía que había en él, le daba la fuerza necesaria para superar su propia confusión.
—Pero antes necesito que me lo contéis todo. Absolutamente todo lo que sabéis.