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El Donnie’s Beef Burgers era un sitio muy aparente.

Ofrecía una comida exquisita y un ambiente único, además de un servicio atípico, y todo a un precio sin igual. Al menos era lo que decían los anuncios, en especial el del escaparate de la entrada, en letras brillantes justo debajo de rótulo DONNIE’S BB, rodeado por una enorme y parpadeante hamburguesa. Eso bastaba para que la cocina funcionara a pleno rendimiento cada mediodía desde finales de junio hasta finales de agosto.

El resto del año, los habituales sabían que no todas las camareras en patines eran simpáticas, que la decoración necesitaba una puesta al día y que lo que llegaba en el plato no era original, aunque sí bueno y bastante barato, siempre que te olvidaras de las bebidas alcohólicas.

Lo que atraía a los habitantes de Mahingan Falls era, ante todo, el wifi gratuito y la zona de juegos para los niños, que el propio Donnie había construido con sus hijos a un lado del restaurante. A falta de vistas, puesto que estaba encajonado entre dos edificios bajos de Oldchester, allí podías olvidarte un poco de los niños mientras tomabas un bocado.

Eso era exactamente lo que pensaba hacer Steeve Ho cuando entró con Lennox, su hijo de cuatro años, y el Mac bajo el brazo. Steeve tenía montones de e-mails que contestar y bastantes ganas de reintegrarse a la vida de las redes sociales para saber de sus amigos. Hacía dos semanas que se había mudado a Mahingan Falls, a raíz de su separación, y se sentía un poco desbordado. Montar los muebles, comprar cacharros, rellenar impresos, conseguir un préstamo para el nuevo coche… Había empleado en ello casi todo su tiempo después del trabajo y se le había olvidado poner internet en el piso. Su futura ex acababa de dejarle a Lennox para que pasara con él toda la semana, y como no se había acordado de llenar el frigorífico, iban de restaurante en restaurante desde el sábado. Aunque quería a su hijo más que a nada en el mundo, empezaba a comprender que la conversación de un niño de cuatro años era demasiado limitada, sobre todo después de seis comidas a solas con él.

El pequeño divisó el parque infantil y se entusiasmó.

—¡Anda, ve! —lo animó su padre—. Cuando traigan la comida, te llamo.

Lennox se acercó al balancín en forma de caballito tímidamente, un poco en guardia porque el gran muelle cromado de la base no le inspiraba confianza. En cambio, el castillo de colores que había detrás parecía estar esperándolo. En particular el tubo azul que descendía, un tobogán cerrado que formaba una pequeña espiral y desembocaba en una piscina llena de pelotas de brillantes colores: verdes, púrpura, marrones, amarillas y blancas. La diversión estaba garantizada.

Lennox echó un vistazo para comprobar si había otros niños con los que jugar. Pero el restaurante aún estaba casi vacío; era temprano, y no había llegado ninguna familia. Daba igual, exploraría el castillo solo, y el tobogán sería para él y solo para él.

La entrada asustaba un poco, porque tenía un dragón verde pintado en la fachada y había que meterse en su boca para acceder al interior, lo que no acababa de convencer a Lennox, que dudó.

Pero la llamada del juego era demasiado fuerte; el pequeño se agachó y, cuidándose mucho de tocarla, cruzó la puerta. Dentro, descubrió varios niveles que había que superar, ya fuera aupándose, subiendo un peldaño o trepando por una pequeña rampa. Todas las aristas estaban cubiertas de protecciones acolchadas color naranja y rojo, al igual que el suelo, y Lennox se sintió tranquilo. No quería hacerse daño. A veces, distraído con sus cosas, se daba algún golpe, y no le gustaba ni pizca. Allí no había peligro, así que se lanzó a la conquista de los peldaños. Cuando llegó al segundo, sacó la cabecita por una ventana minúscula —de hecho, las orejas se le doblaron un poco— para ver si entretanto había llegado alguien, pero seguía sin haber más niños. Buscó a su padre con la mirada y lo descubrió al otro lado del cristal, sentado a una mesa, delante del ordenador. Lennox quiso saludarlo, pero no podía sacar la mano, a menos que metiera la cabeza, y de todas formas conocía a su padre: cuando estaba ante la pantalla, no veía nada más.

Lennox trepó al último nivel, el que tenía premio: el tobogán.

Le costó un poco conseguirlo debido a la altura del escalón, algo excesiva para él, pero estaba demasiado motivado para abandonar en el último momento. Lo esperaba la boca del tobogán, tan redonda y azul. Era un tubo perfecto, como un túnel suspendido en el aire, y trazaba dos curvas antes de lanzar a sus pasajeros a la piscina multicolor. A Lennox le encantaba incluso antes de bajar por él. Se sentó en lo alto y, haciendo resbalar el trasero, se colocó justo en el borde de la pendiente.

El interior estaba un poco oscuro, y abajo lo estaría aún más, se dijo Lennox. Daba igual, tendría la sensación de la caída, de la velocidad, sería divertido.

Unos cuantos centímetros más y estaría deslizándose…

Los otros niños que tanto había esperado empezaron a reír al final del túnel de plástico, y Lennox enderezó el cuerpo sujetándose como pudo para no escurrirse por el tobogán.

¿Dónde estaban? No los había visto entrar…

Volvieron a reír, y a Lennox no le gustó.

La risa no era del todo amistosa. Al revés, en su tono había algo… malo.

—Lennox… —susurró uno de los niños desde abajo—. Venga, Lennox, salta…

El pequeño sacudió la cabeza con energía. Los niños que lo esperaban no eran buenos, ahora estaba seguro. Al contrario: se burlaban. Tenían malas intenciones.

—¡Ven, Lennox! ¡Ven a deslizarte por nuestra lengua!

Ahora el niño estaba muerto de miedo. Intuía que quienes lo acechaban tenían una naturaleza monstruosa, y supo que las voces no llegaban del otro extremo del tobogán sino de dentro.

—¡Salta y te arrancaremos los brazos!

Las risas se volvieron estridentes, subieron de volumen y luego se distorsionaron, como el sonido de un vinilo ralentizado a propósito. Eran risas groseras, crueles.

—Vaaaaaaamos…, veeeeeeeen… —dijeron todas las voces en un tono espeluznante. Voraz.

Lennox notó que un hilillo de orina caliente le corría por el muslo, pero no hizo caso. Quería abandonar ese castillo cuanto antes, dar media vuelta y salir huyendo, aunque esta vez se golpeara contra todo. No le importaba, con tal de escapar de aquel sitio y volver junto a su padre antes de que aquellos niños, o lo que fueran (porque a esas alturas Lennox había comprendido que no eran lo que parecían), lo atraparan.

Se volvió, pero las palmas de sus manos resbalaron.

El peso de su cuerpo lo arrastró hacia atrás, hacia el túnel azul.

Cuando se dio cuenta de que estaba a punto de rodar hacia los niños monstruosos y oyó sus gritos histéricos, agitó sus pequeñas manos como un gatito intentando agarrarse a cualquier cosa antes de caer al vacío. La expresión de terror de su rostro superaba lo que cualquier adulto habría podido soportar.

No muy lejos, Steeve había dado un like a un comentario en su página de Facebook y se disponía a abrir su correo cuando oyó los gritos.

Al principio pensó en un animal, un cerdo o tal vez un perro atropellado por un coche que agonizaba en el suelo, cerca del restaurante, con las tripas al aire. Luego identificó la procedencia del sonido, pero no vio a su hijo. El corazón empezó a latirle con fuerza. En ese momento, entre aquellos alaridos insoportables, reconoció la voz de Lennox, o al menos una voz de un timbre parecido al suyo. Pero el sufrimiento la deformaba tanto que no podía estar seguro.

El tubo del tobogán se agitaba, presa de violentas sacudidas. Unas sombras luchaban en su interior.

De pronto, las paredes del túnel se cubrieron de salpicaduras.

Cuando Steeve se precipitó a la zona de juegos, la sangre de su hijo manaba de la boca del tobogán y teñía las pelotas de plástico de un mismo color.

Un bonito rojo carmín.