44.
—¿No tienes ni idea de lo que era? —insistió Connor volviendo a encasquetarse la gorra de los Red Sox.
—¡Es que no lo he visto! —repitió Owen—. Pero, fuera lo que fuese, no me perseguía para hacerme caricias, ¡eso os lo puedo garantizar!
Los cuatro chicos estaban sentados en un banco, entre las hayas y los arces del parquecillo del enorme complejo escolar. A su alrededor, decenas de adolescentes de distintas edades se dispersaban en todas direcciones, una vez acabadas las clases.
—Vale, pero el caso es que no sabes quién era.
—O lo que era —les recordó Corey—. Eso sí, el baño de los tíos está cerrado. Tienes suerte de que nadie te haya visto salir, si no el colegio te culparía de los daños y te iba a costar lo tuyo explicarlos.
—Yo te creo —dijo Chad levantándose para colocarse frente a ellos—. Te he visto el careto cuando te has tirado al suelo en plancha, y sé que no cuentas chorradas.
—Nadie ha dicho que lo haga —puntualizó Connor un pelín irritado—. Solo que no sabemos qué era… esa cosa.
—¿Uno de los espantapájaros de los Taylor? —sugirió Chad.
Owen sacudió la cabeza.
—No, no lo creo.
—Pero te ha llamado por tu nombre, ¿no?
—A través de las cañerías, sí. Tenía una voz un poco rara, como…, no sé…, un poco siseante.
—¡Si yo tuviera la boca metida en un sitio tan estrecho, también sisearía! —ironizó Connor.
—¿Como un extranjero con acento? —se le ocurrió a Chad—. ¿Podría ser eso?
Connor le dio una fuerte palmada en la espalda.
—No empieces otra vez con tu absurda teoría del terrorismo, te estás volviendo un poco racista.
—Puede, no lo sé —respondió Owen—. Pero desde luego venía de debajo del colegio. Esa cosa ha subido por la escalera de servicio, de eso estoy seguro.
—¿Qué relación puede haber entre Eddy Hardy y el colegio? —se preguntó Chad.
—¿Y si estuviéramos equivocados? —dijo Connor—. Puede que Eddy Hardy no tenga nada que ver con el espantapájaros.
—Es demasiado fuerte para ser casualidad —respondió Owen—. Estoy seguro de que Hardy es el espantapájaros o tiene algo que ver con él.
—¿Una de sus víctimas que vaga por el cole? ¿Un alumno, como nosotros? —sugirió Chad.
—¡Al final resultará que hay algún muerto enterrado debajo del colegio! —clamó Corey—. ¡Y que la ha tomado con nosotros, chicos!
—Con nosotros no, a quien quería pillar era a Owen —le recordó Connor.
Chad se sorbió la nariz y agitó el índice en el aire.
—Esta vez le ha tocado a Owen, pero quién sabe si la próxima no irá a por ti.
Connor bajó la mirada.
Cuanto más pensaba Owen en lo que había vivido, más fácil le resultaba descomponerlo. Cada detalle se recortaba con claridad, y él lo colocaba casi metódicamente en su correspondiente casilla dentro de su pragmática mente. Un elemento en particular empezaba a perfilarse con especial nitidez. Un sentimiento visceral, casi instintivo. Una parte de él, animal, que había almacenado ese punto concreto. Owen se había sentido amenazado por una fuerza igual de instintiva, una entidad olvidada que lo devolvía a sus miedos más primarios. El miedo a la oscuridad. El miedo de la presa perseguida. Una presencia…
—¡Antigua! —exclamó—. Era una presencia antigua.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Corey, sorprendido, acariciándose maquinalmente las pecas de la mejilla.
—Sencillamente lo siento. Es una fuerza antigua.
—¿Antigua como un abuelo o antigua como un dinosaurio? —quiso saber Chad.
—No lo sé, simplemente es… vieja. Como un olor, no acabas de entender por qué ni cómo, pero sabes que es el olor de algo que apesta a viejo.
—¿Había tambores o cánticos raros? —preguntó Connor con la mayor seriedad.
—No, ¿por qué?
—¿Os acordáis del libro que leí en la biblioteca?, ¿la historia esa de la masacre de indios? Se supone que fue aquí, justo bajo nuestros pies.
Los chicos se miraron en silencio. Chad, de pie frente a los otros tres, podía ver el enorme edificio, que hundía sus cimientos en aquel suelo regado con sangre inocente. Sus numerosas ventanas se tragaban la luz, como si fueran ojos negros; parecía una gigantesca araña de piedra con las patas clavadas en la tierra, que esperaba a la siguiente presa.
—Tenemos que hablar con un adulto —dijo Owen.
Para su gran sorpresa, nadie se indignó.
—¿Con quién? —preguntó al fin Corey—. ¿Quién nos tomará en serio en vez de mandarnos a la cárcel por el asesinato de Dwayne Taylor?
—¡No fuimos nosotros! —replicó Chad, irritado.
—¡Ya lo sé, listo! Yo también estaba allí, ¿recuerdas?
Owen alzó las manos para hacerlos callar.
—Gemma —dijo—. Ella nos creerá.
—¡No! ¿Mi hermana? ¿Estás chalado? ¿Quieres que no me dejen volver a hablar con vosotros jamás?
—Gemma no es de la pandilla, no funcionará —refunfuñó Connor.
Owen gesticulaba para hacerse oír.
—Es buena tía, nos escuchará —insistió.
Corey meneó la cabeza, poco convencido.
—¿Y luego? —gruñó Connor—. ¿Qué le diremos? ¿Que hay un asesino de niños reencarnado en espantapájaros que nos la tiene jurada? ¿Y unos indios enterrados debajo del colegio, conchabados con él?
Chad indicó por señas que Connor se había marcado un punto.
—Yo tampoco veo la relación entre Eddy Hardy y la matanza de indios.
—¿Una especie de venganza de sus espíritus? —sugirió Corey—. Puede que, como nosotros descendemos de los colonos malos que se los cargaron, piensen que también merecemos pagar por ello…
—¡Qué idiotez! —opinó Chad—. ¿Por qué ahora? ¿Y por qué somos nosotros más responsables que nuestros padres, nuestros abuelos y los que los precedieron? Además, Owen y yo acabamos de llegar, no tenemos nada que ver con vuestros antepasados.
—Por eso necesitamos la opinión de otra persona, de alguien inteligente —insistió Owen—. Alguien con una nueva visión y en quien podamos confiar. Tu hermana, Corey. No se me ocurre nadie más.
El aludido hizo una mueca.
—Como se le crucen los cables, me mata.
—Si seguimos callados, ¡nos matarán a todos! —declaró Chad, tan enérgico como siempre.
—Vale. Y aparte de eso ¿qué hacemos? Gemma no nos va a sacar de este marrón ella sola…
Chad observaba la impresionante fachada del colegio.
—Habrá que actuar —dijo muy serio.
—¿En qué estás pensando? —se interesó Connor, que prefería la acción a la espera.
—Nos pasamos la vida en el colegio. No podemos arriesgarnos a que esa cosa, sea lo que sea, nos atrape cuando estemos solos, con la guardia baja.
Corey levantó la cabeza y abrió unos ojos como platos.
—¡No, no, no! —exclamó indignado—. ¡Si crees que voy a hacer eso, estás listo, colega!
—¡Es nuestra única salida!
—¡Estás zumbado! Si bajamos ahí, no habrá salida que valga.
Connor se levantó a su vez.
—Chad tiene razón. ¿Quemamos al espantapájaros y no vamos a poder con un indio muerto?
Owen agitó el índice ante ellos.
—Yo no he dicho que fuera un indio. Había alguien o algo subiendo las escaleras, pero también otra cosa… Una especie de aura o una sombra densa que me perseguía…
—De todas formas, ya tenemos una pista para empezar —dijo Connor—. La escalera de servicio.
—He oído decir que ahí abajo hay un laberinto de pasillos —explicó Corey—. Vamos a perdernos, que es exactamente lo que quieren los indios muertos.
—Eso no lo sabes.
Owen iba de un lado para otro, meditando. Poco a poco, todo iba organizándose en su cerebro. Cuando estuvo listo, los reunió a todos con un silbido autoritario que incluso le sorprendió a él mismo.
—Esto es lo que vamos a hacer. Para empezar, necesitamos más información. Los comandos no van al terreno de operaciones a la buena de Dios. Volveremos a la biblioteca.
Coro de protestas. No les había gustado ni el lugar ni el bibliotecario.
—¡No tenemos elección! —bramó Owen para hacerles callar—. Cuando sepamos quién, dónde y cómo, entonces bajaremos a ajustarle las cuentas a esa cosa, sea lo que sea.
—¿Y Gemma? —preguntó Chad.
—En cuanto estemos listos, la ponemos al día. Una chica puede sernos de mucha ayuda.
—¿Para qué? —preguntó Corey, incrédulo.
—Las chicas saben y comprenden cosas que a nosotros se nos escapan. ¿Por qué crees que son ellas las que traen niños al mundo? Saben crear vida. Es justo lo que necesitamos para enfrentarnos a la muerte.
Los otros tres lo miraban muy poco convencidos. Pero ninguno rechistó. Todos tenían dudas sobre aquel plan, pero sabían que para ellos era vital actuar. Tenían que sorprender a su enemigo, quienquiera que fuese.
Antes de que él los atrapara.