69.

Olivia ya no estaba segura de nada, salvo de que quería encontrar a su hijo cuanto antes.

No dejaba de preguntarse si no habría enviado a su marido a la boca del lobo, pero al mismo tiempo se sentía más tranquila sabiendo que estaba lejos de la Granja. «Si alguien puede sacarnos de esta, es Tom». Nunca le había fallado. Nunca. Tom era uno de esos hombres que se mostraban cuando era necesario, tenía una mente analítica brillante y sabía sacar el mejor partido de cada situación. Las vidas de todos los miembros de la familia Spencer, pero también del conjunto de la población de Mahingan Falls, estaban en sus manos y en las de Ethan Cobb. Eso era preferible a que el teniente cargara solo con la responsabilidad de ese salvamento a la desesperada. Incluso Owen estaría más seguro que si se hubiera quedado allí, con ella.

Olivia se colgó la mochila portabebés de los hombros y Ashley acomodó dentro a Zoey. La niña, que en realidad ya no tenía edad para usarla, pesaba lo suyo y Olivia apretó los dientes. La caminata prometía ser dura, pero no podía llevar a la pequeña en un carrito, y menos aún hacerla andar junto a ellas. Habría sido demasiado arriesgado.

—Nos turnaremos para llevarla —se ofreció Ashley.

Olivia le tendió el inhibidor portátil.

—Llévelo usted. Si hay que correr, tendré que sujetar las correas de la mochila y no podré activarlo.

Ashley se lo fijó al cinturón, y salieron al jardín después de que Olivia encerrara a Milo en el cuarto de la lavadora.

Roy seguía atareado con el motor del todoterreno, iluminándose con una lámpara portátil colgada del borde superior del capó.

—¿Cómo va eso? —le preguntó Ashley.

—No soy mecánico y se nota. Pero creo que he comprendido lo esencial y… Haré lo que pueda.

—No debería quedarse aquí solo, Roy —dijo Olivia.

—¡Bah! Ya sé lo que hay entre esas paredes. Tendré cuidado.

—Si oye algo, sea lo que sea, huya. Aléjese de la Granja todo lo que pueda. La bruja nunca ha atacado fuera de su territorio.

—No se preocupe por mí. Encuentre a su chaval y vuelvan cuanto antes. Con un poco de suerte, ya habré puesto en marcha este maldito motor.

—Le confío a mi perro. Manténgase alerta.

A modo de despedida, Roy agitó sus dedos grasientos, y las dos mujeres se dirigieron hacia la calle. Olivia ya solo pensaba en Chad. ¿Estaría vagando por el pueblo, muerto de miedo? «No, es un luchador, estará dándoles órdenes a sus amigos o buscando un escondite, es listo».

No quería plantearse ninguna otra posibilidad.

El sol había desaparecido totalmente, incluso al otro lado del Cinturón, y las estrellas empezaban a asomar sobre las copas de los árboles. Ashley encendió la linterna para alumbrar la calzada delante de ellas.

Ni Olivia ni ella advirtieron que, a su espalda, una silueta se deslizaba entre los arbustos.

En el cielo aparecieron unas masas verdosas de bruma fosforescente que danzaban despacio, de un modo espectacular. Parecían las huellas de unas manos gigantescas posándose sobre un cristal invisible, en la lejana atmósfera, para esfumarse a continuación al ritmo de un misterioso y fascinante oleaje estelar.

—Auroras boreales —dijo Olivia.

—Aquí nunca las ha habido.

—Deben de ser consecuencia del viento solar. Apresurémonos, me dan mala espina.

—Son preciosas, nunca las había visto…

—Si la energía de que disponen las Eco para materializarse entre nosotros está en consonancia con esas auroras, nada podrá salvarnos del desastre. ¿Sus compañeros están evacuando el pueblo en estos momentos?

—Ethan iba a dar la orden cuando la radio ha dejado de funcionar. Y dudo de que el jefe Warden haya tomado esa decisión: ignora la amenaza que pesa sobre el pueblo.

—Conozco a Warden, es un cabrón.

Ashley miró a aquella madre de familia tan pulcra y bien arreglada, con su hija a la espalda, pero dispuesta a soltar tacos en cuanto le aumentaba el estrés.

—Yo no lo habría definido mejor —dijo sonriente.

Siguieron avanzando por la carretera que cruzaba el bosque hasta la salida de los Tres Callejones y llegaron a Maple Street, en el barrio de Green Lanes.

Las hileras de chalets y casas de madera estaban extrañamente tranquilas y sumidas en la oscuridad. Hasta las farolas estaban apagadas. La sobrecarga había tenido las mismas consecuencias en todas partes, dañando casi todas las fuentes de luz. Olivia esperaba encontrar gente en las calles, o bien oír cómo las familias trataban de ponerse en contacto, e intentaban reunirse. Pero reinaba un silencio sepulcral.

—¿Ya se han despertado las Eco? —murmuró.

—¿Las qué?

—Los fantasmas.

Ashley balbuceó algo, pero no consiguió formular una frase.

—¿Aún no se ha topado con ninguno?

La joven sargento la miró desconcertada, y a Olivia se le encogió el corazón. También ella había pasado por aquella incertidumbre, entre la risa, el escepticismo, las ganas de llorar, el miedo a caer en la locura y el comienzo de un cambio radical en la propia percepción del mundo. Ante la primera prueba irrefutable, o bien se vendría abajo, o se resignaría de una vez por todas a aceptar lo irracional.

Olivia rectificó de inmediato. Pensándolo bien, no era tan sencillo. ¿Dónde se situaba ella misma? El niño metamorfoseado en araña en su habitación y la colcha mordida habían acabado de convencerla.

—No se han apoderado del pueblo, es imposible —dijo al fin—. No pueden ser tan numerosos… No, no han acabado con todo el mundo.

Un poco más adelante, en Church Street, detrás de una ventana vislumbraron los puntos luminosos de unas velas y una linterna. Y a continuación distinguieron las siluetas de una pareja alrededor de un coche.

—¡Vuelvan a casa! —les ordenó Ashley.

—¡Se ha averiado todo! —gritó el hombre, presa del pánico—. Mi coche no arranca y la línea del teléfono hace cosas raras… No funciona nada. ¡Y hemos oído gritar a los vecinos!

—¡Las calles no son seguras, enciérrense en casa!

—¿Por qué? ¿Es un atentado? —preguntó la mujer, aterrada.

—¡Hagan lo que les digo! —bramó Ashley, exasperada.

Un grito ahogado que procedía de un edificio no muy lejano los dejó a todos petrificados. La pareja corrió hacia su casa.

—Ya ha empezado —dijo Olivia.

Ashley miraba a su alrededor agitando la linterna en todas direcciones. Olivia le puso una mano en el brazo.

—Cálmese.

—Entonces, ¿todo eso que cuenta Ethan es verdad?

—¿Aún lo duda?

—No lo sé.

La sargento respiraba ruidosamente.

—Ashley… ¿Puedo llamarla por su nombre de pila? Tiene que mantener la sangre fría. No sé qué razones la llevaron a hacerse policía, pero es el momento de recordarlas y actuar con profesionalidad. Lo que podemos ver causará… una conmoción en sus creencias y en sus antiguas certezas. Pero tiene que sobreponerse. Mi pequeña y yo la necesitamos. Y mi hijo, que estará por ahí, en alguna parte, también.

Ashley asintió.

—Cuente conmigo.

Pero no paraba de tragar saliva, y sus ojos inspeccionaban cada rincón del camino.

Olivia tiró de su brazo y reanudaron su excursión forzosa lo más rápido posible. Los tirantes del portabebés empezaban a clavársele en los hombros, pero dado el estado en que se encontraba Ashley, no podía confiarle a su hija. Por suerte, Zoey, mecida por el balanceo, se había dormido hacía rato.

La atmósfera general hacía pensar en el fin del mundo. Ya nada era normal en aquel escenario habitualmente tan lleno de vida, tan saturado de colores y luces diversas, ahora dominado por una oscuridad total, salvo por los inmensos velos verdes o azules que tornasolaban el firmamento. De pronto, de algún lugar en el centro del pueblo llegó el sonido de una explosión, y Olivia retrocedió y vio una bola de fuego que ascendía al cielo y se disolvía al cabo de un instante.

—Seguro que Chad está bien —dijo Ashley.

Olivia no podía concebir que no fuera así, pero el corazón le latía a toda velocidad.

La silueta que las seguía desde que habían salido de la Granja se deslizó entre los coches. Estaba acortando distancias poco a poco. Varios disparos resonaron en la noche. Ashley empujó a Olivia al otro lado de una valla y se ocultó con ella detrás de un árbol. Volvió a hacerse el silencio.

—La gente está descontrolada —murmuró la policía.

—Buenos reflejos…

—Ya le he dicho que podía contar conmigo.

Ashley cogió a Olivia de la mano y la condujo por el césped de jardín en jardín hasta la esquina de Fitzgerald Street. De vez en cuando, de alguna ventana abierta salían voces, y se veían algunas figuras reunidas delante de las puertas, al resplandor de las luces improvisadas que la gente había sacado de los armarios. Green Lanes no estaba en absoluto devastado, pero sí conmocionado, aterrorizado. La mayoría de los vecinos permanecían escondidos en sus casas como conejos que barruntan al zorro.

Las dos mujeres no tenían un plan concreto, aparte de llegar a Independence Square y subir East Spring Street en dirección al restaurante mexicano en el que habían cenado los adolescentes. Si ya habían salido y pensaban ir a los Tres Callejones, era muy probable que se los encontraran por el camino.

Olivia calculó que tardarían al menos quince minutos en llegar cerca de esa zona. Tenía la espalda destrozada y los hombros entumecidos, y no creía poder continuar sin hacer un alto.

—Espere, tengo que bajar a Zoey —Ashley le indicó por señas que se la pasara—. ¡No, no, estoy bien! Solo necesito aliviar la espalda un momento.

—No tenga miedo, no voy a dejarla colgada. Me estoy sobreponiendo, como ha dicho usted.

Efectivamente, había recuperado la sangre fría. Guiar a Olivia y mantenerse alerta hacía que volviera a sentirse policía. Para recobrar su eficiencia, necesitaba actuar.

En un porche al otro lado de la calle se oyó un quejido vagamente humano, una implorante petición de ayuda. Ashley dio un paso para cruzar la calzada, pero Olivia la retuvo.

—Ya sé que es su trabajo, pero si tiene que intervenir en cada manzana no llegaremos a ningún sitio. Hay gente por todas partes, Ashley. Es necesario elegir. Comprendería que me dejara aquí para socorrer a otras personas, pero en ese caso tengo que pedirle que me devuelva eso —señaló el inhibidor—. Lo siento, debo pensar en mis hijos —alegó.

Ashley miró la fachada envuelta en tinieblas, indecisa. Y al fin lanzó un suspiró.

—He jurado que cuidaría de usted —dijo—. Páseme a Zoey, no podemos quedarnos aquí.

En ese momento Olivia notó que moqueaba. Cuando quiso sacar el pañuelo, el líquido ya le resbalaba por el labio.

—¡Ashley! ¡Encienda el inhibidor! ¡Enseguida!

Era sangre.