81.
Mientras un ejército de mortíferas sombras se arrastraba por Main Street en persecución de Corey, Connor, Adam y Chad, que huían en bicicleta, otra Eco no menos veloz surgió delante de ellos para cerrarles el paso e intentar llevarse por delante a todos los que pudiera.
Chad había soltado el manillar y sostenía una bomba de gasolina y el Zippo. Solo disponía de un intento para evitar que lo atraparan, a él o a alguno de sus amigos, y levantó la tapa del mechero con un golpe del pulgar.
La velocidad impedía que la mecha prendiera.
La Eco saltó al techo de un coche y preparó su ataque vibrando y encogiéndose ligeramente, para concentrar todas sus fuerzas y salir disparada como el proyectil de una ballesta.
Para Chad, lo que siguió ocurrió casi a cámara lenta.
Instintivamente, colocó el mechero detrás del globo para protegerlo del viento. Esta vez la llama brotó y encendió la corta mecha del petardo adherido a la bomba con celo.
Chad soltó el Zippo y alzó la cabeza.
La sombra se desplegó y echó a volar directa hacia ellos, como un ave rapaz.
La bomba incendiaria salió disparada de la mano de Chad en dirección a su blanco. No había apuntado a la criatura, sino al lugar al que calculaba que le daría tiempo a llegar.
Todo ocurrió muy deprisa. Apenas había vuelto a sujetar el manillar para evitar un obstáculo —de reojo, le pareció que era un cadáver— cuando vio que la bomba pasaba de largo junto a la Eco y caía al asfalto, del que brotaba una columna de fuego.
Connor, que pedaleaba de pie en la bicicleta, fue arrollado por aquella llamarada inauditamente feroz.
Su gorra salió volando por los aires.
Su bicicleta se estrelló contra un camión aparcado en la acera y Connor estalló en cientos de pedazos contenidos únicamente por la red de piel de su cuerpo.
Su mirada atónita se cruzó con la de Chad.
No le había dado tiempo a defenderse, ni siquiera a intentarlo.
La Eco se lanzó sobre él una y otra vez, haciendo trizas el envoltorio de carne y huesos del adolescente, hundiéndolo cada vez más en la cabina del camión.
La sangre brotó de su boca aplastada, y todo rastro de vida desapareció para siempre de su cuerpo.
Chad gritaba de furia y desesperación.
Y esa rabia le hizo pedalear aún más deprisa.
Alcanzó a Adam y a Corey, ajenos a lo que acababa de ocurrirle a Connor, y los dejó atrás, pese a que los dos se empleaban a fondo.
Desembocaron en Independence Square, con la rugiente jauría de las Eco pisándoles los talones.
Chad ya no tenía ningún objetivo, no iba a ninguna parte, pero corría tanto como era humanamente posible. El agotamiento sería su destino. Y después la muerte, seguramente. Daba lo mismo que fuera en Green Lanes o en los Tres Callejones. De todas formas, las máquinas de destrucción que los perseguían los habrían atrapado mucho antes.
Chad oía gritos lejanos, y esa lejanía fue lo primero que lo sacó de su estupor: no podían ser sus dos amigos, la voz venía de mucho más lejos. Entonces la reconoció.
«¡Mamá!».
Esa sola idea hizo revivir su espíritu de lucha.
La vio a su izquierda, en la azotea del ayuntamiento, haciendo aspavientos y vociferando su nombre.
Chad se apresuró a torcer, describió un gran cuarto de círculo y volvió a pedalear. Se dio cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas lo cegaban, pero no podía secárselas. Calculó la distancia en el último momento y vio la escalera de incendios instalada en la fachada este del edificio a través de la niebla húmeda que le enturbiaba la vista.
Las Eco estaban demasiado cerca para detenerse y trepar, así que no frenó.
Esperó hasta que fue casi demasiado tarde: cuando vio que tenía la pared a menos de un metro, apretó las manetas de los frenos con todas sus fuerzas y derrapó tan violentamente que rodó por el suelo, mientras la mountain bike se estrellaba contra el muro de ladrillo.
Le dolía todo, las sienes le latían y el costado derecho le hacía daño al respirar, pero se apresuró a levantarse y vio a Derek Cox saltando los peldaños más que bajándolos y haciendo descender al suelo el último tramo de escalera.
—¡Espabila o date por muerto! —rugió tendiéndole la mano.
Chad la agarró y empezó a subir hacia el tejado a toda velocidad.
Abajo, Derek tiraba de Corey. Pero cuando trataba de asir la mano de Adam, las dos primeras Eco se materializaron e intentaron sujetar al adolescente por los tobillos. El magma de tinta que les daba una forma vagamente humana crecía, y una sustancia más sólida se abría paso hacia nuestra dimensión en el interior de aquellos torbellinos de sombras. Un instante después estaban allí, reales. Dos seres con garras que arañaban el suelo, con rostro viscoso como el petróleo y cráneo alargado. Parecían tan inmateriales como sombras chinescas, pero sus afiladas garras hacían rechinar los peldaños de metal.
Derek tensó su potente musculatura, alzó en vilo a Adam y lo dejó en el rellano, a su lado.
—¡Sube! —le ordenó recogiendo el último tramo.
Dio la espalda a los monstruos, que estaban a punto de saltar, pero cuando se disponía a lanzarse escaleras arriba a su vez, sintió unas mandíbulas heladas cerrándose sobre su pie.
En ese momento comprendió que, con la precipitación, se había dejado el inhibidor en el tejado.
—No —murmuró—. ¡No!
Tiró con todas sus fuerzas para intentar liberarse, pero la Eco le retorció el pie, y el tobillo se partió con un crujido siniestro. Derek aulló.
Se aferró a las barandillas, decidido a no soltarse. No pensaba dejar que lo devoraran. Eso nunca.
A pesar del dolor, se impulsó con el otro pie y tiró con los brazos.
Otra boca glacial hizo presa en la rodilla de la pierna que tenía libre.
—¡No! ¡No!
Para Derek, la derrota no era una opción: jamás la aceptaría. Tensó los músculos al límite, hasta el borde de la rotura, y consiguió subir otro peldaño.
Algo estaba royéndolo.
Bajó la cabeza y vio dos siluetas negras que le devoraban los pies y las pantorrillas, y se dio cuenta de que aquella especie de boca se lo había tragado hasta las rodillas.
Y seguían succionándolo.
Derek notó que la sangre escapaba de sus miembros, la carne de sus piernas se deslizaba hacia las tenebrosas gargantas, e instantes después sintió un dolor intolerable cuando los órganos de su pecho empezaron a descender, absorbidos a su vez.
Pero no se soltó.
Las Eco lo sorbían con una sed insaciable. Derek jamás habría podido imaginar que soportaría un calvario como aquel.
Cuando sus mejillas se hundieron y sus globos oculares desaparecieron en su cráneo, los dedos del muchacho seguían aferrados a las barandillas.
A al fin, todo su cuerpo se desinfló como un globo de piel tatuada y pelo sobre un armazón de huesos.
Al llegar al tejado, Chad se abalanzó sobre su madre.
Olivia, que tenía a Zoey entre los brazos, lo estrechó contra su pecho y le cubrió de besos el cabello, la frente, la nariz, las mejillas, embargada por una sensación de plenitud que rara vez había experimentado.
—¡Mamá!
Chad no encontraba las palabras, no sabía por dónde empezar ni cómo expresarlo.
—¿Y los demás? —le preguntó Olivia.
—Han muerto…
—¿Gemma?
Chad negó con la cabeza y estalló en sollozos. Su madre le cogió la cabeza y la apretó contra su pecho.
Corey llegó junto a ellos, seguido por Adam, que señaló la escalera.
—¡Se acercan! ¡Están por todas partes!
Olivia corrió a recoger el inhibidor que Derek había abandonado en el suelo y ordenó a los chicos que la siguieran al centro de la azotea; una vez allí, todos se agacharon. Derek no había subido. ¿Qué hacía? ¿Los había dejado solos para irse al puerto deportivo?
Volvía a reinar el silencio, aquel odioso silencio.
Durante el minuto siguiente, Olivia se preguntó si las Eco habrían renunciado a sus presas y habrían seguido su camino.
Las sombras asomaron lentamente por detrás del parapeto que enmarcaba la enorme azotea. Trepaban por las fachadas, surgían por el norte y el oeste, luego por el este y el sur, sin hacer ruido. Dondequiera que Olivia posaba la mirada, las veía saltar el pretil y formar un negro y vibrante círculo, que empezó a cerrarse.
Encendió el inhibidor.
El led rojo parpadeaba.
Las Eco se detuvieron, agitadas por una palpitación común, como una onda en la superficie de una charca de lodo.
Se comunicaban. Aunaban fuerzas.
El inhibidor no era lo bastante potente para rechazar a tantas.
Olivia apretó a Zoey contra su pecho, agarró a Chad con la otra mano para arrimarlo a ella y rodeó con el brazo a Corey y a Adam, que estaban temblando.
El piloto del inhibidor se apagó con un sucinto ¡ploc!
Todo había acabado.
El mortífero telón que los rodeaba volvió a avanzar hacia ellos, y conforme se acercaba, las Eco aumentaban en altura y espesor. Sus delgados brazos y sus uñas, más largas que los dedos, se estiraron y en lo que les servía de cabeza adquirieron forma unas fauces, abiertas como ante un festín.
Olivia podía percibir el rumor de cientos de voces ahogadas en sus infernales entrañas vibrando con un apetito abismal.
La mujer los envolvió a todos en un gran abrazo.
—No pasa nada, niños. Cerrad los ojos.