80.

El impulso llevó a la furgoneta hasta el pie del monte Wendy y le permitió recorrer algunas curvas más, pero la dejó al borde del bosque, bastante lejos aún de las tierras de los Taylor.

Ethan se apeó, les dijo a Tom y a Owen que esperaran, entró en la zona de carga cubierta de restos humanos, y regresó cargado de inhibidores. El piloto rojo indicaba que la batería estaba consumiendo la reserva. Les colocó dos en la cintura a cada uno, pero cambió el suyo, el único que seguía en amarillo, porque lo había apagado de vez en cuando, por uno de los de Owen.

—¿Por qué hace eso? —le preguntó el chico.

—Si nos pasa algo, tendrás una posibilidad de salvarte.

—No, soy un niño, yo solo no conseguiré cortar la electricidad, que es lo importante. Tiene que llevarlo usted.

Ethan detuvo su mano y miró a su tío para saber qué opinaba.

—Cójalo —dijo Tom tras intercambiar una mirada con el chico—. No te separes de mí, Owen.

Estaban a menos de dos kilómetros de los maizales y el transformador. Ethan encendió la linterna y echaron a andar por el borde de la carretera.

—Estamos en deuda con usted —dijo Tom—. Ha sido una idea brillante.

—Brillante no, simplemente práctica. La furgoneta estaba ahí, casi en la dirección adecuada.

—De todos modos, a mí no se me hubiera ocurrido —Tom posó la mano en el hombro de Owen—. De ser por mí, nos habríamos quedado allí.

—Aún es muy pronto para cantar victoria —respondió Ethan con un tono un poco duro, y Tom se calló.

Estaban rodeados de robustas coníferas que parecían colosos ataviados con vestidos de volantes, y durante unos minutos Tom se olvidó de la angustia que lo atenazaba. Respiraba bien y contemplaba el paisaje, que no era en absoluto desagradable, si se descartaba la posibilidad de que ocultara alguna presencia maligna, de modo que en otras circunstancias aquello habría podido ser un grato paseo nocturno con su hijo adoptivo.

De vez en cuando, Owen se volvía y escudriñaba la oscuridad, apenas atenuada por las aureolas de luz verde y azul sobre la Vía Láctea. El monte Wendy y, en mayor medida, el Cordón que coronaba su cima, suscitaban una terrible duda. Los tres pensaban en ello, aunque ninguno lo dijera. Era muy posible que las Eco les estuvieran pisando los talones.

Habían apagado todos los inhibidores para ahorrar la poca batería que les quedaba.

El roce de las ramas sobre sus cabezas atrajo la atención de Tom. El viento soplaba desde la pequeña pero peligrosa montaña. Las copas de las altas coníferas se agitaban, y Tom aflojó el paso.

Frunció el ceño, intentando comprender lo que su inconsciente ya había detectado.

—¡Los árboles se mueven en contra del viento! —exclamó asustado, procurando no alzar la voz.

—Es imposible, son demasiado grandes para… —empezó a decir Ethan.

Pero, tras echar un vistazo, llegó a la misma conclusión. En ese momento oyeron los crujidos. Gruesas ramas arrancadas, troncos que se doblaban y partían, tocones aplastados. Luego, un paso lento. Pesado. Implacable. Inverosímil.

A lo lejos, la naturaleza entera se agitaba al paso de una fuerza prodigiosa.

Inmensa.

Bajaba del monte Wendy y se dirigía hacia ellos a través del bosque.

Tom no acababa de entenderlo, aunque en su interior sabía qué ocurría. ¿Tenía razón Martha Callisper al asegurar que cualquier ente podía cobrar vida por la simple fuerza de nuestras creencias? Muchos pueblos nativos compartían esa fe, y nadie sabía durante cuántos siglos, si no milenios, habían creído en ello.

Roy habría podido decírselo, si hubiera estado allí.

«Todo el mundo lo ha olvidado, pero Wendy es una abreviatura de wendigo. El monstruo de los indios. El espíritu del mal. El espíritu del canibalismo». Eso es lo que habría dicho el anciano, con toda seguridad.

—Sé lo que es —dijo Tom.

—¡Me trae sin cuidado, siempre que no nos atrape!

Ethan estaba a punto de echar a correr, pero Tom se lo impidió.

—¡Apague la linterna y escondámonos! ¡Es imposible huir de él! ¡Tenemos que evitarlo!

Empujó al teniente y a Owen entre los matorrales y se ocultaron bajo una maraña de raíces al pie de un fornido abeto.

La tierra temblaba a cada paso del coloso que caminaba hacia ellos. Los troncos se partían o se torcían entre chasquidos. Owen se acomodó entre Ethan y Tom, que tiró de unos helechos cercanos para que los ocultaran un poco más.

¿Qué habían desatado aquellos experimentos descontrolados? ¿Qué demencial bestiario, alimentado por las creencias ancestrales más aberrantes, habían invocado?

Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, estuvo allí.

Un silencio insólito envolvió a los tres humanos. Hasta la naturaleza parecía aterrorizada.

No podían verlo ni oírlo, pero lo presentían. El wendigo estaba a su lado, en alguna parte encima de ellos, muy cerca, esperando.

Al acecho, como un cazador.

Justo delante de Tom, el musgo se cubrió de una fina capa de escarcha, y un frío polar los envolvió.

Luego llegó el olor. Un tufo a carne podrida. Y Tom no tuvo ninguna duda sobre la naturaleza de esa carne. Las leyendas sobre el wendigo eran unánimes al respecto. Carne humana.

Pasó un minuto, en forma de confusa pesadilla.

De no ser por las señales olfativas y sensoriales de su presencia, los tres humanos habrían podido creer que se había ido y abandonar su escondite. Pero estaba agazapado detrás de ellos, al acecho del menor error.

La espera se hacía insoportable. ¿Estaba jugando con ellos? ¿Sabía dónde se ocultaban y, con sus largas garras desplegadas sobre sus cabezas, se limitaba a esperar el menor temblor de cualquiera de ellos para ensartarlos como si fueran vulgares cerdos en un espetón?

Tom estuvo tentado de levantarse y echar a correr como nunca había corrido, gritando, al borde de la locura, con tal de no seguir esperando en medio de aquella gélida pestilencia, que no era sino la horrible manifestación de una entidad maléfica.

Sacudió la cabeza. ¿Qué le pasaba? La auténtica locura habría sido escucharse a sí mismo. Su única posibilidad era permanecer inmóviles. Confundirse con el entorno hasta que aquella cosa se olvidara de ellos, hacerse invisibles…

Un paso de titán los sacudió, seguido de otro, y de repente toda claridad —la de las auroras boreales y la de las estrellas— se apagó, y un manto de absoluta negrura cubrió a los tres humanos.

Entonces el gigante desapareció tan súbitamente como había aparecido, y no se volvió a oír un solo ruido.

Ethan inspiró a pleno pulmón, como si hubiera estado conteniendo la respiración hasta ese momento, y lentamente, muertos de miedo, salieron de su escondite. Tom le preguntó a Owen si estaba bien, y el chico no supo qué responder.

La escarcha se había evaporado, y tampoco en la carretera encontraron huella alguna del paso de la bestia, ni siquiera un rastro de astillas o agujas sacudidas por su formidable ímpetu.

Salían de lo desconocido. ¿Realmente había habido allí una presencia hacía apenas unos instantes?

Se miraron asombrados, con ojos vidriosos.

—Sigamos —dijo Ethan tras aquella extraña espera.

No les costó mucho avivar el paso. Necesitaban poner tierra de por medio entre ellos y aquel lúgubre bosque, y lo hicieron en la penumbra, guiados por el débil resplandor del cielo, ya que Ethan no volvió a encender la linterna.

Cuando divisaron los maizales sintieron un gran alivio, a excepción de Owen, que aflojó el paso.

—Todo irá bien —le dijo Tom—. Juntos lo conseguiremos. Dame la mano.

Para el chico, internarse en el campo de maíz, entre los tallos, fue un acto heroico.

Con la brisa, las hojas secas emitirían un ruido de sonajas, y todos se detuvieron unos instantes para asegurarse de que no era la señal del regreso del wendigo.

Pero Tom presentía que no volverían a verlo. La criatura recorrería las montañas y los bosques, encadenada a las leyendas que le habían dado vida, sin conseguir bajar al pueblo o alejarse de su hábitat. Era una deducción gratuita, sin más base que lo que había sacado en limpio de sus lecturas y de lo que le había oído decir a la médium, pero eso le bastaba.

Ethan no tardó en recuperar el ritmo. Nunca habían estado tan cerca de lograrlo. Tom no sabía cómo cortarían la alimentación eléctrica de Mahingan Falls y del Cordón, pero, una vez llegaran, seguro que se les ocurría algún modo. Destruir siempre era más fácil que construir, como le había enseñado su experiencia de autor.

Las hileras de plantas tenían un poder hipnótico.

Y también inquietante.

De día, Owen había pasado un miedo espantoso. De noche, estaba al borde del desmayo. Tom se dio cuenta, y le cogió la mano y se la apretó.

No veían más allá de su nariz, así que Ethan decidió encender la linterna. Tom prefirió mantener la suya en el cinturón. Desde arriba debían de parecer una estrella buscando su órbita en medio del vacío sideral.

Las hojas disminuían progresivamente, y a cada zancada tenían que apartar con la mano la mayoría de los tallos, que les impedían ver.

Apareció de pronto, justo delante de Ethan.

Una camisa de cuadros y un peto de pana lleno de agujeros cubrían su descoyuntado cuerpo. La calabaza que le servía de cabeza sonreía horriblemente, y unos rollizos gusanos resbalaban de sus labios, como baba de la boca de un cadáver.

Aquel no tenía rastrillos a modo de manos, sino una gran cizalla a un lado y la tapa de un cubo de basura en el otro. El improvisado escudo se abatió sobre Ethan, pero el policía consiguió desviarlo con la linterna, que salió despedida.

Y entonces la cizalla se alzó en el aire para abrirlo en canal.

Ethan tuvo suficientes reflejos para esquivarla, pero no fue lo bastante rápido para evitar que la hoja le abriera un largo tajo en el costado, debajo del brazo.

Tom había soltado a Owen. Ciego de rabia, empuñó su propia linterna para usarla a modo de porra. Todo el miedo que había percibido en su hijo adoptivo, todo el trauma sufrido, toda la cólera que le había transmitido Owen tras enfrentarse al espantapájaros acudieron a su mente, y Tom trazó una curva perfecta con la linterna. El mango golpeó la calabaza y le reventó todo el lateral. Volvió a coger impulso y, como movido por un resorte, golpeó en la otra dirección y mandó la parte superior de la calabaza al maizal.

Ethan, ya repuesto, apuntó con la Glock al torso del espantapájaros.

Ocho disparos resonaron en la oscuridad.

Tom empezó a pisotear a la criatura con furia, hasta que no quedó suficiente sustancia en ella para que pudiera reanimarse.

Estaba sin aliento, pero consiguió hacerle un gesto a Owen.

—De este… ya no tienes que preocuparte…

Ethan lo ayudó a levantarse, y los empujó para que siguieran andando.

—¿Puede continuar? —le preguntó Tom señalando el feo corte que le recorría el costado de la axila a la cadera.

—Apenas me duele —mintió Ethan sin dejar de andar.

Ya no estaban muy lejos. Lo más difícil iba a ser localizar el transformador en aquel laberinto. Todos los surcos parecían iguales y no había ningún montículo al que encaramarse.

La idea fue de Owen.

—¡Ayúdame a subirme en tus hombros! —le dijo a su tío.

Tom hizo lo que le decía.

—¿Ves algo?

—Allí está la granja de los Taylor, y el silo… Espera. ¡Sí! ¡Creo que es por allí! ¡Todo recto! ¡A menos de quinientos metros!

Tom lo cogió de la cintura para bajarlo, pero los dedos de Owen se agarraron a su pelo.

—¡Encended los inhibidores! —les suplicó, aterrorizado—. ¡Encendedlos ya!

Ethan y Tom pulsaron el botón en el instante en que las plantas se doblaban frente a ellos.

Algo salió despedido hacia atrás antes de que pudieran distinguirlo.

Owen bajó al suelo.

—¡Era el otro espantapájaros! —exclamó—. ¡Deprisa, casi estamos!

Llevado por el entusiasmo, Owen desapareció entre las plantas antes de que los dos hombres pudieran seguirlo, y cuando lo hicieron se había alejado tanto que no dieron con su rastro.

—¿Owen? ¡Owen! ¡Espéranos!

—¡Por aquí! —sonó la voz del chico no muy lejos.

—De acuerdo, pero no te muevas de donde estás hasta que llegue.

—¡Venid! ¡Ya casi estamos!

—¡Owen!

Tom apartaba los tallos frenéticamente. Allí no debían separarse. Percibía el entusiasmo casi eufórico de Owen ante la idea de destruir a aquellas abominaciones. Estaba justo delante.

—¡No te muevas de ahí, Owen!

—Pero si no me muevo… —dijo una voz detrás de él.

«Mierda».

Ethan estaba en el surco de su derecha.

«¿Quién hay ahí delante?».

Algo los estaba rodeando.

Pero los inhibidores…

Los pilotos se habían apagado.

—¡Me he quedado sin batería! —exclamó.

Una mano surgió de entre las plantas y lo agarró. Ethan.

—Nos queda uno —dijo señalando el suyo, cuyo piloto parpadeaba en rojo—. Pero durará poco.

—Owen, acércate a nosotros.

Tom encendió la linterna y la agitó sobre las hojas.

El chico apareció.

Y al mismo tiempo que él, a su espalda, el segundo espantapájaros.

Una guadaña se alzó en el aire para decapitar al muchacho.

Un movimiento amplio.

Lo suficiente para que Ethan vaciara el cargador en la cara de la criatura y la hiciera tambalearse.

Tom agarró a Owen, lo empujó hacia delante y echó a correr por el surco detrás de él. Ya no había tiempo para la prudencia. Trotaban entre las plantas, azotados por las cortantes hojas, que les herían las mejillas y los brazos. De pronto, un ruido sordo les hizo aflojar la marcha.

Un runrún monótono y regular, casi mecánico. Tom no oía el zumbido de ningún motor, solo aquel traqueteo rítmico e imperturbable, aproximándose.

Reconoció los chasquidos de los tallos cortados.

«¿Cómo es posible? ¡Todas las máquinas están inutilizadas!».

Las mazorcas volaban lateralmente a varios metros de altura.

Una segadora-trilladora apareció ante ellos con todas las luces apagadas. El motor tampoco funcionaba, pero una fuerza invisible hacía girar el enorme molinete de más de seis metros de ancho y empujaba la gran máquina, que iba directa hacia ellos, cortándolo todo a su paso.

Tom tiró de Owen, y se lanzaron al galope.

A un tiro de piedra largo, vieron la torre desde la que los cables eléctricos descendían al transformador.

El estrépito de la cosechadora se acercaba.