73.

Diminutos entre los árboles centenarios, apenas tres gotas de agua en aquel océano vegetal, avanzaban en zigzag, llenos de esperanza y de miedo. Ethan no podía evitar enfocar con la linterna a todas partes al menor ruido, ni Owen ni Tom intercambiar una sonrisa de complicidad cada vez que lo hacía.

Caminaban deprisa, al principio por el sendero que desplegaba su franja de tierra desde el fondo del jardín de los Spencer. Luego, Owen lo había abandonado y los había guiado a través del bosque, donde habían tenido que aflojar el paso. Evitar los arbustos más frondosos o las rocas que apenas asomaban en el suelo mientras bajaban la cuesta requería cierta concentración, sobre todo en la oscuridad. Allí, bajo el espeso follaje, ni la luna ni las auroras boreales —que no obstante habían podido admirar unos instantes— iluminaban el accidentado y traicionero terreno.

Los enormes troncos se extendían hasta el infinito, y la noche había borrado todos los colores. Solo quedaba un bosque grisáceo en cuyo vientre se agitaba una fauna invisible que se ocultaba en las alturas, se enroscaba entre las raíces o hacía estremecer los helechos.

Dejaron atrás un macizo de zarzas, juncos, tocones y ramas de más de cinco metros de altura, vestigio de un antiguo corrimiento de tierra, enorme e inextricable sarcófago por el que hasta a la luz le costaba abrirse paso, y más adelante Owen les hizo desviarse hacia el oeste. De vez en cuando titubeaba y buscaba puntos de referencia, difíciles de encontrar en semejantes circunstancias.

—Tómate tu tiempo —le decía Tom.

Pero el tono de su voz, que pretendía ser tranquilo, evidenciaba que no lo tenían. Tom estaba muerto de preocupación. Por su mujer, por sus hijos.

El sudor les resbalaba por la frente y los riñones cuando llegaron a un lecho rocoso por cuyo fondo se deslizaba un tímido hilillo de agua.

—Estamos a la entrada del barranco —anunció Owen—. Unos diez metros más y no tendremos nada que temer de las ondas durante un cuarto de hora.

—No veo ninguna pared —observó Tom, extrañado.

—Pues están ahí, detrás de los árboles. Con la oscuridad no las puedes distinguir.

Ethan se impacientaba.

—Vamos. La subida al monte Wendy llevará tiempo.

El teniente se reprochaba muchas cosas. La lista de todo lo que le habría gustado hacer antes de que el apagón los aislara aumentaba minuto a minuto. No había estado a la altura. No había sido lo bastante diligente y perspicaz. «Deja de autoflagelarte, no es el momento».

Soltar a Alec Orlacher y su secuaz con la promesa de que irían directos al Cordón para reiniciar la señal había sido un error. Una tremenda ingenuidad. ¿Cómo había podido creer que el responsable de la empresa no aprovecharía la ocasión para poner tierra de por medio? «Tuve que decidir a toda prisa…».

Sin embargo, Orlacher había venido a eso… Había jugado limpio con él y había asumido su culpa. Entonces, ¿por qué no había contestado a sus llamadas? «Lo sabes perfectamente».

Había que ponerse en lo peor.

«Pero quizá lo hayan conseguido, quizá no quede ninguna Eco en el pueblo…». Al fin y al cabo, ¿cómo iba a saberlo? Ellos ya habían recorrido buena parte del trayecto sin toparse con ninguna aparición…

—Sé quién está detrás de todo esto —murmuró, tras comprender que era el único que conocía la verdad.

Tom se detuvo.

—¿Desde cuándo?

—Me he enterado hace poco.

Tom lo animó a continuar, y Ethan le contó todo lo que sabía por boca de Alec Orlacher mientras subían la suave pendiente del barranco siguiendo a Owen, que los conducía por aquel territorio seguro.

—Prométame que no dejará que quede impune —le rogó Tom cuando Ethan finalizó su monólogo.

—Le di mi palabra de que, si solucionaba el problema, no lo detendría. Pero lo hará Ashley. Orlacher pagará por sus actos. Él y todos sus secuaces. De repente, Owen echó a correr y Tom se asustó, hasta que lo vio ante una choza de tablas techada con un toldo.

—Aquí es donde venimos cuando queremos estar tranquilos —dijo orgulloso.

Tom levantó el pulgar a modo de felicitación y reanudó su conversación con Ethan.

—En resumen, las Eco de Jenifael Achak y sus hijas estaban atrapadas en nuestra casa desde hacía tres siglos —dijo—, y ese canalla las ha liberado, a ellas y a todas las que se han acumulado desde la fundación de Mahingan Falls.

—Exacto. Incluso es posible que la brecha que abrió su amplificador haya atraído no solo a las Eco del pueblo, sino a las de toda la región, actuando como un imán o un catalizador. Orlacher me aseguró que su tecnología se focalizó exclusivamente en nuestro valle, pero yo no lo creo. Nada es tan limpio como a ese malnacido le gustaría creer. Con su maldito experimento les abrió una puerta hacia nosotros, y por un desafortunado cúmulo de circunstancias, las erupciones solares, al alterar el magnetismo de la tierra o influir en las corrientes eléctricas, les proporcionó una energía monstruosa para actuar.

Tom guardó silencio durante unos minutos. Encontraba aquello muy inquietante. La idea misma de que su familia hubiera podido vivir junto a los fantasmas de una mujer torturada por brujería y sus hijas, sin ni siquiera darse cuenta, era escalofriante. ¿Cuántas personas habría en el mundo conviviendo sin saberlo con espíritus incapaces de hacerse oír? En todas las ciudades y en el campo, en los cinco continentes, a lo largo de siglos e incluso milenios, se habían producido crímenes y tragedias; estas, a su vez, habrían generado innumerables Eco, errantes al otro lado de ese espejo de dos caras, desde donde asistirían impotentes al espectáculo de nuestras vidas terrenales, sintiendo crecer en ellas la frustración y el odio.

Estaban en todas partes. Sin ninguna duda.

Gary Tully había hecho todo lo posible por establecer un puente entre Jenifael Achak y él. ¿Por qué no lo había logrado nunca? ¿Y por qué en cambio el contacto con la casa parecía haber destruido a la familia de Miranda Blaine? Jenifael atacaba a las familias —como la que ella había perdido— e ignoraba lo demás. Era la única explicación.

Incluso sin la intervención de Orlacher y su empresa, tarde o temprano los Spencer habrían tenido que vérselas con la supuesta bruja.

En el mundo había lugares cargados de una ira tan intensa que bastaba para romper el espejo durante unos minutos en cada década, lo suficiente para permitir a los espectros más motivados golpear salvajemente.

Lo único que había hecho Orlacher era precipitar las cosas y amplificarlas hasta expandir el caos de una sola casa a todo un pueblo.

—Vamos a salir del barranco —les advirtió Owen.

Tom le hizo señas para que volviera junto a él.

—¿No va a encender el inhibidor, Cobb? —preguntó.

—Hay que ahorrar batería hasta que sepamos lo que nos espera.

Zigzaguearon por el bosque, con la linterna de Ethan iluminándolos como un faro en la noche, mientras el viento agitaba las ramas altas. Luego llegaron al lindero, donde los oscilantes campos de maíz desplegaban su rumorosa alfombra, y echaron a andar por el sendero de tierra que separaba los árboles del maizal. La masa del monte Wendy se perfiló al norte, recortada contra las auroras boreales.

Owen no paraba de mirar las plantas.

—No te preocupes, no tendremos que meternos ahí —lo tranquilizó Tom.

—No sé si lo que nos espera es mejor —repuso Ethan—. Si la situación se vuelve, digamos, tensa, quédense detrás de mí.

—Era lo que pensaba hacer.

Tardaron otra fatigosa media hora en llegar a la estrecha carretera que partía del pie del monte Wendy, y apenas iniciada la ascensión ya les faltaba el aire.

La brisa nocturna los refrescó un poco, antes de que Tom se percatara del extraño silencio que los rodeaba.

—¿Se han fijado? Ya no se oye un solo ruido. Ni un insecto, ni una rapaz.

—Nos estamos acercando.

Tom tiró de Owen para que se arrimara a él.

Con los cinco sentidos alerta, vigilaban la carretera y las cunetas, sin olvidar echar un vistazo a sus espaldas de vez en cuando.

Un poco más arriba, en el primer tercio de la subida, vieron una furgoneta. Tenía las puertas abiertas de par en par y los faros y el motor apagados. Ethan reconoció el vehículo de Alec Orlacher y su jefe de seguridad.

Esta vez encendió el inhibidor, que llevaba sujeto al cinturón. Un piloto verde le indicó que funcionaba. Tenía la linterna en una mano; con la otra desenfundó la Glock. No sabía si las balas podrían con las Eco, pero el fuego parecía repelerlas, así que no serían totalmente inútiles, y el peso del arma en la mano lo tranquilizaba.

Se acercaron con cautela, mientras Ethan apuntaba con la pistola a la zona de carga de la furgoneta.

Cuando la linterna iluminó el interior, se detuvo, sobrecogido.

—No se acerque más, Tom —advirtió con voz firme—. Y mantenga alejado a Owen.

—Ha dicho que el radio de acción del inhibidor es de tres a cuatro metros, así que no pienso despegarme de usted.

—Tápele los ojos al chico.

Era imposible saber qué pertenecía a Orlacher y qué a su guardaespaldas. Un amasijo de tejidos sanguinolentos cubría buena parte del suelo, como si alguien hubiera pasado a los dos hombres por una picadora.

La actitud de Tom cambió de inmediato.

—¡Hay que largarse ahora mismo! —exclamó.

—No, tenemos que subir, cortar la señ…

Tom apuntó con el índice a las estanterías metálicas, en las que se veían varios inhibidores portátiles, todos activados.

—¡Esos chismes no protegen de nada! ¡Hay unos cuantos, pero no han podido evitar la matanza!

Owen tiró del brazo de su tío.

—¡Se acercan!

Tom se asomó por una esquina del vehículo y comprobó que unas sombras bajaban la pendiente en su dirección a toda velocidad. De lejos se asemejaban a figuras humanas, pero flotaban en el aire sobre el asfalto, y sus extremidades, deformes y alargadas, parecían a punto de desprenderse del cuerpo. Oyó crepitar el aire, cargado de electricidad estática, y empezó a sangrar por la nariz, al igual que Owen y Ethan.

Las Eco caerían sobre ellos en menos de treinta segundos. Las había a decenas. Y eran demasiado rápidas para albergar la esperanza de poder escapar de ellas.