36.

Los truenos retumbaban en la vieja iglesia, sumida en la anémica claridad que penetraba por las altas vidrieras.

El suelo de losas vibraba de forma intermitente, y un lejano traqueteo, casi mecánico, llegó a sus oídos. Una puerta se cerró en algún lugar de la biblioteca, y el sonido cesó.

Luego las bombillas chisporrotearon y volvió la luz.

—Yo me largo —advirtió Corey, y se fue derecho hacia una puerta en la que podía leerse: RESERVADO PARA EL PERSONAL.

Entre las estanterías pasó una sombra.

—¿Es que no sabes leer? —se oyó decir—. Sería el colmo, en un sitio como este —Henry Carver apareció detrás de una columna—. He tenido que rearmar el diferencial en el cuadro eléctrico. Espero que no os hayáis asustado… Es un viejo circuito que hace temblar las paredes.

Los chicos balbucearon sendos «noes» muy poco creíbles. Connor fue el primero en recuperarse.

—Solo queríamos salir para comer algo —explicó.

—¡Ah, sí, claro! Perdón por encerraros, no podía dejar abierto sin nadie vigilando. Adelante, y no lo olvidéis: podéis traeros la comida siempre que no haya libros en la mesa y luego limpiéis.

El diluvio que les esperaba fuera les hizo dudar en el pórtico. Después del miedo que acababan de pasar, se sentían un poco idiotas. Estaban paranoicos, sentenció Connor. No era de extrañar, teniendo en cuenta lo que habían sufrido con el espantapájaros.

Se les había quitado el apetito, pero corrieron hasta el delicatesen del otro lado de la plaza, en la esquina con Main Street, y se instalaron en unos taburetes junto a la ventana para comerse los sándwiches de salami. Fuera, el mundo estaba borroso y chorreante. También ellos goteaban agua sobre el embaldosado blanco y negro. Connor escurrió la gorra, se la encasquetó de nuevo y probó a hacer unas cuantas bromas, que consiguieron relajar un poco a los demás, pero cuando Owen les propuso retomar la faena, los vio muy poco motivados.

—Es importante. La fuerza que animaba al espantapájaros no ha muerto, todos lo sabemos —les recordó, y se volvió hacia Chad—. La prueba es Smaug.

Su primo asintió.

—Es verdad. Smaug se merece que sigamos.

—Y Dwayne Taylor también —murmuró Corey.

—No dejo de pensar en él —confesó Chad—. Con la de agua que está cayendo, me lo imagino pudriéndose en el barro… Y nosotros, sin hacer nada.

—Ya hemos tenido esta conversación mil veces —gruñó Connor—. Yo también lo siento por él, pero no se me ocurre ninguna solución. La poli lo encontrará antes o después.

—¿Y si lo encuentran sus padres? —replicó Chad—. Ver a tu hijo en ese estado no debe de ser nada agradable. Mejor que sea la poli.

Connor se encogió de hombros.

—El bibliotecario es un poco raro, ¿no os parece? —preguntó Corey dejando la mitad del sándwich delante de él.

—¡A mí me da mal rollo todo el sitio! —reconoció Connor.

Owen arrojó sus desperdicios al cubo de la basura.

—Bueno, pero hay que volver.

Los demás lo siguieron, un poco a regañadientes.

El señor Carver los recibió con una gran sonrisa de satisfacción, contento de ver regresar a sus únicos pupilos del día. Se instalaron en los mismos sitios, no sin antes echar un vistazo a cada ángulo de la biblioteca para asegurarse de que no había nada raro, y retomaron sus lecturas. Las hojas fueron pasando, con más o menos rapidez, y los microfilmes se sucedieron casi sin pausa: Corey y Owen deslizaban la mirada por la páginas de titular en titular, deteniéndose a leer solo lo que parecía interesante. Al cabo de tres horas, Connor se desperezó.

—Voy a por una Coca-Cola a la máquina del ayuntamiento —anunció—, ¿queréis algo?

—Una Xbox One con dos mandos —pidió Chad.

—¿Y qué tal un par de tetas, ya puestos? ¿Corey?

—Nada, gracias.

—¿Owen? ¡Eh, Owen!

El aludido estaba demasiado pegado a la pantalla.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Corey.

Owen estaba acabando de leer un largo artículo y tardó en responder. Por fin tragó saliva, apartó los ojos de la pantalla y miró a sus amigos. Tenían una expresión siniestra. Luego, hizo girar la pantalla del lector y señaló el título de un artículo.

—«Asesino maníaco en Mahingan Falls» —leyó Corey—. «Ya son dos los cadáveres de niños hallados en su propiedad. La policía se teme lo peor».

—Fue en la granja de los Taylor —explicó Owen.

—¡Oh, mierda!

—¿Estás seguro? —preguntó Connor.

—Describen el lugar con exactitud. Y supongo que no hay dos iguales saliendo del pueblo por el oeste, a la orilla de un estanque alimentado por el Weskeag…

—No hay ninguna duda —confirmó Corey.

—En la granja vivía un asesino. Fue en 1951. Se supone que mató a su sobrino y a un amigo de este. Tenían trece y catorce años. Por lo que he leído, era sospechoso de la desaparición de varios chicos.

—Se llamaba Eddy Hardy —leyó Corey.

—¿Eddy Hardy? —repitió Connor—. Más que el nombre de un asesino, parece el de un cómico…

—Destripó a su sobrino después de sodomizarlo, ¿eso te parece cómico? Y al otro chico lo tuvo secuestrado varios días antes de cargárselo. A mí no me hace ninguna gracia… —Corey se apartó de la pantalla con cara de asco.

—¿Podría ser pariente de los Taylor? —preguntó Chad.

—Podría —respondió Connor—. No sé si la granja ha sido siempre suya. Puede que la compraran. El abuelo, tal vez. Desde 1951 ha pasado mucho tiempo…

Owen hizo rodar la silla para colocarse en el centro del grupo.

—Voy a buscar en otros números para averiguar más sobre los asesinatos, pero a lo mejor no mató a esos dos chicos solo porque era un degenerado. ¿Y si hubiera otra razón? ¿Y si Eddy Hardy hubiera realizado una especie de rito satánico?

—¿Crees que lo del espantapájaros es cosa suya? —preguntó Chad.

—El espíritu maligno que nos persiguió la tomó con nosotros. No con adultos sino con chicos de la misma edad que las primeras víctimas. Para mí, no es casualidad. Está relacionado. Puede que incluso sea él.

—¿Pero por qué no se había manifestado hasta ahora? —insistió Chad—. Creo que Corey tiene razón: nos falta el detonante.

Owen se mordió el labio. Tenían razón. ¿Por qué esperar tantos años para volver a la vida?

—¿Algo que Taylor padre utilizara para hacer los espantapájaros? —sugirió Connor—. Una caja vieja o algún objeto que habría despertado el alma de Eddy Hardy…

Los demás se mostraban escépticos.

—Es una posibilidad —admitió Owen—. ¿No habéis descubierto nada más sobre la historia de Mahingan Falls? —les preguntó a Connor y a Chad.

Ellos sacudieron la cabeza.

—Cero patatero.

—Y eso no explicaría por qué nos protege el barranco… —murmuró Owen.

—Deberíamos construir un refugio allí —propuso Chad—. Sería nuestro cuartel general, y así sabríamos adónde ir si alguna vez necesitamos un lugar seguro para escondernos.

Todos estuvieron de acuerdo. Era una buena idea. Un sitio tranquilo y protegido les vendría bien, al menos para la moral.

Pero Owen aún no estaba satisfecho. Sabía que la clave era comprender, y de momento lo veía tan claro como si estuviera en un sótano en el que acabara de explotar la bombilla.

Después de tantas horas encerrados leyendo frases sin hallar la menor respuesta, sus amigos estaban cansados. Había llegado el momento de pasar a otra cosa.

—Vale, en cuanto pare de llover iremos al barranco para construir nuestro cuartel general —confirmó Owen.

Sin embargo, estaba convencido de que se les escapaba lo esencial.

Y una vez más, un relámpago iluminó las vidrieras con cegadora intensidad.