60.
Ya no hacían el amor.
Se habían dejado llevar por la rutina y el cansancio del ajetreo diario, y luego Tom había entrado en un período de «concentración» durante el cual en realidad se había sumergido en la historia de su casa, supuestamente embrujada, hasta el incidente de Smaug, que los había conmocionado inmolándose en la hoguera. Por supuesto, la presencia de la pequeña Zoey en el cuarto de al lado no ayudaba. Ahora ambos vagaban por una zona de profunda incertidumbre respecto a sus convicciones, sus puntos de referencia y todo lo que hasta entonces habían creído saber, y entre tantas convulsiones interiores no quedaba mucho espacio para el deseo.
Y eso apenaba a Olivia. Por confusa que estuviera, echaba de menos el cuerpo de su marido. Y también su ternura. Más allá de la sensación de complicidad intelectual que por fin tenían, necesitaba un entendimiento más carnal, que los habría acercado todavía más. Pero Tom se había quedado dormido a su lado, en la cama. Ella no estaba preocupada, no temía que Tom hubiera dejado de desearla —un miedo compartido por todas las mujeres que atravesaban la cuarentena—, pero sabía que en esos momentos su mente y su cuerpo estaban lejos. Aun así, lo añoraba. Evadirse en las caricias, fundirse con él en un orgasmo, abrazarlo entre las sábanas húmedas, impregnadas del olor de sus cuerpos…
Toda la familia dormida y ella pensando en echar un polvo… La idea le hizo sonreír en la oscuridad.
Esos días le resultaba muy difícil conciliar el sueño. «Estos días y siempre», se corrigió mentalmente. Cada noche temía el momento de la verdad, cuando era imposible huir, mentirse, cuando la cabeza descansaba en la almohada y no se oía más ruido que los lacerantes latidos del propio corazón, mientras las ideas se atropellaban en la mente, sin la menor intención de parar… Por lo general, su cerebro bien organizado repasaba la lista de cosas que había olvidado hacer durante el día y tendría que añadir a las del día siguiente; luego solía acordarse de lo que había hecho mal, de lo que le habría gustado cambiar de sus actos, en resumen, detalles que no ayudaban en absoluto a caer en los brazos de Morfeo. En los días malos, las dudas y los miedos emergían a la superficie aprovechando que bajaba la guardia para coger el sueño, y Olivia sabía que no pegaría ojo hasta una hora avanzada. Las noches buenas, en cambio, esas ideas la dejaban tranquila y, arrullada por el recuerdo de todas las cosas agradables que le habían pasado, se dormía sin dificultad, imaginándose las del día siguiente. Pero eso no era lo normal. Con el paso de los años, Olivia había reunido todo un botiquín de somníferos más o menos potentes, ansiolíticos y productos homeopáticos para usar en función de la gravedad del problema.
Y en ese instante su estado de consciencia estaba casi al límite. Necesitaría algo fuerte, o no funcionaría. Solo que no quería atontarse con medicamentos, habida cuenta de la amenaza que planeaba sobre su familia. Si uno de sus hijos empezaba a gritar en mitad de la noche, quería estar en condiciones de reaccionar a la primera y no tener que arrancarse de la neblina química, con mayor o menor dificultad dependiendo de la hora. Eso quedaba descartado.
Así que esperaba en la cama, viendo pasar los minutos y después las horas con una lentitud exasperante, cercana al estancamiento temporal, aunque no sabía si semejante expresión tenía mucho sentido.
En la mesilla de noche, el reloj digital desprendía un halo que, ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, bastaba para que distinguiera las sombras del techo, la alfombra, la silla junto a la ventana, el armario cerrado… La colcha, doblada a sus pies, se arrastraba por el suelo. Se incorporó para tirar de ella y volvió a tumbarse a la espera del sueño. Se oían unos golpecitos intermitentes que cada vez la irritaban más: la punta de una rama del roble del jardín, que chocaba con la contraventana cuando el viento la empujaba hacia la fachada.
Tac.
Tac.
Silencio. A veces largo, casi aburrido, hasta que el árbol volvía a reclamar su atención… Tac. De vez en cuando los contaba, como quien cuenta ovejas para dormirse, y luego, cuando sus preocupaciones la absorbían, se olvidaba de ellos.
Esa noche no podía soportarlos.
Tac.
La tenían tomada con ella, como un ataque personal destinado a impedirle dormir. Cada vez que estaba a punto de adormecerse, de puro cansancio, cada vez que su conciencia se apartaba para dejarla entrar en el mundo de los sueños, el ruido regresaba… ¡Tac!
Tac.
Tac.
Tozudo, solapado.
Olivia estaba harta de dar vueltas en la cama. ¿Qué hora podía ser?
Un leve movimiento de la nuca le permitió comprobarlo: las dos y diecisiete. «Mañana estaré agotada…». Miró hacia el cajón de la mesilla en el que guardaba todas sus pociones mágicas, pero dudó.
«No».
Tenía que mantenerse alerta, qué se le iba a hacer.
«¿Alerta? Los chicos se levantan dentro de cinco horas para ir al cole, Zoey reclamará toda mi atención y yo no podré con mi alma… ¡Como para estar alerta!».
Pero se negaba a bajar la guardia. Demasiadas dudas, preguntas, temores…
Tac.
«¡Oh, Dios mío! ¡A ti te hago talar antes del invierno!».
Se dio la vuelta para acercarse al borde de la cama. A menudo le gustaba dormirse con una mano metida entre el somier y el colchón, una manía.
Sus párpados se entreabrieron apenas, sin motivo, por puro instinto.
Estaba al fondo de la habitación, en la esquina de su lado. Pequeño, encogido.
Un niño.
¿Desnudo? ¿Qué le pasaba en las extremidades?
Olivia abrió completamente los ojos para asegurarse de que las sombras no le estaban jugando una mala pasada.
Sí, había un niño, de apenas cinco o seis años, tan delgado que las costillas se le marcaban bajo la fina piel, muy pálida. Sus grandes ojos negros estaban clavados en ella. Dos pupilas enormes, tanto que casi daban miedo.
Olivia abrió la boca para respirar. Se ahogaba.
El niño se desplegó como una gran araña blanca.
Sus brazos estaban al revés, iban hacia atrás, con las articulaciones del codo también invertidas, y sus dedos se agitaban frenéticamente. Sus piernas hacían lo mismo; la cintura estaba como partida, los muslos se estiraban hacia arriba por detrás de las pequeñas y delgadas nalgas y los pies tocaban la parte posterior de la desgreñada cabeza.
Un terror glacial dejó petrificada a Olivia, incapaz de moverse o pedir ayuda.
El niño rodó sobre sí mismo para salir del rincón y, una vez boca arriba, usó sus extremidades invertidas para moverse. Saltaba, con la cabeza del revés, sin apartar de ella sus insondables ojos.
Se desplazaba rápida y silenciosamente. Corrió hacia ella, y sus labios se estiraron más allá de lo posible. Cualquier comisura normal se habría desgarrado hasta las orejas, pero las suyas se expandieron para dejar al descubierto unas encías finas en una boca muy abierta, demasiado grande para ser humana. Sus innumerables y puntiagudos dientecillos entrechocaban en el aire.
¡Clac!
Olivia jadeaba.
La araña humana llegó al pie de la cama y, al pasar junto a ella, hizo caer la colcha. Tomándola por una amenaza, el niño la mordió con rabia y siguió avanzando hacia Olivia, con los rasgos falsamente infantiles desfigurados por la furia.
Se detuvo justo ante ella, al borde de la cama, con su odioso rostro a unos centímetros del de Olivia, que temblaba. ¡Clac! ¡Clac!
Sus articulaciones crujieron de un modo horrible mientras retrocedía para tomar impulso. Iba a saltar sobre ella.
El terror dio paso al instinto de supervivencia, y Olivia lanzó un grito que ascendía desde las profundidades de su ser.
La enorme boca se cerró justo delante de ella. ¡Clac!
La tocaban, la sacudían, le hablaban…
—¡Cariño! ¡Cariño! ¡Olivia!
Sus ojos parpadeaban a toda velocidad.
La habitación. Un hombre.
Tom.
Se arrojó en sus brazos.
—Has tenido una pesadilla, cariño, pero ya está… Ya se acabó…
Olivia temblaba.
¿De verdad lo había soñado? Pero…
Poco a poco se calmó. Vio que eran la tres de la madrugada.
Le daba miedo mirar hacia el rincón de la habitación. Si veía con el rabillo del ojo aquella horrible figura descoyuntada, se volvería loca. De todos modos lo hizo, para asegurarse de que no estaban en peligro, antes de dejarse caer en la almohada, más confiada.
La visión le había parecido tan real…
Aún podía oír el sonido de sus mandíbulas, que se cerraban de golpe para morderla, para desgarrarle la carne…
Tac.
La rama del roble golpeaba la contraventana.
«Una pesadilla…». Su marido tenía razón. Todo estaba en su cabeza.
Tom encendió la luz de la mesilla y se levantó para ir al cuarto de baño. El simple hecho de verlo alejarse le provocó un ataque de angustia: la araña humana con cuerpo de niño y pupilas negras en vez de ojos surgiría a su espalda, le arrancaría los tendones de los tobillos para hacerla caer, devorarle la cara y…
Tom le tendió un vaso de agua, que se bebió de un trago.
—Necesito dormir —murmuró Olivia—. Estoy delirando.
—Con todo lo que nos ocurre, no es de extrañar. Tranquila, solo estaba en tu mente.
—¿Y si fuera ella?
—No, cariño…
—Pero ¿y si fueran Jenifael Achak y sus hijas, que se meten en mi cabeza para empujarme a la locura?
Tom abrió las manos, repentinamente falto de argumentos.
—Recuerda lo que nos explicó Martha —dijo al fin—: cuando una de esas Eco consigue atravesar el espejo de dos caras, consume gran parte de sus fuerzas y no puede actuar a su antojo, y menos aún antes de haberse recuperado.
Aquello tenía sentido y produjo el efecto deseado sobre la angustia de Olivia, que aceptó la explicación a regañadientes.
Pero no habían pasado ni diez segundos cuando dijo:
—Nos doy hasta la semana que viene para encontrar una solución. Si después todo sigue igual, cojo a los niños y me vuelvo a Nueva York.
Tom no respondió. Se volvió y se inclinó hacia la lámpara.
Pero justo antes de que se apagara la luz, Olivia vio la colcha en el suelo.
Le faltaba un trozo.
Un semicírculo del tamaño de la boca de un niño.
Una gran boca.