22.
Gritaba. Con la mandíbula desencajada. Con los ojos tan abiertos que parecían a punto de escapar de sus órbitas. En ese momento, su gran belleza apenas se adivinaba, borrada, engullida por el terror. Detrás de la joven, nada, solo sombras, entre las que podían distinguirse siluetas inquietantes, que se acercaban.
En la vitrina, debajo de la marquesina del cine de Mahingan Falls, el cartel hacía temer un auténtico bodrio, pensaba Gemma.
—¿Seguro que queréis ver esta película? —les preguntó a los chavales.
—¡Sí! —gritaron a coro su hermano, Chad y Owen.
El que no rechistó fue Connor, que, un poco rezagado, contemplaba a dos adolescentes sentadas en un banco de enfrente.
—No hemos dicho nada sobre la visita del poli —le recordó Corey—. Prometiste que nos invitarías a ver la película que quisiéramos. Ahora, demuestra que tienes palabra.
—Vale, muy bien, venid…
Gemma conocía al chico de la taquilla: acababa de terminar el instituto y ella había cuidado a su hermano pequeño varias veces. Lo saludó por su nombre y le pidió cinco entradas para la película de terror. El chico hizo una mueca y echó una mirada a sus cuatro acompañantes. Frunció las comisuras de los labios en un gesto que significaba que a él no se la daban: los chavales no tenían los años exigidos y Gemma aún no era mayor de edad, así que el hecho de que los acompañara no bastaba para que los dejara entrar.
Gemma le dedicó su sonrisa más dulce, y el taquillero arqueó las cejas y le tendió las entradas.
Los muchachos estaban histéricos. Y no es que ver una película de terror fuera algo extraordinario para ellos: internet era una mina inagotable e imposible de controlar. Pero verla en el cine era otra cosa. Saltarse la prohibición, la gran pantalla, el ambiente nocturno y la satisfacción de poder contárselo luego a los amigos…
Gemma les compró incluso tres cubos de palomitas, y se instalaron en un lateral, para evitar las miradas desaprobadoras de los adultos.
Los cuatro chicos se inclinaron hacia delante para iniciar un conciliábulo del que Gemma estaba excluida. Tenían caras serias. No era la primera vez. Gemma les había propuesto ir al cine precisamente para devolverles un poco la sonrisa. No sabía qué había ocurrido entre ellos, pero desde hacía unos días estaban desconocidos. Se reían menos, parecían inquietos y Gemma había advertido que incluso tenían ojeras. Les preocupaba algo.
—¿Qué, chicos, todo bien? —se atrevió a preguntar.
La miraron como a una extraña, pero Connor asintió.
—Genial —confirmó Corey.
—Gracias —añadió Owen.
Gemma se daba perfecta cuenta de que hacían como que no pasaba nada solo para tranquilizarla.
—Ya sabéis que si tenéis algún problema podéis hablarlo conmigo. Tal vez no sea vuestra colega, pero tampoco soy una adulta aún, así que… quizá pueda entenderos. Y ayudaros.
Ninguno respondió. La miraban, incómodos.
—¿Es un asunto de chicas? —insistió Gemma.
—¡No, no, no te preocupes! —se apresuró a responder Corey—. No conseguimos ponernos de acuerdo sobre dónde instalar nuestro CG, nada más.
—¿Vuestro CG? —preguntó Gemma con escepticismo.
—El cuartel general de la pandilla —precisó Chad. La tomaban por tonta, pero de ninguna manera la engañaban: mentían fatal. Tras pensarlo unos instantes, concluyó que no podía obligarlos a sincerarse.
—Como queráis…
Después de todo, bastante tenía ella con ocuparse de lo suyo. Dejó que siguieran con sus cuchicheos y sacó el móvil de su bolsito de bandolera. Sin cobertura.
—Vaya por Dios…
Orientó el aparato en todas direcciones con la esperanza de recuperar la señal. Lo único que quería era revisar sus mensajes de texto. Desde la intervención de Olivia, Derek Cox no había vuelto a atosigarla. En dos ocasiones se había cruzado en la calle con aquel bestia, que se había limitado a mirarla, sin acercarse. ¿Habría captado el mensaje? Gemma lo sentía por su próxima víctima, pero tenía que reconocer que haberse librado de él le había quitado de encima un peso aplastante. Respiraba mejor. Se sentía… libre. Y como la vida está llena de sorpresas, dos días después, al salir de la heladería, casi se había dado de bruces con Adam Lear. Adam iba al instituto y Gemma lo encontraba absolutamente irresistible. Tenía una forma de sonreír muy especial, solo con la comisura de los labios, y una mirada de una dulzura muy seductora. Adam había tartamudeado una disculpa, y Gemma se había puesto roja. Luego, habían intercambiado unas cuantas frases torpes y encontrado una excusa tonta para darse los números de móvil, antes de separarse con el compromiso de ir a pasear juntos por la playa uno de esos días.
Desde entonces, Gemma esperaba que la llamara o le enviara un SMS, y comprobaba el móvil al menos tres veces por hora.
—No te molestes, en el cine no hay señal —dijo Connor a su lado.
—Antes había, no entien…
—Han puesto un inhibidor de frecuencias. Se ve que los viejos no paraban de quejarse de que sonaran los móviles durante la película. Me lo ha dicho Hannah Locci, sus amigas y ella ya no quieren venir al cine justo por eso. Como no pueden tuitear durante las sesiones, le hacen boicot.
Gemma soltó una risita. Era un fastidio, pero, desde luego, boicotear a un cine por no poder usar el teléfono móvil tenía guasa… Había gente a la que no le habría importado que la digitalizaran con tal de estar conectada permanentemente… y vivir para siempre en forma de programa informático. «Hasta que un desaprensivo pulse la tecla “borrar”. Unos cuantos microsegundos de chirridos digitales, y todo un ser humano comprimido, triturado y desintegrado en los recovecos electrónicos de un disco duro».
La luz se atenuó y empezaron los anuncios. Gemma guardó el móvil. Luego, la sala se sumió en la oscuridad y comenzó la película.
Con las primeras notas de los títulos de crédito, alguien ocupó la butaca de al lado. ¡Las tres cuartas partes del cine vacías y tenía que sentarse precisamente allí!
El tipo le puso la mano en el muslo, y Gemma, aterrada, se quedó paralizada, incapaz de gritar.
El desconocido se inclinó hacia ella.
—Al menos aquí —le susurró al oído—, tu jefa no vendrá a aguarnos la fiesta.
Gemma reconoció la voz, y se le heló la sangre.
Derek Cox.
La lista de actores desfilaba por la pantalla. Metales rugientes y cuerdas chirriantes, en medio de la tempestad de la percusión. Chad apenas oía los instrumentos. Parpadeó y se dio cuenta de que casi no había prestado atención al final de la película. Sus amigos parecían estar igual que él: ningún entusiasmo, ningún comentario. Dos horas en la oscuridad oyendo los gritos de la heroína, perseguida por sus pesadillas, habían servido sobre todo para recordarles sus propios miedos. Y desde que Chad y Owen habían contado lo que habían visto los dos, el espantapájaros en el jardín de su casa, Corey y Connor se tomaban la situación mucho más en serio.
La luz volvió a encenderse gradualmente y Chad volvió la cabeza, atraído por un movimiento. Un hombre abandonaba la fila justo al lado de Gemma. Reconoció al tipo fornido de facciones duras que tanto había impresionado a su canguro durante su primer paseo por el pueblo. Chad iba a abrir la boca para preguntarle si al final se habían reconciliado cuando se dio cuenta de que estaba lívida y tenía los ojos rojos. En ese momento recordó que Gemma les había ordenado mantenerse alejados de aquel chico con tanta insistencia como si fuera el diablo en persona, y comprendió que el fulano no había venido a disculparse. Había pasado algo grave. Lo percibía. Pero a sus trece años le costaba evaluar la gravedad; no sabía qué escala utilizar. ¿Era un rifirrafe entre compañeros de instituto o algo mucho más serio? «¿Grave como cuando te enfadas durante unas horas o tan grave, tan grave, que acaban interviniendo los adultos?».
Connor le tiró del brazo.
—No he parado de pensar en toda la película —dijo—. Tenemos que hablar seriamente.
La cara del mayor de la pandilla hizo comprender a Chad que esta vez no se trataba de charlar por charlar. «Esto es grave, megasupergrave en la escala de gravedad».
Connor le dijo que pasara el mensaje a los otros dos sin que se enterara Gemma, y con la indolencia de un preadolescente, Chad se olvidó de los posibles problemas de la chica. Cuando salieron a la calle, con la excusa de echar un vistazo en la tienda de cómics, le pidieron que los esperara en el Paseo. Gemma parecía ausente, apenas respondió, y ellos supusieron que estaba de acuerdo. Tiraron por Atlantic Drive, se metieron en la librería, llena de vistosos pósteres, e hicieron un corro entre dos hileras de cajones de tebeos antiguos y ediciones limitadas protegidas con fundas de plástico. Connor se puso la gorra de los Celtics con la visera hacia atrás y tomó la palabra.
—¿Os habéis fijado en la escena en la que la chica está acostada y las criaturas aparecen mientras duerme? —todos asintieron un poco impresionados, porque era el momento más aterrador de la película—. No se la cargan por un pelo… Bueno, pues eso me ha hecho pensar en nosotros.
—¿Por lo grandes que tenía las tetas? —soltó Corey.
Los demás ni se dignaron mirarlo. No estaban para bromas.
—Si el espantapájaros merodea por vuestro jardín es porque nos está buscando, chicos. Y tarde o temprano acabará entrando en la casa. Nosotros no estamos en una película, no os despertaréis como por casualidad en el último instante para poneros a gritar y esquivar el cuchillo. Si entra en una de nuestras habitaciones, cuando nos encuentren seremos, en el mejor de los casos, un montón de carne picada chorreando sangre, y en el peor, se nos llevará para torturarnos eternamente en una especie de dimensión paralela muy bestia.
—Puede que no se atreva a ir más lejos… —dijo Corey para tranquilizarse.
—¿Apostarías tu vida a ello?
—No…
—¿Y tú que propones? —le preguntó Chad a Connor—. ¿Turnos de guardia?
Owen asintió enérgicamente.
—Podríamos dormir todos juntos —propuso con entusiasmo.
—Nunca encontraremos suficientes excusas para pasar juntos todas las noches hasta el final de las vacaciones —respondió Connor—. Y si el espantapájaros no aparece de aquí a entonces, ¿qué? No, no podemos esperar.
Todos dedujeron que Connor tenía un plan más audaz, pero, por lo serio que estaba, también sospecharon que era un plan muy peligroso.
—Quieres que volvamos, ¿es eso? —supuso Owen.
Connor miró a sus amigos uno a uno.
—No hay más remedio. Si nos quedamos de brazos cruzados, nos encontrará. Y acabará con nosotros. De hecho, no tenemos elección. Hay que ir allí y destruirlo.
Corey se puso tenso.
—¡Uau! ¿Matarlo? ¿En serio?
—¿Es que matar a un monstruo te da escrúpulos?
—Para empezar, ¿qué son los escrúpulos?
Owen se interpuso entre ellos.
—Connor tiene razón, hay que actuar antes que él. Antes de que nos encuentre.
—¿Y cómo se hace eso? —preguntó Chad—. ¡No es precisamente un ser normal! No hay libro de instrucciones…
Connor cerró aún más el corro, rodeando los hombros de Chad y Owen con los brazos, y Corey no tuvo más remedio que meter la cabeza en medio.
En el pequeño espacio que ocupaban, Connor enseñó los dientes con una expresión astuta.
—Tengo un plan —anunció.