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Los meteorólogos habían prometido un último destello de verano, un último intento desesperado de cerrarle las puertas al invierno, pero tuvo ocasión de comprobar que no parecía ser sino uno más de sus espejismos. Más allá de la ventana del despacho se extendía una niebla saturada que se aplastaba contra el suelo.

—No estamos muy bien vistos en los dominios del guarda forestal —dejó caer Agersund mientras tomaba el café de las ocho y media con Trokic.

—A nadie le entusiasma que le revuelvan la charca. No te imaginas la cantidad de nombres de bichejos, al parecer todos ellos de vital importancia, del mundo de los insectos y zonas de apareamiento de las más misteriosas especies de aves que nos soltó. No me quedó más remedio que aguantarme. Pero acabo de hablar con los de Falck y sus buzos se han puesto ya manos a la obra. Cruza los dedos para que aparezca nuestra arma y un par de cositas interesantes más de propina para que por lo menos salga algo útil de toda esta devastación nuestra.

—¿Cuánto van a tardar?

—Uf, no saben con seguridad si podrán acabar hoy.

Se quedó observando la minicadena de Trokic, donde sonaba Rammstein.

—Esa música tiene que ser obra del diablo, deberías ir a que te viera un psicólogo. Y a propósito de psicólogos, ¿cómo andamos de pirados?

—Un par de ellos —le informó el comisario—. Pero los dos han dado cuenta de sus idas y venidas y han presentado coartadas que a primera vista parecen sólidas.

—Y Tony Hansen ha salido pitando y no hay quien le encuentre. O sea, que no vamos a ningún sitio, ¿no?

—Tenemos la relación entre Anna Kiehl y ese investigador desaparecido, Christoffer Holm. Estamos intentando llegar al fondo de la historia.

Había llamado una vez más, sin éxito, al móvil de Holm con la poco real esperanza de que no siguiera desconectado. Estaba convencido de que aquellos pelos tenían que significar algo, de que el neuroquímico había pasado recientemente por el lugar de los hechos y sus inmediaciones, y quería saber por qué. Agersund se pasó una mano por el cabello canoso.

—Ese símbolo que apareció dibujado en la agenda de la víctima lo utiliza, según Jacob, una secta de la zona. Se hacen llamar la Orden Dorada.

—Dios nos proteja —exclamó Trokic.

—Habrá que mirarlo. ¿Algo más?

Se bebió el café a sorbitos y derramó un poco en la mesa. El comisario le lanzó una mirada de indignación.

—Dos mujeres han llamado para notificar que sus maridos no pasaron en casa el sábado por la noche —anunció.

Agersund sacudió la cabeza. Cada vez que tenían un crimen sobre la mesa empezaban a llamar mujeres denunciando a maridos y padres.

Si a eso le sumaban la cantidad de psicópatas que se plantaban en comisaría y presentaban una confesión completa con el mayor de los convencimientos, siempre acababan dedicando una parte considerable de sus recursos a investigar callejones sin salida.

—Comprobadlo —suspiró—. Por cierto, me han contado un chiste.

Trokic garabateó una nota en el periódico que tenía delante.

—Pues suéltalo.

—Si en realidad no quieres oírlo —contestó su jefe con un tono herido.

—Es que no tengo sentido del humor.

—Eso es verdad —gritó Jasper, que en ese momento pasaba por delante de la puerta.

—Pero hombre, todo el mundo tiene algún tipo de sentido del humor —señaló Agersund.

—Daniel no.

—Voy a ir a echar un vistazo a eso de la secta —dijo Trokic.

El trabajo de oficina, que cada vez ocupaba mayor parte de su tiempo, le parecía una camisa de fuerza. Necesitaba estar solo.

—Cuidado con ellos —replicó Agersund con un guiño—. Esos tíos suelen estar más chalados que los internos de todos los loqueros del país juntos.