63

Rufo cruzó el puente como un soldado que cumpliera una orden. Se había enterado de lo que ocurría en la Domus, de todos aquellos terribles actos destinados a meter el miedo en el cuerpo a los obreros, y estaba furioso. No pensaba permanecer cruzado de brazos ante aquellos intentos de asustar a Selena. Había que hacer algo, y lo haría él.

La luna primaveral iluminaba la isla. A primera vista, toda la zona parecía estar cubierta por un manto de nieve, pero después se advertía que eran cientos de pétalos, rosados y anaranjados, que la luz de la luna vestía de blanco. A la entrada del templo, ardían unas antorchas, pero por lo demás, apenas había signos de vida, exceptuando las obras, en el extremo más alejado de la isla, donde había infinidad de luces y los hombres permanecían sentados alrededor de las hogueras, cada uno armado con un palo.

Rufo se encaminó hacia la Domus con paso decidido. Le estaba enormemente agradecido a Selena por lo que había hecho por Píndaro. El pobre muchacho llevaba años siendo el blanco de los huevos y la fruta podrida, de las crueles burlas de los niños y de toda clase de bromas pesadas. Píndaro era un simple y nada más, pero no tenía el mal de ojo, como decía la gente.

El pobre muchacho no podía evitar ser como era. Lo habían arrancado de su madre al poco de haber nacido. Sólo los dioses conocían los muchos esfuerzos de Rufo por salvar a la pobre muchacha recién parida, a la que habían arrastrado sin piedad al frío viento del desierto.

Ni a Rufo ni a sus compañeros, los demás soldados, les parecía bien matar a la joven madre y a su hijo recién nacido. Con matar al romano hubieron tenido más que suficiente. ¿Qué daño le podían causar al viejo Tiberio aquellos pobrecitos? Los soldados enviados a Palmira habían hecho un pacto secreto: respetarían la vida de la joven y de su hijo recién nacido. Y Rufo, por su parte, había ocultado a los demás otra cosa: había visto con sus propios ojos cómo la comadrona se refugiaba en el granero con otro niño recién nacido.

Había sido una pena tener que irrumpir en la casa de aquella manera para ejecutar al romano. Claro que los soldados no sabían por qué lo hacían; se limitaban a obedecer las órdenes del nuevo emperador Tiberio. Aun así, los duros legionarios de la avanzada de Palmira habían sabido poner un límite a las atrocidades, respetando las vidas de la madre y del niño.

Sin embargo, la madre no había conseguido llegar a la avanzada; muerta por el camino, la habían enterrado allí mismo. En cambio, el niño había vivido lo bastante como para poder alimentarse a los pechos de la mujer de Rufo, que acababa de dar a luz y tenía leche suficiente para dos.

Rufo recordaba con dolor y ternura aquel episodio del pasado mientras se acercaba a la Domus, cuya silueta se recortaba majestuosamente contra el estrellado cielo de abril. La pobre Lavinia, de naturaleza tan frágil, no estaba hecha para ser esposa de un soldado y vivir aquella dura existencia, había muerto junto con su hijo, a causa de unas fiebres que se cobraron muchas víctimas entre las madres recién paridas y sus hijos en aquel verano de Palmira. El otro niño había sobrevivido. Rufo veía en aquel milagro la mano de los dioses, que le habían concedido aquel hijo en lugar del otro. Rufo le había impuesto el nombre de Píndaro porque ignoraba cuál era su verdadero nombre, y lo había criado como si fuera su propio hijo.

Era curioso que Píndaro se hubiera encariñado tanto con Selene. Para evitar las burlas y los malos tratos, Píndaro se había ido apartando poco a poco de la gente. Un día, en el Foro, mientras Rufo y su hijo buscaban el tenderete de un zapatero para comprar unas sandalias, Píndaro se había ido corriendo tras una mujer que pasaba. La mujer desapareció entre la muchedumbre y Rufo encontró a Píndaro sentado muy triste en los peldaños de la Curia.

Unos días más tarde, Píndaro volvió a ver a la mujer en la isla; a partir de aquel momento, ya no quiso separarse de ella.

Bueno, pensó Rufo, mientras buscaba al capataz de la obra, alguien decía que los animales irracionales estaban dotados de un sentido especial que les hacía conocer a las personas de buen corazón y permanecer a su lado. Quizá Píndaro, en su simpleza, tuviese también aquel instinto. Porque estaba con Selene como Fido con él.

Por si fuera poco, ambos tenían un cierto parecido. Puede que los demás no lo vieran, pero Rufo había percibido de inmediato las semejanzas entre el rostro de Píndaro y el de Selene. Quizás el muchacho se sintiese atraído hacia ella porque su rostro le inspiraba confianza.

Rufo se detuvo y estudió la escena. Había muchos vigilantes a aquella hora de la noche, pero ninguno dentro del edificio a medio terminar. Le pareció extraño. ¿No hubiera sido mejor que vigilaran dentro, donde solían ocurrir aquellas cosas tan terribles?

Selene estaba casi sin resuello cuando llegó a la obra. Se sentía cansada de buena mañana. Tenía unas sombras violáceas bajo los ojos porque no había podido dormir en toda la noche tras su conversación con Ulrika. Estaba muy preocupada.

Pensaba ir a la habitación de Ulrika para explicarle mejor las cosas, pero la habían llamado a la isla porque había ocurrido algo inesperado obligándola a salir inmediatamente de casa.

Los hombres se encontraban de pie, mirándose unos a otros perplejos.

—¿Qué ha pasado esta vez? —preguntó Selene, acercándose.

Mardoqueo, el arquitecto egipcio, la miró perplejo.

—Los hombres están preparados para empezar, mi señora, pero no encontramos al capataz por ninguna parte.

—¿Galo? —preguntó Selene, mirando a su alrededor.

Había canteros, enlucidores, soladores. Aún tenían los rostros abotargados a causa del sueño y muchos todavía sostenían en la mano un cuenco de cerveza.

—¿Alguien le ha buscado? —preguntó Selene.

—Hemos enviado unos hombres a la ciudad. No estaba en ninguno de los sitios habituales. Su mujer dice que anoche no estuvo en casa.

Selene frunció el ceño. ¿Sería otra estratagema para impedir que las obras de la Domus siguieran adelante?

Cuando ya estaba a punto de enviar a un mensajero al gremio de los constructores para que le mandaran a otro capataz, se oyeron unos gritos procedentes del interior de la Domus.

—¡Selena! ¡Ven a ver eso!

Era Rufo, que acababa de aparecer en la entrada del edificio en construcción.

«¡Otra vez, no!», pensó Selene, estremeciéndose de angustia. Sin embargo, no quería mostrarse débil en presencia de los hombres y avanzó con paso decidido hacia Rufo.

—Mira —dijo Rufo, señalándole un lugar.

Allí, en medio de las alfardas y las vigas provisionales, una paloma blanca revoloteaba de aquí para allá.

Selene la contempló con asombro. El ave saltaba de viga en viga y revoloteaba por los andamios sin levantar el vuelo hacia el cielo. Aún no se había construido la cúpula de la rotonda y el edificio carecía de techo. ¡Y, sin embargo, la paloma no se alejaba! Entonces Selene vio que llevaba algo verde en el pico, una rama de mirto.

—¡Es una señal de los dioses! —tronó Rufo, para que los de fuera pudieran oírle—. Una señal de los dioses.

Uno a uno, los hombres subieron los peldaños y miraron hacia el interior, temerosos de lo que pudieran encontrar. Al ver la paloma revoloteando por encima de sus cabezas, se quedaron atónitos.

—Es una señal de Venus —dijo Mardoqueo, el egipcio; el mirto era el árbol sagrado de la diosa.

—Y, por consiguiente, una señal de Julio César —gritó otro hombre.

Todos se pusieron inmediatamente a hacer comentarios. Cuando el murmullo de las muchas voces llenó la inmensa rotonda sin techo, Rufo se inclinó hacia Selene y le dijo al oído:

—Galo se ha ido y no volverá.

—¿Por qué no? —preguntó ella, mirándole—. ¿A dónde se fue?

Rufo no contestó, y Selene no tardó en comprenderlo. Miró con más detenimiento a la paloma y, esta vez, vio lo que ninguno de los hombres había observado: que la rama de mirto estaba atada al pico de la paloma y que ésta tenía una pata sujeta con cordel muy fino a una de las vigas maestras.

—Es, efectivamente, una señal del divino Julio —dijo Selene, volviéndose a mirar a Rufo—. Significa que las obras de la Domus tienen que seguir adelante. Pero lo malo es que nos falta un capataz.

—Voy ahora mismo al gremio —dijo Rufo.

—¿Y si tú aceptaras este puesto? —le preguntó Selene.

—¿Yo? Los dioses te bendigan, Selena, pero no soy más que un pobre y viejo soldado. Y un batanero, cuando encuentro trabajo.

—Te pagaré bien y comerás carne tres veces por semana.

El rostro lleno de cicatrices de Rufo se arrugó en una sonrisa.

—Te ofendería si, por lo menos, no lo intentara.

Cuando Selene regresó al templo, los trabajos en las obras del edificio ya se habían reanudado y en el Tíber resonaba la música de los martillos y los escoplos.

Selene usaba ahora, para guardar los rollos de escrituras y recibir a los visitantes un pequeño edificio de piedra que en otros tiempos se había utilizado para almacenar vino y carne ahumada. Allí la estaba esperando Ulrika en aquellos momentos.

La joven parecía también cansada y miraba a su madre como si no la conociera.

—Vine porque quiero que me lo digas todo —le dijo.

—¿Sobre qué?

—Quiero saber todas las atrocidades que cometió Cayo Vatinio contra el pueblo de mi padre.

—¿A qué te refieres?

—Mi padre te lo dijo, estoy segura. Ahora quiero saberlo.

—Ulrika, todo eso ocurrió hace tiempo.

—Quiero saber lo que pasó. Estoy en mi derecho. Es mi herencia. Quiero saber todo lo que te dijo mi padre.

—Fue terrible lo que hizo este hombre —dijo Selene, sacudiendo la cabeza—. Las luchas en el bosque fueron muy encarnizadas, pero lo peor fue la mutilación de cuerpos, la profanación de los santuarios… y las torturas.

—Sigue.

—¿Por qué, Ulrika? ¿Por qué te interesa saberlo?

—Porque quiero ver lo que mi padre vio, quiero sentir en mi corazón lo que él sintió. Si se hubiera quedado con nosotras en Persia, él mismo me lo hubiera contado, y yo hubiera crecido conociendo su dolor. Ahora tú me tienes que transmitir todas estas cosas.

—Las mujeres fueron violadas. —Añadió Selene tras una pausa—. La mujer de tu padre fue conducida a la tienda de Cayo Vatinio. Había otros hombres con él. Tu padre fue obligado a presenciarlo.

—Dices que regresó junto a ella. —Ulrika miró a su madre con rostro inexpresivo—. Eso significa que su mujer sobrevivió.

—Estaba medio muerta cuando a él se lo llevaron.

—¿Y su hijo?

—Wulf dijo que Einar había sido torturado. Era apenas un chiquillo. Pero vivía también.

La brisa de abril les trajo, a través de la ventana abierta, los rumores del muelle del otro lado del río, y también los martilleos de los hombres que trabajaban en la Domus Julia, el sueño de Selene convertido en realidad al cabo de tantos años.

—Mi hermano —dijo Ulrika—. Tengo un hermano llamado Einar. ¿Cuántos años tenía? ¿Te lo dijo mi padre?

—Creo recordar que diez. Pero, Ulrika, ¿por qué no lo dejamos? ¡Ocurrió hace mucho tiempo!

—Porque mi padre vive todavía.

—¿Por qué lo crees así?

—Porque es el caudillo rebelde de quien Cayo Vatinio habló anoche. Es mi padre el que está encabezando las revueltas en el bosque.

—¡No es posible, Ulrika! ¡Han pasado diecinueve años!

Ulrika se acercó a la ventana. Era como si hubiera envejecido toda una vida de la noche a la mañana. Ya nada podría volver a ser lo que era. Ahora ya conocía el propósito de su vida y la causa de su inquietud, ya sabía por qué Roma no podía satisfacer sus ansias. En las primeras horas del amanecer, mientras yacía en brazos de Eiric, había visto su futuro con la misma claridad con que ahora veía la Domus Julia a medio construir. Ya sabía lo que tenía que hacer. Si no era su padre el cabecilla de las rebeliones, sería su hermano Einar. Pero eso jamás podría saberlo si no intentaba averiguarlo por sí misma.

—Me voy, madre —dijo al final, volviéndose a mirar a Selene—. Me voy de Roma.

—¿Qué te vas? Pero ¿adónde?

—A Germania.

Selene, visiblemente nerviosa, se cubrió la boca con la mano.

—Voy a buscar a mi padre.

—¡No, Ulrika!

—Él me necesita, madre. Lo sé desde el momento en que comprendí que mi padre debía de ser el cabecilla rebelde que Cayo Vatinio ha ordenado eliminar. Tengo que advertirle de este plan, madre. Cayo Vatinio se llevará una enorme sorpresa porque los míos le estarán esperando. Y yo les ayudaré en su lucha. Les puedo prestar ayuda médica.

—Por favor —musitó Selene—. No te vayas, te lo suplico.

Ulrika vaciló. Su rostro se descompuso un instante y su cuerpo se estremeció, pero en seguida consiguió dominarse. Había cruzado un umbral y ya no podía volver atrás.

Ya en la puerta, Ulrika se volvió y dijo en voz baja:

—Me has hablado de la separación entre tú y mi padre, me has dicho que sabías que algún día llegaríais a una encrucijada. Ahora, tú y yo debemos separarnos, madre, porque tenemos destinos distintos. Adiós, madre, que los dioses —los tuyos y los míos— te protejan siempre.

Selene abrió la boca para decir algo, pero, finalmente, se acercó en silencio a su hija y la estrechó en sus brazos. Ulrika le devolvió el abrazo, diciéndole con su fuerza lo que jamás hubiera podido expresar con palabras.

Selene se apartó y se sacó el collar por la cabeza. Cuando quiso entregárselo a su hija, Ulrika lo rechazó diciendo:

—No, madre, ésa eres tú. Dáselo al hermanito o la hermanita que llevas dentro —añadió, señalando el anillo de Julio César—. Será un romano o una romana, y se sentirá orgulloso de su bisabuelo. Mi espíritu me llama a los bosques del norte. No tengo nada que hacer aquí. Odín me acompaña como yo acompaño a mi padre.

—¡Está tan lejos, Ulrika! —Un sollozo se escapó de la garganta de Selene—. Y es tan peligroso. Tu hogar está aquí, en Roma, a mi lado.

—Madre —contestó Ulrika, sacudiendo la cabeza—, tú deberías comprender mejor que nadie por qué me voy. Te pasaste toda la vida buscando tu identidad y tu destino. Ahora yo tengo que buscar el mío.

Cuando la puerta se cerró a la espalda de su hija, Selene se hundió en una silla. Por un instante, sintió el impulso de correr y detener a Ulrika. Hubiera querido retenerla a su lado, como lo había hecho durante diecinueve años. Pero entonces recordó cómo Mera había tratado de modificar el rumbo de su destino, tomándolo en sus manos. Estaba escrito en las estrellas que Selene tenía que vivir con Andrés, pero Mera no quería aceptarlo y torció su camino para que se acomodara a la visión que ella tenía de las cosas.

Eso era lo que Selene estaba tentada de hacer en aquellos momentos: impedir a Ulrika seguir el camino que había elegido. Y no podía hacerlo. Hacía muchos años, Mera no había podido aceptar la partida de su hija. En cambio, aquella mañana de abril, Selene no tenía más remedio que hacerlo.