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Como siempre que acudía a casa de Paulina, Ulrika se dijo que no lo hacía para ver a Eiric.

Cuando se tropezaba con él y sus ojos se cruzaban con los del joven, procuraba no prestar atención a los apresurados latidos de su corazón. Ulrika reconocía haber sentido un afecto fraternal por Eiric cuando tenía doce años, pero ahora, siete años más tarde, no estaba enamorada de él en absoluto. Hubiera sido algo impensable.

Ulrika acudía a menudo a la casa de Paulina —que no distaba mucho de la suya, situada también en el monte Esquilino, donde vivía con su madre y con Andrés, su padrastro— porque quería mucho al pequeño Valerio. Le daba lecciones y jugaba con él y, de este modo, ambos llenaban mutuamente el vacío de sus vidas. Aquella tarde, Paulina daba una gran fiesta y Ulrika estaba buscando al pequeño.

Le encontró oculto en el jardín del peristilo, aguardando la llegada de los primeros invitados. Ulrika se le acercó por detrás, lo agarró y lo levantó en vilo. Valerio chilló y agitó las piernas.

—¡Qué barbaridad, hermanito! —exclamó Ulrika, volviendo a dejarle en el suelo—. Ya empiezas a pesar demasiado para eso. Tienes seis años, eres casi un chico mayor.

Cuando quiso incorporarse, Valerio le arrojó los brazos al cuello.

—No me dejes, Ulrika —dijo.

Ulrika se arrodilló y le apartó el cabello de los ojos. Valerio tenía una cara muy graciosa, con unas mejillas sonrosadas y mofletudas y un entrecejo frecuentemente fruncido. «¿Por qué está siempre tan asustado?», se preguntó Ulrika.

Paulina era muy buena madre, pero estaba constantemente ocupada y no siempre se daba cuenta de las necesidades del niño. Ulrika sí, porque ella también había pasado sus años de infancia perdida en el mundo de los mayores.

—¿No quieres que vaya a la fiesta? —le preguntó.

—No me importa que vayas a la fiesta, Ulrika. Pero no quiero que te cases con Druso.

El rostro de Ulrika se ensombreció. En momentos semejantes, ambos parecían hermano y hermana, reflejando el uno en el otro sus preocupaciones.

—No te apures, hermanito —dijo Ulrika, esbozando rápidamente una sonrisa—. Me case con quien me case, tú siempre podrás venir a verme.

—Pero no viviré contigo.

—Tampoco vives ahora, ¿no?

Valerio hizo pucheros. Aquello era distinto. Ulrika vivía sólo unas puertas más abajo e iba a visitarle casi todos los días. El niño intuía que el matrimonio lo cambiaría todo, aunque no sabía cómo.

—Tendrás un niño y te olvidarás de mí.

—¡Oh, hermanito! —exclamó Ulrika, estrechándolo en sus brazos—. ¡Pero qué cosas tan lúgubres se te ocurren!

Y, sin embargo, era cierto. Cuando se casara, Ulrika se iría y tendría hijos propios.

De repente, Ulrika se enojó con Paulina. No hubiera tenido que decir semejantes cosas delante del niño. Además, no había ninguna posibilidad de que ella se casara con Druso. Eso era tan impensable como la absurda idea de que estuviera enamorada de Eiric.

Mientras acompañaba a Valerio a su habitación, Ulrika pensó en Druso.

Era rico y bien parecido, pertenecía a una buena familia y aspiraba a convertirse en senador. Por si fuera poco, era joven —apenas veintitrés años—, a diferencia de otros muchos pretendientes que acudían a su casa. Ni a Druso ni a los demás les importaba que Ulrika ya tuviera diecinueve años y se le hubiera pasado la edad de casarse; la cuestión de la edad les traía sin cuidado, habida cuenta de las muchas ventajas de un matrimonio con Ulrika: la muchacha era hermosa, aportaría una considerable dote y compartía el ilustre linaje de su madre. Ulrika era, en realidad, una de las jóvenes más codiciadas de Roma.

Pero ¿cómo explicarles, a su madre y a Paulina, que no estaba preparada para el matrimonio y se sentía dominada por una inexplicable energía y una inquietud cuyo origen no podía identificar? Desde su duodécimo cumpleaños, en Alejandría, Ulrika se abrasaba en un fuego interior que parecía arder con un propósito definido.

«Pero ¿qué propósito?», se preguntó mientras encomendaba a Valerio a los cuidados de su niñera.

Ulrika sentía un impulso, pero no sabía hacia qué. Creía haber nacido para hacer algo, pero, de momento, no tenía ninguna vocación especial. Le gustaba trabajar en la isla y compartía el interés de su madre por la medicina y las artes curativas. Pero Roma la asfixiaba tanto como antaño lo hiciera Alejandría; no le parecía lo suficientemente grande como para contener su ignorada ambición. ¿Cuál era su ambición? ¿Seguir tal vez los pasos de su madre y recorrer el mundo con una caja de medicinas?

«Puede que algún día se me revele —pensó Ulrika mientras animaba a Valerio a tomar su almuerzo—. Como en otros tiempos se le reveló a mi madre. Puede que ocurra muy pronto…».

Los rumores de la llegada de los primeros invitados la indujeron a levantar los ojos hacia la ventana que daba al huerto de la parte de atrás de la casa; vio el sol primaveral y sintió una punzada en el corazón.

Pensaba en Eiric.

Recordó los primeros tiempos en casa de Paulina, cuando ella y Eiric se escapaban subrepticiamente al huerto para enseñarse el uno al otro sus respectivos idiomas. Qué tímidos e inseguros eran entonces: ella acababa de llegar a Roma y Eiric aún no se había acostumbrado a la esclavitud. Pronunciaban las palabras griegas y las germánicas bajo los naranjos y los limoneros; Ulrika trazaba letras en la tierra con una vara, enseñando a Eiric a leer por primera vez su propio idioma. Después nació una agradable familiaridad; cansados de la lección, jugaban en el huerto. Eiric tiraba de sus trenzas y ella se burlaba de su voz quebradiza y del vello que le estaba brotando sobre el labio superior. Se perseguían el uno al otro y se arrojaban frutos podridos. Habían sido unos días felices y sin complicaciones.

Un día del verano en que ella tenía quince años y él diecisiete, Ulrika le robó la sandalia a Eiric y él la persiguió entre los árboles. Al final, le dio alcance y forcejeó con ella. Ulrika tropezó y cayó al suelo. Ambos lucharon un momento y después, obedeciendo a un impulso irrefrenable, Eiric le cubrió la boca con la suya. Ulrika le rechazó, sobresaltada. Le dijo que no tenía educación y le llamó bárbaro.

Eiric se ofendió y se negó a hablar germánico con ella; le dijo que era una chiquilla y le pidió que le dejara en paz.

Ulrika pasó varias semanas muy disgustada. No comprendía sus propios sentimientos y no sabía por qué había reaccionado de aquella forma ni por qué había dicho aquellas cosas tan crueles. Empezó a tener extraños y turbadores sueños sobre el amor físico y, siempre que acudía a casa de Paulina, buscaba a Eiric.

Al final, ocurrió un terrible incidente, justo cuando ella acaba de cumplir diecisiete años.

—Ulrika —dijo Valerio, tirando de su túnica.

Había terminado de comer los huevos y el pan.

—Prométeme que serás bueno, hermanito —dijo Ulrika, contemplando con una sonrisa el solemne rostro del niño—. Sé obediente y vete a hacer la siesta. Después, te prometo un regalo.

Mientras bajaba para reunirse con los invitados de Paulina, Ulrika se dijo que su inquietud debía de tener su origen en lo ocurrido durante sus primeros años de su vida. Todas aquellas leguas de viajes y exploraciones, viviendo en tiendas y posadas, sin tener nunca un hogar…, entonces debía de haberse plantado la semilla que ahora le impedía saber cuál sería su futuro.

A través de las puertas que se abrían a la calle, Ulrika vio a Eiric, con su blanca túnica y sus dorados cabellos iluminados por el sol, sujetando los caballos de los invitados.

Dos años atrás, se había celebrado una fiesta en honor de Ulrika en casa de Paulina. Hubo muchos invitados, malabaristas, mimos y regalos de cumpleaños. Ulrika se pasó todo el día esperando que apareciera Eiric, pero no fue así. Supuso ella que el muchacho estaba enojado. Era un comportamiento muy propio de Eiric. Al final, Ulrika prefirió no verle, pensando que probablemente la hubiera puesto en un aprieto con sus toscos modales.

Aquella noche se produjo un revuelo en el jardín, que despertó a toda la casa. Lucas, el capataz de los esclavos, llevaba a rastras a Eiric, el cual iba esposado, con señales recientes de latigazos en la espalda y toda la cara magullada. Lucas le explicó a Paulina que el muchacho había sido sorprendido huyendo a caballo por las colinas en dirección a la costa.

La huida de un esclavo se consideraba un grave delito, puesto que el cuerpo del esclavo pertenecía a su amo, por lo que, en realidad, se trataba de un robo. Por si fuera poco, Eiric se había llevado un caballo del establo, cometiendo con ello una doble infracción. Lucas pedía que le dieran muerte para así escarmentar a los demás esclavos.

Ulrika intercedió por él, pidiéndole a Paulina que tuviera compasión. Paulina vaciló. En una sociedad en la que los encadenados superaban en número a los libres, era absolutamente necesario que los amos actuaran con mano dura. Nadie olvidaba la sangrienta rebelión encabezada por Espartaco hacía años; sin embargo, ablandada por las súplicas de Ulrika en el día de su cumpleaños, Paulina cedió, a regañadientes, y con la condición de que un nuevo delito fuese castigado irremisiblemente.

Cuando todos regresaron a sus camas y Eiric fue liberado de sus cadenas, Ulrika se le acercó sonriendo, en la creencia de que le estaría agradecido. En su lugar, Eiric la miró con rabia y se fue hecho una furia.

A partir de entonces, apenas se hablaron. Cuando se cruzaban casualmente en la casa, Ulrika le miraba con fría indiferencia y los azules ojos de Eiric se llenaban de resentimiento.

«Está por debajo de mí —pensó ahora Ulrika reprimiendo las ansias de su cuerpo traidor—. ¿Cómo podría amar a semejante bruto?».

—Tía Paulina —dijo al reunirse con ella en el jardín del peristilo—. He puesto a Valerio a hacer la siesta.

—Gracias, querida —dijo Paulina, tomando su mano—. A veces, creo que te considera su madre más que a mí.

—Tía Paulina, tú sabes muy bien que a las madres nunca se les reconoce el mérito de lo que hacen —contestó Ulrika—. ¡En cambio, a las tías sí! —añadió, recordando a Rani.

Ambas se echaron a reír.

—Por cierto, ¿ya ha llegado la mía? —preguntó Ulrika.

Paulina sacudió la cabeza.

—No te sorprende, ¿verdad?

—Mi madre lleva un año sin llegar puntual a ningún sitio. Está totalmente obsesionada con la Domus.

—Es admirable —dijo Paulina—. La Domus era la culminación del sueño de toda la vida de tu madre. Cuando se termine y pueda empezar a acoger a los enfermos, ella y Andrés llevarán a cabo una labor extraordinaria.

—Yo quisiera que descansara un poco más, ahora que va a tener el niño —dijo Ulrika.

—Sí —convino Paulina.

Se alegraba mucho por Selene, que tanto deseaba aquel hijo. Andrés estaba loco de contento. Paulina ya se había recuperado de la momentánea decepción sufrida al saber que Andrés y Selene querían casarse. Comprendió que estaban hechos el uno para el otro y que se amaban desde mucho antes de que ella conociera a Andrés, y aceptó los hechos, conformándose con el recuerdo de su marido y de los años dichosos vividos a su lado, y centrando su amor en el niño traído por Selene. Renunció a sus sueños de casarse con Andrés y deseó a sus amigos la mayor felicidad del mundo.

En aquel momento, aparecieron tres hombres a caballo. Por su aspecto y sus modales, se adivinaba que eran personajes importantes.

Mientras los hombres desmontaban de sus cabalgaduras, Ulrika estudió a Eiric, que aquel día era el encargado de los caballos. Su rostro mostraba aquella dura expresión que ella conocía tan bien y que era indicio del frío odio que ardía en su interior. Ulrika sabía que Eiric despreciaba a sus conquistadores. En siete años, no habían conseguido «domarle» por completo, y en su espalda se observaban a veces las huellas del látigo.

Un sirviente anunciaba en el jardín los nombres de los invitados que llegaban. Resultó que aquellos tres distinguidos personajes eran nada menos que un notable centurión, un famoso tribuno y el vencedor de Renania, el muy noble Cayo Vatinio.