10

El desfile del cumpleaños, tras haber multiplicado el número de sus participantes a lo largo de su recorrido por las calles de Antioquía, atravesó ruidosamente la puerta sur de la ciudad y tomó el camino que conducía a Dafnis. Aquella enorme puerta era la meta de muchas caravanas y todo el lugar se había convertido en un gigantesco campamento con tiendas, camellos y asnos hasta donde alcanzaba la vista. Mera se abrió paso por entre toda aquella algarabía, confiando en encontrar algún grupo que saliera aquella noche.

Al regresar del templo, no se sorprendió de no encontrar a Selene en casa. ¡Estaba otra vez con Andrés! Recogió las pocas cosas de valor que tenía: la jarra de alabastro con la mirra, sus sandalias nuevas de cuero y un peine de concha. El único objeto de auténtico valor que poseía se lo había regalado a su hija, la cual llevaba ahora constantemente la rosa de marfil, oculta entre los pliegues de la ropa como precaución contra los ladrones. De todos modos, Mera jamás la hubiera vendido; con lo que recogió en la casa, consiguió dinero suficiente para pagar el largo viaje hacia el este, cruzando el desierto para regresar a Palmira.

Algunas caravanas llegaban y otras se iban. El lugar era un caótico ruido de viajeros, mercaderes, mendigos y animales. Mera avanzó por entre las tiendas, apretándose el costado a causa del dolor. Para obedecer al oráculo, tenía que encontrar una caravana que partiera hacia el este aquella misma noche. Por eso no prestó la menor atención al alegre desfile de cumpleaños que pasó por su lado para adentrarse por un camino del bosque, y no vio a Andrés ni a su hija tomados de la mano en medio de las risas y los cantos.

Se llamaba la Gruta de Dafnis porque era allí donde, según la leyenda, Dafnis se había convertido en un laurel para huir del acoso de Apolo. Todos los que acudían a aquel lugar buscaban el árbol que la virginal ninfa había sido en otros tiempos, y eso estaba haciendo en aquellos momentos Selene, tomada de la mano de Andrés. Mientras la muchedumbre la empujaba, Selene se preguntó por qué Dafnis habría preferido convertirse en árbol antes que ceder al amor físico de Apolo.

El desfile se disgregó al llegar a la gruta. La estatua de Augusto fue colocada en la cima de un altozano y la gente empezó a danzar a su alrededor. Se sirvió comida y vino, y todo el mundo empezó a extender sus mantos por el suelo y a brincar sobre la hierba, tocando panderos. Aunque el cielo estaba nublado y el aire era húmedo, la gente se mostraba tan alegre como si luciera el sol.

Selene tuvo la impresión de haber entrado en un mundo mágico de la mano de Andrés. La gruta era una maravilla, cubierta de flores perfumadas y llena de rumores de cascadas y riachuelos. Mientras paseaba con Andrés, olvidando todas sus cuitas y sin pensar en las medicinas ni en las enfermedades, y tanto menos en la iniciación espiritual a la que debería someterse al día siguiente en un lugar no lejano de aquél, pero mucho más aislado, Selene meditó sobre la apurada situación de la pobre Dafnis, convertida en árbol por el deseo de Apolo de abusar de ella.

«¿Por qué lo hizo? —se preguntó Selene, sintiendo el calor de la mano de Andrés en la suya—. ¿Por qué huyó de la pasión? Yo no lo haría. Si Andrés me desea…».

Selene le observó por el rabillo del ojo. Era guapo y fuerte y ella estaba tan enamorada de él que se le cortaba la respiración en cuanto le miraba.

¿Qué pensaría Andrés de ella? ¿La consideraría demasiado niña para hacerla objeto de su pasión? ¿La vería tan sólo como una estudiante y una protegida? «Considérame en este momento tu hermano», le había dicho durante la ceremonia de la vestidura. ¿Sólo podría ser eso para ella?

Se moría de amor por él. Ansiaba tener sus brazos alrededor de su cuerpo, deseaba expresarle sus sentimientos. Pero, cada vez que veía próxima la ocasión, que percibía alguna señal, se asustaba y se echaba atrás. El vínculo establecido entre ambos era demasiado valioso y reciente, y ella no se atrevía a arriesgarlo con nada que pudiera destruir su sueño.

Mientras contemplaba a los hombres y a las mujeres que se abrazaban a su alrededor, Selene buscó una vez más el árbol que antaño fuera la ninfa Dafnis.

Cuando empezaron a caer las primeras gotas de lluvia tibia, Andrés y Selene se miraron asombrados. En un momento, las nubes se abrieron inesperadamente y soltaron un aguacero que obligó a todos a recoger apresuradamente sus mantos y buscar cobijo en alguna parte. Andrés tomó a Selene del brazo y ambos echaron a correr para resguardarse bajo la tupida copa de un árbol.

Selene reía mientras arreciaba la lluvia; el alegre día estival se había estropeado de repente, pero muchos se seguían llamando desde el follaje e incluso algunos seguían danzando bajo la lluvia. Cuando el agua empezó a filtrarse por entre las ramas, Andrés se quitó la toga, se la echó sobre los hombros como si fuera una capa y atrajo a Selene hacia sí para protegerla, al tiempo que se apoyaban contra el tronco.

Selene dejó de reír. Sólo podía pensar en el brazo de Andrés alrededor de sus hombros.

Andrés también calló y, al cabo de un rato, al ver que la tormenta no amainaba, atrajo a Selene para que se sentara con él en el suelo, con la espalda contra el tronco del árbol y las rodillas dobladas bajo la toga.

—Así suele llover en Alejandría —dijo.

Selene se volvió a mirarle. Los rostros de ambos estaban tan juntos que casi se rozaban.

—Recuerdo a alguien que conocí una vez en Alejandría —añadió en voz baja—. No sé por qué pienso en él ahora, al cabo de tantos años. Era un muchacho a quien conocí en la escuela de medicina. Estudiamos juntos allí.

Selene notó que el cuerpo de Andrés se dilataba y se contraía en un suspiro, y sintió su brazo más pesado sobre los hombros.

—Tenía diecinueve años cuando le conocí y era de Corinto, como yo, aunque nunca nos habíamos visto allí. Era un joven solitario y retraído y solía despertarse gritando por la noche.

Selene estudió el perfil de Andrés. Jamás había estado tan cerca de él. Podía ver los suaves latidos del pulso en su cuello, donde la morena barba terminaba y rozaba la parte superior de su túnica.

—Háblame de él —le dijo.

Andrés no pareció oírla. Con los ojos clavados en la lluvia como si buscara algo, añadió:

—Un día, aquel muchacho me contó una historia extraordinaria.

Vivía en Corinto con sus padres, le había explicado el muchacho, y era hijo único. Su padre era un médico no demasiado hábil y su madre una oronda matrona. Él llevaba mucho tiempo trabajando junto a su padre y no tenía más ambición que llegar a ser médico como él. Pero un día conoció a una mujer.

—Creo que se llamaba Hestia. Sea como fuere, el caso es que se enamoró perdidamente de ella. Tenía dieciséis años y no sabía nada de la vida. Hestia le llevaba muchos años y había conocido a muchos hombres. Él se pasaba el día merodeando alrededor de su casa y le enviaba constantemente regalos sencillos porque no podía permitirse el lujo de comprárselos más caros. La mujer no le animaba, pero tampoco le desalentaba, soportando su enamoramiento juvenil como hubiera podido soportar las caricias de un animal doméstico. Una noche, el muchacho forzó la entrada de su casa y le declaró su amor. Hestia no le regañó ni se rió, sino que se mostró muy amable con él.

»Con la sangre encendida de amor, acabó por sucumbir a su obsesión. Abandonó sus deberes en la casa. Se pasaba días y noches tratando de hallar algún medio de ganarse el corazón de Hestia. Un día lo encontró. Vio que aquellas mujeres eran sensibles a la riqueza y que los hombres ricos recibían más atenciones que los pobres. En su inocencia, imaginó que, si fuera rico, ella se arrojaría en sus brazos.

»Sabía que a ella no le gustaría que trabajara como médico en el campo, tal como hacía su padre, y, además, estaba seguro de que no esperaría a que él se hiciera rico. Necesitaba dinero en seguida. Y sabía cómo conseguirlo.

»El muchacho había oído hablar de los cazadores de ámbar, unos hombres que arriesgaban sus vidas viajando hasta los confines de la Tierra en busca del preciado ámbar, que era una de las sustancias más valiosas del mundo. Una figurilla de ámbar tenía un precio equivalente al de seis esclavos. Por consiguiente, el muchacho decidió zarpar en un barco rumbo a los campos de ámbar, trabajar durante un año y regresar junto a Hestia convertido en un hombre rico. Así razonaba su mente de dieciséis años.

Andrés hizo una pausa y Selene observó que el frunce de su entrecejo había desaparecido y que su mirada estaba como perdida en la distancia. Cuando finalmente volvió a hablar, su voz pareció llegar de muy lejos.

—El muchacho acudió a Hestia —dijo— para exponerle su propósito y ella le animó por primera vez. La mujer prometió esperarle y le aseguró que, si volvía cargado de ámbar, sería su amiga. El joven abandonó su casa de noche sin decir nada a sus padres y se fue al puerto, donde le habían dicho que un hombre buscaba tripulantes para un barco de ámbar.

»Encontró al patrón y, al decirle éste que era demasiado joven e inexperto, le juró por los dioses que trabajaría más duro que cualquier otro miembro de la tripulación. El patrón vio el ardor de sus ojos y le aceptó, explicándole después las condiciones del contrato.

—No hay en todo el mundo secreto mejor guardado que el de la localización del ámbar —dijo Andrés—. Los contados hombres que patronean los barcos dedicados a la busca del ámbar, preocupados por este secreto, y conociendo la afición de los marineros a contar historias, han inventado un medio para obligarles a guardar silencio, de modo que el secreto de los campos de ámbar nunca pueda divulgarse.

»A cada tripulante se le obliga a firmar un contrato en el cual se hacen constar los nombres de los familiares o seres queridos que dejan en casa. Se da por supuesto que el documento es la garantía del capitán contra los que se van de la lengua. Si el marinero habla o presume en alguna taberna de cualquier puerto, el hecho se difunde y los limadores exigen una indemnización a las personas enumeradas en el documento. Esta cláusula obliga a los marineros a ser cautos, y así es como se mantiene el secreto de los campos de ámbar. El muchacho había apuntado los nombres de sus padres y las señas de su casa en Corinto.

»Al día siguiente, el muchacho zarpó sin despedirse de nadie porque se avergonzaba de su comportamiento. Pero su corazón ardía de amor por Hestia y en su cabeza se arremolinaban las visiones de su triunfal regreso. El barco se hizo a la mar y desapareció más allá de las Columnas de Hércules, adentrándose en el brumoso mar hacia la Estrella del Norte. La travesía duró dos años y, durante aquél tiempo, el muchacho se convirtió en un hombre.

Mientras contemplaba la lluvia y escuchaba la suave voz de Andrés, Selene imaginó unas olas tan altas como montañas, y a los marineros que se ahogaban en aquellas procelosas aguas plagadas de aterradores monstruos marinos y la brumosa tierra de los hombres de piel azulada. Experimentó el mareo que enloquecía a los tripulantes y su ardiente sed cuando se agotaban los suministros de agua potable, y vio a los hombres que morían a causa del mal de las encías o molerse a golpes por un pedazo de carne medio podrida, oyó el canto mortal de las hermosas sirenas de las rocas, sintió el amargo frío de los mares helados y vio los dedos congelados que se desprendían espontáneamente de las manos y de los pies, y abrigó en su propio corazón la desesperación y la soledad de un joven lejos de su hogar.

—Encontraron el ámbar —siguió diciendo Andrés en voz baja— y cargaron el barco hasta que crujieron las tablas. Y entonces emprendieron la larga travesía de vuelta a casa, con una tripulación muy menguada y un barco en muy malas condiciones. Cuando arribaron al puerto de Corinto, eran unos extraños, pero inmensamente ricos para el resto de sus días.

»El muchacho, que tenía dieciocho años, pero parecía mucho mayor, se encaminó directamente a casa de Hestia. Durante aquellos dos largos años de pesadilla, mientras dormía por las noches con un cuchillo en la mano y lloraba amargamente con el vientre pegado a la columna vertebral a causa del hambre, sólo el recuerdo de Hestia le había mantenido con vida. Por consiguiente, cuando llegó a la casa y la encontró ocupada por unos desconocidos que la habían comprado hacía casi dos años y no sabían dónde estaba su anterior propietaria, algo se rompió en su interior.

»Se pasó un año buscándola, pero jamás la encontró. Una noche, bebió hasta perder el sentido en una taberna del puerto. Se echó a llorar de angustia y de dolor y, sin darse cuenta, reveló el secreto de los campos de ámbar en las playas del mar del Norte, allí donde el río Rin vierte sus frías aguas. Al volver en sí, se dio cuenta de lo que había hecho, pero ya era demasiado tarde.

Andrés lanzó un profundo suspiro y estrechó a Selene con tanta fuerza que le clavó los dedos en el brazo.

—Se le tenía que imponer un castigo ejemplar, claro. Una noche, sus padres recibieron una visita. Les robaron todo lo que tenían y destruyeron la casa. Al día siguiente, empezaron a correr rumores sobre las escandalosas actividades de cierto médico. Se dijo que una joven había muerto a causa de un aborto mal practicado. Tú ya sabes, Selene, que un médico puede utilizar sus conocimientos tanto para matar como para salvar vidas —dijo Andrés, con la voz quebrada por la emoción—. El muchacho regresó a su casa y encontró a sus padres asesinados, en presencia de un solo amigo que les lloraba. Había una nota. El muchacho debió aprendérsela de memoria porque, más adelante, me la repitió palabra por palabra: «Supimos de tu desgracia cuando ya era demasiado tarde para ayudarte —decía la nota—. No llores por nosotros, hijo, porque toda la vida es vanidad y nos vamos consolados. Recuerda siempre que, en nuestra última hora, te quisimos».

El muchacho se fue entonces a Alejandría para estudiar en la escuela de medicina, donde yo le conocí y me contó su historia.

Cuando Andrés finalizó su relato, Selene se volvió a mirarle y le preguntó:

—¿Qué fue de él?

—Se enamoró de los barcos. Bajaba al puerto y se pasaba horas y horas… simplemente mirándolos. Un día, poco después de haber pronunciado el juramento hipocrático, debió de llegar un barco adecuado porque el muchacho se fue derecho hacia él, sin volverse, y se marchó muy lejos para no regresar jamás…

Selene contempló el sereno perfil de Andrés, su hermosa nariz aguileña y la cuadrada mandíbula oculta por la barba, y percibió los latidos de su corazón a través de la fina tela de la túnica y su lenta respiración regular, semejante a la de un hombre dormido. Hubiera querido decir algo, pero no sabía qué.

—Es una historia muy triste —dijo al final.

Cuando Andrés la miró, con sus oscuros ojos gris azulados, Selene se vio reflejada en sus profundidades oceánicas.

Desperezándose como si acabara de despertar, Andrés levantó una mano y le acarició la mejilla.

—Tú eres distinta, ¿verdad? —le preguntó—. ¿Qué he hecho yo para merecerte? ¿Por qué los dioses me sonríen? Tengo miedo.

Selene se inclinó hacia aquel musculoso cuerpo que tanto la atraía.

—No tengas miedo, Andrés —le susurró, besándole el cuello y la barba.

Al final, las bocas de ambos se juntaron en un delicado beso, como si cada uno temiera que el otro pudiera huir de repente cual hiciera Dafnis ante Apolo; cuando Selene levantó los brazos para rodear el cuello de Andrés, el beso fue más seguro y confiado. Más tarde, Andrés la empujó suavemente sobre la húmeda hierba y la cubrió con la blanca toga para protegerla de la lluvia.

Se besaron y acariciaron largo rato el uno al otro, pero, cuando Selene emitió un gemido y arqueó la espalda, Andrés se retiró bruscamente.

—Ahora, no —dijo.

—Andrés…

Selene se incorporó, perpleja.

—Ya habrá tiempo. —Andrés le rozó los labios con las yemas de los dedos—. Tendremos tiempo. Tenemos todo el futuro y todo el mundo por delante.

—Te quiero, Andrés.

—Hemos venido desde muy lejos, Selene —contestó él, acariciándole suavemente el cabello—. Hemos venido desde dos distancias mayores que las que nos separan de las estrellas del cielo. Somos como dos viajeros recién nacidos, tú y yo solos en el mundo. Te quiero, Selene —añadió—. Y es algo más que el deseo que siente un hombre por una mujer, aunque te deseo con toda mi alma. Entraste en mi vida y me despertaste. Yo no vivía, Selene, tan sólo existía. Pero tú has aportado una finalidad a mi vida. Quiero enseñarte cosas, Selene. Primero, a ti. Y después, a otras personas —hablaba con pasión y con los ojos iluminados por el entusiasmo—. Ahora estamos juntos y ya nunca nos separaremos. Ya no volveré al mar. No sé qué buscaba en mis viajes, sólo sabía que tenía que castigarme en cierto modo con los rigores del mar. Ahora pienso que todo eso ha terminado. He sido perdonado. En ti se me ha dado una segunda oportunidad. Selene, tú eres mi vida y toda mi alma.

Andrés acercó las manos a la cadena que le rodeaba el cuello. Era de oro y de su extremo colgaba el Ojo de Horus, recibido el día de su juramento hipocrático en la escuela de medicina.

—Ésta es mi posesión más preciada —dijo, quitándosela por la cabeza para pasarla por la de Selene—. Con ella me uno a ti.

—Y yo me entrego a ti, Andrés —contestó Selene, buscando bajo los pliegues de la ropa la cadena de la rosa de marfil para colgarla alrededor del cuello de Andrés—. Mi madre me ha dicho que esta rosa contiene todo lo que soy. Por consiguiente, yo te la entrego como si te entregara mi propia persona.

Ambos se volvieron a besar y abrazar con pasión mientras la lluvia caía suavemente.