25
—¿Dónde te habías metido? —preguntó la reina Lasha—. ¡Te estaba buscando!
—Perdóname, mi señora —contestó Selene, dejando la caja de medicinas sobre una mesa—. Necesitaba un poco de ejercicio.
Lasha se desperezó con el cuerpo envuelto en grandes pliegues de seda escarlata y el rostro empolvado con oro.
—Ya haces suficiente ejercicio. Bueno, pues, me han venido las molestias mensuales inesperadamente y tengo calambres. Prepárame la medicina.
Selene abrió la caja de medicinas, alegrándose de poder hacer algo que la ayudara a disimular su excitación. ¡El plan de huida tenía que salir bien!
La reina Lasha tenía un ciclo menstrual muy irregular. Mientras preparaba la medicina, Selene miró a su alrededor, buscando en la lujosa cámara alguna huella del joven que había estado allí aquella tarde. Nunca sabía adónde iban a parar después aquellos muchachos; la reina Lasha los utilizaba sólo una vez y después los despedía. Pero nunca regresaban a sus hogares, para evitar que se fueran de la lengua y revelaran lo ocurrido en la cámara real.
Mientras vertía unas gotas de la cura de Hécate en una copa de vino, Selene miró hacia el balcón que había más allá de unos cortinajes del color del arco iris. Sólo una vez había visto la ciudad, un día en que Lasha fue a visitar a una tribu de beduinos que había acampado en un cercano oasis.
La reina había oído hablar de unas danzarinas especiales que, tendidas boca arriba, podían escanciar vino de una copa a otra utilizando tan sólo los músculos de su estómago. Cuando Lasha tenía algún capricho —como, por ejemplo, visitar extraños lugares o ver cosas raras—, su séquito nunca bajaba de las doscientas personas, entre servidores, sacerdotes, esclavos, escribas, arqueros y jinetes. Aquel día, Selene viajó en una litera protegida por unas cortinas detrás del lujoso palanquín de la reina, y, en determinado momento, se atrevió a mirar por entre las cortinas mientras el cortejo avanzaba por las calles de Magna.
Lo que vio la dejó anonadada.
Tras varios meses de vivir en medio del esplendor y la riqueza, Selene se sorprendió de que hubiera en la ciudad tanta pobreza y miseria. Ahora, mientras le ofrecía la copa a la reina, recordó una escena en particular: una enorme multitud apiñada a las puertas del palacio; lisiados y pordioseros, chiquillas con niños escuálidos en brazos, hombres mancos o cojos, ciegos o con los rostros abotagados a causa de la enfermedad, todos reunidos en la vana esperanza de que la proximidad de la Diosa Encarnada les curara de sus dolencias.
Fue entonces cuando Selene comprendió que aquellas gentes no tenían a dónde ir. En Magna no había ningún templo de Esculapio en el que los enfermos pudieran pasar la noche, confiando en que el dios les curara durante el sueño. Sólo los ricos podían permitirse el lujo de tener un médico en su propia casa. Los demás estaban completamente desamparados.
—¿Estás soñando? —le preguntó Lasha.
Selene sacudió la cabeza, tratando de apartar de su mente aquel horrible recuerdo. En Antioquía también solía pensar en aquellas personas, aunque allí, por lo menos, todo el mundo podía acudir al templo de Esculapio, a la casita de Mera o a la villa de Andrés, el médico.
«Aquí podría ser muy útil —pensó, mientras tomaba la copa de la reina para enjuagarla—. Si saliera a esas calles, podría ser una auténtica sanadora, en lugar de permanecer encerrada aquí, obrando falsos milagros».
La curación de la impotencia del rey Zabbai no había sido ningún milagro, pero ella era la única que lo sabía. Ni siquiera Kazlah, el primer médico de la corte, había comprendido que el problema del rey se debía simplemente a su obesidad.
Mera le había hablado de una enfermedad que los griegos llamaban diabetes mellitus; diabetes significaba «flujo», a causa de la frecuente necesidad de orinar que producía, y mellitus significa «miel», en referencia al dulzor de la orina. Cuando aparecía en la infancia, equivalía a una muerte segura, pero si aparecía en la madurez, se podía aliviar por medio del adelgazamiento. Por una extraña razón, le había explicado Mera, la obesidad provocaba a veces la diabetes en la edad adulta, por cuyo motivo, cuando la persona adelgazaba, se podía a veces invertir el curso de la enfermedad. Cuando vio por primera vez a Zabbai, acompañado de sesenta servidores, Selene no adivinó lo que le ocurría. Sin embargo, en cuanto le describieron los síntomas —sed ardiente, apetito constante, micción frecuente—, recordó las palabras de Mera, controló la orina del rey y descubrió que era dulce como la miel. Zabbai estaba enfermo de diabetes y, puesto que la diabetes podía provocar impotencia, Selene pensó que el rey podría recuperar la potencia viril.
Le impuso a Zabbai un régimen muy severo, que le fundió la grasa del cuerpo, y, a los seis meses, el rey pudo culminar con éxito su primer acto sexual en dos años.
Selene había obrado también otros supuestos milagros. El anciano visir de la reina sufría desde hacía meses de un terrible prurito en el cuero cabelludo que ella le curó con unas fricciones de azufre y aceite de cedro; trató también con éxito las hinchadas articulaciones del jefe de los eunucos con la cura de Hécate y cortó las alarmantes diarreas estivales del príncipe con raciones de arroz hervido.
Hubo en palacio algunas enfermedades graves que Selene se alegró de poder curar, pero la gran mayoría eran dolencias imaginarias, fruto del aburrimiento y del letargo. En los dominios de la reina Lasha, se veía más en el papel de maga que en el de sanadora, y se entristecía al pensar en el bien que hubiera estado en condiciones de hacer en la ciudad donde tantas personas se hubieran podido beneficiar de sus conocimientos.
La reina Lasha miró a Selene. Presumía mucho de ojos y, desde que se sometiera a la operación, realzaba su belleza mediante unas gotas de belladona de la caja de medicinas de Selene; la sustancia tenía el poder de dilatar las pupilas y le confería una extraña mirada, como si sus ojos pudieran ver mejor que los de los comunes mortales. La reina miró a Selene con una mezcla de envidia y rencor. Aquella vulgar muchacha poseía un enorme poder que ella hubiera querido para sí. No el poder sobre la vida y la muerte —ése ya lo ejercía ella—, sino el poder sobre el dolor, cosa, a su juicio, mucho más importante. Ella ya ostentaba la mitad de este poder, puesto que en su mano estaba infligir dolor. Sin embargo, aquella joven de humilde origen tenía poder para aliviar el dolor, lo cual era aún más prodigioso.
Mientras la observaba, Lasha pensó: «Esta muchacha aún no sabe el poder que ejerce sobre mí: el poder de otorgarme o negarme el alivio del dolor. Aún no sabe que soy una prisionera, ni qué dolores afligen mi cuerpo. Nada, ni siquiera la muerte, me aterra tanto como un dolor interminable. Esta muchacha del arroyo, ignorante y sabia a la vez, no imagina siquiera las alturas que podría alcanzar con su poder. Pero algún día lo sabrá. Cuando sea mayor, verá que soy una esclava de las debilidades de la carne y, cuando llegue ese día, nuestros papeles se invertirán: ella será la soberana y yo la súbdita. Me pregunto si algún día tratará de utilizar ese poder contra mí».
—Fortuna —dijo Lasha con voz melosa—, los romanos llegarán dentro de dos semanas. Seguramente ya te habrás enterado porque estas paredes tienen bocas y orejas. Cuando lleguen, el palacio estará todo revuelto. No se te ocurrirá cometer ninguna insensatez, ¿verdad, Fortuna? ¿Como, por ejemplo escapar?
Desde su diván, la reina la vio contraer repentinamente los músculos y pensó: «O sea, que no me equivocaba».
—Estoy preocupada por ti, hija mía —añadió, levantándose del diván como una esbelta torre dorada y escarlata—. A veces, me parece que te pesa la soledad. Leo una inquietud en tus ojos. Al fin y al cabo, tienes casi dieciocho años. Y aún eres virgen, ¿no es cierto?
En dos años, Selene había aprendido a reconocer todos los mortíferos matices de la voz de Lasha. Selene sabía que, en aquel momento, el engaño anidaba en el corazón real. Y sabía también otra cosa…
«Salvé la vida de su hijo —pensó Selene—. A ella le devolví la vista. Curé la impotencia de su marido para que no se viera obligada a tomar otro consorte. Y me odia. Me odia porque me debe gratitud. La reina está en deuda conmigo, ¡pero soy yo quien va a pagar!».
—Se me acaba de ocurrir, Fortuna, que necesitas compañía. Estás demasiado sola.
—Nunca estoy sola, mi señora —contestó Selene cautelosamente—. Tengo muchas esclavas.
—Me refiero a una auténtica compañía, Fortuna. Alguien en quien puedas confiar y con quien puedas compartir tu vida. Necesitas un marido.
—¡No! —gritó Selene, lamentando demasiado tarde su reacción.
Lasha sonrió. Como el dentista que examina un diente cariado, la reina acababa de encontrar lo que buscaba: el punto vulnerable de Selene.
—Eres joven, Fortuna —dijo Lasha, apartando el rostro—. Aunque poseas los increíbles conocimientos que tu madre te transmitió, y no creas que no te estoy agradecida o que no les atribuyo la importancia que merecen, en otras cosas eres todavía una niña. Es mi deber, mejor dicho… mi obligación, cuidar de que tu vida sea normal. Porque lo cierto es que llevas una existencia anormal. ¡Dieciocho años y todavía no tocada por un hombre!
«He sido tocada por un hombre —pensó Selene con orgullo—. He sido tocada por el único hombre al que quiero… Andrés».
—Y resulta —añadió Lasha— que alguien de palacio ha puesto los ojos en ti. —Selene se la quedó mirando en silencio—. Uno de mis cortesanos se interesa por ti y desea casarse contigo, Fortuna. —Tras una pausa, la reina prosiguió—: Y eres verdaderamente afortunada, tal como indica el nombre que te impuse. Porque no ha pedido tu mano un hombre cualquiera, Fortuna, sino el primer médico de la corte, el noble Kazlah.
Selene se agarró a la mesa para no perder el equilibrio.
—El primer médico de la corte sería un buen marido para ti, hija mía. Ambos tenéis intereses en común. Él conoce tus poderes y ambos podríais aprender el uno del otro y compartir vuestros conocimientos. Es mucho mayor y mucho más sabio que tú. Piensa en las ventajas.
Selene apartó el rostro y miró hacia el balcón que la separaba de la libertad. Al otro lado, el Éufrates descendía hacia el mar. Pero sus ojos no vieron el balcón sino el espectro de Kazlah, aquel hombre alto y delgado, vestido de azul medianoche. Estaba castigando a un esclavo por haber derramado accidentalmente el vino sobre su túnica. El esclavo era aficionado a la música; tocaba el arpa con gran habilidad y el sentido del oído lo era todo para él. Kazlah tomó una larga aguja de entre sus instrumentos médicos y le perforó los tímpanos.
Selene contempló el balcón. «Podría huir ahora, tirarme desde el balcón e intentar ganar a nado la libertad».
Analizó su impulso y le pareció una idea descabellada. «Si me apresaran y devolvieran a palacio, perdería todas las posibilidades de reunirme con mi amado Andrés. Seré prudente. Dentro de dos semanas, las veinte mujeres del harén serán conducidas hasta una embarcación a medianoche. Y yo estaré entre ellas…».
Selene sabía muy bien por qué Kazlah la había pedido en matrimonio. Pensó en los cientos de sauces que bordeaban las márgenes del río, más allá de los muros del palacio. El primer médico de la corte no tenía ni la más remota idea de que lo que más ansiaba conocer en el mundo —el secreto de la cura de Hécate— se encontraba justamente en la corteza de aquellos árboles.
Gracias al secreto de la cura de Hécate, Selene había logrado conservar la vida; a pesar de los peligros que la acechaban en aquel palacio, consiguió durante dos años mantener el secreto a salvo. A lo largo de los meses, tuvo que llenar varias veces el frasco azul y, sabiendo que Kazlah tenía espías entre los esclavos y que éstos le comunicarían qué sustancias integraban la mezcla, Selene pedía siempre una larga lista de ingredientes, algunos necesarios y la mayoría no, y después trabajaba en el jardín, donde se entregaba a un complejo y desconcertante ritual para ocultar algo que no era más que una simple infusión. Nadie que la observara hubiera podido describir la compleja e inútil ceremonia ni recordar qué cantidades de cada uno de los ingredientes se utilizaba en las distintas fases. Debido a ello, Kazlah seguía ignorando todavía el secreto de la cura de Hécate y Selene conservaba la vida.
Estaba firmemente decidida a impedir que él llegara a averiguar en qué consistía.
—Tiemblas —dijo Lasha, acercándose a ella por la espalda—. ¿No te emociona, Fortuna, imaginarte en el papel de esposa de Kazlah? Dicen que es un amante muy hábil, experto en los más exquisitos placeres del lecho matrimonial. Figúrate que, según me han dicho, a Kazlah le entusiasma utilizar un…
—Mi señora —dijo Selene, volviéndose a mirarla—. Aún no estoy preparada para el matrimonio. No me considero… digna de ser la esposa del primer médico de la corte.
—Bueno, en eso puede que tengas razón —dijo Lasha, lanzando un suspiro de satisfacción—. Por lo menos, de momento. Quizá sea mejor. Pero, compréndelo bien, Fortuna, como se te meta en la cabeza alguna idea absurda, como por ejemplo intentar huir, te aseguro que serías descubierta antes incluso de dar el primer paso. Entonces no tendría más remedio que acceder a la petición de Kazlah. Él te ataría la correa muy corta y se encargaría de que no te volviera a pasar por la imaginación la idea de escapar. Te enseñaría a obedecer, Fortuna, te lo garantizo.
Selene miró a la reina y sintió que estaba vadeando unas aguas heladas. Después se acordó de Samia y Darío y pensó: «¡Tengo que huir!».