18
Cuando despertó, Selene no sabía dónde estaba.
Lo primero que sintió fue un agudo dolor en las muñecas, la espalda y los tobillos. Poco a poco, recuperó el conocimiento y se dio cuenta de otras cosas: el jergón de paja sobre el que yacía, la sequedad de la boca y la garganta y, finalmente, el muro de piedra a escasa distancia de su rostro.
Intentó incorporarse, pero no pudo. Le pareció que el suelo se inclinaba y cayó de nuevo sobre el jergón, donde permaneció largo rato tendida, contemplando el techo y tratando de poner en orden sus pensamientos.
¿Dónde estaba? ¿Qué había ocurrido? Entonces lo recordó todo: la muerte de Mera, la emboscada, la galopada de pesadilla.
Al oír el rumor de unos sollozos apagados, Selene volvió la cabeza. La visión le sorprendió.
Era una estancia limpia y espaciosa, en la que el sol penetraba a raudales a través de una alta ventana. Había una alfombra en el suelo, jofainas con agua, toallas y una mesa en el centro con gran cantidad de comida. Sin embargo, nada de todo eso le llamaba la atención. Al otro lado de la estancia, tendida en un jergón, había una joven, llorando.
Después, vio a todas las demás: tendidas o sentadas, una de ellas de pie, apoyada contra la pared, mirándola con ojos aturdidos. Las jóvenes estaban medio desnudas y lloraban con desconsuelo.
Selene no lograba concentrarse porque le pulsaba la cabeza y, cuando intentaba moverse, experimentaba un agudo dolor en el pecho.
Parpadeó confusa y observó que una de las jóvenes, vestida con un atuendo que ella jamás había visto —pantalones anchos y una blusa— se levantaba y se acercaba a otra que sollozaba. Después la vio arrodillarse junto a ella y pronunciar unas palabras en una lengua extranjera mientras apoyaba suavemente las manos sobre su cuerpo. La que lloraba lanzó un grito de dolor y la del extraño atuendo retiró una mano ensangrentada.
Selene trató nuevamente de incorporarse; esta vez lo consiguió. Apretándose el estómago con un brazo, cruzó la estancia.
Tras estudiar el profundo corte del brazo de la joven, dijo:
—Está malherida. Tenemos que… —Sintió un mareo y se llevó la mano a la frente—. Tenemos que hacer algo —añadió cuando se le pasó el vértigo—, contener la hemorragia. Y hay que lavar la herida.
La joven del extraño atuendo la miró perpleja. Después, pareció comprender el significado de sus palabras y se levantó presurosa y fue por una de las jofainas con agua. Selene observó que el agua estaba agradablemente perfumada y que las toallas eran de lino de la mejor calidad. Curioso trato para unas prisioneras, pensó, disponiéndose a curar a las jóvenes heridas.
Cuando llegó el desconocido, las jóvenes ya estaban despiertas, comentando lo ocurrido y preguntándose por el motivo de su presencia en aquella curiosa celda. Selene podía comunicarse con las esclavas de Ignacio, pero no así con las demás, que hablaban toda una serie de dialectos extranjeros. La menuda joven de los pantalones y de los ojos desmesuradamente grandes consiguió hacerle comprender que su hogar estaba hacia el este, más allá del Indo, y que su nombre era Samia. Cuando entró el gigantesco desconocido enfundado en ropajes oscuros, todas enmudecieron. A su espalda había dos guardias armados con espadas. El hombre se detuvo en la puerta y estudió los veinte rostros asustados. A Selene le pareció que las miraba como si fueran caballos o camellos. Se estremeció, apenas protegida por su túnica hecha jirones, y cerró los ojos, rezando en silencio a Isis.
El hombre inició su trabajo, emitiendo unas lacónicas órdenes. Al principio, los guardias tuvieron que intervenir para sujetar a las jóvenes. Sin embargo, cuando se dieron cuenta de que era mejor no oponer resistencia, dejaron de luchar. El hombre hablaba el griego universal del este. Cuando comprendió las órdenes que estaba dando a los guardias, Selene se echó a temblar.
—Estas dos no son vírgenes —dijo—. Llevadlas al barracón. Esta noche vendrá a por ellas un traficante de esclavos. Ésta sí lo es. Llevadla al jefe de los eunucos del harén del rey.
El hombre se encontraba todavía en el otro extremo de la estancia, pero Selene ya había doblado las rodillas y las mantenía apretadas contra el pecho en gesto de defensa. Por el hecho de ser virgen, sería conducida al harén del rey junto con las demás.
—¿Qué es eso? —preguntó bruscamente el hombre, tomando el brazo de la llorosa muchacha mientras fruncía el entrecejo al ver el vendaje de lino—. ¿Quién lo ha hecho? —preguntó con aspereza, mirando a su alrededor.
Nadie dijo nada.
Entonces, la muchacha herida miró sin querer a Selene; el que daba las órdenes siguió la trayectoria de sus ojos y preguntó:
—¿Lo hiciste tú?
Selene abrió la boca, pero no emitió el menor sonido. El hombre le hizo una seña a un guardia, el cual se adelantó hacia Selene.
—Sí —contestó la joven de repente—. ¡Lo hice yo!
—¿Por qué?
—Estaba… estaba…
—¡Habla de una vez, muchacha!
—Estaba sangrando —contestó Selene, tratando de vencer el defecto de su lengua.
—Hay miel en esta venda —dijo el hombre, contemplando de soslayo los cuencos de gachas, higos y miel que había sobre la mesa y que estaban destinados a fortalecer a las cautivas—. ¿Por qué aplicaste miel a la herida?
Selene tragó saliva y pidió a Isis que le concediera la gracia de controlar su lengua.
—Es… es para alejar a los espíritus de la infección.
Los fríos ojos del desconocido la miraron casi con odio asesino. Después, el hombre soltó el brazo vendado y se acercó a Selene mientras las demás muchachas contemplaban la escena horrorizadas.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó, avasallándola con su estatura.
Selene se encogió de hombros mientras se le escapaba un sollozo de la garganta.
—Mi…
—¡Habla!
—Mi madre era sanadora —contestó—. Ella me lo enseñó.
El hombre hizo unos rápidos cálculos mentales.
—¿Dices que tu madre era sanadora? —preguntó, más calmado—. ¿Estaba contigo en la caravana?
Selene asintió en silencio.
—Tú estabas con un romano en el camino de Antioquía. ¿Era médico aquel hombre?
—No.
Kazlah hizo una leve mueca, pensando en la hermosa caja de medicinas que guardaba en sus aposentos y en la miríada de frascos cuyas indicaciones constituían un misterio para él.
—Demuéstrame que tu madre te enseñó el arte de la curación. Dime, por ejemplo, cómo reducirías la fiebre de un niño.
—Hay varias maneras: bañar al niño en agua muy fría, frotarle el cuerpo con alcohol de cebada…
—¿Y si eso falla?
Selene tragó saliva. Experimentaba una dolorosa punzada en las costillas cada vez que respiraba. Se sentía muy débil y temía desmayarse de un momento a otro.
—Se puede recurrir a la cura de Hécate —contestó en un susurro.
—Y eso, ¿qué es?
—Un té. Lo hace mi madre. Mi madre…
Otro sollozo ahogó sus palabras.
—¡Dímelo!
Selene rompió a llorar mientras un estremecimiento le recorría el cuerpo.
—Mi madre ha muerto —dijo en voz baja.
Después, se cubrió el rostro con las manos y lloró sin poderse contener.
Kazlah la miró con una leve sonrisa en los labios. La cura de Hécate, había dicho la joven.