7

—Te estás muriendo, hija mía —dijo la sacerdotisa del oráculo.

—Sí, madre, así es —contestó Mera, inclinando la cabeza.

—¿Y la niña no lo sabe?

—No.

La sacerdotisa estudió a Mera con una profunda mirada llena de antigua sabiduría.

—¿Por qué no le has dicho a la niña que te mueres?

—Quería que su mente estuviera libre de cualquier preocupación o ansiedad. Se está preparando para la iniciación definitiva en los secretos de la diosa.

La sacerdotisa asintió y apartó el rostro de la visitante mientras contemplaba, a través del ventanal, los jardines del templo.

Era un típico día nublado de agosto que amenazaba tormenta. Algunos fieles entraban en aquel momento con ofrendas para la diosa. Una piedra sagrada dominaba el centro del patio. Era un antiguo monolito que, según la leyenda, había sido tocado por la diosa. Un camino trillado conducía hacia él porque las madres solían llevar a sus hijos hasta allí para que se golpearan la cabeza contra la piedra, en la esperanza de que con ello adquirieran sentido común.

—¿Cuándo será iniciada? —preguntó la sacerdotisa volviéndose para mirar a Mera.

—Mañana subiremos a la montaña.

La sacerdotisa asintió en gesto de aprobación. Aquella sanadora era una fiel hija de la diosa. Allá arriba, en el puro aire de la montaña que guardaba Antioquía, pondría a su hija en comunicación con la Gran Madre.

—¿Está ya preparada?

Mera levantó los ojos y miró directamente a la sacerdotisa.

Era una menuda y frágil mujer de edad avanzada, enfundada en ropajes negros y con la blanca cabeza cubierta por un velo igualmente negro. Se sentía abrumada ante su presencia porque las mujeres que servían en la Casa de la Diosa ejercían un enorme poder. Como las de Minerva y Sofía, las mujeres que servían a Isis eran dueñas en su vejez de una gran sabiduría y todo el mundo las respetaba.

—No lo sé —contestó Mera en un susurro—. Tendría que estarlo. Yo la he instruido, pero…

La anciana esperó.

—Ahora hay un hombre.

—Tú sabes que tu hija debe mantenerse pura e intacta para el rito.

—¡Le he prohibido que le vea!

—¿Y ella te obedece?

Mera se retorció las manos angustiada. «No —pensó—. En sus dieciséis años de vida, Selene ha sido siempre una hija buena y obediente. Pero ahora sale a escondidas y corre a la casa de su amado en la parte alta de la ciudad».

—¿Conoce ella el peligro? —preguntó la sacerdotisa, como si adivinara los pensamientos de Mera.

—Le he advertido. La noche de la ceremonia de la vestidura, hace siete días, la instruí lo mejor que pude. ¡Pero, madre, ella cree estar enamorada! Sus pensamientos se han apartado de mis enseñanzas. Sólo piensa en él, sólo habla de él…

La sacerdotisa levantó una pequeña mano morena, deformada por los años.

—Tu hija no es una joven corriente —dijo—. Tiene un destino que cumplir. Me has dicho que procede de los dioses y que te fue encomendada su custodia. No tengas miedo, hija mía, la diosa la guiará. —El oráculo hizo una pausa para escudriñar el rostro de Mera—. Hay algo más —añadió—. Este hombre te da miedo. ¿Por qué?

—Porque está apartando a mi hija de las verdaderas enseñanzas. Es un cirujano, madre. Practica una horrenda forma de curación y no invoca la ayuda de la diosa, no usa ningún fuego sagrado y no recita oraciones. ¡Y le está enseñando a mi hija estos procedimientos impíos! Es peligroso, madre. Destruirá todo lo que yo he intentado inculcarle. —Mera bajó la voz—. No es la virginidad de su cuerpo la que está amenazada, madre, sino la de su mente.

La anciana la miró en silencio.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Mera, inclinándose hacia adelante—. ¿Puedes tú decirme qué está escrito en sus astros?

—¿Cuáles son los astros de su nacimiento?

—Nació en Leo, con Venus ascendiendo en Virgo.

—Y, ¿a qué hora?

—Yo… no lo sé, madre. Fue un parto muy accidentado, sus padres eran fugitivos.

—Tú sabes que debemos conocer el verdadero ascendente. Puede haber varios planetas en la primera casa; necesitamos conocer el más próximo a su ápex.

Mera ya sabía lo que iba a ocurrir. Llevaba años tratando infructuosamente de que le leyeran los astros de Selene. Los datos de que disponía eran escasos: había tres planetas flanqueando a Leo: Marte y Saturno ascendiendo, y Júpiter a punto de ascender. Pero era sólo una aproximación. Se podía equivocar por una hora, lo cual desplazaría el foco del ascendente.

—Hay más —dijo la sacerdotisa—. Dime lo que todavía no me has dicho.

—Hay un gemelo, un varón, nacido poco antes que Selene. Los padres le impusieron el nombre de Helios.

—¿Helios y Selene? —La mujer arqueó las cejas—. «Sol» y «Luna» —reflexionó un instante—. La muchacha tiene que encontrar a su hermano, porque es su otra mitad. Es esencial que se reúna con él. ¿Sabes tú dónde está? —Mera negó con la cabeza—. Ahora dame el mechón de cabello.

Mera lo había sacado del altar doméstico de Isis donde estaba depositado desde que Andrés se lo cortó a Selene el día de la vestidura. Ahora lo entregó a la sacerdotisa.

Tras permanecer un buen rato sentada en medio de las sombras, en el recogimiento de su cámara, la sacerdotisa de Isis le dijo a Mera:

—Te has pasado dieciséis años criando a esta niña. Ha llegado el momento de que te apartes y la dejes proseguir sola su camino.

Mera esperó. Al ver que la mujer permanecía en silencio, se inclinó angustiada hacia adelante y dijo:

—Antes de que me muera, madre, ¿puedes decirme quién es?

—No puedo. La muchacha tendrá que averiguarlo por sí misma. Éste es el propósito de su vida. Sin embargo, el camino de su búsqueda no comienza aquí, en Antioquía. Deberás conducirla de nuevo al lugar donde nació y, desde allí, la diosa la guiará.

Mera miró con incredulidad al oráculo. ¿Conducirla de nuevo a Palmira?

—Pero, madre —dijo en tono vacilante—, el viaje es muy largo. Sería un esfuerzo excesivo para mí.

—Así debe ser, hija mía. No llegarás a ver Palmira, pero deberás conducir a la muchacha a aquella parte del desierto para que, desde allí, pueda adentrarse por el sendero que la conducirá a su destino. Deberás ponerte en camino esta misma noche. Es el momento más propicio, bajo la primera luna llena —aseguró la anciana—. Desde allí, la luna te guiará.

Mera se sintió súbitamente entumecida. Vio que la sacerdotisa se levantaba de su asiento y se dirigía, encorvada por la edad, a una alacena de la pared, de la que sacó un objeto que colocó sobre la mesa ante la sorprendida mirada de su visitante.

Era un pedazo de azufre conocido como Piedra de Brimo, y solía quemarse en las habitaciones de los enfermos para alejar a los malos espíritus. ¿Significaría ello acaso, se preguntó Mera, que habría una terrible enfermedad en el futuro de Selene?

—Eso es todo lo que puedo hacer por ti, hija mía —añadió la sacerdotisa, volviendo a sentarse—. Tendrás mucho ajetreo si obedeces a la diosa y te marchas esta noche de Antioquía con tu hija. Ponte en camino cuando salga la luna.