62
La temperatura nocturna había bajado. Ulrika, que sólo llevaba puesto el camisón, se echó una capa de lana sobre los hombros antes de salir.
La casa de Paulina estaba oscura y en silencio. Hacía rato que los invitados se habían marchado y ahora todo el mundo dormía. Máximo y Juno, cuya casa quedaba un poco lejos, dormían en la estancia de al lado, y Selene y Andrés hacían lo propio tres puertas más abajo, tras haber aceptado la invitación de Paulina. Ulrika avanzó de puntillas. Cuando llamó y su madre le abrió la puerta, no se sorprendió de encontrar a Selene completamente vestida; ésta tampoco se sorprendió de ver a su hija a aquellas horas.
—Pensé que vendrías —dijo Selene, cerrando la puerta a su espalda. Los carbones ardían en el brasero, junto al cual había dos sillas con escabeles para los pies; Selene se sentó y le indicó a su hija la otra silla—. Andrés duerme —le dijo—. Podemos hablar.
Ambas permanecieron un rato en silencio, contemplando las brasas de carbón de leña.
—Quieres saber algo sobre Cayo Vatinio —dijo Selene al final.
—Te ha trastornado, madre. Lo he visto. Durante toda la cena. Y te has retirado muy pronto. Cuéntame. ¿Qué tiene que ver con mi padre? ¿Es el que…?
—Cayo Vatinio fue el que arrasó y quemó la aldea de tu padre, y el que se lo llevó encadenado —dijo Selene, mirando a su hija directamente a los ojos—. En los años que vivimos juntos, tu padre me comentaba a menudo su deseo de regresar a Germania para vengarse de Cayo Vatinio.
—Comprendo —dijo Ulrika en voz baja—. Mi padre no vivió para cumplir ese deseo. Matar precisamente a este hombre. El hombre con quien yo acabo de cenar.
—Ulrika. —Selene tomó la mano de su hija—. Eso ya pertenece al pasado. Ocurrió hace tiempo. No pienses más en ello, Ulrika. Quítatelo de la cabeza.
—Tengo la sensación de haber traicionado a mi padre.
—¡Eso no es cierto! —exclamó Selene, mirando hacia la puerta cerrada que conducía a la alcoba—. Tú no sabías quién era Cayo Vatinio —añadió, bajando la voz—. Y en aquella lucha intervino tu padre, no tú.
Ulrika sintió que la mano de su madre apretaba con fuerza la suya.
—Hay otra cosa —dijo, mirando a Selene a los ojos—. Algo que no me has dicho. ¿Qué es?
Selene retiró la mano y apartó el rostro.
—¿Hay algo más? —la apremió Ulrika.
Selene asintió en silencio.
—Dímelo.
Selene volvió a mirar a su hija con angustia infinita.
—Es algo que hubiera debido decirte hace tiempo —dijo sin apenas mover los labios—. Quería hacerlo. Pensé que no podrías entenderlo al principio, y mi intención era decírtelo más adelante. Rani siempre me instaba a que te lo dijera. Pero nunca encontraba el momento. —Selene se retorció las manos sobre las rodillas—. Ulrika, yo te dije que tu padre había muerto en un accidente de caza antes de que tú nacieras. Era una mentira. Se marchó de Persia para regresar a Germania.
—¿No murió? —preguntó Ulrika, frunciendo el ceño—. ¿Regresó a Germania?
—Siguiendo mi consejo. Cuando ya llevábamos algún tiempo en Persia, se enteró de que Cayo Vatinio había estado allí antes que nosotros. Nos dijeron que se dirigía de nuevo a Germania y yo alenté a tu padre a que se fuera.
—¿Y se fue? ¿Sabiendo que estabas embarazada?
—No lo sabía. No se lo dije.
—¿Por qué no?
—Porque sabía que, en tal caso, se quedaría conmigo y, una vez nacido nuestro hijo, jamás hubiera regresado a Germania. Yo no tenía derecho a interferir en su vida, Ulrika.
—¿Que no tenías derecho? ¡Eras su mujer!
—No lo era —dijo Selene, sacudiendo la cabeza—. No estábamos casados.
Ulrika miró en silencio a su madre.
—Él ya tenía mujer —añadió Selene, evitando la mirada de su hija—. Tenía mujer y un hijo en Germania. ¡Oh, Ulrika, tu padre y yo no podíamos vivir siempre juntos! Él tenía su destino en Renania, y yo buscaba a Andrés. Teníamos que separarnos.
—Se fue de Persia —dijo Ulrika muy despacio— sin saber que estabas embarazada. No supo nada de mí.
—No.
—¡Y ahora tampoco sabe nada de mí! ¡Mi padre no sabe que existo!
—No creo que esté vivo, Ulrika.
—¿Por qué?
—Porque, si hubiera llegado a Germania, hubiera buscado a Cayo Vatinio y se hubiera vengado de él.
—Y Cayo Vatinio está vivo —dijo Ulrika horrorizada—. Yo he compartido esta noche la mesa con él…
Selene quiso tomar de nuevo la mano de su hija, pero Ulrika la apartó.
—No tenías ningún derecho a ocultármelo —gritó la joven—. ¡Todos estos años han sido una mentira!
—Fue por tu bien, Ulrika. Eras pequeña y no hubieras podido comprenderlo. Te hubieras enojado conmigo por dejarle marchar. No hubieras comprendido mis razones.
—Ahora también estoy enojada contigo, madre. Hace tiempo que dejé de ser una niña. Hubieras podido decírmelo hace años, antes de que yo lo averiguara de esta manera. —Ulrika se levantó—. Me robaste a mi padre y me dejaste crecer creyendo que adoraba a un muerto. Y esta noche, madre, te has quedado allí sentada mientras yo hablaba con ese monstruo.
—Ulrika…
Pero la joven ya se había marchado.
Tendida en la cama, mirando hacia el techo, Ulrika escuchaba los lejanos rumores de los carros, circulando por las calles de la ciudad. Le latían las sienes. Lloró sólo un poco e inmediatamente empezó a pensar. Ahora, echada boca arriba y con los ojos perdidos en la oscuridad, trató de analizar sus sentimientos, pero no pudo. Experimentaba dolor y decepción, y se sentía traicionada. Pero se compadecía también de su madre, de la joven embarazada que, allá en Persia, había tenido que renunciar a un hombre al que amaba para no causarle un daño. La admiración de Ulrika por el sacrificio de su madre y por la forma en que guardó aquel secreto durante tantos años, por el bien de su hija, chocaba con el sentimiento que experimentaba por el hecho de que nadie le hubiera dicho la verdad. Pensó en su padre, que debía de estar vivo cuando ella pensaba en él de pequeña. Quizás, al seguir ella al cuervo en Jerusalén, su padre viviese todavía, pero ignoraba que tenía una hija en el otro confín del mundo.
Ulrika se quedó dormida y tuvo un sueño. Soñó que se levantaba de la cama, se acercaba a la ventana y saltaba desde allí, descalza, sobre la nieve. La rodeaban altos abetos por todas partes, y las nubes acariciaban el rostro de la luna. Veía unas huellas en la nieve, adentrándose en el bosque. Las seguía bajo la lechosa luz de la luna. Poco después, veía un lobo de ojos dorados. Ella se sentaba sobre la nieve y el animal se le acercaba, apoyando la cabeza en su regazo. La noche eran tan pura como los ojos del lobo que la miraban. Sintió el latido de su corazón bajo sus costillas. Los ojos dorados parpadearon y parecían decirle: «Aquí está la confianza y el amor, aquí está tu hogar».
Ulrika se despertó, sorprendida de encontrarse en la cama, y se desconcertó momentáneamente al percibir la brisa nocturna, cargada de perfumes primaverales. Se levantó y miró a través de la ventana. El suelo era de color blanco y ascendía por la colina como una manta de nieve. Entonces se dio cuenta de que eran pétalos de los árboles frutales en flor, pétalos rosas y anaranjados que, bajo la luz de la luna, parecían blancos. Miró a través de los árboles y vio un movimiento.
Era Eiric.
Recorrió lentamente el pasillo del peristilo y salió por la puerta que daba al huerto. Conocía aquel camino desde hacía siete años, aunque últimamente no lo utilizara tan a menudo como al principio, cuando sus sentimientos por Eiric eran claros y sin complicaciones.
Eiric se encontraba de espaldas a ella, con una cinta dorada alrededor de la cabeza; los bucles rubios le llegaban hasta los hombros. Era hermoso como ninguno.
Ulrika pensó que, de haberle amado más de lo que le amaba, el corazón le hubiera estallado en el pecho.
—Eiric —le dijo.
Él se volvió, levantándose de un salto. Ambos se miraron en silencio bajo la luna.
Sin saber cómo, Ulrika se encontró en sus brazos. La sensación del cuerpo del muchacho contra el suyo, la presión de sus labios y el calor de su lengua la aturdieron. Trató de acariciarle. Eiric le enjugó con sus besos las lágrimas de las mejillas y acalló sus sollozos con la boca, hablándole en germánico mientras ella hundía los dedos en los dorados bucles de su cabeza.
Los pétalos de las flores acogieron su espalda desnuda mientras sentía el peso de Eiric sobre su cuerpo. Vio la luna entre las ramas de los árboles. Sintió que el dolor se desvanecía, y que la cólera, el resentimiento y la angustia de la traición se esfumaban ante la fuerza de la pasión de Eiric.
—Huiremos juntos —le dijo—. Nos esconderemos. Te quiero.
Eiric no dijo nada. Ya sabía lo que tenía que hacer. No huirían, ni se esconderían, ni serían devueltos a la casa humillados, ni serían castigados. Se trataba de algo que tenía que hacer él solo. Para demostrarle que era digno de ella.
Entonces regresaría y la llevaría consigo con todos los honores al lugar que les correspondía. El norte.