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Allí estaba. La Domus Julia —la «Casa Julia»—, el refugio de los enfermos.
La emperatriz Agripina apartó ligeramente la cortina de su litera, lo justo para mirar sin ser vista. Se había detenido en la orilla izquierda del Tíber para observar la actividad de la isla, donde se estaba construyendo la Domus Julia. «Esta mujer ha tenido la arrogancia de dar a su locura el nombre de las más nobles y antiguas familias de Roma… y Claudio, el muy idiota, lo ha secundado», pensó.
Agripina apretó el puño. Sabía qué se proponía Julia Selena…, la aceptación de aquel nombre era una prueba más que suficiente de su ambición. El nombre de Julia Selena se lo había conferido a Selene el pueblo de Roma la noche de los festejos del río, hacía cinco años y medio. ¡Qué aires de humildad los de Julia Selena tras haber salvado la vida de Británico! ¡Con qué modestia recibió el homenaje de la multitud! Pero Agripina sabía la verdad. Sabía que Julia Selena estaba tan deseosa por controlar el trono del Imperio romano como lo estaba ella, la propia Agripina.
En los cuatro años y medio que llevaba casada con Claudio, tras la ejecución de Mesalina por bigamia poco después de los festejos del río, Agripina sólo había vivido para una cosa: convertirse en la madre de un emperador. En su obsesión por conseguirlo, se había casado con el emperador, haciéndose declarar su consorte legal y convenciendo a Claudio de que adoptara a su hijo Nerón, colocándole de este modo, por ser mayor que Británico, en el primer lugar de la línea directa de sucesión. Cualquier persona que constituyera una amenaza, por muy remota que fuera, a los planes de Agripina, era eliminada sin la menor contemplación. Agripina se encargó de que su hijo fuera el único Julio-Claudio legítimo que quedara, para que el pueblo no tuviera más remedio que aceptarle a la muerte de Claudio.
¡Pero ahora había surgido un nuevo obstáculo!
Agripina observó la actividad de la isla como un gato observa el avance de un ratón. Allí estaban las brigadas de obreros, los canteros, los artesanos y los arquitectos, todos yendo de un lado para otro en la Domus a medio terminar, encaramándose a los andamios como abejas alrededor de un panal. Zánganos insensatos, pensó Agripina, al servicio de su reina. Y, por cierto, ¿dónde estaba «su majestad» aquella mañana?
Agripina apartó un poco más la cortina para echar un vistazo a la isla.
En el extremo sur se levantaba el antiguo y modesto templo de Esculapio, con los jardines que lo rodeaban y las dependencias —cobertizos, ahumaderos— que Julia Selena había convertido en enfermerías provisionales. La Domus a medio construir dominaba toda la isla con sus columnas de granito y sus arcos de mármol elevándose al cielo como heraldos del futuro esplendor, cuya gloria oscurecería la de los más grandes edificios de Roma —el Teatro de Marcelo, el Templo de Agripina—, erigiéndose en la más bella y famosa construcción de todo el Imperio romano.
¡Una casa para los enfermos!
Agripina les indicó por señas a los portadores de la litera que se acercaran un poco más a la orilla del río.
Desde allí, la emperatriz distinguía los senderos del jardín, las secas fuentes y los arbustos sumidos en el letargo invernal. Muy pronto la isla estallaría a la vida y se convertiría en una guirnalda arrojada en mitad del río desde la frente de algún dios para alegrar Roma con sus flores y su verdor. Y todo por obra de Julia Selena. Que Agripina recordara, la isla Tiberina nunca había sido más que un estercolero. En sólo cinco años y medio, Julia Selena la había convertido en un paraíso.
Gracias a un decreto firmado por Claudio la misma noche de los festejos del río, a cualquier esclavo abandonado en la isla Tiberina que posteriormente se curara debería concedérsele la libertad.
El resultado de todo ello fue rápido y previsible. Nadie se atrevió a insultar al emperador ni a criticar su nuevo proyecto, y la gente empezó súbitamente a respetar la vieja isla. Muchos propietarios de esclavos se dieron cuenta de la pérdida económica que les supondría el hecho de abandonar a sus esclavos y verlos después recuperar la salud y conseguir la libertad.
El abandono de esclavos en la isla cesó casi de la noche a la mañana. Una vez los hermanos del templo de Esculapio hubieron atendido a los que todavía quedaban, dándolos de alta como libertos, terminó el hacinamiento. Las dependencias exteriores se vaciaron de enfermos y la isla empezó a recuperarse. Los acaudalados benefactores entregaban el dinero a manos llenas para ganarse el favor del emperador; se arreglaban las paredes y los techos, se plantaban árboles y se instalaban fuentes. Volvieron los peregrinos y, con ellos, los médicos de la ciudad. Todo el mundo afirmaba que el dios había regresado a la isla, gracias a los desvelos de la bisnieta del divino Julio.
Los romanos eran devotos y supersticiosos; respetaban las antiguas tradiciones, temían a los dioses y veneraban a sus antepasados. De ahí la extraordinaria popularidad de Julia Selena. Siempre dispuestos a idolatrar a los ídolos, los romanos colocaron a Julia Selena en un pedestal, no sólo por el hecho de pertenecer a la familia Julia —lo que, como a César, la emparentaba directamente con la diosa Venus—, sino también por sus malditas «buenas obras».
Agripina asió la cortina con tanta fuerza que poco faltó para que la arrancara.
¿Cómo era posible que no vieran sus intenciones? ¡Nada menos que en un refugio para los enfermos! Para que se quedaran allí todo el tiempo que hiciera falta, atendidos por personas especialmente adiestradas. Semejante cosa no la había en ningún otro lugar del mundo. Agripina sabía que era una estratagema; aquella isla, con su escandaloso edificio elevándose hasta las nubes, estaba destinada a consolidar el lugar que ocupaba Julia Selena en el corazón del pueblo.
«Para que su hijo, y no el mío, sea el próximo emperador…».
Al final, la vio. Vestida con su famosa túnica de lino blanco, con la cabeza protegida por un velo y con su habitual caja de ébano colgada del hombro, Julia Selena emergió de uno de los pequeños edificios de piedra y bajó por un sendero hacia las obras que se estaban efectuando en el extremo norte de la isla, seguida de cerca por su «sombra», aquel omnipresente imbécil llamado Píndaro, que un día había aparecido en la isla y que jamás se separaba de ella.
Agripina entornó los ojos. Vio que Julia Selena se acercaba a la Domus y que los hombres interrumpían el trabajo para saludarla desde lo alto de los muros y desde lo hondo de las zanjas. El caprichoso viento de marzo, que soplaba desde el oeste, cambió bruscamente de dirección, y empezó a soplar desde el norte. Fue sólo un momento, pero bastó para que el manto de Julia Selena aleteara un instante y dejara al descubierto la redondez de su figura.
Agripina soltó la cortina. Había visto lo que quería ver. Sus informadores le habían dicho la verdad. Julia Selena estaba embarazada.
Tras ordenar a los porteadores de la litera que se apartaran de la orilla del río, la mente de Agripina empezó a trabajar. Julia Selena no había sido durante aquellos cinco años y medio ninguna amenaza para ella; pero ahora era peligrosa y Agripina no tendría más remedio que actuar.
Ni el hijo de Julia Selena ni la Domus deberían sobrevivir.