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—¡Por todos los dioses! —exclamaron las parteras, apartándose del lecho real—. ¡La matriz ha salido junto con el niño! ¡Fijaos, lo tiene todavía dentro!

Chandra, de pie en un rincón, se acarició la larga barba con aire pensativo. Por regla general, no asistía a los partos; estaba allí sólo a petición del rey, dado que la princesa era una de sus esposas preferidas. Al ver la confusión de las parteras, agitándose alrededor de la regia cama como abejas de una colmena alborotada, decidió acercarse.

Sus negros ojos almendrados contemplaron fugazmente al recién nacido envuelto en su funda transparente; después, Chandra extendió un dedo moreno y apretó la membrana, que se rompió y dejó escapar el líquido que contenía. Todos vieron que aquello no era la matriz de la princesa, sino el amnios, indicio de un fausto nacimiento.

Las parteras lanzaron vítores y reanudaron su labor en la cama. Tras haber restablecido el orden en la cámara real, Chandra se despidió de las mujeres con una inclinación de cabeza y salió a toda prisa. Le prometió al rey informar inmediatamente al astrólogo para que éste leyera el cielo.

Chandra, un hombre bajito y rechoncho vestido con ropajes de seda color limón y tocado con un turbante, avanzó por los pasillos de palacio, profundamente enfrascado en sus pensamientos. ¿Qué significaría aquello?, se preguntó. En todos los años que llevaba practicando la medicina, jamás había observado un fenómeno semejante. Tendido sobre las sábanas como una sonrosada gamba en el interior de una perla transparente, el recién nacido se encontraba todavía dentro de la membrana amniótica. Jamás podría olvidar aquel espectáculo.

El Sol ya se había ocultado y caía la oscuridad, pero Chandra vio, mientras cruzaba uno de los jardines reales, las agujas del palacio brillando con destellos dorados bajo la luz del sol ya hundido tras el horizonte. Las cúpulas y las torres se elevaban majestuosamente contra un cielo en el que ya empezaban a parpadear las estrellas y, sin embargo, allí arriba, tan cerca de las nubes, aquellas estilizadas puntas aún resplandecían con la luz del día.

Si un hombre hubiera podido ascender a aquellos impresionantes pináculos, ¿qué espectáculos hubiera podido admirar? ¿Cuántas leguas hubieran podido abarcar sus ojos? ¿Hasta dónde se hubiera podido desplazar su espíritu? Era un milagro más en un día cuajado de portentos.

El nacimiento del príncipe no era el primero. El día se había iniciado, en realidad, con un milagro: un asombroso anuncio hecho por el astrólogo poco después del amanecer y cuyos efectos, tras una activa jornada en la enfermería y el pabellón y, más tarde, en la cámara real y en sus aposentos, donde se tomó algún tiempo para trabajar en su manuscrito sobre la cura de las heridas, aún no habían disminuido en su mente.

Al llegar al observatorio celeste, encontró al siervo chino del astrólogo aguardándole. Chandra aún no se había acostumbrado al exasperante invento de Nemrod. El astrólogo no quería que le interrumpieran mientras trabajaba y por esta razón había limitado el acceso a su torre, celosamente guardada, construyendo aquella caja de madera que ahora se levantó del suelo en cuanto el chino accionó la palanca. Mientras se elevaban en el aire, oscilando peligrosamente en la brisa, Chandra se agarró fuertemente al asidero y cerró los ojos. Después, asegurando la caja de madera de tal forma que nadie pudiera hacerla bajar desde el suelo y utilizarla (¿qué chiflado hubiera sido capaz de hacer semejante cosa?, se preguntó el médico), el siervo guió a Chandra, a través de un peligroso puente colgante, desde el cual se podía contemplar todo el palacio y las montañas que lo rodeaban, hasta unas impresionantes puertas marcadas con símbolos místicos.

El siervo chino acompañó a Chandra hasta una cámara redonda, hizo una reverencia y se retiró presuroso.

Aquéllos eran los dominios del astrólogo, donde éste moraba desde hacía incontables años. Aquella espaciosa estancia redonda de piedra no era la cima de la torre de Nemrod. Para llegar hasta allí, se tenían que subir otros cincuenta y dos peldaños, que terminaban en el viejo observatorio situado en lo alto del techo abovedado. Allí se encontraba Nemrod en aquellos momentos, escuchando el canto de sus silenciosas estrellas.

El médico hindú miró con impaciencia la bóveda del techo, revestida de oro y piedras preciosas que representaban las estrellas, y trató, con la sola fuerza de su mente, de hacer bajar a Nemrod. El astrólogo era capaz de pasarse allí horas y horas: Nemrod sólo conocía los cielos, pero los conocía mejor que nadie por ser el Daniel de toda Persia, el último de la estirpe de sagrados danitas, cuyos orígenes se remontaban a los tiempos de Nabucodonosor, cuando los Daniel —que habían tomado su nombre del de Dan-El, antigua divinidad fenicia— eran profetas. Nemrod no era profeta, pero podía predecir los acontecimientos futuros porque estaban escritos en las estrellas. En palacio no se hacía nada sin consultarlo primero con Nemrod, y no se emprendía ningún negocio, no se daba ningún paso y ni siquiera se abrían las jarras de vino sin averiguar primero a través de Nemrod si los astros eran propicios. Y el astrólogo raras veces se equivocaba. Sus predicciones eran por lo general acertadas. Por eso Chandra paseaba ahora tan nervioso por la cámara circular: estaba deseando averiguar más detalles sobre la increíble predicción hecha por Nemrod aquella misma mañana.

«¡Que yo, tras pasarme treinta y seis años viviendo dentro de estas paredes, tendré que emprender un largo viaje para jamás regresar!».

Entretanto, Nemrod, en lo alto de su torre, contemplaba el cielo y movía los labios en un silencioso canto. Se había pasado el día midiendo y calculando, localizando aspectos y ascendentes, identificando polaridades y conjunciones. Escribió y dibujó hasta gastar tres plumas y ahora las hojas de pergamino yacían esparcidas a sus pies como hojas de otoño. Eran cartas de trígonos y sextiles, columnas matemáticas, símbolos de astros y planetas; lo leyó todo una y otra vez, allá arriba, en la oscuridad de la noche; primero en silencio, después en un susurro y finalmente en voz alta, para convencerse a través del oído de lo que sus ojos se negaban a creer. Porque el mensaje era de lo más inquietante.

Ahora rezaba para que los dioses le dieran alguna señal de que sus hallazgos eran equivocados. Lo malo era que los dioses nunca atendían las oraciones de los labios sino las del corazón, y el corazón de Nemrod estaba totalmente mudo.

Quería creer. Lo quería con toda su alma, tal como creía cuando era joven, en cuerpo y alma, y reverenciaba fanáticamente a los dioses. Pero después, tras pasarse tantos otoños e inviernos allá arriba, en el cosmos, mientras la colmena humana del palacio seguía con sus habituales excentricidades, la fe de Nemrod en los dioses vaciló, tembló y finalmente se apagó como una llama. Y entonces hizo lo que suelen hacer los descreídos que temen, de todos modos, prescindir por completo de los dioses: convirtió la religión en una rama erudita del saber y empezó a coleccionar y estudiar dioses como otro hubiera podido coleccionar mariposas o piedras. Y descubrió algo terrible: cuanto más estudiaba a los dioses, tanto más perdía la fe. Hasta que llegó un día —¿cuándo?, ¿al cumplir los cincuenta años?, ¿o tal vez los setenta?— en que Nemrod volvió a subir fatigosamente aquellos cincuenta y dos peldaños y su envejecido cuerpo gritó por todos sus poros: «No existen».

Su canto se detuvo y sus labios dejaron de moverse. Nemrod bajó las temblorosas manos y contempló las estrellas con la misma admiración con que el hombre primitivo debió de contemplar por primera vez el fuego. Aquello era lo único que importaba, las estrellas; aquellas gélidas luces que brillaban en el negro cielo, girando lentamente desde hacía tantos eones, antes incluso de que se formara la Tierra, eran lo único que existía. Las estrellas gobernaban los destinos de los hombres, no los dioses inventados, pensaba Nemrod; los astros y las constelaciones dirigían los flujos y reflujos de los seres humanos, no las estatuas de piedra que se rompían al caer. Los astros eran las divinidades que ahora adoraba Nemrod, el astrólogo.

Cuando más tarde bajó el último peldaño de la escalera de caracol, Nemrod tuvo que apoyarse en la pared de piedra para recuperar el resuello. Apretaba contra su pecho, como si se tratara de un niño, sus rollos y sus cartas. Cerró los ojos y lanzó un suspiro. Nemrod tenía la desgracia de poder leer el futuro y lo que acababa de leer le había causado mucha pena. Se juró ahora no decirle a su amigo lo que había visto en los astros.

Ya le había dicho suficiente aquella mañana. Chandra le estaría esperando en la cámara redonda, confiando en que le revelara más detalles. El motivo oficial de su visita sería el anuncio del nacimiento del príncipe, pero Nemrod conocía muy bien a su viejo amigo. Chandra quería saber más, pero Nemrod no pensaba decirle nada.

Se apartó de la pared y pensó que las estrellas le estaban tomando el pelo a un viejo que, por equivocación, aún no había acudido a su cita con la tumba.

Médico y astrólogo se saludaron cortésmente, con una reverencia, pese a la confianza que se tenían. Eran tan distintos como el día de la noche. La rechoncha persona del médico, con su piel aceitunada y su poblada barba, contrastaba fuertemente con la insólita estatura de Nemrod, cuyo constante anhelo por las estrellas parecía haberle estirado el cuerpo. Llevaba el largo cabello blanco recogido en lo alto de la cabeza por medio de unos peines de marfil y la blanca barba remetida en el cinto. Eran diferentes exteriormente, pero por dentro eran almas gemelas; desde el día de la llegada de Chandra de la India, hacía tres décadas, habían pasado innumerables veladas conversando, jugando al ajedrez, discutiendo sobre temas religiosos y llegando a la conclusión de que eran mental y espiritualmente superiores a cualquier otro ser de la Tierra.

Chandra informó a su amigo del sorprendente nacimiento del príncipe y Nemrod empezó inmediatamente a trazar la carta astrológica del niño. Tras observar un rato al Daniel trabajando en su banco, Chandra comprendió que su viejo amigo estaría demasiado ocupado para darle más detalles sobre la siniestra predicción de aquella mañana.

—¡Amigo mío —había anunciado—, los astros dicen que llegará a Persia una persona de cuatro ojos que pondrá fin a tu larga estancia aquí!

¿Y qué otra cosa podía significar eso, se preguntó Chandra por milésima vez, si no que tendría que emprender un largo viaje?

Al ver que aquella noche no podría averiguar más detalles sobre la críptica profecía, Chandra se retiró en silencio y, al poco rato, se oyó el crujido de la caja de madera de Nemrod, bajando otra vez al suelo.

Tras visitar a sus pacientes del pabellón e interesarse por el estado del príncipe recién nacido, Chandra se dirigió a un edificio colindante con el palacio al que acudían muy pocas personas; una vez allí, llamó con los nudillos a una puerta y entró a los aposentos de una enferma que vivía prisionera en ellos, la princesa a quien todos llamaban la Desdichada, aquélla a quien él no podía curar, y a la que jamás hubiera curado aunque hubiera estado en su mano hacerlo.