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—¡Otras seis incorporaciones! —exclamó la madre Mercia, volviendo a llenar las copas de vino—. Imagínate, Peregrina. Nuestra comunidad es ahora la mayor en toda la historia del templo. ¡Y todo gracias a ti!
Selene se llenó de tristeza mientras contemplaba su copa. ¡Cómo se hubiera alegrado Rani! Ella soñaba con visitar la escuela de medicina y tal vez hubiera comprado una casa en Alejandría para las tres y ambas hubieran podido visitar la escuela y aprender de los grandes médicos de allí. Y quizás, ahora que tenía dinero, ella hubiera podido buscar a alguien que le facilitara algún dato sobre su familia. Pero entonces no tenía dinero ni hogar y tuvo que buscar ayuda en el templo.
Algunas veces, había estado a punto de sincerarse con la madre Mercia, pero la alma mater era una mujer muy poco mundana, que estaba en el templo desde cuando era joven, hacía sesenta años, sin haber jamás vuelto a salir de allí. Recibía todas las noticias del mundo a través de algún que otro visitante. La madre Mercia era la suma sacerdotisa de Isis y su mente sólo se hallaba ocupada en cuestiones místicas. No hubiera podido ayudar a Selene en su búsqueda y, por su parte, Selene no quería molestarla con sus insolubles problemas.
Tampoco le había hablado nunca de Andrés. Tras hacer algunas averiguaciones en la escuela y recibir tan sólo negativas o falsas informaciones («¡Ah, sí, Andrés! Aquel bajito que venía de las Galias»). Selene se encerró en su tristeza interior. Haberle vuelto a perder cuando tanto esperaba encontrarle, y tras la muerte de Rani, fue un dolor superior a sus fuerzas. De ahí que decidiera ocultarlo en lugar seguro. De momento, serviría a la diosa, utilizando los conocimientos y habilidades adquiridos durante sus viajes.
—Muchas jóvenes querrían incorporarse al servicio de Isis —dijo Mercia—, pero les aterra la idea de pasarse la vida entregadas a tareas tan mundanas como fabricar incienso o copiar las sagradas escrituras. Y por eso no se atreven. Ahora, en cambio, les ofrecemos una labor que las atrae: atender a los enfermos. Parece ser que eso despierta el natural instinto de sanadora que anida en el corazón de toda mujer. Sintiéndolo mucho, he tenido que rechazar muchas peticiones —añadió Mercia, sonriendo—. ¡Y tú eres una maestra excelente!
—El mérito no es sólo mío, madre. Las alumnas son muy aventajadas. Sólo temo que, en su excesivo celo, causen más daños que beneficios. Ésa es la primera norma que yo siempre les enseño. Primero, no hacer daño…
—Qué interesante —dijo la madre Mercia, tomando un sorbo de vino—. Mi viejo amigo Andrés es muy aficionado a esa máxima…
—¡Andrés! ¿Conoces a un hombre llamado Andrés?
—Pues, sí. Nos conocimos hace años, cuando él estudiaba en la escuela de medicina. No le veo muy a menudo porque viaja mucho. Pero, siempre que viene a Alejandría…
—Madre Mercia —dijo Selene, posando la copa de vino sobre la mesa—, yo conocí en otros tiempos a un médico llamado Andrés. Fue hace años, en Antioquía.
—Qué casualidad. Él me comentó justo el otro día que tú le recordabas a alguien que había conocido en Antioquía.
—¿Estuvo aquí? —preguntó Selene, petrificada—. ¿En el templo? ¿Y me vio?
La madre Mercia miró a Selene, perpleja.
—¿Es el mismo hombre?
—¿Dónde está ahora? Es vital para mí saberlo.
—Siempre que visita Alejandría, ocupa una habitación en la escuela de medicina. Pero dudo que aún esté allí. Tenía que zarpar a Britania aproximadamente a esta hora.
—Perdóname, madre —dijo Selene, encaminándose presurosa hacia la puerta—. Es muy urgente.
—¡Espera, Peregrina!
Pero Selene ya había desaparecido.
Las anchas avenidas de Alejandría estaban llenas de gente que tomaba el aire, corría a alguno de los muchos teatros y museos o intentaba refrescarse en los famosos jardines y fuentes de la ciudad. Sólo algunas cabezas se volvieron para mirar a la joven vestida con la blanca túnica y el característico tocado de las santas hermanas del templo. Sus sandalias golpeaban el suelo con la suave cadencia de su corazón. Andrés, Andrés…
La escuela de medicina se levantaba a la orilla del mar y, desde allí, se podía admirar el arco de la bahía que terminaba en el Faros, la gran torre considerada una de las siete maravillas del mundo. El edificio de la escuela era una impresionante estructura de mármol blanco y alabastro, lleno de columnatas que resplandecían a la luz de numerosas antorchas.
Selene cruzó los patios, pasó por entre los grupos de estudiantes de medicina con sus blancas túnicas y togas, y subió por una escalera que le pareció interminable. Al llegar a la inmensa puerta de doble hoja flanqueada por las estatuas de los dioses de la medicina, Selene se detuvo para recuperar el resuello.
A pesar de los muchos edificios y patios que la integraban, y del elevado número de maestros, alumnos y enfermos, reinaba en la escuela un curioso silencio. Cuando entró en la cavernosa rotonda, Selene tuvo la sensación de entrar en un lugar sagrado. Y así era, en efecto, a juzgar por la cantidad de dioses que allí había: Esculapio, el dios griego de la medicina, con sus hijas Panacea e Higea; Thoth, el antiguo dios de la medicina de los egipcios; e incluso Hipócrates, en una hornacina, con una lámpara ardiendo eternamente a sus pies.
Selene se tropezó con un servidor que limpiaba el suelo. Le preguntó dónde podría encontrar a un visitante que se alojaba provisionalmente en la escuela y él le indicó un edificio destinado a dormitorio, situado al otro lado de un patio.
Selene echó a correr sin poder contenerse. «Dudo que aún esté allí —le había dicho la madre Mercia—. Tenía que zarpar rumbo a Britania aproximadamente a esta hora».
El corazón le estallaba en el pecho. «Andrés —gritó su mente—. Ojalá estés aquí. Te ruego que estés aquí».
El encargado era un amable anciano griego que miró a Selene con sus ojillos castaños al tiempo que ladeaba la cabeza y le decía sonriendo:
—Ah sí, Andrés. Está en los aposentos de los visitantes. ¿Es amigo tuyo?
—Por favor, acompáñame allí.
El hombre cruzó con ella un jardín siguiendo un tortuoso camino, y después subió una escalera. Parloteaba sin cesar, pero Selene no le prestaba la menor atención. Miraba hacia delante y se retorcía nerviosamente las manos.
Llegaron finalmente a un pasillo donde Selene oyó voces amortiguadas al otro lado de las puertas: voces masculinas y rumor de música y risas.
—Aquí se alojan los maestros que nos visitan —dijo el griego—. Y también los antiguos alumnos que vienen a ver su vieja escuela. E incluso algunos enfermos acaudalados que no quieren que se dé a conocer su presencia aquí. Justamente la primavera pasada estuvo con nosotros la mujer del gobernador, convaleciente de una operación especial que…
—¿Cuál es la habitación de Andrés? —preguntó Selene, temblando de pies a cabeza y sin apenas poder respirar.
—Aquí mismo —contestó el griego, deteniéndose frente a una puerta cerrada.
El griego llamó, pero no hubo respuesta.
Volvió a llamar.
De los distintos lugares del corredor llegaba toda clase de ruidos, pero, al otro lado de aquella puerta, todo estaba en silencio.
—Puede que esté durmiendo —dijo Selene.
El hombre le dirigió una extraña mirada, acercó la mano al tirador y lo giró.
La habitación estaba vacía.
—Se ha ido —dijo el griego.
Selene vio una cama, una cómoda, una mesa y una silla. Todas vacías.
—¿Buscas a Andrés?
Selene giró en redondo y vio a un hombre en la puerta, secándose el cabello con una toalla.
—¿Sabes dónde está? —le preguntó.
—Se fue hace unas horas. Dijo que tenía que tomar un barco.
—¿Qué barco? ¿Lo sabes?
El desconocido la miró de arriba abajo y se intercambió una mirada de complicidad con el griego.
—Dijo que se iba a Britania, pero no sabría decirte en qué barco.
Mientras la miraban correr por el pasillo hasta perderse de vista, ambos hombres hicieron un comentario y sus risas resonaron en la sofocante noche.
Hacía tres años y medio que Selene no veía el puerto, desde que ella y Ulrika bajaran por la escalerilla con sus fardos y una pequeña bolsa de dinero. El puerto la había desconcertado entonces y volvió a desconcertarla ahora, sólo que esta vez no se intimidó ante la enorme cantidad de gente, el bosque de mástiles, los marineros y los estibadores que gritaban a su paso.
Selene corrió de un lado para otro, informándose sobre los distintos barcos, preguntando a gente que no habla el griego, a patrones enfurruñados y a navieros que tenían prisa. Había hombres encaramados a los aparejos o colgados sobre los costados de los barcos, haciendo reparaciones. En algunos se cargaban y en otros se descargaban mercancías. Unas gigantescas velas se hallaban extendidas en el suelo para que las remendaran; había animales amontonados en canastas; unos irritados pasajeros discutían con unos agentes. Selene preguntaba a todo el mundo por un barco que se dirigía a Britania y le contestaban que aquel de allá al fondo estaba a punto de zarpar, que ya se había hecho a la mar, que tardaría varias semanas en zarpar. Ante semejante maraña de falsas informaciones y pistas equivocadas, su esperanza fue muriendo poco a poco.
Andrés ya había zarpado; le había perdido por un pelo.
Mientras cruzaba el patio del templo, una postulanta se le acercó corriendo.
—La madre Mercia quiere verte en seguida, hermana Peregrina —le dijo—. Ha mandado gente a buscarte por toda la ciudad.
Selene dirigió los ojos hacia los aposentos de la madre Mercia. Se había marchado sin darle ninguna explicación y ahora ya era más de medianoche. Estaba exhausta y desesperada, y deseaba por encima de todo estar sola. Pero tenía que disculparse ante ella y darle una explicación.
Selene siguió a la postulanta a través de un patio y pensó: «¿Qué voy a hacer ahora?».
Por sólo unos pocos minutos no había logrado reunirse con Andrés. Ahora sabía que estaba vivo y dónde se encontraba. ¿Qué podía hacer?
«¿Y si tomara el siguiente barco rumbo a Britania?».
La postulanta le abrió la puerta para que entrara, la cerró discretamente a su espalda y dejó a la maestra con la madre Mercia y el visitante.
Selene se detuvo en seco al entrar y miró hacia el otro lado de la estancia.
—Ah —dijo la madre Mercia, levantándose de su asiento—, aquí está la hermana Peregrina.
Andrés volvió la cabeza.