17
Kazlah sopesó en la mano la bolsa de oro y estudió al visitante.
—El resto lo recibirás si son vírgenes.
El visitante, cubierto de polvo a causa de la galopada, contempló la bolsa con codicia.
—Cuatro son muy jóvenes, mi señor. No tienen más remedio que ser vírgenes. En cuanto a las demás… —añadió, encogiéndose de hombros.
—Lo sabré cuando las examine. Entre tanto… —Kazlah arrojó la bolsa al suelo—, éste es el pago preliminar. Cuando haya examinado a las muchachas, te enviaré a un esclavo con el resto. No vuelvas a palacio.
El hombre entornó los ojos, mirando recelosamente a su interlocutor. ¿Y si Kazlah le dijera que ninguna de las muchachas era virgen? Se alegraba de haber tenido la presencia de ánimo suficiente como para recoger parte del botín junto con las jóvenes. Le habían ordenado que atacara por sorpresa y se retirara en seguida con las mujeres, antes de que los guardianes del desierto lo descubrieran. Pero no había podido resistir la tentación de llevarse algo que le parecía un singular tesoro.
—Mi señor —dijo, recogiendo la bolsa de oro del suelo—, tal vez te interese una mercancía de otra clase.
Kazlah le miró con desdén. El apresamiento de mujeres indefensas no era la peor de las actividades del palmirense. Era bien sabido que comerciaba también con niños; sobre todo, varones. Kazlah no hubiera deseado tener ningún trato con él, pero la reina Lasha había insistido en que resolviera personalmente aquel desagradable asunto. Sin embargo, eso era demasiado.
—Hemos hecho un trato, lárgate.
—¿Me permites que te muestre algo en verdad insólito… y del mayor interés?
—Como no te largues en seguida, te mandaré arrojar a puntapiés y nunca verás el resto del dinero.
El visitante se volvió de espaldas y abrió la puerta, haciéndole una seña a unos hombres que aguardaban fuera. Después, regresó junto a Kazlah, arrastrando un gran saco de cuero.
—¿Qué es eso? —preguntó el primer medico de la corte, irritado.
—Si quieres verlo…
El palmirense colocó el saco en el centro de la estancia, desató la cuerda que lo cerraba, metió cuidadosamente la mano en su interior y sacó una caja cuadrada de ébano con incrustaciones de marfil.
Kazlah la miró con curiosidad, muy a pesar suyo.
Colocando la caja sobre la mesa, el hombre levantó la tapa y estudió el rostro del médico.
—Es una caja de medicinas —dijo en voz baja—. ¿Lo ves? Está claro que pertenecía a un médico acaudalado y experto.
Los ojos de Kazlah pasaron revista a las hileras de frascos, los rollos de papiro nuevo, el almirez con su mano, los pequeños cajones pulcramente etiquetados con jeroglíficos egipcios, el carrete de hilo de sutura y las agujas de hueso. Aquello no era simplemente la caja de un médico acaudalado y experto, sino la de un médico extremadamente sabio.
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó Kazlah al final.
—Lo obtuve en el ataque del camino de Antioquía. Había un anciano romano con varios esclavos. Debía de ser un médico que pretendía establecerse en Palmira.
Kazlah asintió en silencio. En Palmira había más médicos que en ninguna otra ciudad del mundo, incluida Roma. Aquel viejo romano hubiera sido uno más entre tantos, pero en seguida hubiera destacado por sus conocimientos.
Kazlah extendió un largo y fino dedo y tomó uno a uno los distintos objetos de la caja, como temeroso de su poder curativo: una piedra transparente, un trozo de azufre, una estatuilla de Isis. Aquella caja de medicina era la culminación de muchos años de esfuerzo y aprendizaje.
Tomó uno de los frascos, le quitó el tapón y aspiró el contenido. La sustancia no le era conocida. Volvió a colocar cuidadosamente el frasco en su sitio y contempló la caja con aire pensativo. Debía de pertenecer a un médico adiestrado en Egipto; no había en todo el mundo ningún médico capaz de superar los conocimientos de los que habían aprendido el oficio en Alejandría.
Sintió una punzada de envidia en el marchito corazón, envidia del propietario de aquella caja y de sus conocimientos, adquiridos tal vez en la famosa escuela de Alejandría. Él jamás había estudiado en una escuela, adquiriendo sus conocimientos médicos por medio del robo, la lucha y la intriga: cuando era un inexperto joven recién llegado a palacio, vio el inmenso poder que ejercía el primer médico de la corte, un poder que sobrepasaba incluso el del rey y la reina, los cuales estaban tan sujetos al sufrimiento y al dolor como el más bajo de los campesinos. Intentó por tanto ganarse el favor de Malal, que por aquel entonces era el primer médico de la corte. Fue una lucha humillante, pero, al final, consiguió hacerse con el saber del anciano Malal; más adelante, lo perfeccionó, practicando con los cortesanos. Aquella caja de medicinas hablaba de un hombre que había podido gozar de todas las ventajas que a él le estuvieran vedadas, y Kazlah se reconcomía de envidia.
Tras reflexionar un instante, el primer médico de la corte dio media vuelta, cruzó la estancia, introdujo la mano detrás de una cortina y sacó una bolsa de oro más pequeña que la primera.
—Lo compro —dijo, arrojando la bolsa sobre la mesa.