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Llegaron a un trivia, o intersección de tres calles, lugar que en todo el imperio romano era muy popular porque allí solía reunirse la gente para pasar el rato o entretenerse en charlas intrascendentes. Vieron a Flavio a la sombra de la fortaleza.
Era muy joven, tenía las mejillas cubiertas por una ligera pausa y la armadura le estaba demasiado grande porque era de complexión muy delgada. La muchedumbre que penetraba a través de los pórticos que daban acceso al soberbio templo construido por Herodes no prestó la menor atención a las tres mujeres y la niña que permanecían de pie junto al soldado romano.
Cuando Flavio les dijo que Cornelio aún no había recuperado el conocimiento a causa de la herida en la cabeza, Isabel rompió a llorar.
—¿No hay forma de que podamos verle? —preguntó Selene, contemplando con los ojos entornados los impresionantes muros que se alzaban sobre la angosta calle.
—Hay que ser un soldado enfermo o herido para entrar allí —contestó Flavio, indicándole el lugar donde se encontraba el valetudinarium, a lo largo del muro oriental—. El recinto no está vigilado, pero sí lo está la fortaleza. Son tiempos agitados, ¿comprendes? Hubo algunos brotes de rebelión. Sobre todo, allí dentro —añadió el soldado, haciendo un gesto con la cabeza en dirección al templo, a cuya entrada se encontraban los cambistas—. Tenemos que vigilar como halcones a la gente. Hay en Jerusalén unos cuantos exaltados a la espera de una ocasión para descargar un buen golpe sobre nosotros.
Selene estudió el imponente muro y pensó que se parecía un poco a las murallas de Babilonia que tanto la intimidaran hacía diez años.
—¿Qué es aquélla puerta? —preguntó, señalándola con el dedo.
—Es la puerta destinada a los civiles. Pero hay que tener una cita con uno de los jefes para poder entrar. Además, sólo se abre durante el día.
—Tiene que haber algún otro medio para poder entrar —dijo Selene, mientras Isabel se echaba a llorar, cubriéndose el rostro con el velo. Después le dirigió a Flavio una mirada insinuante. El soldado era joven y sin duda galante, pensó, recordando la valentía con que había defendido a Isabel de los que pretendían lapidarla—. Si pudiéramos entrar a verle un momento, te lo agradeceríamos mucho.
Selene no se equivocaba. Nadie impediría que Flavio acudiera en ayuda de aquellas mujeres en apuros.
—Hay una posibilidad —dijo el soldado en voz baja—. Pero es muy arriesgada…
Rani se alegró de quedarse en casa con Ulrika durante la peligrosa aventura de Selene e Isabel. Le parecía una insensatez. Pero nada detendría a Isabel en su afán de ver a su enamorado, y, por su parte, Selene estaba firmemente decidida a ver la enfermería romana por dentro.
«¿Qué nos pueden enseñar los romanos? —se preguntó Rani mientras ambas mujeres se disfrazaban—. Nosotros ya tenemos la chikisaka. Dudo que los romanos puedan mejorarla».
Sin embargo, se guardó mucho de decir nada porque sabía que no podría disuadir a sus amigas de aquel propósito. Por consiguiente, les deseó buena suerte y la protección de los dioses cuando ambas abandonaron la casa en mitad de la noche.
Llegaron a la muralla norte de la ciudad a medianoche. Aunque llevaban capas, temblaban. A pesar de su tamaño y de su numerosa población, Jerusalén se hallaba sumida en un profundo silencio bajo las estrellas; a Selene le pareció un poco extraño, teniendo en cuenta que era la más santa de sus semanas y que todo el mundo, tanto los habitantes de la ciudad como los forasteros, la celebraban con gran solemnidad.
Apoyándose contra el muro para protegerse del gélido viento de marzo, Selene e Isabel permanecieron de pie en la oscura calle, aguardando la llegada de las demás.
Al final, apareció la primera mujer y después llegaron otras que se reunieron alrededor de la puerta, conversando en murmullos entre sí. Selene e Isabel se unieron discretamente a ellas.
Nadie les prestó la menor atención. Selene e Isabel se habían disfrazado muy bien de prostitutas, utilizando cosméticos, joyas y prendas de vistosos colores, tejidas por la propia Isabel. Flavio les había hablado de la costumbre de permitir la entrada de prostitutas en la fortaleza a medianoche; las mujeres visitaban los cuarteles y las celdas de la prisión y se marchaban al romper el alba. Era una práctica contraria a las normas, pero todo el mundo hacía la vista gorda. Una mujer alta y rubia estaba destinada precisamente a la torre de guardia desde la que se vigilaba la puerta.
Un legionario abrió la puerta desde el otro lado y franqueó la entrada a las mujeres.
—Yo os esperaré —les había dicho Flavio aquella mañana—. En cuanto entréis, os reclamaré y os conduciré a la enfermería.
A Isabel le castañetearon los dientes cuando cruzó con las mujeres la puerta —que alguien cerró a su espalda— y entró en el pórtico de Salomón. Más allá de las columnas se encontraba el Patio de los Gentiles, desierto y abandonado a la luz de la luna, y, en la balaustrada, había unos letreros en cuatro idiomas, advirtiendo a los incircuncisos de que no entraran, so pena de ser condenados a muerte. El legionario acompañó a las mujeres a una escalera situada a la izquierda; por un instante, Selene e Isabel vacilaron, sin saber qué hacer.
—¿Dónde está Flavio? —preguntó Isabel en voz baja, mirando a Selene asustada.
Selene tomó a su amiga del brazo y siguió con ella al grupo que subía la escalera. Una vez arriba, salieron a un espacioso patio embaldosado, al fondo del cual Selene vio una especie de estrado con una silla parecida a un trono; comprendió que aquél era el lugar donde se juzgaba y condenaba a los prisioneros.
Se le aceleró el pulso mientras buscaba con los ojos a Flavio. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no había acudido a la cita?
Selene observó alarmada que el legionario las conducía hacia los cuarteles, brillantemente iluminados, en los que resonaban las carcajadas de los soldados.
Ella e Isabel trataron de quedarse rezagadas. Algunos hombres habían salido de los cuarteles y les hacían señas. Las mujeres rieron, les saludaron con la mano y apuraron el paso. Cuatro de ellas se separaron del grupo y desaparecieron bajo una arcada.
Selene trató de localizar el valetudinarium. Flavio les dijo que se encontraba adosado al muro oriental. Pero ahora estaban siguiendo aquel muro y no se veía nada parecido a una enfermería.
—Selene —dijo Isabel, ya muy cerca de los cuarteles.
Algunos soldados impacientes habían salido para elegir a las mujeres, cuyo grupo se empezaba a disolver.
—¡Por aquí! —dijo Selene, empujando a Isabel hacia la oscuridad de un arco en el preciso instante en que se les acercaba un gigantón. Avanzaron a trompicones por un oscuro pasadizo.
Al poco rato, Selene e Isabel se detuvieron, se apoyaron contra la pared y prestaron atención. A su alrededor reinaba el silencio. Ya no oían los gritos procedentes del patio.
—¡Selene! —susurró Isabel mientras el temblor de su cuerpo hacía tintinear el collar de monedas que le rodeaba el cuello—. ¡Tengo miedo!
—Ssss. Se han ido a los cuarteles. Nos han olvidado.
—¿Y si estuvieran ahí fuera, esperando?
—No están. Escúchame bien. No podemos estar muy lejos de la enfermería. La encontraremos.
—¿Cómo?
Selene reflexionó un instante y evocó la mañana, el momento en que Flavio les había indicado desde el trivia el lugar donde estaba la enfermería. Exactamente el lugar en que se hallaban ahora. ¿Cómo era posible?
—¿Dónde estamos? —preguntó Isabel.
—No lo sé… —contestó Selene, apartándose del muro con los brazos extendidos.
Avanzó poco a poco hasta encontrar la pared contraria. Selene se sorprendió. El pasadizo se había ensanchado. Exploró la piedra, palpándola con las manos hasta dar con algo.
—Isabel —dijo—, ¿llevas el yesquero?
Selene sacó la antorcha de su soporte mientras Isabel hacía fuego con el pedernal y el eslabón. En un instante, todo quedó iluminado.
Al ver dónde estaban, Selene se llevó una sorpresa. Los pasillos se habían ensanchado considerablemente y el pavimento de piedra había cedido lugar a un entarimado. Al fondo, vio unos bancos de madera, flanqueando una puerta de doble hoja.
Isabel siguió a Selene mientras ésta avanzaba cautelosamente por el corredor. Al llegar a la puerta, ambas se quedaron inmóviles. Vieron, labradas en la madera, dos serpientes enroscadas alrededor de una vara, en lo alto de la cual había dos alas extendidas. Era el símbolo de Esculapio, el dios de la medicina.
—Lo hemos encontrado —dijo Selene, lanzando un suspiro.
El hombre que abrió la puerta bostezando y desperezándose, no se sorprendió lo más mínimo al ver a dos prostitutas al otro lado. Le molestó, no obstante, que no le hubieran advertido de antemano ni dado el dinero del soborno, cosa que ahora hizo Selene, entregándole unas monedas de plata. Tras estudiar brevemente las monedas, el hombre les dijo en tono hastiado:
—Procurad salir antes de que lleguen los médicos.
Tras lo cual, regresó a su interrumpido juego de dados.
Selene e Isabel se quedaron un momento en la puerta.
Ante ellas se abría una espaciosa sala alargada, iluminada por multitud de antorchas y con numerosas puertas a ambos lados. Unos curiosos rumores surgían de las puertas: risas amortiguadas, una conversación en susurros, el dulce sonido de una flauta de Pan y unos incongruentes gemidos. Al fondo de la sala había dos figuras de mármol: el dios de la medicina, Esculapio, con la vara de las dos serpientes enroscadas, y el emperador romano Claudio.
Selene se apartó de la puerta, seguida por Isabel. Avanzaron lentamente por la sala, mirando a derecha e izquierda a través de las puertas abiertas.
Vieron que cada una de ellas daba a una pequeña estancia en la que había cuatro camas, todas ellas ocupadas. Casi todos los pacientes dormían, pero algunos se hallaban incorporados, conversando o jugando a las tabas; llevaban los brazos y las piernas vendados, se cubrían con camisas de dormir, caminaban con muletas, soltaban maldiciones y reían.
Isabel se cubrió instintivamente el rostro con el velo. Selene, en cambio, miraba atrevidamente y tomaba notas mentales. «Estos cuatro hombres —pensaba—, tienen heridas en las piernas; estos cuatro llevan tablillas en los brazos». Observó con creciente interés que los pacientes estaban agrupados según las dolencias, práctica que jamás había visto anteriormente, pero cuyo valor captó de inmediato.
—¡Eh! —gritó una ronca voz. Isabel y Selene vieron salir de una habitación a un canoso veterano, renqueando. Caminaba sobre un solo pie; la otra pierna terminaba a la altura de la rodilla—. ¿A quién buscáis? —preguntó.
Isabel quiso hablar, pero no le salió la voz.
Fue Selene quien contestó:
—A Cornelio. Nos dijeron que…
—Por allí —ladró el soldado, indicándoselo con un gesto del pulgar—. Con los que tienen las cabezas machacadas —añadió entre las risas de sus compañeros de habitación.
Pasaron frente a otras tres puertas hasta que, al final, llegaron a una pequeña estancia en la que cuatro hombres yacían en unos camastros con las cabezas vendadas. Olvidando su temor y su timidez, Isabel corrió hacia uno de los lechos, gritando:
—¡Cornelio!
Selene entró en la habitación, tomando nota de todo lo que veía: la distancia entre las camas, la tablilla de cera clavada en la pared sobre cada camastro, la mesa en la pared de enfrente, con las jofainas de agua, las vendas y los instrumentos.
Eficiencia fue la primera palabra que acudió a su mente. El valetudinarium de la Quinta Legión era austero, práctico y eficiente en grado sumo. Comprendió en seguida que buena parte de todo ello se podría incluir en el plan que ella y Rani habían elaborado.
Al llegar junto al lecho de Cornelio, Selene se arrodilló a su lado, apartó con delicadeza a la llorosa Isabel y se inclinó hacia adelante para tocarle la piel, tomarle el pulso y examinarle las pupilas.
—¿Para eso os pagan ahora, chicas?
Isabel emitió un jadeo y Selene se volvió de golpe. En la puerta había un hombre alto y delgado, con el cabello muy corto y enfundado en una larga túnica blanca.
«Es como la enfermería —pensó Selene, levantándose—, austero y reservado». Cuando el hombre se acercó a ella, observó también que era muy apuesto.
—¿Quiénes sois —le preguntó el desconocido—, y qué estáis haciendo con este hombre?
La expresión de su rostro le hizo recordar a Selene el aspecto que ella e Isabel ofrecían, con las mejillas y los labios pintados de carmín, los ojos sombreados de azul, los vistosos pendientes y los vestidos rojos.
Después, Selene le explicó quiénes eran y cómo habían entrado, evitando mencionar el nombre de Flavio. El hombre la miró con interés mientras hablaba y se percató en seguida de que era distinta de las habituales visitantes nocturnas. Al final, la creyó y le dijo:
—Soy Magnus, el médico de noche. ¿En qué puedo servirte?
—Cada vez que les toman el pulso —le explicó Selene a Rani al día siguiente, durante el desayuno—, lo anotan en la tablilla de cera que cuelga sobre la cama. Y, cuando más tarde lo toman otra vez, pueden compararlo con el anterior y ver si se ha producido algún cambio. Los romanos creen que una variación en el pulso de un enfermo significa un cambio de situación.
—¡Curioso! —exclamó Rani, lamentando no haber podido visitar el valetudinarium.
Estaban sentadas junto a la mesa, con un papiro en el que Selene había dibujado el plano de la enfermería.
—Hacen las operaciones sólo por la mañana —le explicó Selene a su amiga— porque hace más fresco y hay más luz. Los operados se mantienen en una estancia aparte, en lugar de devolverlos a su habitación.
—¿Por qué? —preguntó Rani.
—Por si se abriera la herida o se produjera alguna otra complicación. Así se les puede atender en seguida.
Ulrika se hallaba sentada en un rincón, con una muñeca sobre las rodillas, mirando a su madre y a su tía en vigilante silencio. Ambas mujeres mantenían las cabezas inclinadas sobre la mesa, trazando dibujos.
Al oír cantar a alguien en el jardín, la niña volvió la cabeza para escuchar.
Era Isabel, recogiendo flores para Cornelio.
La víspera, al ver a Cornelio profundamente dormido, con los hermosos bucles aplastados por un vendaje y el rostro intensamente pálido, Isabel rompió a llorar con desconsuelo. Pero entonces apareció el médico de noche, explicando que Cornelio había recuperado el conocimiento aquella tarde, había cenado y, en aquellos momentos, dormía porque le habían administrado un somnífero. El médico le dijo, además, que lo primero que hizo Cornelio al llegar allí desde la plaza de la lapidación fue preguntar por una tal Isabel.
Isabel no acertaba a creer en su buena suerte. Selene debía ser una hechicera, pensó, de otro modo no hubiera podido ganarse el favor del médico romano, el cual no sólo les permitió quedarse sino que, además, le mostró a Selene toda la enfermería, contestó a sus preguntas y le concedió a ella una autorización especial para visitar a Cornelio cada día a la hora del almuerzo. Isabel estaba a punto de ir a la enfermería y por eso estaba cortando flores y ya tenía listo un cesto de comida y un manto que le había comprado a Cornelio en el mercado.
Ulrika miró a Isabel con grandes ojos nostálgicos y se preguntó por qué estarían tan contentas las tres y por qué no compartían con ella su felicidad. «Bueno —pensó, levantándose del suelo sin soltar la muñeca—, se habrían vuelto a olvidar, como tantas veces». La niña se acercó a la mesa y tiró de la manga.
—¿Qué quieres, mi amor? —preguntó Selene, sin apartar los ojos del papiro.
—Madre —dijo la niña.
—Espera un poco. Mira, Rani —añadió Selene, señalándole a su amiga un punto del diagrama—, aquí hay un armario central para vendas y medicinas. Es mejor que guardarlas en cada mesita de noche…
Ulrika se apartó. Comprendía el significado de la expresión de su madre, intensa y profunda, y sabía que era una barrera invisible que ella no podía traspasar. Por consiguiente, dio media vuelta y salió al jardín.
—Magnus me dio algunos consejos sobre el dinero —dijo Selene, dejando la pluma—. Cuando le expliqué que pensábamos tomar un barco para dirigirnos a Alejandría, me aconsejó que confiáramos el dinero a un banquero de Jerusalén. Me dijo que los tripulantes de los barcos suelen ser unos ladrones. Por mucho que ocultemos el dinero, difícilmente podamos llegar a Egipto con él. Los banqueros de aquí tienen conexiones con los de Alejandría y, con una carta de crédito…
Decidieron que aquella tarde Rani se trasladaría a la ciudad y confiaría el dinero y las joyas a uno de los muchos respetables banqueros de Jerusalén. Después, cuando finalizara la Semana Santa, se trasladarían al puerto de Jaffa y allí comprarían pasaje para un barco que se dirigiera a Alejandría.
Selene y Rani se miraron sonriendo. El futuro parecía muy cercano.