45
Unas cucharas de madera de la cocina de Isabel hacían las veces de pinos, y una zanja cavada en la tierra y llena de agua podía ser un río estupendo. El río Rin. Ulrika jamás había visto la nieve, pero su madre se la había descrito muy bien. Tomando un poco de vellón sacado de las bolsas de arriba, lo extendió por el suelo para que pareciera la nieve del «bosque».
Ulrika estaba jugando en el jardín a uno de sus juegos preferidos, el de «Germania».
—Aquí está el río —dijo en voz alta, añadiendo un poco más de agua—. Y ésos son los árboles. —Enderezó las cucharas, plantadas en la tierra como estacas—. Y ésa es Ulrika —dijo finalmente, colocando su muñeca en el centro de aquel paisaje en miniatura—. Ulrika es la princesa y les está diciendo a todos que van a venir los Gigantes Helados. ¿Quién salvará al pueblo? —preguntó con su cantarina voz infantil—. ¡Oh, mira! Aquí está Wulf, el más bello de los príncipes.
Ulrika no tenía ningún muñeco que pudiera representar al personaje, pero su mente lo evocó de todos modos. Mientras movía a la muñeca y al príncipe invisible por el paisaje, Ulrika reía y parloteaba animadamente.
—Y todos fueron dichosos desde entonces —dijo al final, lanzando un profundo suspiro y tendiéndose boca arriba sobre la hierba para contemplar el cielo.
Una vez más, Wulf había salvado a los suyos. Él era capaz de hacer cualquier cosa y Ulrika se enorgullecía de tenerle por padre. Sabía que la quería mucho porque siempre estaba con ella. Ése era su secreto especial. Su madre le había dicho que Wulf estaba con la diosa, pero ella sabía que no era cierto. Le había visto en sueños hacía años y él le había dicho que estaría a su lado siempre que lo necesitara.
Ulrika lo necesitaba muchas veces porque Rani y su madre estaban constantemente ocupadas y la dejaban a menudo al cuidado de desconocidos… tal como hicieron aquel día, con Isabel. Cuando se ponía triste, el espíritu de Wulf le hablaba y la consolaba.
En aquellos momentos estaba con ella en aquel pequeño jardín de Jerusalén.
Ulrika estaba a punto de quedarse dormida bajo el sol de la tarde cuando la sobresaltó una sombra que pasó sobre su rostro. Abrió los ojos y exclamó, incorporándose:
—¡Oh!
En lo alto del muro del jardín se había posado un cuervo, que parecía mirarla fijamente con su ojo dorado.
Ulrika se quedó petrificada. El cuervo era el pájaro sagrado del pueblo de su padre, pero, sobre todo, el animal sagrado de su padre.
—Hola —le dijo tímidamente—. Hola, cuervo.
El pájaro ladeó la cabeza, la miró con el otro ojo, extendió las alas y levantó el vuelo.
—Espera —le gritó Ulrika, levantándose—. Espera, no te vayas.
Una enredadera trepaba por el muro del jardín y era lo bastante fuerte como para soportar el peso de una niña de nueve años. Ulrika se encaramó en un instante a lo alto del muro, saltó al otro lado y bajó corriendo por la calleja, siguiendo el vuelo del negro pájaro recortado contra el azul del cielo.
¡Alejandría!
Faltaban sólo unos días. Selene corría por la calle como si con ello pudiera acelerar el paso de las horas. Llevaba en el cinto los tres pasajes de barco que acababa de comprar y también el resguardo que le habían dado a cambio del dinero entregado para poder viajar en la caravana que saldría aquella misma noche. Saldrían hacia Jaffa y, desde allí, un barco las llevaría a Alejandría. En cuestión de una semana, Selene pisaría el suelo de la ciudad de la que procedían sus padres, la ciudad que Andrés había conocido en su juventud. Mientras bajaba por la calle de Isabel, Selene deseaba que Rani hubiera regresado de la casa del banquero. Tenían que incorporarse cuanto antes a la caravana de la seda, que partiría de la Puerta de Jaffa para dirigirse a la costa. Tendrían que recoger a toda prisa sus cosas y despedirse de Isabel.
¡Alejandría! Ya casi la tenía al alcance de la mano, pensó Selene.
Encontró a Isabel, tejiendo en su telar uno de los preciosos chales por los que era famosa. Después buscó a Ulrika, pero no la encontró.
—Estaba en el jardín —dijo Isabel, levantándose—. No ha pasado por aquí. De lo contrario, yo la habría visto. Y no hay ninguna otra puerta.
—Pues entonces habrá escalado el muro.
—¿Y por qué iba a hacer eso?
Selene sintió que se le helaba súbitamente la sangre.
—La calleja que hay detrás de la casa, ¿adónde conduce, Isabel?
—Por este lado, es un callejón sin salida —contestó Isabel—. Pero, por el otro… llega hasta la parte alta de la ciudad.
—Voy a buscarla —dijo Selene, corriendo hacia la puerta—. ¿Tú quieres quedarte aquí por si volviera?
El cuervo estaba jugando con Ulrika. Volaba un trecho, se posaba en una arcada o en un toldo, la miraba con la cabeza ladeada y, cuando la niña se acercaba, alzaba nuevamente el vuelo. Ulrika no sabía adónde la llevaba, pero no tenía miedo. Su padre la acompañaba.
Finalmente, el cuervo sobrevoló una callejuela, se posó un instante en un alero y después, cuando Ulrika ya estaba debajo suyo, aleteó y desapareció por encima de los tejados.
La niña lo vio alejarse, decepcionada. Cuando le preguntó a su padre qué tenía que hacer, descubrió que no estaba sola en la callejuela. Alguien la había seguido.
—Hola, perrito —dijo, esbozando una sonrisa.
El perro se detuvo y se la quedó mirando. Caminaba pegado al suelo y tenía los pelos del lomo erizados.
—Hola, perrito —repitió Ulrika, tendiéndole la mano.
El animal se acercó, reptando. Entonces Ulrika se dio cuenta de que tenía algo raro en la boca. Soltaba espumarajos.
Rani estaba satisfecha de su labor de aquella tarde. Había ido a la calle de los banqueros, cerca del palacio de Hasmon, y allí había dado con un hombre de excelente reputación, el cual pesó su oro y su plata con balanzas honradas y valoró sus joyas a buen precio. El total se depositó después en un lugar seguro y Rani recibió a cambio una carta de crédito.
Tal como les había dicho Magnus, el médico de noche, la idea era estupenda porque ahora Rani caminaba con paso ligero y se sentía más libre de lo que jamás se hubiera sentido en sus siete años de viajes. Después de haberse pasado tanto tiempo preocupada por el oro, la plata y las joyas, temiendo siempre un ataque de los bandidos y llevando los objetos de valor constantemente ocultos en los dobladillos, Rani se sentía ahora segura y a salvo. El banquero lo invertiría todo con un interés y ella y Selene podrían disponer de lo que necesitaran a través de un banquero de Alejandría.
Era, sin duda, la mejor forma de manejar el propio dinero. La carta de crédito llevaba al pie un sello que el banquero le había entregado a Rani y que ésta lucía ahora alrededor de su cuello, pendiente de una cadena: un trozo de ágata labrada con un complicado dibujo. Ningún sello del Imperio era igual a otro; siempre que ella o Selene quisieran retirar dinero, tendrían que mostrar la carta de crédito y estampar el sello en arcilla. Después, un experto examinaría el original y el grabado para protegerlas de un posible robo o falsificación.
—Procura guardar el sello y la carta por separado —le aconsejó el banquero—. Cada uno de ellos carece de valor sin el otro, de este modo, si un ladrón te robara la carta o el sello, no podría retirar el dinero del banco.
En cuanto llegara a casa, Rani le entregaría el sello a Selene y ella guardaría la carta de crédito que ahora llevaba enrollada en el interior de un tubo de madera en el cinto.
La mente de Rani corría más que sus pasos. Tenía muchas cosas que hacer. Necesitarían comprar provisiones para el viaje: comida, esteras para dormir en cubierta, gruesas capas para protegerse del frío del mar. Le quedaban unas monedas y Selene también tenía una pequeña cantidad, suficiente para hacer las compras e instalarse en una posada de Alejandría. Una vez allí, podrían echar mano de sus reservas del banco.
Cuando llegó a la casa, encontró a Isabel retorciéndose nerviosamente las manos en el umbral.
—Ulrika ha desaparecido —le dijo la joven—. Selene ha salido en su busca.
Rani frunció el ceño. Aquel comportamiento no era propio de la niña. Contempló los tejados de las casas y vio que el sol ya no los iluminaba. La tarde moría; pronto sonaría el shofar del templo y empezaría el sábado de la Pascua. Jerusalén ya estaba desierta, en observancia de la fiesta del sábado.
—Yo también voy a buscarla —dijo Rani—. Tú espera aquí. Puede que Ulrika sepa encontrar el camino de casa.
Rani tomó la dirección contraria a la que había tomado Selene y empezó a recorrer las callejuelas de la parte de atrás de la casa de Isabel. No había llegado muy lejos cuando se tropezó con toda una serie de pequeños almacenes cerrados. Ya estaba oscureciendo; Rani cruzó oscuras arcadas y puertas silenciosas. Al final, oyó un ruido. Desde lejos, por encima de los tejados de las casas, se escuchaba el murmullo de la ciudad, cerrándose como una flor en el ocaso. Pero, más cerca, se escuchaba un rumor más definido. Se alarmó súbitamente al reconocer el amenazador gruñido de un perro.
Rani avanzó poco a poco, mientras un frío estremecimiento le recorría el cuerpo. Una intuición, afilada como el cristal, le dijo lo que iba a encontrar.
Llegó a la entrada de la callejuela. La luz era tan pobre que casi no veía; pese a ello, Rani distinguió la figura de un perro en mitad de la calle, con la boca llena de espuma plateada. Al otro lado vio a Ulrika, de pie contra un muro, mirando al perro, inmóvil como una estatua.
Rani se acercó la mano al pecho como para acallar los fuertes latidos de su corazón e intentó hablar, pero tenía la garganta seca. Se mordió los labios para humedecerlos, tragó saliva y, finalmente, dijo con toda la serenidad que pudo:
—Ulrika, soy yo, Rani. No tengas miedo.
—No tengo miedo —contestó la niña.
—Ulrika, quiero que hagas lo que yo te diga. No hagas ningún movimiento brusco. Mira a tu alrededor, a ver si hay algún sitio por el que puedas salir.
—No hay ninguno.
Rani cerró los ojos. Era un callejón sin salida. Por consiguiente, no tendría más remedio que pasar junto al perro.
—Ulrika —dijo, procurando que no le temblara la voz—, el perro está enfermo y no sabe lo que hace. Tenemos que andarnos con mucho cuidado con él. ¿Lo entiendes?
—Sí.
—Tienes que estarte absolutamente quieta, Ulrika. Y no le mires a los ojos. Eso no le gusta. Aparta la mirada.
Rani trató de pensar. Si iba a buscar ayuda, tal vez llegaran demasiado tarde. Si pedía socorro, podría desencadenar el ataque del perro. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer?
Aterrorizada, vio que el perro se acercaba poco a poco a Ulrika. Gruñía y se deslizaba con el vientre pegado al suelo y el cuerpo temblando de dolor. Rani había visto perros rabiosos otras veces y conocía la ferocidad que se apoderaba de ellos en las fases finales de la enfermedad. Sabía que su mente sólo albergaba una idea: atacar y hacer pedazos a cualquiera que se interpusiera en su camino.
«Soberano Siva —rezó Rani en silencio—. Ayúdame».
Selene cruzó el umbral casi sin resuello.
—¿Ha vuelto?
—¡No! —contestó Isabel, asustada—. Rani salió en su busca. ¡Pero ya hace mucho rato!
Selene trató de reprimir su creciente pánico. Ya casi había anochecido. «¿Dónde está Ulrika?».
—Tendremos que pedir ayuda.
—Sí. Los ancianos del Sanedrín…
—¡Date prisa!
Rani comprendió que había un solo modo de resolver el problema: tratar de distraer al perro.
Estudió el terreno y tomó una gruesa y afilada piedra.
Si pudiera alcanzar al perro en la cabeza y dejarlo inconsciente…
Pero ¿y si la piedra cayera a su lado y le sobresaltara, induciéndole a atacar a Ulrika?
«Tengo que procurar que dé la vuelta y venga hacia aquí».
Los dedos de Rani apretaron con fuerza la piedra. Ya casi no había luz y el perro estaba cada vez más cerca de Ulrika.
«Yo soy una pobre mujer —pensó Rani—. ¿Qué posibilidades tengo de adelantar al perro en la carrera? Es necesario que venga hacia aquí, y yo tengo que quedarme en este lugar para arrojarle la piedra».
—No te muevas para nada, Ulrika —dijo, procurando disimular su angustia—. Voy a arrojar una piedra para que el perro se asuste y se aleje. ¿Lo has entendido?
Ulrika, que había seguido al cuervo hasta aquel lugar y por cuyas venas corría la sangre guerrera de su padre, contestó sin temor:
—Sí, tía Rani.
«He visto el mundo —pensó Rani mientras levantaba la piedra—. No me arrepiento de nada…».
Acto seguido, arrojó la piedra.
Los gritos de la niña se oyeron a muchas calles de distancia, por lo que, cuando Selene llegó a la calleja, una considerable multitud se había congregado alrededor del cuerpo de Rani.
Ulrika se arrojó en brazos de su madre sollozando mientras Selene contemplaba la escena, horrorizada.
Rani y el perro yacían juntos en el suelo; habían muerto en el mismo instante. La túnica de Rani estaba desgarrada y ensangrentada. La cadena que le rodeaba el cuello se había roto y el sello de ágata había desaparecido. El cinto de la túnica estaba abandonado sobre los adoquines. El tubo que contenía la carta de crédito ya no se encontraba allí.