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—Estas gentes pertenecen a nuestra familia, Ulrika —dijo Selene con orgullo—. Son primos nuestros. Llevamos la misma sangre.
Se encontraban al pie del monte Palatino, contemplando las terrazas, pórticos y cipreses de las mansiones y palacios de la aristocracia romana. Una vez más, Selene trató de desenredar la compleja maraña de relaciones para que Ulrika las pudiera comprender mejor.
—Augusto, el primer emperador —añadió, repitiendo lo dicho por Andrés aquella noche en los aposentos de la madre Mercia— era el sobrino nieto de Julio César. Su hermana Octavia se casó con Marco Antonio y ambos tuvieron una hija llamada Antonia. Antonia se casó con Druso y tuvo dos hijos, Germánico y Claudio. Este mismo Claudio es ahora el emperador de Roma. Es primo lejano nuestro, Rikki, pero no por eso deja de ser primo.
Más tarde, visitaron el santuario del Divino Julio, un templete circular donde éste era adorado como un dios.
—¿Tú ves cómo venera Roma a tu bisabuelo, Ulrika? Su sangre es la que gobierna el Imperio. Y los que ahora ocupan el poder, los Julio-Claudios, alegan tener este derecho sólo por la gota de sangre julia que corre por sus venas. En cambio, tu sangre es pura, hija mía; tú eres una descendiente directa del divino Julio. Su hijo fue tu abuelo.
«Y, porque Julio César era descendiente de la diosa Venus —añadió Selene para sus adentros—, mi hija también lo es».
Ulrika la escuchó sin decir nada, contemplando con sus ojos azules la gigantesca estatua del hombre al que tanto despreciaba y al que se avergonzaba de llamar su bisabuelo por ser el primero en conquistar la Germania y esclavizar al pueblo de su padre.
Aquéllas no eran sus gentes y Roma no era su ciudad. Instintivamente, la niña apartó el rostro de la estatua de Julio César y dirigió la mirada al norte.
Al principio, Selene tuvo dificultades para orientarse en la gran ciudad, pero pronto, puesto que salía cada día y andaba hasta que su vieja herida en la pierna empezaba a doler, llegó a dominar la disposición de las calles y de los cientos de monumentos, a comprender Roma.
Llevaba constantemente consigo la caja de medicinas y a menudo se detenía para prestar ayuda a alguien. Tal como le dijera Andrés, allí no había ningún sitio adonde acudir en caso de enfermedad o lesión. Roma era un lugar salvaje, sus calles eran brutales y sus habitantes, hacinados en pequeñas viviendas mal ventiladas e inseguras, parecían unos bárbaros. Mientras recorría las angostas calles en las que jamás penetraba la luz del sol, Selene comprendió que había dos Romas: la oscura y abarrotada de los pobres que permanecían ociosos en medio del calor estival, sin tener por delante otra cosa que una vida corta y miserable; y la otra, la que se ocultaba detrás de los altos muros y las puertas cerradas con llave, en las villas de los ricos, como Paulina, que se movían en otro plano y formaban una minoría que gobernaba el mundo, pero no participaba de él.
Selene se convenció muy pronto de la necesidad de regresar a casa a la puesta del sol. Cuando declinaba el día y se permitía la entrada en la ciudad del tráfico rodado, surgía otro elemento de la población, peligroso y desesperado. Por eso las ventanas estaban protegidas con rejas de hierro y las puertas ostentaban enormes cerrojos. En las noches romanas abundaban los crímenes.
A su debido tiempo, Selene averiguó algo acerca de su anfitriona: contrariamente a lo que le había dicho Andrés, Paulina nunca estaba sola.
Siempre tenía visitantes e invitados en casa, organizaba ruidosas fiestas, celebraba veladas con filósofos y poetas, y una noche actuó en el jardín, entre músicas y aplausos, un grupo de mimos. Al anochecer, los esclavos de Paulina encendían las antorchas y las lámparas, y la villa se llenaba en seguida de risas de invitados. Selene y Ulrika jamás participaban, pero lo oían todo desde sus dormitorios del piso alto y, en ocasiones, Selene descubría a su hija contemplando las fiestas desde su ventana.
Selene raras veces se encontraba con su anfitriona. Pasaban días sin que viera a Paulina cruzar el jardín del peristilo. Desde el día de su llegada, apenas si había intercambiado con ella unas palabras.
A Selene no le importaba que la excluyeran de las fiestas porque tenía muchas cosas que hacer. Cada amanecer salía de casa —sin Ulrika, que prefería quedarse— y regresaba al atardecer, cansada, renqueando y con la caja de medicinas medio vacía. Por la noche, se dedicaba a enrollar vendas, afilar escalpelos y clasificar las hierbas adquiridas en el Foro. Después, tomaba un baño y se acostaba temprano.
Selene estaba preparada. Tenía la absoluta certeza de que su destino la aguardaba en aquella ciudad…, a la vuelta de la esquina; y esperaba reconocerlo cuando lo encontrara.