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Zoé les vio salir. De pie junto a la ventana, se le llenaron los ojos de rabia y de celos. Vio a Andrés y a la muchacha incorporarse al cortejo que bajaba ruidosamente por la calle y doblaba la esquina para perderse posteriormente en el silencio.

Permaneció largo rato sin moverse de allí. En sus veintidós años de pobreza y humillaciones, de ser tratada por manos crueles y traicionada por corazones insensibles, en toda su soledad y desgracia y en sus más oscuras noches de desesperación, jamás, hasta aquel momento, había comprendido Zoé el verdadero significado de las injusticias de la vida.

Ella hubiera tenido que ser quien le acompañara a la fiesta, ella, que le ofreció su cama y le cuidó cuando estaba herido. Ella había llamado a la sanadora y velado junto a su lecho hasta su despertar. Y era ella, Zoé, quien había forjado planes para sí misma y para él.

Había estado a punto de ganarle. El hombre había despertado en su cuarto, mirándola por un instante con ternura y desamparo; por primera vez en su vida, el corazón de Zoé se conmovió. Pero, al día siguiente, el forastero había pedido por alguien llamado Malaco, alejándose de su vida y de sus grandes planes para el futuro, dejándola con su sueño roto en pedazos. Sin embargo, a los pocos días, Andrés la mandó llamar a su casa y le ofreció una recompensa a cambio de sus cuidados. La Zoé de un mes antes hubiera pedido dinero para zarpar rumbo a Sicilia en busca de la casita con el olivo. Pero la nueva Zoé, locamente enamorada de él, pidió que le permitiera quedarse en su casa como criada. Allí disponía de su propia habitación; iba correctamente vestida y recibía un salario a cambio de su trabajo. Estaba bien atendida y era una persona respetable.

Pero a Zoé nada de eso le importaba. Lo único que ella quería era estar cerca de Andrés.

Durante algún tiempo, fue maravilloso servirle vino, poner flores en sus habitaciones y atenderle en todo lo que necesitara. Pero luego apareció aquella muchacha y todo se estropeó.

Zoé no era tonta. Sabía lo que significaba la mirada de su amo cuando aquella joven estaba en la casa. Era la misma mirada que ella le dedicaba a Andrés, aunque él no se diera cuenta.

Pues bien, no pensaba darse por vencida. Al final, había encontrado a un hombre por el que merecía la pena luchar y sacrificarse… y estaba dispuesta a hacer ambas cosas con tal de no perderlo. Sacrificaría su juventud, quedándose en aquella casa como humilde criada, y le serviría, en caso necesario, hasta que fuera una vieja achacosa. Y lucharía contra aquella joven o contra cualquier otra que intentara adueñarse de Andrés.

Pero, pensó cuando el desfile se perdió calle abajo, empezaría por aquella muchacha.

Zoé se apartó de la ventana sin darse cuenta de que, en aquel momento, Malaco la estaba mirando con ojos hambrientos.

Era una ironía y una maldición que un hombre tan mayor se enamorara al final de una muchacha tan joven y tan dura de corazón, cuyo desprecio tanto sufrimiento le causaba.

Malaco sabía lo que Zoé pensaba de él porque una vez ésta le había comentado a una criada que parecía un oso estúpido que seguía a su amo por todas partes. Desde luego, Malaco no podía negar que era gordo y místico, y que no sabía hablar con mucha propiedad. Pero tenía también un corazón muy grande, y era fiel hasta la muerte. No sabía si Zoé se había percatado de que la amaba; suponía que no y rezaba para que no fuera así porque, en tal caso, le resultaría inexplicable la crueldad con que le trataba. En su simplicidad y torpeza, Malaco esperaba que, cuando ella conociera sus sentimientos, fuera más amable con él. Y quizás algún día correspondiera a su amor.

«Pero eso no ocurrirá mientras yo sea un esclavo —pensó con tristeza, mientras Zoé se alejaba por el pasillo—. Ella no me amará mientras lleve este aro de esclavo en la oreja».

Por primera vez en su vida, tras haber viajado tanto y conocido a tantos amos, Malaco maldijo su suerte. Experimentaba las delicias de un apasionado anhelo, pero también la amargura y el sufrimiento.

Quería que le concedieran la libertad. Así se ganaría el amor de Zoé. Todos los regalos que le hacía —los higos, el pañuelo, la pulsera que tanto le había costado—, Zoé los aceptaba con una fría indiferencia que le helaba el corazón. Sin embargo, cuando obtuviese la libertad y fuera dueño de sí mismo, ella comprendería sus cualidades. Pero, primero, tenía que comprar su libertad a Andrés, el amo al que nunca había pensado abandonar.

En aquellos tiempos, lo importante para un esclavo era llevar una vida cómoda, y en eso Malaco tenía más suerte que la mayoría de sus pares. Andrés no maltrataba a su gente, era amable y generoso, y conservaba en su casa a los que ya eran ancianos preocupándose de que no les faltara cama, comida ni cuidados médicos. Malaco había soñado con un cómodo retiro bajo el techo de Andrés. Pero ahora ya no. Ahora necesitaba ser libre. Compraría su libertad, abandonaría aquella casa que había sido su hogar durante diez años e intentaría abrirse camino en el mundo como liberto, aunque no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Lo primero que le pediría a Andrés sería que le cerrara el agujero de la oreja para que Zoé no tuviera que recordar la antigua esclavitud de su marido.

Malaco lanzó un suspiro y dio media vuelta.

En sus planes había un obstáculo: Zoé parecía enamorada de Andrés. Él sabía muy bien que aquellos anhelos jamás podrían cumplirse y que ninguna mujer lograría apoderarse del corazón de su amo, por lo menos de aquella manera; sólo Malaco, al servicio de Andrés desde sus días en Alejandría, sabía que su amo era tan inalcanzable como las estrellas, y sólo él sabía por qué. Pero Zoé estaba enamorada de su amo y, por estéril que fuera su esperanza, Malaco estaba convencido de que, mientras ello fuera así, Zoé no se fijaría en el amor que él le profesaba.

Sin embargo, no todo estaba perdido. Hacía cuatro días, Malaco se había enterado de que Nasón había regresado a Antioquía sin realizar el previsto viaje a Britania. Malaco sabía que Andrés no podría resistir la tentación de visitarle. Era tan aficionado a los marinos y a sus conversaciones marineras como algunos hombres lo eran al vino. Quizá, pensó Malaco, tras haber perdido la oportunidad de zarpar con él hacía tres semanas, Andrés se fuese con él ahora. Esta vez, según las noticias que tenía Malaco, Nasón tenía en proyecto zarpar hacia las tierras más lejanas que jamás hubiera visitado, bordeando la punta meridional de la India para seguir por el este hacia la lejana China.

Malaco abrigaba grandes esperanzas porque sabía que Andrés no podría resistirse a la tentación de semejante travesía.