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A un día de distancia del palacio del placer, ocurrió el accidente.

Tan pronto como amaneció, Selene y Wulf se apartaron del camino para buscar un lugar sombreado donde dormir durante el día. Habían dejado la senda a su espalda y se dirigían a un robledal cuando un hombre de blanco cabello salió corriendo de detrás de unas rocas.

Selene y Wulf se detuvieron. El hombre corría en su dirección con los ojos fijos en un cordero que correteaba a cierta distancia. Selene se echó a reír al verle correr con la larga melena blanca volando al viento. Pero entonces Wulf la agarró por el brazo y le señaló una sombra que se iba agrandando rápidamente en el suelo sobre el anciano.

Selene observó horrorizada cómo un ave se abatía desde el cielo y atacaba la cabeza del hombre. Por un instante, ella y Wulf se quedaron petrificados; después, al oír los gritos del anciano, corrieron en su auxilio.

El hombre, arrodillado, gritaba, mientras unas monstruosas alas se agitaban alrededor de su cabeza y sus hombros y unas enormes garras se clavaban en su cuero cabelludo. Riachuelos escarlata empezaron a bajarle por la cara; finalmente el anciano cayó boca arriba, con los brazos y las piernas extendidos. Wulf se acercó a él inmediatamente y, con sus poderosas manos, inmovilizó al halcón hasta que soltó su presa, revoloteó un momento y después extendió sus grandes alas y se elevó hacia el nido.

Selene corrió en ayuda del anciano, cuya cabeza sangraba profusamente.

Wulf abrió la caja de medicinas y Selene intervino rápidamente para detener la hemorragia, lavar la herida, aplicarle puntos de sutura y vendarla con algodón. Cuando terminó y estaba a punto de preguntarle a Wulf qué iban a hacer con aquel hombre inconsciente, Selene vio un espectáculo asombroso al pie de las colinas.

Wulf también lo vio al mismo tiempo y se levantó, mudo de asombro.

Debía de haber más de cien hombres en una fantástica caravana, todos vestidos como reyes y montados en elefantes pintados con dibujos de vivos colores. Avanzaban lentamente en una majestuosa procesión, haciendo sonar cientos de campanillas mientras se dirigían hacia el lugar en que se encontraban Wulf y Selene. Al llegar allí, se detuvieron.

Sin una palabra, uno de los componentes del cortejo desmontó de su caballo y se acercó a toda prisa. Hincando una rodilla en el suelo, examinó al hombre inconsciente y después se volvió y gritó algo en un lenguaje que Selene no entendió.

Cuatro hombres se separaron del cortejo, portando una litera sobre sus hombros. Selene observó cómo colocaban delicadamente en ella al anciano y lo izaban sobre el lomo de un elefante cubierto con gualdrapas de terciopelo azul y oro.

Un hombre alto, moreno y apuesto, que iba a la cabeza del cortejo, sobre un elefante pintado de amarillo, miró a Wulf y a Selene con expresión inescrutable. Selene contempló con asombro su brazo; lo llevaba extendido y sostenía el mismo halcón que había atacado al anciano. El ave tenía las plumas y las garras manchadas de sangre y llevaba puesto un pequeño capuchón de cuero.

Seis soldados se apartaron del cortejo y se acercaron a Wulf y a Selene, a quienes ordenaron montar en un mismo caballo.

El palacio del placer del emperador parto era tan inmenso que, a su lado, el palacio de Magna hubiera parecido un simple establo. Contenía tantas habitaciones que se decía que un hombre hubiera podido visitar una habitación por día, durante diez años, sin ver más que la mitad del edificio. El cortejo llegó al palacio cruzando un puente sobre el lecho seco de un río; el calor era tan intenso que las lagartijas y las serpientes se abrasaban en las calles. Al ver el palacio, Selene pensó: «¿Ése es el palacio que vi en mis sueños? —Los blancos muros de alabastro resplandecían bajo el sol—. ¿Fue mi visión un mensaje de los dioses en los que éstos me decían que sería conducida a este lugar con un propósito definido? ¿Descubriré algo aquí que me acerque un poco más a mi destino?».

El cortejo atravesó siete gigantescas puertas y llegó al final a una espaciosa plaza donde aparecieron inmediatamente cientos de criados con escalas de mano y escabeles. En medio de aquel caos, Wulf y Selene se preguntaron si se olvidarían de ellos. Sin embargo, un grupo de guardianes partos les rodeó rápidamente en cuanto desmontaron. Después, les acompañaron a través de un patio y una puerta tachonada de oro.

Recorrieron unos interminables pasillos, sorprendentemente fríos a pesar del sofocante calor de aquel día estival, y se cruzaron con varios personajes vestidos con vistosas chaquetas y pantalones, y tocados con turbantes adornados con plumas y piedras preciosas. Wulf les miró al pasar y ellos se volvieron a su vez a mirar al rubio gigante de las sobrecalzas de cuero. Cuando los guardianes atravesaron con ellos un jardín con un estanque en el centro, Wulf se detuvo en seco, con expresión sorprendida. En el estanque nadaban unos cisnes, los primeros que veía desde que le hicieran prisionero en el Rin. Experimentó una punzada de dolor en el alma, porque los cisnes eran encarnaciones de las valquirias, las hijas de Odín.

Al final, Wulf y Selene fueron conducidos con toda ceremonia a una estancia lujosamente amueblada que se abría a un jardín privado. Tras lo cual, los guardianes se retiraron, cerrando las puertas con llave.