30
Mantenían los ojos y los oídos alerta, sin separarse, en medio de la multitud que cruzaba la gran puerta de Ishtar, cuyos mosaicos azules resplandecían bajo el sol.
Selene, que sólo conocía Antioquía y únicamente había vislumbrado fugazmente Magna desde una torre, se quedó asombrada ante la magnificencia de Babilonia; y Wulf, que sólo había contemplado las grandes ciudades desde los barcos y las caravanas de esclavos, no podía dar crédito a sus ojos. Cuando los romanos llegaron a los bosques del Rin y construyeron sus impresionantes empalizadas, los bárbaros les consideraron unos dioses. Sin embargo, aquellos muros, pensó, admirando las recias piedras almenadas y reforzadas con arbotantes que se elevaban majestuosamente hacia el cielo a orillas del Éufrates, parecían haber sido construidos por unos seres gigantescos. Cuando su mirada alcanzó el punto más alto, Wulf distinguió las siluetas de unos arqueros en las atalayas.
Selene prefería no apartar los ojos de las calles. Babilonia estaba lejos de Magna, pero ella conocía el alcance de la cólera de Lasha. La reina de Magna habría extendido su red de horizonte a horizonte, en su insensato afán de perseguir a los dos seres que habían osado profanar el ritual del templo, obligándola a tomar un nuevo marido. Selene y Wulf habían oído hablar de las extravagancias del nuevo rey, el cual había mandado construir lagos y embarcaciones de placer con las riquezas sacadas del mausoleo de Lasha, cuya pretensión de reinar en el cielo se había hecho pedazos. Selene sabía que Lasha no descansaría ni ahorraría ningún esfuerzo hasta encontrar a los fugitivos.
No había en las calles de Babilonia ningún soldado con el emblema de la luna creciente de Magna en sus escudos, ni tampoco romanos de rojo manto. Los soldados de Babilonia vestían el atuendo propio de la Partia —un gorro cónico caído hacia adelante, una holgada túnica y unas sobrecalzas—, porque Babilonia lindaba con la frontera occidental de aquel poderoso imperio de Oriente. La antigua ciudad de Hamurabi era una especie de valla entre las fronteras de Partia y las de Roma. A Selene le sorprendió la escasez de signos de la influencia romana.
Sin embargo, el lugar ofrecía serios peligros. Selene y Wulf, disfrazados de beduinos, con los fardos a la espalda y con la caja de medicinas protegida por una piel de cabra, procuraron no apartarse de las calles más transitadas mientras se encaminaban hacia el río donde, según los viajeros de Jerusalén, siete barcos armenios estaban amarrados al pie del templo de Marduk. Cada vez que veían a algún soldado, Selene y Wulf se ocultaban discretamente en una arcada o se desviaban por alguna calleja. Pese a los velos y ropajes de beduino que lo cubrían, Wulf no podía disimular su estatura, la cual rebasaba con mucho la de los habitantes de Oriente.
Selene caminaba pegada a él, mirando en una y otra dirección y rezando para que les fuera dado llegar al río sin novedad. Lasha había puesto un elevado precio a su cabeza. La persona que consiguiera devolver a Selene y Wulf a Magna sería rica para el resto de sus días. Instintivamente, su mano tocó el Ojo de Horus que llevaba oculto bajo la túnica y lo asió con fuerza, rozando de paso el amuleto mágico que, pendiente de una correa de cuero, Fatma le había colocado alrededor del cuello aquella mañana, al despedirse. Los árabes lo llamaban shamrakh, y era un trébol de tres hojas, símbolo de las tres fases de la diosa Luna.
Al final, Selene y Wulf pasaron bajo un arco y salieron a una enorme plaza, en la que se detuvieron en seco.
—¿Qué es eso? —preguntó Selene en voz baja.
Wulf sacudió la cabeza, desconcertado.
La plaza se extendía al pie de una especie de montaña celestial, de color pardo grisáceo bajo un cielo color marfil. La torre se llamaba Ba-Bel, es decir, «puerta de Dios» y había cientos de personas a su alrededor. Se apretujaban junto a los muros y alrededor de la fuente central y yacían sobre esteras, sobre paja o sobre el duro suelo. El ruido era infernal. Era el coro unificado del sufrimiento humano.
Selene y Wulf avanzaron lentamente hacia el centro de la plaza, contemplando a los hombres apoyados contra los muros, los niños que lloraban sobre las mantas, las mujeres cubiertas con velos en señal de humillación. Apenas si había espacio para caminar: todo el suelo de rojo ladrillo de la plaza estaba ocupado de parte a parte por gentes de todas las edades y condiciones, en distintas formas y fases de enfermedad e invalidez; los que podían, extendían la mano para tocar las túnicas de Wulf y Selene; otros pedían débilmente que les socorrieran. Algunos eran atendidos por una o más personas, pero en su mayoría estaban completamente solos.
Selene abrió desmesuradamente los ojos ganada por el asombro.
Los enfermos llevaban unos letreros colgados del cuello o atados a la extremidad afectada, en los que se indicaba su nombre y la naturaleza de su dolencia: «Nebo, de Uruk. Gangrena» o «Shimax, de Babilonia, carpintero con la mano paralizada». Los más analfabetos llevaban unos dibujos en los que se representaba el corazón, un salpullido o una hinchazón. Y los más pobres se limitaban a llevar un trozo de lienzo anudado alrededor de la frente, un brazo o un tobillo.
Cuando llegaron a la fuente situada en el centro de la plaza, Selene le preguntó a Wulf, levantando la voz para que la pudieran oír en medio de aquella terrible barahúnda.
—Pero ¿qué sitio es ése?
—Sois forasteros en Babilonia si no habéis oído hablar de la plaza de Gilgamesh —contestó una voz a su espalda—. Es famosa en todo el mundo.
Al volverse, Selene vio a un hombre de mediana edad, elegantemente vestido, que se levantaba de un taburete. Le ofrecía una copa o algo parecido a una mujer tendida a su lado, sobre unas mantas.
—Es mi esposa —dijo—. ¿Podéis ayudarla?
Selene contempló a la escuálida mujer tendida, bajo el cielo primaveral, al lado de un hombre que se estaba urgando una úlcera infectada en la pierna.
—¿Por qué has traído aquí a tu mujer? —preguntó—. ¿Por qué está aquí toda esta gente?
—¡Está enferma! —contestó el hombre, mirándola fríamente—. ¿A qué otro sitio quieres que la lleve?
—Pero ¿por qué a un lugar tan espantoso? ¿Por qué no la llevas al médico?
—Solicitar la ayuda de un médico es un sacrilegio y nosotros, los babilonios, somos muy devotos. Acudir a un médico es desafiar la voluntad de los dioses; por eso traemos a nuestros enfermos a la plaza de Gilgamesh y pedimos a los dioses que les envíen la curación. Ya veis los letreros que llevan —señaló a su esposa, sobre cuyo hinchado vientre había una tabla de arcilla con las siguientes palabras: «Soy Nana y se me ha muerto el hijo dentro»—. Venimos aquí con la esperanza de que los dioses nos envíen a un viandante que haya sufrido alguna vez la misma dolencia y conozca el remedio.
Selene echó nuevamente un vistazo a la plaza y vio algo que antes se le había pasado por alto: personas de pie o arrodilladas al lado de los enfermos, hablando con ellos, gesticulando y ofreciéndoles medicinas. Sin embargo, no todos eran atendidos.
—¿Y eso no es lo mismo que pedir la ayuda de un médico? —preguntó.
—Hay una diferencia —contestó el hombre, ligeramente molesto—. Buscar la intervención humana contra su divina voluntad, sería desafiar a los dioses. En cambio, de esta manera, son los mismos dioses quienes nos otorgan el perdón y nos libran del castigo.
—Castigo, ¿por qué?
—Por nuestros pecados, naturalmente.
—¿Y tu esposa? —preguntó Selene, contemplando a la mujer inconsciente—. ¿Cuál fue su pecado?
—El hijo no debía de ser mío, puesto que los dioses lo mataron —contestó el hombre con expresión sombría.
—¿Quieres decir que su pecado es el adulterio?
—Ella lo niega. Pero ¿qué otra cosa puede significar la muerte del niño?
Selene se arrodilló al lado de la mujer y apoyó suavemente una mano sobre el abultado abdomen. Comprendió inmediatamente que allí no había vida. La frente de la mujer estaba fría y seca; su pulso era acelerado y su respiración afanosa. Selene hubiera querido examinarla más a fondo, pero no podía hacerlo delante de todo el mundo. Se levantó. Wulf estaba nervioso.
—Quisiera ayudarla —dijo—. Podría haber un medio.
—¿Cómo? —preguntó el hombre, mirándola con recelo.
Selene vaciló. Tendría que aplastar y extraer al niño. Jamás lo había hecho, pero se lo había visto hacer a Mera una vez hacía años.
—¿Puedes ayudar a mi mujer, sí o no? —ladró el hombre.
Antes de que pudiera contestar, Selene sintió la mano de Wulf en su brazo.
—No creo que te hayan enviado los dioses —dijo el hombre, mirando con desprecio sus ropajes de beduina y los fardos que llevaba—. No quiero que toques a mi mujer. Vete ahora mismo de aquí.
Selene iba a protestar, pero Wulf tiró de su brazo. Tenían que llegar al río, le dijo. Se estaba haciendo tarde.
Sin embargo, Selene no podía alejarse de la plaza. Miró a su alrededor y vio a un hombre con una herida reciente en el pie, tratando de arreglárselas con unas muletas, una mujer inclinada sobre un niño enfermo y un joven muerto, con la espalda apoyada en la fuente.
—Wulf, esto es monstruoso —musitó.
Wulf levantó la mirada al cielo. El sol estaba a punto de alcanzar el cenit; pronto sería mediodía.
—Tenemos que irnos —dijo, tomándola nuevamente del brazo.
—Por favor… —murmuró una cercana vocecita; Selene vio a una chiquilla que tiraba de su túnica—. Ayuda a mi madre.
Selene la siguió y se arrodilló junto a una mujer que yacía tendida de lado sobre una manta.
—¿Cuándo ocurrió? —preguntó, tocando la frente febril de la enferma.
—En mitad de la noche —contestó la niña—. De repente. Mi padre nos trajo aquí, pero tuvo que irse. Por favor, ayuda a mi madre.
Selene intentó estirar un poco las piernas de la mujer para poder examinarle el abdomen.
—¿Tienes hemorragias? —le preguntó, palpando delicadamente la ingle.
La mujer lanzó un grito de dolor y le contestó que sí, señalando que el flujo mensual se le había interrumpido hacía más de dos meses. Selene reflexionó un instante. Después, le pidió a Wulf la caja de medicinas. Él se la entregó a regañadientes, sin apartar los ojos de los guardianes que vigilaban la plaza mientras ella vertía un poco de vino de opio en una copa y lo acercaba a los labios de la mujer.
Después, Selene se levantó y le dijo a Wulf en voz baja:
—No la puedo curar. Un niño está creciendo fuera de la matriz. Morirá muy pronto, pero el opio le aliviará el dolor.
Un hombre que había observado desde cierta distancia la presencia de Selene junto a la mujer, se acercó a ella renqueando con la ayuda de unas muletas. El letrero que llevaba colgado alrededor del cuello decía: «Gota». Selene le vertió en la copa una pequeña cantidad de cólquico pulverizado, antiguo remedio contra la gota, y en seguida se vio asaltada por otro hombre de cuya oreja colgaba una tablilla con la leyenda de «sordo», y por una obesa mujer que, asiéndola del brazo, le pidió que le curara la artritis.
Wulf, percatándose de lo que iba a ocurrir, la tomó del brazo y se alejó con ella. Estaba a punto de indicarle los soldados partos que vigilaban todo el perímetro de la plaza cuando Selene fue abordada por un hombre elegantemente vestido.
—Por favor, ven a ver a mi mujer —le dijo éste, señalándole con un dedo lleno de anillos el lugar donde una matrona rodeada por su numerosa familia permanecía sentada en una silla—. Le duele la cabeza —añadió muy inquieto— y ve estrellas por el rabillo del ojo izquierdo.
Selene supo inmediatamente lo que era: un demonio había puesto un huevo en el cerebro de la mujer. Era una dolencia que ella no podía curar. Aquello sólo hubiera podido resolverlo Andrés. ¡Andrés!
—Selene —dijo Wulf en voz baja, mirando fijamente a dos guardianes que parecían observarles con interés desde el otro lado de la plaza.
Actuando rápidamente, Wulf envolvió la caja de medicinas con la piel de cabra, se la echó al hombro y tomó a Selene de la mano.
Había dado apenas unos pasos cuando oyó que un viandante recomendaba tomar una infusión de adelfa a un hombre cuyo letrero decía: «Úlcera».
—¡No! —gritó instintivamente—. ¡La adelfa es un veneno!
Una hermosa joven vestida con la túnica y el manto propios de las prostitutas del templo, le cerró el paso al tiempo que le decía:
—Mi hermana lleva cuatro días de parto. Ven, está allí, bajo aquella arcada.
—No —dijo Wulf, viendo que los dos guardianes se acercaban a ellos muy despacio—. Puede que no sea nada —añadió en voz baja mientras apartaba a Selene—, pero han visto la caja de medicinas y te miraban cuando atendiste a la madre de la niña.
Selene vio a los dos soldados partos, caminando decididamente en su dirección. Habían llegado a la altura del babilonio que, arrodillado junto a la mujer, comprimía el rostro contra su hinchado vientre sin vida.
—Les dirá que somos forasteros —dijo Wulf— y que tú pensabas atender a su esposa. Les describirá nuestro aspecto y el de la caja de medicinas, Selene.
Selene apuró el paso, asiendo fuertemente su fardo mientras la gente trataba de acercarse a ella. Wulf se volvió a mirar y vio que los guardianes, tras haber interrogado al babilonio, cruzaban rápidamente la plaza.
Miró a su alrededor. Varias callejas desembocaban en la parte oriental de la plaza; eran oscuras y retorcidas callejuelas llenas de toldos y balcones. Si alcanzaban aquel laberinto y corrían con todas sus fuerzas, tal vez consiguieran llegar a los barcos y encontrar en ellos la seguridad.
Mientras se abrían paso por entre los cuerpos sentados y reclinados, Selene abrigó en su fuero interno la esperanza de que los guardianes les hubieran mirado por simple curiosidad y estuvieran cruzando la plaza en aquel momento por otro motivo.
«Pero, a lo mejor, el babilonio les ha dicho que el beduino hablaba con un acento extraño y tenía los ojos del color del cielo…».
—¡Deteneos! —gritó una voz a su espalda.
Wulf y Selene volvieron la cabeza.
—¡Vosotros dos, deteneos! —gritaron los guardianes, mientras uno de ellos sacaba una flecha del carcaj que llevaba a la espalda.
—¡Por aquí! —dijo Wulf en voz baja, adentrándose rápidamente con Selene en las sombras de la callejuela más próxima.
Los enfurecidos gritos de los soldados les obligaron a echar a correr, sorteando los tenderetes del mercado, rodeando las fuentes y cruzando varias arcadas. Oían a su espalda el rumor de las sandalias claveteadas de los soldados. La gente se apartaba ante los beduinos que corrían. Muchos les insultaban y algunos les vitoreaban. Las gallinas y los niños escapaban en todas direcciones. En determinado momento, derribaron un tenderete de dátiles y, al doblar una esquina, a Selene se le cayó el fardo al suelo. Quiso agacharse a recogerlo, pero Wulf tiró de su brazo.
Selene se arremangó las faldas y corrió con las piernas desnudas mientras a Wulf le resbalaba el negro lienzo que le cubría la cabeza, dejando al descubierto su rubio cabello. Los guardianes les gritaron que se detuvieran, pero ellos corrían a más y mejor, sorteando obstáculos, encaramándose a los muros y derribando a su paso cestos y barricas. Sin embargo, los soldados estaban cada vez más cerca porque conocían mejor la ciudad y eran duchos en el arte de la persecución.
Selene cruzó con Wulf una puerta, justo en el momento en que una flecha pasaba silbando junto a su cabeza y se clavaba en la jamba de madera.
Atravesaron un jardín en el que una familia almorzaba tranquilamente, saltaron una valla y, tras pasar por otro jardín, salieron a una tortuosa calle.
Wulf aún sostenía en sus manos la caja de medicinas, pero ya había perdido el segundo fardo. Los ropajes de beduino se le enredaban en las piernas y le hacían tropezar. Una vez, Selene cayó y él la ayudó a levantarse sin interrumpir la carrera.
Una segunda flecha estuvo a punto de clavarse en el hombro de Wulf. La tercera quedó prendida en el velo de Selene. Cuando finalmente llegaron al río, Wulf se detuvo un instante para echar un vistazo al embarcadero y, al comprobar que el último barco armenio estaba a punto de soltar amarras, tomó a Selene del brazo y echó a correr.
Se encontraban al pie de la escalerilla cuando una flecha se clavó en el muslo de Selene, la cual cayó al suelo y, asiendo los pies de Wulf, le suplicó entre jadeos:
—¡Ayúdame! ¡No dejes que me apresen! Tengo que… escapar… Te lo ruego.
Wulf rompió la flecha por la mitad, dejando la punta clavada en su muslo, y después la levantó y corrió con ella, rodeándole la cintura con su brazo.
Cuando llegaron a lo alto de la escalerilla, los soldados ya estaban muy cerca. El barco se disponía a zarpar y, en medio de la confusión, nadie se dio cuenta al principio de lo que ocurría. Wulf arrojó la caja de medicinas a la cubierta y después levantó a Selene por encima de la borda. Mientras se encaramaba a la misma para saltar al interior de la embarcación, una flecha le rozó la pantorrilla.
La escalerilla se retiró y el barco empezó a moverse.
—¡Deteneos! —gritaron los soldados—. ¡Deteneos por orden de la guardia del rey!
El patrón, al ver a los soldados con los arcos a punto, ordenó rápidamente que volvieran a echarse los cabos mientras los estibadores corrían para amarrar de nuevo la embarcación.
Wulf y Selene, provisionalmente ocultos entre los viajeros, observaron horrorizados cómo se volvía a instalar la escalerilla.
Wulf adoptó una rápida decisión: se quitó los negros ropajes y le arrancó a Selene los suyos. Cuando la ropa le rozó la flecha clavada en su muslo, Selene lanzó un grito de dolor y todos se volvieron a mirarla. Vieron que Wulf retiraba la piel de cabra que cubría la caja de medicinas y la arrojó junto con las negras vestiduras por una escotilla abierta, y que después tomaba a Selene en brazos y se acercaba con ella al otro lado del barco.
Percatándose de repente de la apurada situación de los recién llegados, los artistas circenses, acostumbrados a huir de la ley, formaron una muralla para impedir el paso de los soldados. Dos enanos ayudaron a Wulf a bajar a Selene al agua y un malabarista le pasó la caja de medicinas. Una mujer enormemente gruesa, que llevaba un mono en el hombro, consiguió cerrar el paso a los soldados y obstaculizarles la visión.
Ya en el agua, Selene y Wulf se agarraron al costado del barco y se dejaron mecer por el agua con la caja de medicinas flotando a su lado.
Dos acróbatas, al ver el peligro que corrían, se inclinaron sobre la borda y, agarrados el uno al otro, soltaron una pequeña balsa redonda sujeta al costado de la embarcación. La balsa cayó al agua y Wulf la tomó, agradeciendo su ayuda a los acróbatas con un gesto de la mano mientras subía a Selene a la balsa junto con la caja de medicinas. Un segundo más tarde, una roja túnica cayó volando desde el barco sobre la balsa. Wulf se situó detrás de ésta y empezó a mover las piernas en el agua para alejarse del barco.
Un marinero armenio le hizo a Wulf una señal desde un mástil: los artistas de circo procurarían distraer a los soldados todo lo que pudieran.
Wulf impulsó la balsa con la mayor rapidez posible, sin perder de vista el barco armenio, hasta ocultarla en un cañaveral. Hizo una pausa para cubrir a Selene con el rojo manto, y después siguió nadando para alejarse de Babilonia.
Poco antes de doblar con la balsa un recodo del río, volvió la cabeza y vio que los ocupantes del barco señalaban hacia el norte para indicar a los soldados que les habían visto huir en aquella dirección. Entonces subió a la balsa y se tendió en ella, completamente exhausto, mientras la corriente del río les llevaba hacia el sur y hacia el este.