6
Selene miró a uno y otro lado de la soleada calle. Pero tampoco esta vez vio a nadie.
Decepcionada, regresó al interior de la casa y reanudó su trabajo. Estaba preparando una caja de medicinas como la de su madre, pero nueva y hecha de madera de ébano con incrustaciones de marfil. La caja tenía muchos cajones y divisiones, para contener medicinas e instrumentos, y se podía llevar colgada del hombro por medio de una gruesa correa de cuero. Era el regalo que le había hecho Mera para su cumpleaños.
Faltaba muy poco para el inicio de la ceremonia de la vestidura, la antigua costumbre que se remontaba a épocas anteriores a la fundación de Roma. Dejaría atrás su infancia, se cortaría un mechón de cabello para consagrárselo a Isis y después ella y su madre lo celebrarían con una comida especial.
Selene contempló la comida dispuesta sobre la mesa.
Era costumbre, el día de la vestidura de una joven, preparar comida y bebida en abundancia para todos los amigos y parientes que acudían a la casa a dar su enhorabuena. Hacía un mes, en la fiesta de Ester, había habido tanta gente que habían tenido que sacar las mesas a la calle. Mientras contemplaba las hogazas elaboradas por su madre y los dos patos asados que a duras penas habían podido comprar, Selene pensó que era mucho… demasiado, tal vez. Sin embargo, Mera deseaba que hubiera comida suficiente para todos los que acudieran a felicitarlas.
Confiando en que alguien la visitara, Selene lanzó un suspiro y volvió a su tarea.
Su caja de medicinas era como la de su madre, con vendas, ungüentos, hilo de sutura, agujas y un pedernal para hacer fuego. Sin embargo, no había instrumentos quirúrgicos, porque Mera no era partidaria de cortar. El cuchillo de la caja era para abrir granos, las tenazas para tomar las vendas, y las agujas para coser las laceraciones. Nada de todo aquello se podía comparar con los instrumentos vistos por Selene en casa de Andrés, el médico. Éste tenía escalpelos de bronce, hemóstatos para sujetar los vasos sanguíneos, tenazas para triturar las piedras de la vejiga y muchos otros instrumentos, cuya utilización Selene ignoraba.
«¡Qué maravilla poseer todas esas cosas! —pensó la muchacha mientras llenaba un frasco con extracto de digital y lo introducía en la caja—. ¡Poseer unas manos tan hábiles y conocer el misterioso mundo que se esconde bajo la carne!». Desde que, hacía tres semanas, saliera de la casa de Andrés, el médico, Selene no pensaba en otra cosa.
En aquel momento, sólo rememoraba el instrumental quirúrgico, pero no podía olvidar el rostro de aquel hombre y todas las noches, antes de dormirse, evocaba el mágico encuentro.
Aproximadamente una semana más tarde, Selene había hecho acopio de valor, decidida a buscar la casa, pero no la había encontrado. ¡Era una puerta como todas las demás, y no se atrevía a preguntar por él!
Al oír unas pisadas, corrió a la puerta. Pero era sólo un viandante que siguió calle abajo.
Selene volvió a contemplar la mesa.
Mera había tenido que pedir dinero prestado para comprar la comida. Había una bandeja de hogazas con aceitunas, cebollas, trozos de cordero, arroz e incluso miel, todavía en el panal. Había también tres quesos de gran tamaño que le había regalado un quesero en pago por sus servicios y un ánfora de vino obtenida de un mercader a cambio de la promesa de atender a su familia durante el año. Sobre le mesa se podían ver, además, higos y manzanas, y unas preciadas naranjas cuidadosamente dispuestas sobre la mesa y protegidas de las moscas y del polvo.
«Vendrán —se dijo Selene—. Todavía hay tiempo».
Estaba sola en la casa. Mera había ido a toda prisa a la calle de los joyeros para recoger la rosa de marfil. Se la había llevado hacía unos días a un orfebre para que le perforase un pétalo y le pasara una cadena. Quería que Selene la luciera como collar. Aquella noche se la ofrecería para que la luciera con la túnica. Con la promesa del joyero de tenerla lista para aquella mañana, Mera se había quitado el delantal y salido a escape, rogándole a Selene que atendiera bien a los invitados.
«¿Invitados?», pensó Selene. En caso de que nadie acudiera a felicitarla, a la puesta del sol participaría ella sola en la ceremonia de la vestidura y nadie sería testigo de su paso a la edad adulta.
Pensó en la nueva túnica, cuidadosamente guardada en su caja. Mera había trabajado muchas noches en ella. La tela se la había proporcionado el jefe de una caravana, a quien ella había curado de una persistente tos. Era de finísimo algodón teñido de azul oscuro y llevaba, bordada por Mera, en las mangas y alrededor del ruedo, toda una cenefa de flores de color azul pálido. Sería la primera vestidura talar de Selene, la que la identificaría como mujer. Se la pondría a la puesta del sol junto con el mantón.
Tradicionalmente, era el padre quien acogía oficialmente a la niña como mujer dentro del seno de la familia cuando ésta salía con su nuevo atuendo en presencia de todo el mundo, y eran los hermanos quienes le cortaban el simbólico mechón de cabello para consagrarlo a los dioses domésticos. Pero Selene, que no tenía padres ni hermanos, sería recibida por su madre y, en lugar de las hermanas que la hubieran peinado como una mujer adulta, sería Mera quien lo hiciera.
Selene recordó con envidia la ceremonia de la vestidura de Ester. ¡Cuánta gente hubo y qué bien lo pasaron! Las seis tías de Ester, sus tres hermanas y cuatro primas subieron con ella a la estancia superior de la casa y la ayudaron a quitarse sus prendas de niña y a ponerse una túnica de un vistoso color amarillo. Cuando la joven bajó, todos los presentes guardaron silencio. Entonces su padre se acercó a ella, la abrazó y la recibió en la familia como mujer.
¡Cuántos vítores y cuánto entusiasmo! Después, sus hermanos la rodearon sosteniendo una navaja de barbero y bromearon con ella, simulando que le iban a cortar todo el cabello, y Ester se ruborizó entre risas. A continuación se celebró la solemne ceremonia de la colocación del mechón de cabello en el altar de los dioses domésticos donde se conservaría en una urna que ya contenía los rizos de sus hermanas mayores, de su madre y de su abuela. A Ester la peinaron con el cabello recogido hacia arriba para simbolizar su paso a la edad adulta. Después, tomaron sus muñecas y sus vestidos cortos y lo guardaron todo en un arca.
Selene sonrió y aplaudió a Ester desde un rincón, llena de secreta envidia. Había acudido sola a la fiesta porque Mera tenía que atender a una parturienta. Estaba también el prometido de Ester, un apuesto joven de espaldas erguidas como lanzas y ojos verdes como esmeraldas.
Ahora Ester era considerada una mujer y participaba en todos los quehaceres de la casa tradicionalmente reservados a ellas, hilando, tejiendo y conservando el altar de los dioses domésticos. Y, cuando salía a la calle, la túnica le cubría los tobillos y se cubría modestamente la cabeza con el manto. Ester había dejado atrás su infancia llena de dignidad y gracia.
Un rumor indujo a Selene a volver bruscamente la cabeza. Pero era sólo el viento, agitando las hierbas estivales del huerto.
Selene sabía muy bien que la ceremonia de la vestidura era más una costumbre que una clara línea divisoria entre las dos fases de la vida. Puesto que vivía sola con su madre y no tenía padre ni hermanos, hacía ya tiempo que había asumido el papel de mujer adulta: hilaba, tejía, cuidaba del pequeño altar de Isis y, además, trabajaba en el huerto, mezclaba las medicinas y ayudaba a menudo a su madre a tratar a los enfermos. Hacía muchos años que no jugaba con muñecas; había tenido una infancia muy breve porque su madre la necesitaba. Por eso prescindirían de aquella parte de la ceremonia. No había ninguna muñeca que guardar.
Aun así, aquel día sería muy importante para Selene. Llevaba años esperando aquel momento, desde pequeña; siempre había asistido a las fiestas, invitada no porque lo quisieran los niños del barrio —que la despreciaban—, sino porque Mera era su madre y los vecinos respetaban a la sanadora egipcia. Selene observaba en silencio cómo las muchachas recibían la ansiada prenda y el abrazo de su orgulloso progenitor.
—Selene, hija mía. Que día tan venturoso.
Selene giró en redondo y vio en la puerta la rechoncha figura de la mujer del panadero.
—B-bien venida —contestó Selene, cerrando la caja de medicinas y acercándose a la visitante—. P-pasa, p-por favor…
La mujer entró abanicándose y miró a su alrededor.
—¿Dónde está tu madre?
—Ha s-sal…
—¿Que ha salido?
Selene asintió.
—En un día como éste. ¿A dónde fue?
—Por mi c-co…
—¿El collar? ¿Ya está listo?
Selene movió afirmativamente la cabeza y le indicó a la visitante la mejor silla de la casa; la mujer la ocupó de inmediato, tras tomar un puñado de aceitunas de la mesa.
—¿D-dónde e-es…?
—¿Mi esposo? No podrá venir. Vuelve a estar mal de los riñones.
Selene sufrió una cierta decepción. No apreciaba especialmente al panadero, pero hubiera sido un invitado más a su fiesta.
—¿Cuándo salió tu madre?
—Esta m-ma…
—Ah, esta mañana. Entonces en seguida volverá. Ya es mediodía, ¿sabes?
Selene sabía muy bien la hora que era. En la fiesta de Ester, los invitados llenaban al mediodía todo el patio frontal de la casa.
Se hizo el silencio mientras Selene permanecía cortésmente de pie y la mujer del panadero se hinchaba de comer aceitunas. La inquietud de Selene creció. ¿Y si no acudiera nadie más a su fiesta? Estaba segura de que la visitarían algunos pacientes de su madre, aunque no esperaba ver a ninguna muchacha de su edad.
De pequeña, Selene no solía jugar con los demás niños en la calle porque su defecto de habla la hacía aparecer lenta y estúpida a sus ojos. Más tarde, las niñas no quisieron relacionarse con ella porque, aunque el barrio era pobre y no había en él ninguna familia pudiente, la tartamuda Selene siempre iba peor vestida que las demás. Todo el mundo sabía que su madre se gastaba todo el dinero en medicinas y apenas le quedaba nada para comprar ropa. La camarilla de niñas chismosas del barrio rechazaba la pobreza en el vestir de Selene y sus toscas sandalias de campesina. Las chiquillas guardaban silencio en cuanto la veían acercarse y se reían por lo bajo de su forma de hablar. Después, cuando dejaron atrás aquella edad tan cruel y pasaron a la adolescencia, en la que hubieran podido ser más amables y afectuosas con Selene, la brecha ya era demasiado grande y no se pudo cerrar. Era una chica muy rara, murmuraban entre sí. Algunas la habían visto recogiendo hierbas a la luz de la luna. ¿Y acaso no fueron todos testigos de cómo un día levantó las manos sobre el anciano Kiko, que fue soldado en su juventud, y ahora estaba enfermo, y de cómo cerró los ojos y extendió las manos sobre él, logrando que cesara el ataque?
Sin embargo, la dura realidad era que, tras haber vivido en aquella callejuela casi dieciséis años, Selene era una desconocida para sus vecinos. Si no acudían a su fiesta, no sería por mala voluntad o antipatía, sino simplemente porque ni siquiera se les ocurriría hacerlo.
No obstante, su madre era muy respetada y, al final, algunas personas acudieron a la casa: el joven constructor de tiendas y su esposa con su hijo de tres semanas, la viuda a la que Mera atendía habitualmente de su dolencia articular, el herrero tullido, cuya pierna había intentado salvar Mera una vez y que ahora pedía limosna en el mercado, y el anciano Kiko, el soldado epiléptico. Formaban un grupo heterogéneo, pero todos habían acudido a felicitar a Selene.
Aun así, sobraba mucha comida. ¿Por qué había insistido su madre en poner tanta cantidad? El exceso de comida hacía que la fiesta resultara ridícula y no espléndida. Selene se entristeció al ver semejante banquete para sólo un puñado de personas. Pensaba decirles a los invitados que se llevaran un poco de comida a casa.
Estaba distribuyendo una bandeja de pastelillos de azafrán cuando la luz del sol quedó momentáneamente bloqueada en la puerta. Todos levantaron los ojos para ver quién era el recién llegado e inmediatamente cesaron todas las conversaciones.
Los invitados contemplaron atónitos al apuesto desconocido.
Andrés.
Selene parpadeó sin poder dar crédito a sus ojos. ¿Acaso sus fantasías le habían provocado una alucinación?
Pero entonces la aparición habló:
—Me han dicho que ésta es la casa de Mera, la sanadora.
Siete pares de ojos le miraron mientras Selene posaba la bandeja y se acercaba a él.
—E-ésta es su casa —dijo—. B-bien venido.
—¡Tú! —exclamó Andrés, asombrado.
Por un instante, las miradas de ambos se cruzaron en silencio. ¿Pero era de verdad el hombre con quien ella soñaba? Por su parte, Andrés pensó: «Te he vuelto a encontrar cuando ya no lo esperaba».
—P-por favor, p-pa… —añadió Selene, maldiciendo la lengua que le traicionaba.
Andrés entró y vio seis rostros pasmados y seis bocas abiertas.
—É-éstos son mis a-migos —le explicó Selene, tratando de pronunciar las palabras con la mayor claridad posible.
De repente, aquel empeño se convirtió en la cuestión más trascendental de su vida; sin embargo, cuanto más se esforzaba, tanto más se le trababa la lengua.
—Me llamo Andrés —dijo el desconocido, dirigiéndose a los invitados, que no salían de su asombro. Cada uno de ellos trataba de recordar la última vez que un personaje tan principal se hubiera dejado caer por aquel barrio. Al final, lo comprendieron: nunca.
El anciano marinero se levantó de un salto y ofreció su escabel al desconocido, el cual rehusó cortésmente el ofrecimiento.
Vestía como los patricios que ocasionalmente cruzaban el mercado o como los dignatarios que ocupaban asientos especiales en el circo. ¡Ni siquiera el recaudador de impuestos vestía con tanta elegancia! Los seis invitados admiraron la túnica color lavanda ribeteada de oro, la blanca toga sin la menor mancha o arruga, las sandalias de cuero con las correas anudadas hasta la rodilla, la barba cuidadosamente recortada y los hermosos bucles de su cabello. ¿Quién sería el elegante caballero que aquel día quería rendir tributo a Selene?
—Busco a Mera —dijo Andrés, volviéndose a mirar a Selene—. ¿Es acaso tu madre?
—S-sí.
Andrés asintió, como si lo hubiera comprendido todo de golpe, y se asombró de los caprichos del destino.
—¿Cómo te llamas?
—S-Selene.
—Ahora ya sé quién eres —añadió Andrés, esbozando una sonrisa. Sostenía una preciosa jarra de alabastro de la que escapaba la dulce y conocida fragancia de la mirra, un costoso ungüento medicinal. Ofreciéndosela a Selene, añadió en voz baja—: He venido para traerle esto a tu madre. Acudió en mi ayuda cuando estaba herido.
Selene extendió las manos para tomar la jarra y experimentó un sobresalto al rozar involuntariamente con sus dedos los de Andrés.
Volviéndose rápidamente para colocar la jarra en un estante donde todo el mundo pudiera verla, se preguntó esperanzada: «¿Habrá experimentado él también un sobresalto?».
—¿Estabas he-herido? —preguntó despacio.
—Fue en el puerto, hace tres semanas. Me dieron un golpe en la cabeza. Y tu madre me curó.
Selene recordó aquella noche: el patrón de un barco había mandado llamar a su madre cuando ambas estaban ya en la cama.
Andrés se acercó a ella y, mirándola con sus oscuros ojos azules, le dijo en un susurro:
—Me desperté en una habitación desconocida. Había una joven y pensé que eras tú.
Pendiente de su mirada e hipnotizada por su presencia, Selene no se daba cuenta de la perplejidad de sus invitados. Andrés hablaba con ella como si no hubiera nadie más en la estancia.
—Cuando recuperé la memoria y vi que no eras tú, temí no volver a encontrarte jamás. ¿Recuerdas cuándo nos conocimos? —preguntó Andrés tras una pausa—. ¿Te acuerdas del mercader de alfombras? —Selene asintió en silencio—. Se recuperó muy bien. Regresó a Damasco. Cuando me dio las gracias por haberle salvado la vida, le dije que su gratitud pertenecía a una muchacha cuyo nombre ignoraba.
Selene se había quedado muda a causa de la emoción.
Al final, su invitado corrió una silla y otro tosió levemente. Andrés miró a su alrededor, arqueó una ceja asombrado y dijo:
—¡Pero te estoy molestando! Tienes invitados —añadió, contemplando la mesa llena de comida—: Ya volveré otra vez.
—Espera —dijo Selene, asiéndole el brazo al ver que se encaminaba hacia la puerta—. No-no…
Andrés contempló la mano apoyada en su brazo y después posó la mirada en la hermosa boca que no lograba articular las palabras.
—N-no te v-va… —dijo Selene, haciendo una mueca como de dolor. Andrés esperó en silencio—. N-no te v-va…
—Quiere decirle que no se vaya —terció la esposa del panadero.
Andrés le dirigió una mirada de reproche y después le preguntó a Selene:
—¿Qué celebras?
Selene frunció el ceño, enojada con los dioses que la habían creado con semejante defecto. Para ella era demasiado decir: es mi cumpleaños. Tengo dieciséis años. Hoy participaré en la ceremonia de la vestidura. Al mirarle a los ojos, comprendió que Andrés ya lo había adivinado. Pero quería que ella lo dijera.
—M-mi cumpleaños —contestó—. La c-ceremonia…
—Me sentiré muy honrado si tú quieres que me quede. Deseo dar las gracias a tu madre.
Hubo un breve revuelo mientras los invitados ofrecían una silla y una bandeja con comida al elegante personaje. En la calle, acababa de producirse una pequeña conmoción. Ester, la joven cuya fiesta se había celebrado hacía un mes, se encontraba en su jardín cuando Andrés pasó por delante de su casa. Ester interrumpió su tarea y vio que el refinado patricio entraba en la casa de Selene. Al ver que tardaba en salir, no pudo contener por más tiempo su curiosidad y, tras comunicar la noticia a su madre y sus hermanas —«¡Debe de ser un hombre muy rico y lleva algo que me pareció un regalo!»—, corrió a la casa de Almah, su mejor amiga, una joven esposa embarazada de su primer hijo.
—Es el día de la ceremonia de su vestidura —dijo Almah, alegrándose de que hubiera un poco de diversión en su monótona vida—. Debe de ser un invitado. ¿Quién será?
—Yo no pensaba ir…
—Pero ella asistió a nuestras fiestas…
—Es lo menos que podemos hacer por Selene.
Mientras Ester y Almah bajaban por la calle para dirigirse a casa de Selene, la esposa del panadero regresó a toda prisa a su casa para despertar a su marido y decirle que acudiera a la fiesta porque había un invitado de mucho rango.
Corrió la voz por todo el barrio y, cuando Mera llegó a su calle, cansada del largo camino hasta la calle de los joyeros y con un dolor casi insoportable en el costado, oyó el rumor de muchas voces y risas. Una gran fiesta, pensó, preguntándose dónde sería. Al ver a la gente arremolinándose junto a su puerta y llenando todo su patio en la calurosa tarde estival, se quedó de piedra.
¿Qué era aquello? ¿Habrían acudido todos para asistir a la ceremonia de la vestidura de Selene? Había mucha más gente que en la fiesta de Ester, ¡y eso que aquel acontecimiento fue la comidilla de todo el barrio durante varias semanas seguidas!
Cuando llegó a su puerta, los amigos y vecinos la acogieron con sonrisas ya afectadas por el vino. Finalmente, pudo abrirse paso hasta el interior de la casita, abarrotada de gente que hablaba y reía alegremente. Mera no salía de su asombro.
La comida desaparecía de la mesa a ojos vista; algunas bandejas ya estaban vacías y alguien había traído otra jarra de vino. Todo el mundo la saludaba y la felicitaba. Desconcertada, Mera buscó a su hija y la vio convertida en el foco de toda la atención. Tenía las mejillas arreboladas y le brillaban los ojos de emoción. A su lado se encontraba un hombre de elevada estatura que a ella se le antojó vagamente familiar.
Mientras avanzaba hacia Selene, pensando «Sí, hoy es un día memorable», Mera trató de recordar dónde había visto a aquel joven. Entonces se acordó del desconocido al que había atendido en el cuarto de la prostituta junto al río y dedujo que habría averiguado su nombre y su paradero. Ahora comprendía por qué su casa estaba tan llena de gente.
Si el joven médico había acudido a su casa para agradecerle su ayuda, ella tenía que estarle a él doblemente agradecida, ya que, a causa de la novedad de su presencia y la curiosidad que había suscitado en los vecinos del barrio, el joven desconocido había asegurado involuntariamente el éxito del día de la vestidura de Selene.
Al ver a Mera, Andrés se detuvo en mitad de lo que estaba diciendo e, inclinándose en reverencia ante ella, le dijo:
—Me llamo Andrés, madre, y he venido para darte las gracias por lo que hiciste por mí.
—Para mí fue un honor ayudarte, Andrés —contestó Mera, olvidándose por un instante del terrible dolor del costado.
—M-madre —terció Selene—. ¡M-mira! —exclamó, tomando la jarra de alabastro del estante para mostrársela a Mera.
Ésta percibió la fragancia antes incluso de tocar el regalo. Mirra, el bálsamo bendito que nunca había podido permitirse el lujo de comprar y que tan valioso era para su trabajo. Mera no salía de su sorpresa.
Después, mientras su hija le contaba casi sin resuello cómo había conocido a Andrés hacía tres semanas, antes de que éste sufriera la agresión en el puerto, Mera observó que Selene se ruborizaba y recordó su excitación de aquella tarde, tras su encuentro con él.
Inmediatamente, su fugaz alegría se trocó en inquietud.
«¡Selene estaba enamorada!».
Después, los invitados la apartaron de su hija y del visitante, en su afán por felicitarla. La mujer del panadero la tomó de un brazo, la anciana viuda la tomó del otro, y ambas empezaron a comentar las excelencias de aquel día tan venturoso para ella. Mera les dio las gracias con aire ausente y vio, por entre los hombros y las espaldas que la rodeaban, la inconfundible expresión de Selene al mirar al médico.
La fiesta se animaba por momentos. La gente fue por más comida; los hombres corrieron a casa por más vino, y llegaron unos músicos con flautas y arpas, cuyo sonido apenas se podía oír sobre las risas y las conversaciones de los invitados. Todo el mundo pugnaba por acercarse al fascinante desconocido. Ester y Almah trataron de coquetear con él. Finalmente, cuando el sol estaba a punto de ocultarse bajo el horizonte, a occidente, llegó el momento de retirar a Selene de la fiesta y vestirla para la ceremonia.
Puesto que no había más que una estancia en la casa, Mera llevó a su hija al terrado, donde ambas guisaban y dormían en verano y donde una enramada de romero permitiría a Selene vestirse al abrigo de miradas indiscretas.
Madre e hija permanecieron de pie bajo el dorado resplandor del sol poniente. El humo de las cocinas se elevaba en espiral de los lejanos techos, cubriendo toda la ciudad de bruma; sólo destacaban de ella los templos, que conferían a Antioquía un aire mágico o místico, mientras el cielo se iluminaba en distintos tonos de anaranjado, rojo y oro.
Cuando su madre empezó a vestirla, Selene no podía estarse quieta.
—¿No te parece que e-es…? —intentó decir cuando Mera le quitó por la cabeza el raído vestido—. ¿Verdad que A-Andrés…?
La muchacha se lavó en una jofaina con agua y después se puso una camisa limpia. Mera guardó silencio mientras sacaba cuidadosamente de su caja la túnica azul oscuro; abajo, la fiesta estaba en su apogeo y todo el mundo aguardaba la aparición de Selene.
Mera se debatía en la duda. Por una parte, se alegraba de que la fiesta hubiera tenido tanto éxito, pero, por otra, le preocupaba la causa de aquel éxito, es decir, Andrés.
Faltaban ocho días para la primera luna llena. Aquella noche, Mera y Selene subirían a la montaña, acamparían sin compañía alguna, y ayunarían, rezarían y se comunicarían con la diosa. Allí, en aquella soledad, tendría lugar la iniciación definitiva de Selene como sanadora. Y allí, también, Mera le revelaría a la joven la verdad sobre su origen, abriría la rosa de marfil y, a partir de aquel momento, la propia Selene sería la encargada de proseguir la búsqueda de su identidad.
Todo se había desarrollado según los planes previstos, hasta aquella tarde.
Los veinte días anteriores los habían dedicado a la instrucción final. Mera tenía prisa por transmitir a su hija todos sus conocimientos terrenales. Faltaban ocho días para que le transmitiera también sus conocimientos espirituales. Entonces podría morir tranquila. Pero ahora se había producido una terrible complicación. En aquel momento tan delicado y trascendental de su vida, Selene se había enamorado.
—Esta noche tienes que pensar en otras cosas, Selene —le dijo Mera, ayudándole a ponerse la túnica—. Tienes que pensar en la importancia de la ocasión. Ya no eres una niña, Selene, sino una mujer. Y no una mujer corriente, sino una sanadora, que no puede llevar una existencia corriente. Debes pensar en tus futuras responsabilidades, Selene.
—¡Yo no q-quiero p-pensar en nada m-más que en… Andrés!
Mera frunció los labios. Había acudido al oráculo del templo hacía veinte días. Quería saber lo que estaba escrito en los astros de su hija. Necesitaba conocer el futuro de Selene antes de morir. Pero le habían dicho que volviera al cabo de veintisiete días. Había suplicado al guardián del templo que le permitiera entrar, pero todo fue inútil. No se podía visitar el oráculo cuando uno quería.
Una punzada de dolor le recorrió el cuerpo. Pero Selene no sabía que su madre se estaba muriendo.
Cuando la túnica le pasó por la cabeza y le bajó hasta los pies en una caricia, Selene enmudeció de asombro. Nunca una tela tan fina había rozado su piel. El ruedo, ribeteado de flores azul pálido, llegaba casi hasta el suelo. Las mangas, holgadas y con la costura exterior abierta a intervalos, eran como una suave brisa que le besara los brazos. Un largo cordón de cáñamo teñido de azul le ceñía la cintura y se cruzaba sobre su pecho.
Finalmente, Mera sacó la rosa de marfil. Su blancura y su exquisita belleza destacaban con fuerza sobre el color azul morado de la túnica, y su tintineo delataba la presencia de un misterioso contenido. La parte posterior de la rosa estaba sellada con cerámica; sólo se debería abrir una vez. Selene sabía que eso ocurriría cuando ella y su madre subieran al monte Silpio, que dominaba Antioquía. Aquella noche, sin embargo, sólo podía pensar en Andrés.
Mera peinó finalmente el largo cabello negro de Selene; después se apartó para contemplar a su hija un momento y sintió un dolor que no era del tumor que la estaba matando, sino del alma.
«Viniste a mí en mi esterilidad y soledad —pensó con lágrimas en los ojos—. Hemos vivido juntas muy poco tiempo, dulce hija mía, pero no me arrepiento de una sola hora o un solo segundo de estos dieciséis años».
Mera recordó súbitamente y con toda claridad el rostro del romano moribundo. «Procede de los dioses —le dijo éste—. El anillo se lo dirá todo; él la conducirá a su destino».
Mera hubiera querido apresar la visión y preguntarle «¿Quién eres?», pero el rostro se desvaneció en el brumoso atardecer.
Los invitados interrumpieron sus conversaciones cuando Mera apareció en la puerta de atrás. Todas las cabezas se volvieron expectantes para ver la entrada de Selene. El momento era emocionante porque el día había estado cuajado de sorpresas. ¿Quién hubiera podido imaginar que un patricio tan refinado asistiría a la fiesta de Selene? ¿Quién hubiera podido esperar aquella abundancia de comida y de vino? Ahora los invitados estaban seguros de que la muchacha que cruzaría aquella puerta no sería una joven cualquiera.
Sus esperanzas se vieron cumplidas. Cuando Selene entró en la estancia, varios invitados ahogaron una exclamación de asombro. Desde el lugar que ocupaban al lado de Andrés, Ester y Almah contemplaron boquiabiertas la impresionante túnica azul. ¿De dónde habría sacado la madre de Selene semejante prenda? ¿Cómo había podido permitirse el lujo de comprarla? Ambas pensaron: «La mía no tenía flores bordadas».
Selene entró esbozando una tímida sonrisa, temerosa de cruzar su mirada con las de los sorprendidos invitados. Mera se conmovió. Sólo ahora veían a su hija tal y como era en realidad, un bello y puro espíritu. Aquellas gentes que la despreciaban por su defecto, y que le decían a Mera que nunca conseguiría casarla ni hacer nada de provecho con ella, aquellos vecinos que la miraban como si no existiera, estaban demudados.
Al ver la cara de Andrés, la alegría de Mera se desvaneció como por ensalmo. Conocía a los hombres lo suficiente como para poder interpretar la expresión de sus rostros. El temor le aceleró el pulso. No debería permitir que Andrés se llevara a Selene…
La escena permaneció en suspenso un instante, hasta que Mera se acercó a su hija y la abrazó en presencia de todos los invitados. Éstos lanzaron vítores, batieron palmas y manifestaron a gritos su enhorabuena. Mientras la estrechaba fuertemente en sus brazos, Selene miró a Andrés y vio que no gritaba ni se movía ni batía palmas sino que la contemplaba con la misma intensidad que le recordaba incesantemente en sus sueños. Su sonrisa se había esfumado y sus ojos azul oscuro, bajo el ceño fruncido, estaban fijos en ella.
Mera se apartó de su hija, secándose las lágrimas de las mejillas y después tomó un cuchillo que había en un estante para cortarle el simbólico mechón de cabello. Cuando ya estaba a punto de cumplir aquella tarea y pronunciar las palabras rituales, Andrés se adelantó.
—Es costumbre que los hermanos cumplan este deber —dijo, tendiéndole la mano.
Mera parpadeó, asombrada, y le entregó el cuchillo.
Andrés se acercó a Selene y le dijo en voz baja.
—Considérame tu hermano en este instante.
Cuando las manos de Andrés rozaron su cabello, Selene cerró los ojos. Todos sabían que aquello iba a ser la comidilla del barrio durante mucho tiempo.
«Me la va a quitar», pensó Mera, mientras el mechón de negro cabello caía en la mano del médico. Andrés lo entregó a Selene y ésta lo consagró a Isis en el pequeño altar doméstico en presencia de todos los invitados.
Después volvió a sonar la música y el vino fluyó sin limitación. Las risas y los murmullos se elevaban hasta el techo y se esparcían en la cálida noche de agosto. Cuando se apartó del altar, la emoción impidió a Selene mirar a Andrés. Todo aquello le pareció un sueño del que despertaría de un momento a otro para sufrir una amarga decepción.
Pero el sueño proseguía. Alguien acercó una silla y Selene se sentó ceremoniosamente en ella. Después, su madre sacó peines y prendedores para cumplir el rito final: el peinado de Selene como mujer adulta.
Ester y Almah, deseosas de atraer la atención del apuesto patricio, se adelantaron, empeñadas en ejercer el papel de hermanas, dado que eran éstas las que tradicionalmente cumplían esta misión. Una vez más, Mera se apartó para que otras personas atendieran a su hija.
«La alejará de mí —pensó, mirando a Andrés por el rabillo del ojo—. La alejará de la diosa y de la finalidad de su vida. La niña me fue entregada en custodia. Los dioses me eligieron como guardiana suya. Selene está en deuda con ellos; tiene que proseguir la búsqueda sobre su propio origen. Y nada ni nadie deberá apartarla de este camino».
Faltaban siete días para que el oráculo le dijera lo que tenía que hacer…
Cuando Ester y Almah terminaron, todo el mundo elogió su trabajo. Era un peinado sencillo y natural, que, según ellas, lucían las mujeres de la corte imperial de Roma. Ahora había finalizado la ceremonia y Selene sería aceptada por sus vecinos como una mujer. Todos estrecharon su mano y le dedicaron encendidos elogios. Después, se sirvió más comida, los músicos volvieron a tocar y la fiesta siguió adelante.
Selene lo presidió todo como una reina en su trono, con el rostro arrebolado y los ojos encendidos. Se sentía incorpórea, como si contemplara desde lo alto a la joven de la túnica azul, la blanca rosa reluciente sobre su pecho como una estrella y el cabello peinado en bucles hacia arriba, y se preguntara si era posible que aquélla fuera realmente Selene. Contempló a la gente que comía, bebía y hacía fiesta en su honor y se sintió tan aturdida como si alguien la hubiera arrebatado hasta las estrellas.
El roce de una mano en su muñeca la devolvió a la realidad.
—Ahora debes decir algo, Selene, y desear las buenas noches a todos —le decía Mera.
Selene miró a su madre, horrorizada. ¿Decir algo? ¿Delante de toda aquella gente?
—Unas pocas palabras de agradecimiento —añadió Mera dulcemente—. Para la bendición.
—P-pero…
—Selene —dijo Mera con firmeza—. Levántate ahora mismo y da las gracias.
—N-no p-puedo —musitó Selene.
Andrés se acercó presuroso.
—Necesita tomar un poco el aire —le explicó a Mera—. Necesita alejarse un momento de todo este ruido ensordecedor.
Extendió una mano y Selene le miró, deslizando en ella la suya. Sólo algunos invitados les vieron salir por la puerta de atrás; entre ellos, Almah y Ester, que se intercambiaron una mirada de envidia, y Mera, que se quedó inmóvil donde estaba.
Selene y Andrés subieron al terrado, una isla de paz y soledad en medio de toda aquella conmoción; ambos permanecieron en silencio bajo las estrellas, rodeados por el resplandor de los miles de luces de la ciudad.
—Selene —dijo Andrés, volviéndose a mirarla—. No tengas miedo. Puedes hablarles. Puedes decir lo que es costumbre en estos casos.
—P-pero yo no p-pue…
—Espera.
Andrés contempló sus ojos expectantes y su hermosa boca y él mismo se sorprendió de lo que iba a hacer. Hacía mucho que no se preocupaba por nada ni por nadie, que su corazón era duro como una piedra. En los doce años transcurridos, nadie pudo tocarle ni llegar hasta los entresijos de su alma. Algunos lo habían intentado, pero él se mostraba insensible al amor y a cualquier otra cosa que pudiera hacerle daño. Era médico y sabía que su espíritu, terriblemente herido, no podía correr el riesgo de que volvieran a lastimarle.
Y, sin embargo, allí estaba él, en la azotea de una humilde casa, tomando entre sus manos el atemorizado y tímido rostro de una joven a la que apenas conocía y diciéndole:
—Sé que puedes hablarles con toda normalidad, Selene.
—Pero ¿c-cómo?
—Tú, que puedes sanar a los demás, ahora debes sanarte a ti misma. El mercader de alfombras. ¿Recuerdas el ataque?
Selene le miró con asombro. Jamás se le ocurrió utilizar aquel procedimiento en su propia persona. ¿Podría hacerlo ahora?
—Enséñame c-cómo —dijo.
—Cada vez que intentas hablar, te concentras en tus palabras y, precisamente por eso, se te traba la lengua. Te esfuerzas demasiado y te pones nerviosa. Procura hacer lo siguiente: no pienses en lo que estás diciendo, sino en otra cosa. De esta forma, las palabras te saldrán con toda claridad. Mira a la gente, Selene, pero sin verla. Mantén la distancia. ¿Qué viste aquel día del mercader de alfombras? ¿Una llama, dijiste? Pues imagínate esta llama, concéntrate en ella y no permitas que nada te distraiga. Después, empieza a hablar.
Selene le miró como hipnotizada. Andrés le estaba enseñando a evocar la llama de la vida y a concentrar en ella todo su universo, tal como había hecho Mera años atrás, al enseñarle a servirse del antiguo toque.
—Imagínate ahora esa llama —le dijo Andrés dulcemente.
Una suave brisa agitó el borde de la túnica de Selene; su tela rozó la pierna desnuda de Andrés, a la vez que la toga de éste aleteaba en torno del muslo de la joven. Selene cerró los ojos y los volvió a abrir. Vio el fuego y se tranquilizó. Ardía con más fuerza que nunca, como si los ojos de Andrés lo alimentaran.
—Lo intentaré, Andrés —dijo Selene—. Lo intentaré por ti.
Todos aguardaban la culminación de la velada. El silencio era tan grande que hasta se pudo oír la voz del heraldo de la segunda guardia desde el otro extremo de la ciudad. Selene miró directamente a los invitados y habló sin el menor tartamudeo. Les dio las gracias, los nominó uno a uno y, por último, los bendijo. Al terminar, nadie se movió. Estaban todos quietos y callados como piedras.
Después, los invitados empezaron a marcharse lentamente, como si despertaran de un hechizo. Se despidieron en voz baja, tomaron sus mantos y sus sandalias y se retiraron poco a poco.
—Selene —dijo Ester—, estoy tejiendo un nuevo patrón y me gustaría que me dieras tu parecer.
—¿Podré venir a verte alguna vez, Selene? —le preguntó Almah.
La mujer del panadero se despidió de ella con una extraña expresión en el rostro, y un apuesto joven, hijo del mercader de aceite, le preguntó tímidamente si accedería a dar un paseo con él algún día.
Andrés fue el último en marcharse, tras agradecer a Mera que le hubiera curado de sus heridas y felicitar una vez más a Selene por su cumpleaños. Se fue, pensando en la larga noche que tenía por delante, en la absoluta certeza de que no podría dormir.