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El asesino de la democracia
En ese momento se iniciaba una interesante reunión en el Ministerio del Interior.
En la cabecera de la mesa se hallaba el Ministro. A su izquierda, la diputada Julia Rauch. A su derecha, el comisario Pietri.
Sólo ellos tres estaban en el recinto.
El Ministro tenía cara de Ministro y vestía como un Ministro. No carecía de inteligencia, ni de habilidad, ni de brillantez siquiera, pero nada le aseguraba la permanencia en un cargo por el que ya habían pasado, sin éxito, hombres quizá más inteligentes, hábiles y brillantes que él; hombres, también, más jóvenes, que gozaban incluso de la íntima amistad del Presidente, y de los que éste se había desprendido sin mayor incomodidad. No se sentía seguro.
Para colmo, ahora, este maldito asunto de Van Gogh.
Dijo:
—Miré atentamente el debate que protagonizaron en televisión. No me resultó ni útil ni agradable… en absoluto. —Miró a Pietri—: Dígame, comisario, ¿usted me reconoce como su superior?
—Señor Ministro, desde luego —admitió Pietri—. ¿Cómo un comisario no va a considerarse subordinado al Ministro del Interior?
El Ministro meneó suavemente su cabeza. No tenía demasiados cabellos allí. Respondió:
—Usted, Pietri, no es cualquier comisario. Por eso se lo pregunto. Es una estrella. Concurre a las discotecas de moda. Aparece en las revistas. Eso, con frecuencia se le sube a uno a la cabeza, ¿no?
—No a mí, señor —negó Pietri. Y afirmó—: Soy un humilde policía.
—No pareció muy humilde conmigo —intervino Julia Rauch.
—Ése es el punto, comisario —dijo el Ministro—. Lo noté un poco agresivo con la clase política.
—¿Sólo un poco? —se encrespó la Rauch—. Señor Ministro, el comisario Pietri estuvo subversivamente insultante con la clase política.
—Oiga, no me diga subversivo a mí, eh —al borde de la indignación, Pietri.
—A usted, sí. A usted le digo: ¡subversivo! ¿Está claro? —insistió la Rauch. Y, antes que Pietri replicara, dijo—: Atacar a la clase política y a las instituciones de la democracia… ¡eso es subversión, comisario Pietri!
Pietri se puso de pie. Señaló a Julia Rauch con un índice que trepidaba de ira. Exclamó:
—¡Yo no le voy a permitir…!
—Calma, por favor, calma —solicitó el Ministro. Pietri lo miró, se aquietó y volvió a sentarse. Extrajo su boquilla y la sometió a la presión demoledora de sus dientes. Olvidó colocar un cigarrillo en ella. El Ministro dijo—: No van a repetir aquí el escándalo de la televisión. No los llamé para eso. Los llamé para otra cosa. —Hubo un silencio. El Ministro miró a Pietri y a Julia Rauch, quienes, silenciosos, esperaban, ahora, sus palabras—. Doctora Rauch, usted, como presidente de la Comisión Investigadora del Caso Van Gogh, tiene la enorme responsabilidad de demostrarle a la ciudadanía la efectividad del Parlamento en esta lamentable cuestión. ¿Lo sabe?
—Sé que la situación es grave, señor Ministro —dijo la diputada—. A Van Gogh ya le dicen el asesino de la democracia. Y, por supuesto, ya hay gente que dice: «Esto con los militares no hubiera pasado». Son los que creen que con la democracia no hay orden, que con la democracia no hay seguridad.
Veloz, Pietri dijo:
—Si alguien demostró que eso no es cierto, soy yo. —Respiró profundamente. Su pecho, ufano, se dilató. Jactancioso, dijo—: Soy el policía de la seguridad. El policía que le añadió a la democracia el valor infinito de la seguridad. Pregunten si no a los vecinos del Gran Buenos Aires. Era tierra de nadie eso… hasta que llegó Pietri. O sea, yo.
El Ministro elevó una mano que era un reconocimiento y, también, un ruego de mesura. Con voz serena, dijo:
—No se lo niego, comisario. Por algo lo hemos puesto al frente del caso Van Gogh, ¿no?
—Sí.
—Lo único que les pido… —continuó el Ministro—. Caramba, no es mucho. Les pido, por favor, que no se enfrenten entre ustedes. Que no ofrezcan una imagen de incompatibilidad entre las fuerzas políticas y las fuerzas del orden.
—No es mi deseo —dijo Pietri—. Respeto a la señora diputada. No me es incompatible, se lo aseguro. —La miró subrepticiamente. Añadió—: Es más: reconozco que para ser una política es bastante… buena moza. Como suele decirse.
—Usted tampoco me es… incompatible, Pietri —dijo Julia Rauch—. Respeto su profesionalismo. Y también reconozco que, para ser un policía, es bastante… apuesto. Como suele decirse.
Fue entonces cuando sonó el movicom de Pietri.
—Hable —ordenó—. Lo escucho. —Escuchó, en efecto, largamente. Por fin, dijo—: Ya voy para ahí. —Cortó la comunicación. Miró a Julia Rauch, miró al Ministro y dijo—: Malas noticias.
—¿Muy malas? —preguntó el Ministro.
—Otro crimen de Van Gogh. Dijo el comisario Pietri.