NO HABRÁ SEGUNDA TROYA
¿POR qué he de culparla de haber llenado mis días
de miseria, o de que finalmente
enseñara a los ignorantes más violentas maneras,
o lanzara pequeñas calles en las grandes,
si tuvieran tan sólo un coraje igual a sus anhelos?
¿Qué pudo calmarla con una mente
que la nobleza hizo simple como el fuego,
con belleza cual la de un arco tendido,
que no es natural en nuestra época,
siendo altiva, solitaria y la más seria?
Pues, ¿qué podía haber hecho, siendo como es?
¿Había una nueva Troya para que ella la incendiara?
[De El yelmo verde y otros poemas, 1910]