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Reagan creía, sin la menor duda, que tenía el deber de acelerar el inevitable reconocimiento, por parte de Gorbachov o de cualquier otro gobernante soviético, de que la filosofía comunista era un error y de que, en cuanto se disiparan las erróneas concepciones soviéticas sobre la auténtica naturaleza de los Estados Unidos, pronto comenzaría una era de conciliación. En este sentido, y pese a todo su fervor ideológico, las opiniones de Reagan sobre la esencia del conflicto internacional siguieron siendo, siempre, estrictamente utópico-norteamericanas. Como no creía en los intereses nacionales irreconciliables, no podía ver ningún conflicto insoluble entre las naciones. En cuanto los gobernantes soviéticos hubiesen modificado sus opiniones ideológicas, se le evitaría al mundo la clase de disputas que había caracterizado la diplomacia clásica. Reagan no veía etapas intermedias entre el conflicto permanente y la reconciliación duradera.
No obstante, por muy optimistas y hasta «liberales» que fueran las ideas de Reagan acerca del resultado final, se proponía alcanzar su meta a través de un implacable enfrentamiento. A su modo de ver, dedicarse a poner fin a la Guerra Fría no exigía crear una atmósfera «favorable» o hacer aquellos gestos unilaterales tan recomendados por los partidarios de las negociaciones permanentes. Reagan era lo bastante norteamericano para considerar el enfrentamiento y la conciliación como etapas sucesivas de su política, y fue el primer presidente de posguerra que pasó a la ofensiva, tanto en lo ideológico como en lo geoestratégico.
La Unión Soviética no había tenido que enfrentarse a semejante fenómeno desde los tiempos de John Foster Dulles; éste no había sido presidente, ni había intentado nunca, en serio, aplicar su política de «liberación». En cambio, Reagan y sus colaboradores tomaron al pie de la letra sus declaraciones. Desde el momento de la toma de posesión de Reagan, buscaron simultáneamente dos objetivos: combatir la presión geopolítica soviética hasta que el proceso de expansionismo hubiese sido, primero, contenido y luego, invertido; y, segundo, lanzar un programa de rearme destinado a parar en seco la búsqueda soviética de una superioridad estratégica, y convertirla en un estorbo estratégico.
Para lograr esta inversión de papeles utilizó como vehículo ideológico la cuestión de los derechos humanos, que Reagan y sus asesores invocaron para tratar de socavar el sistema soviético. Desde luego, también sus predecesores inmediatos habían afirmado la importancia de los derechos humanos. Nixon lo había hecho cuando trató el asunto de la emigración de la Unión Soviética. Ford había dado el paso más grande con la Canasta III de los Acuerdos de Helsinki (véase el capítulo veintinueve). Carter hizo de los derechos humanos el fundamento de su política exterior, y los promovió tan intensamente entre sus aliados que su invocación a la rectitud ocasionalmente amenazó su cohesión interna. Reagan y sus asesores dieron un paso más al tratar los derechos humanos como arma para derrocar el comunismo y democratizar la Unión Soviética y, por tanto, como clave para un mundo pacífico, como lo señaló Reagan en su informe sobre el estado de la Unión del 25 de enero de 1984: «Los gobiernos que se basan en el consentimiento de los gobernados no hacen la guerra a sus vecinos.»1018 En Westminster, en 1982, Reagan, saludando la marea de la democracia que se había desencadenado por el mundo entero, llamó a las naciones libres:
[...] a fortalecer la infraestructura de la democracia, el sistema de una prensa libre, sindicatos, partidos políticos y universidades, que permita a un pueblo elegir su propio camino, desarrollar su propia cultura, arreglar sus propias diferencias por medios pacíficos