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Considerar los Estados Unidos como un benéfico policía mundial era anticiparse a la política de contención que se desarrollaría después de la Segunda Guerra Mundial.
Roosevelt, ni aun en sus momentos más efusivos, habría soñado jamás con un sentimiento tan general que ya anunciaba un intervencionismo global. Mas, para el caso, él era el estadista-guerrero; Wilson era el sacerdote-profeta. Los estadistas, aun siendo guerreros, se ajustan al mundo en que viven; para los profetas, el mundo «real» es el que ellos desean crear.
Wilson transformó lo que había comenzado como una reafirmación de la neutralidad norteamericana en un conjunto de proposiciones que conformarían los fundamentos de una cruzada planetaria. En opinión de Wilson, no había una diferencia esencial entre la libertad para los Estados Unidos y la libertad para el mundo. Tras demostrar que no había perdido el tiempo dedicado a reuniones académicas de las facultades, donde la exégesis y las discusiones bizantinas son supremas, hizo una extraordinaria interpretación de lo que en realidad había querido decir George Washington cuando advirtió en contra de dejarse enredar en alianzas extranjeras. Wilson redefinió el término «extranjero» de una manera que, sin duda, habría dejado atónito al primer presidente. Lo que Washington quiso decir, según Wilson, era que los Estados Unidos no debían inmiscuirse en los propósitos de otros. Pero, afirmó Wilson, nada que concierna a la humanidad «puede sernos ajeno o indiferente»42. Por tanto, los Estados Unidos tenían carta blanca para intervenir en el exterior.
¡Qué extraordinaria presunción! ¡Obtener un mandato de intervención global basándose en la orden de los Padres Fundadores de no crearse compromisos en el exterior, y elaborar una filosofía de la neutralidad que hacía inevitable participar en guerras! Cuando Wilson fue llevando paulatinamente a su patria a una guerra mundial, expresando sus visiones de un mundo mejor, evocó una vitalidad e idealismo que parecían justificar la hibernación de los Estados Unidos durante un siglo para que en lo sucesivo pudiesen entrar en la escena internacional con un dinamismo e inocencia desconocidos para sus socios más experimentados. La diplomacia europea se había endurecido y había sido humillada en el crisol de la historia; sus estadistas veían los hechos a través del prisma de muchos sueños que se esfumaron, o de grandes esperanzas frustradas y de ideales perdidos por la fragilidad de la visión humana. Los Estados Unidos no conocían tales limitaciones y proclamaban audazmente, si no el fin de la historia, sí su improcedencia, pues intervenían para transformar unos valores hasta entonces considerados exclusivamente propios en principios universales, aplicables a todos. Así pudo Wilson superar, al menos durante un tiempo, la tensión del pensamiento norteamericano entre los Estados Unidos seguros y los Estados Unidos sin tacha. Su país sólo pudo interpretar su entrada en la Primera Guerra Mundial como un compromiso en nombre de todos los pueblos, no sólo de sí mismo, y en el papel de cruzado por las libertades universales.
El anuncio que hizo Alemania de iniciar una guerra submarina sin restricciones y el hundimiento del Lusitania fueron la causa directa de la declaración de guerra de los Estados Unidos. Pero Wilson no justificó la entrada del país en la guerra por estos agravios específicos. El interés nacional quedaba al margen; la violación de Bélgica y el equilibrio del poder no tenían nada que ver en ello. Por el contrario, la guerra tenía un fundamento moral, cuyo objetivo básico era establecer un orden internacional nuevo y más justo. «Es terrible», reflexionó Wilson, en el discurso en que pidió la declaración de guerra,
[...] llevar este pueblo grande y pacífico a la guerra, a la más terrible y desastrosa de todas las guerras, en que la civilización misma parece estar en la balanza. Pero el derecho es más precioso que la paz, y lucharemos por aquellas cosas que siempre hemos llevado más cerca de nuestro corazón: por la democracia, por el derecho de quienes se someten a la autoridad para tener una voz en su propio gobierno, por los derechos y libertades de las naciones pequeñas, por un predominio universal del derecho, por un concierto de los pueblos libres que lleve la paz y la seguridad a todas las naciones y que, por último, haga que el mundo mismo sea libre