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El Senado no se dejó impresionar más por las explicaciones de Kellogg de lo que seis años antes por la interpretación de Harding de que por qué el Tratado de las Cuatro Potencias no significaba lo que decía. En esta ocasión le añadió tres «interpretaciones» propias: en opinión del Senado, el tratado no limitaba ni el derecho de defensa propia ni la Doctrina Monroe, ni creaba obligación alguna de ayudar a las víctimas de una agresión, lo cual significaba que toda contingencia previsible había sido excluida de sus cláusulas. El Senado aprobó el Pacto Kellogg-Briand como declaración de principios mientras insistía en que el tratado no tenía consecuencias prácticas, planteando con ello la pregunta de si valía la pena comprometer a los Estados Unidos en una enunciación de principios pese a todas las reservas que inevitablemente provocaría.
Si los Estados Unidos rechazaban la alianza y expresaban sus dudas sobre la eficiencia de la Sociedad de Naciones, ¿cómo quedaría salvaguardado el sistema de Versalles? La respuesta de Kellogg resultó mucho menos original que su crítica, pues aludió al eterno recurso de la fuerza de la opinión pública:
[...] si por este tratado todas las naciones se declaran solemnemente contra la guerra como institución para zanjar las disputas internacionales, el mundo habrá dado un paso adelante, habrá creado una opinión pública, habrá unido las grandes fuerzas morales del mundo para su observancia y habrá contraído una obligación sagrada que hará mucho más difícil hundir al mundo en otro gran conflicto