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La conservación de la paz ya no se debería al tradicional cálculo del poder, sino a un consenso universal apoyado por un mecanismo de vigilancia. Una agrupación universal de naciones en gran parte democráticas actuaría como «fideicomiso de paz», reemplazando los viejos sistemas de equilibrio del poder y de alianzas.
Ninguna nación había planteado nunca tan exaltados sentimientos, y mucho menos los había aplicado. No obstante, en manos del idealismo norteamericano, se convirtieron en la moneda de cambio del pensamiento nacional sobre política exterior. Desde Wilson, todos los presidentes norteamericanos han propuesto variaciones sobre ese tema. Los debates internos han tratado más a menudo de la incapacidad de realizar los ideales de Wilson (pronto fueron tan comunes que ya ni siquiera se los identificaba con él) que de si en realidad constituían una guía adecuada para enfrentarse a los desafíos ocasionalmente brutales de un mundo turbulento. Durante tres generaciones, los críticos han rescatado los análisis y las conclusiones de Wilson; y sin embargo, durante todo este tiempo sus principios han seguido siendo el sólido fundamento del pensamiento norteamericano sobre política exterior.
Sin embargo, la mezcla wilsoniana de poder y de principios también preparó el escenario para décadas de ambivalencia, cuando la conciencia norteamericana intentó reconciliar sus principios con sus necesidades. La premisa básica de la seguridad colectiva era que todas las naciones considerarían de igual modo cada amenaza a la seguridad y estarían dispuestas a correr los mismos riesgos al oponerse a ella. No sólo no había ocurrido nunca algo semejante, sino que nada parecido podría ocurrir en toda la historia de la Sociedad de Naciones y de las Naciones Unidas. Sólo cuando una amenaza es verdaderamente abrumadora y en realidad afecta a todas las sociedades, o a casi todas, es posible llegar a semejante consenso, como ocurrió durante las dos guerras mundiales y, en un ámbito regional, en la Guerra Fría. Pero en casi todos los casos, y en la mayoría de los difíciles, las naciones del mundo tienden a disentir, sea acerca de la índole de la amenaza o del tipo de sacrificio que están dispuestas a hacer al enfrentársele. Tal ha sido el caso desde las agresiones de Italia contra Abisinia en 1935 hasta la crisis de Bosnia en 1992. Y cuando se ha tratado de alcanzar metas positivas o de remediar lo que se considera injusto, ha resultado aún más difícil obtener un consenso global. Resulta irónico que en la época posterior a la Guerra Fría, que no ha presenciado ninguna abrumadora amenaza ideológica o militar, y que de puertas para afuera rinde más homenajes a la democracia que ninguna época anterior, sólo hayan aumentado estas dificultades.
El wilsonismo también acentuó otra latente escisión del pensamiento norteamericano sobre asuntos internacionales. ¿Tenían los Estados Unidos algunos intereses de seguridad que necesitaran defender, cualesquiera que fuesen los métodos con los que se los desafiara; o sólo debían oponerse a los cambios que en justicia pudiesen ser llamados ilegales? Lo que preocuparía a los Estados Unidos, ¿sería el hecho o el método de la transformación internacional? ¿Rechazaban categóricamente los principios de la geopolítica o había que reinterpretarlos a través del filtro de los valores norteamericanos? Y si éstos chocaban, ¿cuáles prevalecerían?
La implicación del wilsonismo ha sido que los Estados Unidos se oponían, ante todo, al método del cambio, y que no tenían intereses estratégicos que valiera la pena defender si se veían amenazados por métodos aparentemente legales. Todavía durante la Guerra del Golfo Pérsico, el presidente Bush insistió en que no estaba tanto defendiendo los vitales suministros de petróleo cuanto resistiendo al principio de agresión. Y durante la Guerra Fría, parte del debate interno norteamericano giró en torno de la cuestión de si los Estados Unidos, con todos sus defectos, tenían el derecho moral de organizar la resistencia a la amenaza de Moscú.
Theodore Roosevelt no habría vacilado en responder a estas preguntas. Suponer que las naciones percibirían de manera idéntica las amenazas o estarían dispuestas a reaccionar contra ellas del mismo modo habría sido un mentís a todo lo que él había representado. Tampoco habría concebido una organización mundial a la que víctimas y agresores pudiesen pertenecer confortablemente al mismo tiempo. En noviembre de 1918, escribió en una carta:
Estoy a favor de tal Sociedad siempre que no esperemos mucho de ella [...] No estoy dispuesto a desempeñar el papel que hasta Esopo ridiculizó al escribir que los lobos y las ovejas convinieron en desarmarse; las ovejas, como garantía de su buena fe, despidieron a sus perros guardianes, e inmediatamente fueron devoradas por los lobos