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Apenas se habían dado estas garantías cuando llegaron noticias de que el general ruso Kaufmann había aplastado Jiva e impuesto un tratado que era todo lo contrario de las afirmaciones de Shuválov.
En 1875 se aplicaron estos métodos en Jokand, otro principado en las fronteras de Afganistán. En esta ocasión, el canciller Gorchákov se sintió un tanto obligado a justificar la contradicción existente entre las garantías de Rusia y sus acciones. Con ingenio, inventó una distinción sin precedente entre las garantías unilaterales (que, según su definición, no eran obligatorias) y los compromisos bilaterales en toda regla. «El gabinete de Londres —escribió en una nota—, por el hecho de que varias veces espontánea y amigablemente le hemos comunicado nuestras opiniones respecto al Asia central, y en particular nuestra firme resolución de no seguir una política de conquista o de anexión, parece colegir la convicción de que hemos contraído compromisos definitivos para con ellos respecto a esta cuestión.»196 En otras palabras, Rusia insistiría en tener manos libres en el Asia central, donde fijaría sus propios límites y no estaría obligada por sus propias garantías.
Disraeli no estaba dispuesto a permitir la repetición de estos métodos en los caminos a Constantinopla. Alentó a los turcos a rechazar el Memorándum de Berlín y a continuar sus luchas en los Balcanes. Pese a esta muestra de firmeza británica, Disraeli se veía sometido a severas presiones internas. Las atrocidades de los turcos habían provocado la animadversión de la opinión pública británica, y Gladstone aprovechó esta oportunidad para denunciar la amoralidad de la política exterior de Disraeli. Así, éste se sintió obligado a acceder al Protocolo de Londres de 1877, en que se unió a las Tres Cortes del Norte pidiendo a Turquía poner fin a las matanzas en los Balcanes y reformar su administración en la zona. Sin embargo, el sultán, convencido de que Disraeli estaría de su lado cualesquiera que fuesen las exigencias formales, rechazó este documento. La respuesta de Rusia fue una declaración de guerra.
De momento pareció que Rusia había ganado la partida diplomática; no sólo se veía apoyada por las otras dos cortes del Norte sino también por Francia, además de contar con la simpatía de la opinión pública británica. Disraeli estaba maniatado. Entrar en guerra en favor de Turquía hubiera significado la caída de su gobierno.
Pero, como en muchas otras crisis, los gobernantes rusos exageraron su juego. Las tropas rusas encabezadas por el brillante pero temerario general y diplomático Nicolás Ignatiev, llegaron a las puertas de Constantinopla. Austria empezó a reconsiderar su apoyo a la campaña rusa, y Disraeli llevó la armada británica al estrecho de los Dardanelos. En ese punto, Ignatiev asombró a Europa anunciando las condiciones del Tratado de Santo Stefano, que dejaría mutilada a Turquía y crearía una «Gran Bulgaria». Muchos supusieron entonces que este Estado agrandado, que se extendía hasta el mar Mediterráneo, estaría dominado por Rusia.
Desde 1815 la sabiduría tradicional en Europa había supuesto que el destino del Imperio otomano sólo podría ser decidido por toda Europa y no por una sola potencia, y menos que ninguna por Rusia. El Tratado de Santo Stefano, de Ignatiev, aumentó las posibilidades de un dominio ruso de los Dardanelos que sería intolerable para Gran Bretaña, y un dominio ruso de los eslavos balcánicos que Austria no aceptaría. Por tanto, Gran Bretaña y Austria-Hungría declararon que el tratado era inaceptable.
De pronto, Disraeli ya no estuvo solo. A los gobernantes rusos, sus medidas les parecieron el ominoso augurio de un retorno a la coalición de la guerra de Crimea. Y cuando lord Salisbury, ministro de Exteriores, emitió su célebre Memorándum de abril de 1878, explicando por qué había que revisar el Tratado de Santo Stefano, hasta Shuválov, embajador ruso en Londres y eterno rival de Ignatiev, estuvo de acuerdo. Gran Bretaña amenazaba con la guerra si Rusia invadía Constantinopla, mientras que Austria amenazaba con la guerra por el reparto del botín en los Balcanes.
La Liga de los Tres Emperadores, obra de Bismarck, parecía al borde del desastre. Hasta entonces, Bismarck se había mostrado extraordinariamente circunspecto. En agosto de 1876, un año antes de que los ejércitos rusos avanzaran sobre Turquía, «por la causa de la ortodoxia y el eslavismo», Gorchákov había propuesto a Bismarck que los alemanes fuesen anfitriones de un congreso para resolver la crisis de los Balcanes. Mientras que Metternich o Napoleón III habrían saltado sobre la oportunidad de desempeñar el papel de principal mediador del concierto de Europa, Bismarck dio largas, creyendo que un congreso sólo podría hacer explícitas las diferencias latentes en la Liga de los Tres Emperadores. En privado, confió a alguien que todos los participantes, incluso Gran Bretaña, saldrían de semejante congreso «mal dispuestos hacia nosotros porque ninguno de ellos recibiría de nosotros el apoyo esperado»197. Bismarck también consideró imprudente reunir a Disraeli y a Gorchákov, «ministros de una vanidad igualmente peligrosa», como los describió.
Sin embargo, como cada vez más claramente se vio que los Balcanes serían el polvorín que haría estallar una generalizada guerra europea, Bismarck organizó de mala gana un congreso en Berlín, única capital a la que los gobernantes rusos estaban dispuestos a acudir. Sin embargo, él prefirió mantenerse a distancia de la diplomacia cotidiana, y convenció al ministro de Exteriores austro-húngaro, Andrássy, de que enviase las invitaciones.
El congreso debía reunirse el 13 de junio de 1878. Sin embargo, antes de que se reuniera, Gran Bretaña y Rusia ya habían resuelto las cuestiones más importantes en un acuerdo firmado el 30 de mayo entre lord Salisbury y el nuevo ministro ruso de Exteriores, Shuválov. La «Gran Bulgaria», creada por el Tratado de Santo Stefano, fue reemplazada por tres entidades nuevas: un Estado independiente de Bulgaria, muy reducido; el Estado de la Rumelia oriental, entidad autónoma que técnicamente quedaba sometida a un gobernador turco, pero cuya administración sería supervisada por una comisión europea (precursora de los proyectos pacifistas de las Naciones Unidas en el siglo XX); y el resto de Bulgaria volvería a quedar bajo el gobierno turco. Se reducían así las ganancias de Rusia en Armenia. En acuerdos secretos y separados, Gran Bretaña prometió a Austria que apoyaría su ocupación de Bosnia-Herzegovina y aseguró al sultán que garantizaría la Turquía asiática. A cambio, el sultán concedió a Inglaterra el uso de Chipre como base naval.
Cuando se reunió el Congreso de Berlín, el peligro de guerra que había obligado a Bismarck a ser el anfitrión casi se había disipado. La principal función del congreso sería otorgar la venia europea a lo que ya estaba negociado. Uno se pregunta si Bismarck se habría arriesgado a colocarse en el papel esencialmente precario de mediador si hubiese previsto este resultado. Desde luego, es probable que la inminencia misma de un congreso hubiese hecho que Rusia e Inglaterra resolvieran los asuntos pronto y por separado, no deseando exponer sus ganancias mucho más fácilmente alcanzables en negociaciones directas, a los caprichos de un congreso europeo.
Elaborar los detalles de un acuerdo ya concluido no es precisamente una labor heroica. Los cuatro principales países, excepto Gran Bretaña, estuvieron representados por los ministros de Exteriores. Por primera vez en la historia británica, un primer ministro y un ministro de Exteriores asistieron a un congreso internacional celebrado fuera de las islas británicas, porque Disraeli no quiso dejar la perspectiva, ya casi asegurada, de una gran realización diplomática en manos de Salisbury. El vanidoso y anciano Gorchákov, que había negociado con Metternich en los congresos de Laibach y Verona hacía más de medio siglo, escogió el Congreso de Berlín como su última aparición en el escenario internacional: «No quiero extinguirme como una lámpara que humea. Quiero caer cual una estrella», declaró a su llegada a Berlín198.
Cuando se preguntó a Bismarck quién era el centro de gravedad del congreso, señaló a Disraeli: «Der alte Jude, das ist der Mann» («El viejo judío, ése es el hombre»)199. Aunque sus antecedentes no hubieran podido ser más distintos, ambos llegaron a admirarse. Los dos suscribían la Realpolitik y detestaban lo que les parecía hipocresía moralizante. El tono religioso de las declaraciones de Gladstone (a quien aborrecían Disraeli y Bismarck) les parecía puro embuste. Ni Bismarck ni Disraeli sentían la menor simpatía por los eslavos de los Balcanes, que les parecían perturbadores crónicos y violentos. Ambos eran muy dados a las frases cínicas y mordaces, a las generalizaciones y pullas sarcásticas. Hastiados por los detalles, Bismarck y Disraeli preferían ver la política en trazos audaces y espectaculares.
Podría decirse que Disraeli fue el único estadista que logró superar a Bismarck. Llegó al congreso en la posición inexpugnable de haber alcanzado ya sus metas, posición que Castlereagh había disfrutado en Viena, y que Stalin gozaría tras la Segunda Guerra Mundial. Las demás cuestiones eran los detalles para aplicar el acuerdo anterior entre Gran Bretaña y Rusia, y la cuestión militar esencialmente técnica de si Turquía o la nueva Bulgaria dominaría los pasos de los Balcanes. Para Disraeli, el problema fundamental del congreso consistía en desviar de Gran Bretaña, en lo posible, la irritación de Rusia por haber tenido que renunciar a algunas de sus conquistas.
Disraeli triunfó porque la posición de Bismarck era muy complicada. Bismarck no veía ningún interés alemán en los Balcanes, y básicamente no tenía ninguna preferencia respecto a las cuestiones del momento aparte de evitar, casi a cualquier costo, una guerra entre Austria y Rusia. Describió su papel en el congreso como el del «ehrlicher Makler» («honorable agente») e inició casi todas sus intervenciones en el congreso con estas palabras: «L'Allemagne, qui n'est liée par aucun intérêt direct dans les affaires d'Orient [...]» («Alemania, que no tiene ningún interés directo en los asuntos de Oriente [...]»)200
Aunque Bismarck comprendía demasiado bien el juego, se sentía como alguien que, en una pesadilla, ve aproximarse un peligro y no puede evitarlo. Cuando el Parlamento alemán exigió a Bismarck adoptar una actitud más enérgica, él contestó que se proponía poner el país a salvo. Bismarck señaló los peligros de la mediación refiriéndose a un incidente acaecido en 1851, cuando el zar Nicolás I intervino entre Austria y Prusia, en favor de Austria:
Entonces el zar Nicolás desempeñó el papel que [mi adversario] hoy pretende asignar a Alemania; [Nicolás] vino y dijo: «Al primero que dispare, yo le dispararé», y en consecuencia se mantuvo la paz. ¿Para ventaja de quién, y para desventaja de quién? Eso ya es historia, y no deseo analizarlo aquí. Simplemente estoy preguntando: ¿se ha pagado en gratitud este papel que desempeñó el zar Nicolás cuando tomó partido? ¡Ciertamente, no por nosotros, en Prusia! [...] ¿Le dio Austria las gracias al zar Nicolás? Tres años después vino la guerra de Crimea, y no tengo que decir más