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Desde luego, los adjetivos «activo» y «amistoso» sólo eran aplicables a los miembros del Partido Comunista polaco, y de éstos, sólo a aquellos miembros del partido que estuviesen totalmente sometidos a Moscú. Cuatro años después habría una purga hasta de comunistas de toda la vida, sospechosos de abrigar sentimientos nacionalistas.
Pero ¿era factible alguna otra estrategia? ¿O estaban las democracias haciendo lo mejor que podían, dadas las realidades geográficas y militares existentes entonces? Éstas son preguntas obsesionantes porque, analizada la situación retrospectivamente, todo lo que ocurrió parece inevitable. Cuanto más largo sea el intervalo de tiempo transcurrido, más difícil será imaginar otro resultado o demostrar su viabilidad. La historia se niega a dejarse proyectar hacia atrás, como un rollo de película al que se le pueden insertar, a voluntad, otros finales.
La restauración de las fronteras soviéticas de 1941 fue casi imposible de impedir. Una política occidental más dinámica habría podido lograr ciertas modificaciones y hasta la devolución de alguna forma de independencia a los Estados del Báltico, tal vez vinculados a la Unión Soviética mediante tratados de ayuda mutua y con la presencia de bases militares soviéticas. Si esto fue alcanzable, sólo pudo serlo en 1941 o 1942, cuando la Unión Soviética se tambaleaba al borde de la catástrofe. Es comprensible que Roosevelt no hubiese querido imponer a los dirigentes soviéticos tan terrible opción en un momento en que, no habiendo entrado aún en guerra los Estados Unidos, el más grande temor era la posibilidad de un inminente desplome soviético.
Sin embargo, después de la batalla de Stalingrado sí habría podido plantearse la cuestión del futuro de Europa oriental sin riesgo de un desplome soviético o de una paz separada con Hitler. Habría podido hacerse un esfuerzo por resolver la estructura política de los territorios situados más allá de la frontera soviética y por lograr para estos países un status similar al de Finlandia.
¿Habría pactado Stalin una paz separada con Hitler si las democracias hubiesen sido más insistentes? Nunca profirió esa amenaza, aunque sí se las arregló para crear la impresión de que siempre existía esa posibilidad. Sólo han salido a la luz dos episodios reveladores de que Stalin acaso habría considerado un acuerdo separado. El primero data de los días iniciales de la guerra, cuando imperaba el pánico. Según se dijo, Stalin, Molotov y Kaganovich pidieron al embajador de Bulgaria que analizara con Hitler la posibilidad de que se contentara con los Estados del Báltico, Besarabia y territorios en Bielorrusia y Ucrania, en esencia, las fronteras soviéticas de 1938, pero, según se dijo, el embajador se negó a transmitir el mensaje548. Hitler habría rechazado sin duda ese arreglo mientras los ejércitos alemanes avanzaban hacia Moscú, Kiev y Leningrado, y ya habían dejado muy atrás lo que sugería la «oferta de paz» (si es que era eso). El plan nazi consistía en despoblar la Unión Soviética hasta la línea que corre de Arcángel hasta Astrakán, mucho más allá de Moscú, y reducir a la esclavitud a la población que no hubiese sido exterminada549.
El segundo episodio es aún más ambiguo; ocurrió en septiembre de 1943, ocho meses después de la batalla de Stalingrado y dos meses después de la batalla de Kursk, en que fueron exterminados casi todos los carros blindados alemanes. Ribbentrop narró a Hitler un hecho extraño. Un viceministro soviético de Exteriores, que en un tiempo fuera embajador en Berlín, estaba de visita en Estocolmo, y Ribbentrop vio su viaje como una oportunidad de mantener unas conversaciones preliminares sobre un acuerdo de paz separado, a lo largo de las fronteras de 1941. Sin duda, esto sólo es lo que deseaba creer Ribbentrop, porque en aquel momento los ejércitos soviéticos estaban aproximándose por su cuenta a las fronteras de 1941.
Hitler rechazó la supuesta oportunidad, diciendo a su ministro de Exteriores: «Mire usted, Ribbentrop, si yo llegara hoy a un acuerdo con Rusia, volvería a atacarla mañana; simplemente no puedo evitarlo.» En el mismo sentido habló a Goebbels. El momento era «totalmente inoportuno»; las negociaciones tendrían que ser precedidas por una victoria militar decisiva550. Todavía en 1944, Hitler creía que después de rechazar el segundo frente podría conquistar Rusia.
Ante todo, una paz separada, aunque fuese sobre las fronteras de 1941, no habría resuelto nada para Stalin ni para Hitler. Habría dejado a Stalin ante una Alemania poderosa y con la perspectiva de que, en otro conflicto, las democracias pudiesen abandonar a su traicionero asociado. Habría sido interpretada por Hitler como un intento de acercar los ejércitos soviéticos a Alemania, sin ninguna garantía de que no reanudarían la guerra a la primera oportunidad.
El concepto de Roosevelt de los Cuatro Policías cayó en el mismo obstáculo en que cayera el concepto wilsoniano, más general, de la seguridad colectiva: los Cuatro Policías simplemente no veían del mismo modo sus objetivos generales. La mortal combinación de Stalin, paranoia, ideología comunista e imperialismo ruso, le hizo ver el concepto que imparcialmente impusieran la paz mundial sobre la base de unos valores universalmente compartidos como una oportunidad soviética o como una trampa capitalista. Stalin sabía que, por sí sola, Gran Bretaña no era contrapeso para la Unión Soviética, y que esto, o bien crearía un enorme vacío frente a la Unión Soviética, o bien serviría como preludio a una ulterior confrontación con los Estados Unidos (que, como bolchevique de la primera generación, Stalin tenía que considerar como el resultado más probable). Sobre la base de una u otra de estas hipótesis, era evidente que Stalin impulsaría el poderío soviético lo más hacia el oeste que fuera posible para recoger el botín o para colocarse en la mejor posición de negociar en un encuentro diplomático posterior.
A fin de cuentas, tampoco los Estados Unidos estaban dispuestos a aceptar las consecuencias de los Cuatro Policías propuestos por su presidente. Si se quería que el concepto funcionara, los Estados Unidos habrían de estar dispuestos a intervenir dondequiera que fuese amenazada la paz. Sin embargo, Roosevelt nunca se cansó de repetir a sus aliados que ni tropas ni recursos norteamericanos irían a restaurar Europa y que la conservación de la paz sería tarea británica y rusa. En Yalta dijo a sus colegas que las tropas norteamericanas no permanecerían más de dos años en labores de ocupación551.
Si eso era cierto, sería inevitable que la Unión Soviética dominara Europa central, colocando a Gran Bretaña ante un dilema insuperable. Por una parte, ésta ya no era lo bastante fuerte para mantener por sí sola el equilibrio del poder contra la Unión Soviética. Por otra, en la medida en que Gran Bretaña emprendiera alguna clase de iniciativa en solitario, era probable que tropezara con las tradicionales objeciones norteamericanas. Por ejemplo, en enero de 1945, The New York Times informó de una comunicación secreta de Roosevelt a Churchill sobre el intento británico de mantener un gobierno no comunista en Grecia. Según este informe, Roosevelt manifestó que la favorable disposición del público norteamericano hacia una cooperación anglo-norteamericana de posguerra era frágil: «[...] se les ha dicho a los ingleses, con fuerza y autoridad, que la opinión puede cambiar tan caprichosamente como el clima inglés, si se le mete en la cabeza al pueblo norteamericano la idea de que esta guerra [...] [es] sólo otra pugna entre imperialismos rivales»552.
Pero si los Estados Unidos se negaban a defender Europa y si consideraban imperialista el intento británico de actuar por sí solo, la doctrina de los Cuatro Policías conduciría al mismo vacío al que llevara el concepto de seguridad colectiva durante los años treinta. Mientras los conceptos norteamericanos no cambiaran, toda resistencia al expansionismo soviético sería imposible. Para cuando los Estados Unidos se enfrentaran a este peligro y volvieran a la lucha, el resultado serían esas mismas esferas de influencia que tan esforzadamente habían evitado crear durante la guerra, aunque con una línea de demarcación mucho menos propicia. A fin de cuentas, no se podía rechazar la geopolítica. Los Estados Unidos volvieron a Europa; Japón y Alemania fueron restaurados para reconstruir el equilibrio; y la Unión Soviética se lanzó a cuarenta y cinco años de tensión y de hiperextensión estratégica, que la llevarían a su desplome final.
Asia presentaba otro problema difícil. Roosevelt había incluido a China entre los Cuatro Grandes, en parte por cortesía y en parte para que su designio global tuviese un ancla en Asia. Sin embargo, China era aún menos capaz que Gran Bretaña de cumplir la misión que le asignaba Roosevelt. Al término de la guerra, era un país subdesarrollado, víctima de una guerra civil. ¿Cómo podría servir de policía mundial?
Cuando Roosevelt planteó su idea de los Cuatro Policías en Teherán, Stalin hizo la pregunta razonable de cómo reaccionarían los europeos si China tratara de zanjar sus disputas. Añadió que, a su parecer, China no sería lo bastante fuerte para realizar esa función global y sugirió, en cambio, la creación de unos comités regionales para mantener la paz553. Roosevelt rechazó esta sugerencia, diciendo que tendía a crear esferas de influencia; había que defender la paz sobre una base global, o no defenderla.
Sin embargo, una vez catalogadas todas estas ambigüedades que rodeaban a Roosevelt, queda en pie la pregunta de si algún otro enfoque habría recibido el apoyo del pueblo norteamericano. Al fin y al cabo, los norteamericanos siempre han estado más dispuestos a creer que un sistema basado en el rechazo explícito de los principios democráticos podría súbitamente dar marcha atrás, a que ellos tengan algo que aprender de los anteriores acuerdos de paz, ninguno de los cuales, en el mundo real, ha prosperado sin un equilibrio ni ha durado algún tiempo sin un consenso moral.
El análisis geopolítico de Churchill resultó mucho más acertado que el de Roosevelt. Sin embargo, la renuencia de Roosevelt a ver el mundo en términos geopolíticos era el lado inverso del mismo idealismo que había lanzado a los Estados Unidos a la guerra y les había permitido defender la causa de la libertad.
Si Roosevelt hubiese seguido los consejos de Churchill habría podido mejorar la posición negociadora de los Estados Unidos, pero acaso hubiese sacrificado su capacidad de sostener las confrontaciones de la Guerra Fría que se avecinaba.
El hecho de que durante la guerra Roosevelt pusiera de su parte más de lo que en todo rigor le correspondía fue indispensable para las grandes iniciativas mediante las cuales los Estados Unidos restaurarían el equilibrio global, aunque siempre negaran que esto era, en realidad, lo que estaban haciendo.
La concepción que Roosevelt tuvo del mundo de la posguerra acaso fuese demasiado optimista, pero a la luz de la historia norteamericana esa posición representaba casi seguramente una etapa necesaria que el país había de atravesar si quería superar la crisis inminente. A la postre, Roosevelt acaudilló a su sociedad a través de dos de las crisis más terribles de su historia, y sin duda no habría logrado triunfar en estos esfuerzos si hubiese tenido un mayor sentido a la relatividad histórica.
Aunque ello fuese inevitable, la guerra terminó con un vacío político. El equilibrio del poder estaba destruido, y un tratado de paz general se mostraba esquivo. Entonces el mundo estaba dividido en dos bandos ideológicos. El período de posguerra se convertiría en una extensa y penosa lucha por lograr ese mismo acuerdo que había eludido a los dirigentes desde antes de que terminara la guerra.