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En suma, la Alianza del Atlántico, al no ser en realidad una alianza, podía atribuirse universalidad moral. Representaba a la mayoría del mundo contra la minoría de los perturbadores. En cierto sentido, la función de la Alianza del Atlántico consistiría en actuar hasta que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas «hubiese tomado las medidas necesarias para restaurar la paz y la seguridad»620.
Dean Acheson fue un secretario de Estado incomparablemente sagaz y muy versado en historia. Podemos imaginar el brillo sardónico de sus ojos mientras dejaba que el presidente del Comité leyera ese catecismo. Acheson tenía un claro sentido de las exigencias del equilibrio del poder, como lo demostraron muchos sutiles análisis de cuestiones geoestratégicas621. Pero también era lo bastante norteamericano en su enfoque de la diplomacia para estar convencido de que Europa, por sí misma, había hecho del equilibrio del poder un caos y que, para que el concepto de equilibrio tuviese algún significado para los norteamericanos, debía estar arraigado en un ideal superior. En un discurso pronunciado ante la Asociación de ex Alumnos de Harvard mucho después de la ratificación del tratado, Acheson seguía defendiendo la Alianza del Atlántico, de manera característicamente norteamericana, es decir, como un nuevo enfoque a los asuntos internacionales:
[...] ha hecho avanzar la cooperación internacional para mantener la paz, imponer los derechos humanos, elevar los niveles de vida y promover el respeto al principio de igualdad de derechos y autodeterminación de los pueblos