12.
La otra cara de esta política de moderación de los Estados Unidos fue la decisión de excluir del continente americano la política de poder al estilo europeo, aunque si era necesario utilizarían algunos de los métodos de la diplomacia europea. La Doctrina Monroe, que proclamó esta política, surgió del intento de la Santa Alianza, integrada por Prusia, Rusia y Austria, de sofocar la revolución de España en la década de 1820-1829. Gran Bretaña, opuesta, en principio, a la intervención en asuntos internos, se mostraba no menos renuente a tolerar la Santa Alianza en el hemisferio occidental.
George Canning, secretario de Exteriores británico, propuso a los Estados Unidos llevar a cabo una acción conjunta para mantener las colonias españolas de América fuera del alcance de la Santa Alianza. Deseaba asegurarse de que, ocurriera lo que ocurriese en España, ninguna potencia europea dominaría América del Sur. Despojada de sus colonias, España no sería una gran presa, razonó Canning, y esto desalentaría todo deseo de intervenir o lo haría improcedente.
John Quincy Adams comprendió la teoría británica, pero no confió en los motivos de Inglaterra. No hacía mucho que había acabado la ocupación británica de Washington, en 1812, y los Estados Unidos no estaban dispuestos a apoyar a su antigua metrópoli. Por consiguiente, y como decisión unilateral de los Estados Unidos, Adams pidió al presidente Monroe que excluyera de América todo colonialismo europeo.
La Doctrina Monroe, proclamada en 1823, convirtió al océano que separaba Europa de los Estados Unidos en un foso protector. Hasta entonces, la regla fundamental de la política exterior norteamericana había sido que los Estados Unidos no se dejarían enredar en las luchas europeas por el poder. La Doctrina Monroe dio el siguiente paso al declarar que Europa no debía inmiscuirse en los asuntos de América. La idea de Monroe de lo que constituían los asuntos americanos, es decir, de todo el hemisferio occidental, era realmente expansionista.
Además, la Doctrina Monroe no se limitó a realizar declaraciones de principios. Audazmente, advirtió a las potencias europeas de que la nueva nación estaría dispuesta a ir a la guerra para defender la inviolabilidad del continente americano. Declaró que los Estados Unidos considerarían toda extensión del poder europeo «a cualquier parte de este hemisferio como algo peligroso para nuestra paz y seguridad»13.
Por último, en lenguaje menos elocuente pero más explícito que el utilizado por su secretario de Estado dos años antes, el presidente Monroe renunció a toda intervención en las controversias europeas: «En las guerras de las potencias europeas, en cuestiones relacionadas con ellas mismas, nunca hemos tomado partido alguno, ni hacerlo concuerda con nuestra política.»14
Los Estados Unidos daban la espalda a Europa y, al mismo tiempo, obtenían la libertad para conquistar el continente americano. Al amparo de la Doctrina Monroe, los Estados Unidos podían aplicar unas políticas que diferían mucho de los sueños de cualquier rey europeo, como ampliar su comercio y su influencia o anexionarse territorios; en suma, convertirse en una gran potencia sin tener que practicar la política del poder. Nunca chocaron el afán de expansión de los Estados Unidos y su creencia de que constituían un país más puro y de mejores principios que ninguno de Europa. Como no consideraban política exterior su expansión, los Estados Unidos pudieron valerse de su fuerza para imponerse sobre los indios, sobre México y en Texas, con la conciencia tranquila. En pocas palabras, la política exterior de los Estados Unidos consistiría en no tener una política exterior.
Como Napoleón con respecto a la compra de Luisiana, Canning pudo jactarse de haber creado el Nuevo Mundo para restaurar el equilibrio del Viejo, pues Gran Bretaña indicó que apoyaría la Doctrina Monroe con los cañones de la Marina Real. Sin embargo, los Estados Unidos sólo restaurarían el equilibrio europeo del poder en la medida en que mantuvieran a la Santa Alianza fuera del continente americano. Por lo demás, las potencias europeas tendrían que conservar su propio equilibrio sin la participación norteamericana.
Durante el resto del siglo, el tema principal de la política exterior norteamericana fue extender la aplicación de la Doctrina Monroe. En 1823, ésta había advertido a las potencias europeas que se mantuviesen fuera de América. Al cumplirse el centenario de la Doctrina Monroe, su significado había ido ampliándose paulatinamente para justificar la hegemonía norteamericana en su continente. En 1845, el presidente Polk explicó la anexión de Texas a los Estados Unidos como algo necesario para impedir que un Estado independiente se volviese «un aliado o una dependencia de alguna nación extranjera más poderosa que él» y, por tanto, una amenaza para la seguridad de los Estados Unidos15. En otros términos, la Doctrina Monroe justificaba la intervención norteamericana no sólo contra una amenaza ya existente, sino contra toda posibilidad de un desafío abierto, casi como lo hiciera el equilibrio europeo del poder.
La Guerra de Secesión interrumpió brevemente el interés del país en la expansión territorial. La preocupación básica de la política exterior de Washington se centró, entonces, en impedir que la Confederación fuese reconocida por las naciones europeas para que no surgiera en tierras de América del Norte un sistema de Estados múltiples y, con él, la política de equilibrio del poder de la diplomacia europea. Pero en 1868, el presidente Andrew Johnson había vuelto a la anterior actitud de justificar la expansión por medio de la Doctrina Monroe, esta vez al referirse a la compra de Alaska:
La posesión extranjera o el dominio de esas comunidades ha obstaculizado hasta hoy el crecimiento, y menoscabado la influencia de los Estados Unidos. Allí, la revolución crónica y la anarquía serían igualmente dañinas