470.
Roosevelt tuvo cuidado de no explicar lo que entendía por «cuarentena», ni si tenía en mente algunas medidas específicas. Si el discurso hubiese implicado algún tipo de acción habría sido incongruente con las Leyes de Neutralidad que el Congreso había aprobado por abrumadora mayoría y que el presidente acababa de firmar.
No es de sorprender que el Discurso de la Cuarentena fuese atacado por los aislacionistas, quienes exigieron que el presidente explicara sus intenciones. Arguyeron acaloradamente que la distinción entre naciones «amantes de la paz» y «belicosas» implicaba un juicio de valor, el cual, a su vez, conduciría al abandono de la política de no intervención con la que se habían comprometido Roosevelt y el Congreso. Dos años después, Roosevelt describió así el escándalo provocado por su discurso: «Por desgracia, esta sugerencia cayó en oídos sordos [...]. Hasta en oídos hostiles y resentidos [...] Se la llamó belicosidad; se la condenó como intento de intervención en asuntos exteriores. Hasta se la ridiculizó como febril búsqueda "bajo la cama" de unos peligros de guerra que no existían.»471
Roosevelt habría podido poner fin a la controversia con sólo negar las intenciones que se le atribuían. Sin embargo, pese al diluvio de críticas, habló en una conferencia de prensa lo bastante ambiguamente para mantener abierta la opción de algún tipo de defensa colectiva. Según la práctica periodística de la época, el presidente siempre se reunía informalmente con la prensa, lo que significaba que no se le podía citar ni identificar, y se respetaban estas reglas.
Años después, el historiador Charles Beard publicó una transcripción que mostraba a Roosevelt soslayando, pero nunca negando, que el Discurso de la Cuarentena representara un nuevo enfoque, mientras se negaba a decir cuál era precisamente ese nuevo enfoque472. Roosevelt insistió en que su discurso implicaba unas acciones que iban más allá de la condena moral a una agresión. «Hay muchos métodos en el mundo que aún no se han probado.»473 Cuando se le preguntó si esto significaba que él tenía un plan, Roosevelt contestó: «No les puedo dar ninguna clave, tendrán que inventar una. Yo la tengo.»474 Pero nunca explicó cuál era su plan.
Roosevelt, el estadista, habría podido advertir contra el peligro inminente; Roosevelt, el líder político, tuvo que navegar entre tres corrientes de la opinión norteamericana: un grupo pequeño que pedía el apoyo inequívoco a todas las naciones «amantes de la paz», un grupo un tanto mayor que pedía ese apoyo siempre que no llegara a la guerra, y una gran mayoría que apoyaba el espíritu y la letra de la legislación de neutralidad. Un hábil dirigente político siempre tratará de mantener abierto el mayor número de opciones posible. Deseará presentar su proceder como la elección óptima, y no como impuesta por los acontecimientos, y ningún presidente norteamericano moderno ha sido mejor que Roosevelt en este tipo de táctica.
En una Charla junto a la Chimenea, dedicada principalmente a asuntos internos, el 12 de octubre de 1937, una semana después del Discurso de la Cuarentena, Roosevelt trató de contentar a los tres grupos. Subrayó su compromiso con la paz, habló con aprobación de una próxima conferencia de los signatarios del Tratado Naval de Washington de 1922, y dijo que la participación norteamericana en la conferencia sería una prueba de «nuestro propósito de cooperar con los otros signatarios del Tratado, incluso China y Japón»475. Su lenguaje conciliador sugería un deseo de paz aun con Japón. Al mismo tiempo, serviría como demostración de buena fe si resultara imposible cooperar con este país. Roosevelt se mostró igualmente ambiguo al hablar de la función internacional de los Estados Unidos. Recordó al público su propia experiencia de guerra como vicesecretario de la Marina: «[...] recuerdo que de 1913 a 1921 yo estuve bastante cerca de los acontecimientos mundiales y que en ese período, aunque aprendí mucho de lo que se debe hacer, también aprendí mucho de lo que no se debe hacer»476.
Sin duda, Roosevelt no habría tenido objeción si su público hubiese interpretado esta ambigua declaración en el sentido de que su experiencia en la guerra le había mostrado la importancia de no comprometerse. Por otra parte, si eso era en realidad lo que Roosevelt quería significar, habría logrado mucha mayor popularidad con sólo decirlo llanamente. A la luz de sus acciones ulteriores, es más probable que Roosevelt quisiera sugerir que llevaría adelante la tradición wilsoniana aplicando métodos más realistas.
Pese a la reacción hostil a sus declaraciones, en octubre de 1937, Roosevelt dijo al coronel Edward House, que había sido confidente de Wilson, que necesitaría tiempo «para hacer comprender al pueblo que la guerra será más peligrosa para nosotros si cerramos todas las puertas y ventanas, que si nos lanzamos a la calle y empleamos nuestra influencia para contener el motín»477. Era otra manera de decir que los Estados Unidos tendrían que participar en los asuntos internacionales en una forma aún no especificada para ayudar a sofocar las agresiones.
El problema inmediato de Roosevelt fue contrarrestar un brote de sentimiento proaislacionista. En enero de 1938, la Cámara de Representantes estuvo a punto de aprobar una enmienda constitucional que exigiría un referéndum nacional para las declaraciones de guerra, salvo en caso de que los Estados Unidos fuesen invadidos. Roosevelt tuvo que hacer un llamamiento personal para impedir su aprobación. En estas circunstancias, consideró que la discreción era su valor más preciado. En marzo de 1938, los Estados Unidos no reaccionaron al Anschluss de Austria por Alemania, siguiendo la pauta de las democracias europeas, que se habían limitado a protestar débilmente. Durante la crisis que condujo a la Conferencia de Munich, Roosevelt se sintió obligado a subrayar varias veces que los Estados Unidos no participarían en un frente unido contra Hitler, y desautorizó a sus subordinados y a sus íntimos amigos que habían insinuado semejante posibilidad.
A comienzos de septiembre de 1938, en un banquete de celebración de las relaciones franco-americanas, el embajador de los Estados Unidos en Francia, William C. Bullitt, repitió una frase habitual: que Francia y los Estados Unidos estaban «unidos en la guerra y en la paz»478. Esto bastó para que los aislacionistas desencadenaran un escándalo. Roosevelt, que no podía saber de antemano los comentarios de Bullitt, puesto que fueron una especie de retórica prefabricada que se dejaba a discreción de los embajadores, sin embargo se tomó el trabajo de rechazar la insinuación de que los Estados Unidos estaban alineándose con las democracias, lo que era «ciento por ciento equivocado»479. Más adelante, ese mismo mes, cuando la guerra pareció inminente y después de que Chamberlain se hubo reunido dos veces con Hitler, Roosevelt envió dos mensajes a Chamberlain, el 26 y el 28 de septiembre, pidiendo una conferencia de las potencias interesadas que, en las circunstancias del momento, sólo podía intensificar las presiones para evitar más concesiones de Checoslovaquia.
Munich parece haber sido el punto de cambio que movió a Roosevelt a poner a los Estados Unidos en el bando de las democracias europeas, al principio en el aspecto político, pero luego, gradualmente, también en el aspecto material. Desde entonces su compromiso de frustrar a los dictadores, que culminaría tres años después con la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, fue inexorable. En una democracia, la interrelación entre los dirigentes y sus públicos siempre es compleja. Un líder que se limite a la experiencia de su pueblo en un período de trastornos logra una popularidad temporal, al precio de ser condenado por la posteridad, cuyos derechos está descuidando. Por otra parte, un líder que se adelante en exceso a su sociedad se volverá inútil. Un gran dirigente debe ser un educador, que haga de puente entre sus visiones y el ámbito doméstico; pero también debe estar dispuesto a caminar solo, para permitir que su sociedad siga la ruta que él ha elegido.
En cada gran líder hay inevitablemente un elemento de astucia que a veces simplifica los objetivos y en ocasiones la magnitud de la tarea. Pero la prueba última será ver si encarna la verdad de los valores de su sociedad y la esencia de sus desafíos. Roosevelt poseyó estas cualidades en grado extraordinario. Tenía una profunda fe en los Estados Unidos. Estaba convencido de que el nazismo era un mal, y a la vez una amenaza a la seguridad norteamericana, y se mostró extraordinariamente sagaz. Estuvo dispuesto a soportar la carga de las decisiones solitarias. Como quien baila en la cuerda floja, tuvo que avanzar con pasos angustiosamente calculados, a través del abismo que se abría entre sus metas y la realidad de su sociedad para mostrarle que la costa lejana era, en realidad, más segura que la loma ya conocida.
El 26 de octubre de 1938, menos de cuatro semanas después del Acuerdo de Munich, Roosevelt volvió al tema del Discurso de la Cuarentena. En un discurso transmitido al Foro del Herald-Tribune advirtió en contra de unos agresores a los que no nombró, pero fácilmente identificables, cuya «política nacional adopta como instrumento deliberado la amenaza de la guerra»480. Luego, mientras apoyaba en principio el desarme, también pidió fortalecer las defensas de su país:
[...] hemos indicado constantemente que ni nosotros ni ninguna nación aceptará el desarme mientras naciones vecinas se armen hasta los dientes. Si no hay un desarme general, deberemos seguir armándonos. Es un paso que no nos gusta y que no queremos dar. Pero, hasta que haya un abandono general de las armas de agresión, las reglas ordinarias de la prudencia nacional y del sentido común nos exigen que estemos preparados