978.
Poco después de su nominación presidencial, Nixon se volvió más explícito aún. En una entrevista concedida a una revista en septiembre de 1968 declaró: «No debemos olvidar a China. Siempre debemos buscar oportunidades de hablar con ella como con la URSS [...]. No debemos limitarnos a esperar cambios. Debemos tratar de hacer cambios.»979
En aquel caso, Nixon alcanzó su meta, aunque China se vio inducida a reunirse con la comunidad de las naciones no tanto por la perspectiva de un diálogo con los Estados Unidos sino por el temor a ser atacada por su supuesta aliada, la Unión Soviética. El gobierno de Nixon, que no comprendió inmediatamente este aspecto de la relación chino-soviética, fue alertado por la propia Unión Soviética. Ésa no fue ni la primera ni la última vez que la torpe política exterior soviética aceleró lo que el Kremlin más temía.
En la primavera de 1969, tuvo lugar una serie de choques entre fuerzas chinas y soviéticas en una remota franja de la frontera a lo largo del río Ussuri, en Siberia. Basándose en la experiencia de las dos décadas anteriores, al principio Washington dio por sentado que estas escaramuzas habían sido instigadas por fanáticos dirigentes chinos. Sin embargo, la torpe diplomacia soviética motivó una revisión, pues los diplomáticos soviéticos estaban enviando a Washington informes detallados de su versión de los hechos y preguntando cuál sería la actitud de los Estados Unidos en caso de que se intensificaran esos choques.
La impaciencia soviética (sin precedentes) por consultar a Washington sobre una cuestión respecto de la cual los Estados Unidos no habían mostrado ningún interés particular nos hizo preguntarnos si esos informes no pretenderían preparar el terreno para un ataque soviético a China. Esta sospecha se intensificó cuando unos estudios del servicio de inteligencia norteamericano, motivados por los informes soviéticos, revelaron que las escaramuzas ocurrían invariablemente cerca de grandes bases de abastecimiento soviéticas y lejos de los centros de comunicación chinos: esta pauta sólo podría esperarse si en realidad las fuerzas soviéticas fueran las agresoras. Este análisis fue confirmado por una continua concentración de tropas soviéticas a lo largo de los 6.000 kilómetros de frontera china, donde llegaron a concentrarse más de 40 divisiones.
Si el análisis del gobierno de Nixon era correcto, estaba gestándose una gran crisis internacional, aunque casi nadie tuviera conciencia de ella. Una intervención militar soviética en China constituiría la más grave amenaza al equilibrio mundial del poder desde la crisis de los misiles cubanos. La aplicación de la Doctrina Bréznev a China significaría que Moscú trataba de someter al gobierno de Beijing tanto como, el año anterior, había tenido que hacerlo con el de Checoslovaquia. Entonces la nación más poblada del mundo quedaría sometida a una superpotencia nuclear, una combinación ominosa que restauraría el temido bloque chino-soviético, cuya naturaleza monolítica había despertado tantos temores en la década de los cincuenta. No estaba claro si la Unión Soviética sería capaz de realizar tan vasto proyecto. En cambio, era obvio, especialmente para un gobierno que basaba su política exterior en una concepción geopolítica, que no se podía correr ese riesgo. Si se va a tomar en serio el equilibrio del poder, entonces hay que oponerse a la perspectiva misma de un trastorno geopolítico; cuando el cambio haya ocurrido, puede ser ya muy tarde para oponerse a él. Por lo menos, el costo de la resistencia se multiplicará.
Tales consideraciones movieron a Nixon a tomar dos extraordinarias decisiones en el verano de 1969. La primera fue dejar de lado todas las cuestiones en que se centraba el diálogo chino-norteamericano. Las conversaciones de Varsovia habían establecido una agenda tan compleja como prolongada. Cada bando subrayaba sus quejas; las de China se relacionaban con el futuro de Taiwán y los activos chinos confiscados en los Estados Unidos; los Estados Unidos trataban de que China renunciara a emplear la fuerza contra Taiwán, participara en las conversaciones de control de armamentos y se resolvieran las reclamaciones económicas de los Estados Unidos contra China.
En cambio, Nixon dejó de lado todos esos problemas y decidió concentrarse en la cuestión más general de la actitud de China en cuanto a un diálogo con los Estados Unidos. Se dio toda prioridad a la labor de determinar la magnitud del potencial triángulo chino-soviético-norteamericano. Si podíamos confirmar lo que sospechábamos, es decir, que la Unión Soviética y China se temían más una a la otra que a los Estados Unidos, la diplomacia norteamericana tendría una oportunidad sin precedente. Si las relaciones mejoraban sobre dicha base, la agenda tradicional se resolvería por sí sola; si no mejoraban, los problemas seguirían siendo insolubles. En otras palabras, las cuestiones prácticas se resolverían como consecuencia del acercamiento chino-norteamericano, y no señalarían el camino hacia éste.
Con la aplicación de la táctica de transformar el mundo de dos potencias en un triángulo estratégico, los Estados Unidos anunciaron en julio de 1969 una serie de iniciativas unilaterales para mostrar su cambio de actitud. Se levantó la prohibición de viajar a la República Popular de China; se permitió a los norteamericanos llevar a su país artículos de fabricación china por valor de 100 dólares, y se autorizaron embarques limitados de cereales a China. Estas medidas, aunque insignificantes en sí mismas, pretendían expresar el nuevo enfoque de los Estados Unidos.
El secretario de Estado, William P. Rogers, hizo explícitas estas aperturas en un importante discurso aprobado por Nixon. En Australia, el 8 de agosto de 1969, anunció que los Estados Unidos verían con agrado que la China comunista desempeñara un papel importante en los asuntos de Asia y del Pacífico. Si los gobernantes chinos abandonaban su introspectiva «cosmovisión», los Estados Unidos «abrirían canales de comunicación». Rogers destacó las iniciativas unilaterales tomadas por los Estados Unidos en el campo económico, que pretendían «ayudar a recordar al pueblo de la China continental nuestra amistad histórica para con él»980. Éste fue el comentario más favorable acerca de China hecho por un secretario de Estado norteamericano en los últimos veinte años.
Pero si existía un verdadero peligro de un ataque soviético a China en el verano de 1969, no habría tiempo para que estas complejas maniobras se desarrollaran gradualmente. Por tanto, Nixon tal vez dio el paso más atrevido de todo su mandato, advirtiendo a la Unión Soviética que los Estados Unidos no verían con indiferencia un ataque a China. Cualquiera que fuese la actitud inmediata de China con respecto a los Estados Unidos, Nixon y sus consejeros consideraron que la independencia china era indispensable para el equilibrio mundial, y que un contacto diplomático con China sería esencial para la flexibilidad de la diplomacia norteamericana. La advertencia de Nixon a los soviéticos también expresó el nuevo énfasis de su gobierno, que consistía en fundamentar la política norteamericana en el análisis cuidadoso del interés nacional.
Nixon, inquieto por la concentración militar soviética a lo largo de la frontera china, autorizó una enérgica declaración (de doble filo) el 5 de septiembre de 1969, en el sentido de que los Estados Unidos estaban «profundamente preocupados» por una guerra chino-soviética. El subsecretario de Estado, Elliot Richardson, fue el encargado de transmitir el mensaje. Richardson ocupaba un cargo suficientemente importante en la jerarquía para no dejar dudas de que hablaba en nombre del presidente, y al mismo tiempo no era tan conspicuo para que su declaración fuese tomada por un desafío abierto a los soviéticos:
No tratamos de explotar, en beneficio nuestro, la hostilidad que existe entre la Unión Soviética y la República Popular. Las diferencias ideológicas entre los dos gigantes comunistas no son de nuestra incumbencia. Sin embargo, no podría dejar de preocuparnos profundamente una intensificación de esta querella, que se convirtiera en una enorme ruptura de la paz y la seguridad internacionales