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Tras la creación de la Triple Entente, el juego del gato y el ratón al que se habían dedicado Alemania y Gran Bretaña en la última década del siglo XIX se volvió mortalmente serio, convirtiéndose en una lucha entre una potencia partidaria del statu quo y otra que exigía un cambio del equilibrio. No siendo ya posible aplicar la flexibilidad diplomática, la única manera de alterar el equilibrio del poder era añadir más armamento, o mediante la victoria militar.
Las dos alianzas se contemplaban a través de un abismo de creciente desconfianza. En contraste con el período de la Guerra Fría, las dos agrupaciones no temían la guerra. De hecho, les preocupaba más mantener su cohesión que evitar un enfrentamiento. El enfrentamiento directo se había convertido en el método habitual de la diplomacia. A pesar de todo, aún existía una oportunidad de evitar la catástrofe porque en realidad había pocas cuestiones que justificaran una guerra entre las alianzas. Ningún otro miembro de la Triple Entente iría a la guerra para ayudar a Francia a recuperar Alsacia-Lorena. Tampoco era probable que Alemania, aun en su exaltación, apoyara una guerra austríaca de agresión en los Balcanes. Una política de moderación habría podido aplazar la guerra y hacer que se desintegraran gradualmente esas alianzas tan antinaturales, en especial porque la Triple Entente se había formado, en principio, por temor a Alemania.
Al terminar la primera década del siglo XX, el equilibrio del poder había degenerado en coaliciones hostiles cuya rigidez era comparable a la temeraria desatención a las consecuencias que habían mostrado al formarse. Rusia estaba atada a una Serbia donde hervían facciones nacionalistas y hasta terroristas y que, no teniendo nada que perder, no se preocupaba por el riesgo de una guerra general. Francia había dado un cheque en blanco a una Rusia impaciente por recuperar su autoestima después de haber perdido la guerra ruso-japonesa. Alemania había hecho lo mismo con una Austria desesperada por proteger sus provincias eslavas contra la agitación de Serbia, la cual, a su vez, contaba con el apoyo de Rusia. Las naciones de Europa se habían dejado enredar hasta quedar presas de sus fogosos clientes balcánicos. Lejos de contener a estos países de pasiones desatadas, y con un sentido limitado de la responsabilidad global, se dejaron arrastrar por la paranoia de que sus inquietos clientes pudiesen cambiar de alianza si no se cumplían sus caprichos. Durante unos cuantos años se pudieron superar las crisis, aunque cada una se fuera acercando cada vez más al enfrentamiento inevitable. La reacción de Alemania a la Triple Entente reveló su absoluta determinación de cometer el mismo error una y otra vez; cada problema era visto como una prueba de virilidad para demostrar que Alemania era decidida y poderosa, mientras que sus adversarios carecían de resolución y de energía. Sin embargo, cada nuevo desafío alemán estrechaba más los lazos de unión de la Triple Entente.
En 1908, estalló una crisis internacional a causa de Bosnia-Herzegovina, digna de ser narrada porque muestra la tendencia de la historia a repetirse. Bosnia-Herzegovina había sido el remanso de Europa; su situación había quedado ambigua en el Congreso de Berlín porque, en realidad, nadie sabía qué hacer con ella. Esta «tierra de nadie» entre el imperio otomano y el de los Habsburgo, donde coexistían católicos, ortodoxos y musulmanes, y las poblaciones croata, serbia y musulmana, nunca había sido un Estado y ni siquiera se había gobernado a sí misma. Sólo parecía gobernable si no se pedía a ninguno de estos grupos que se sometiera a los demás. Durante treinta años, Bosnia-Herzegovina había estado bajo la soberanía turca, la administración austríaca y una autonomía local, sin experimentar ningún desafío grave por esta combinación multinacional, que dejaba sin resolver la cuestión de su soberanía definitiva. Austria había esperado treinta años antes de iniciar una anexión en toda regla porque las pasiones de la mezcla políglota eran demasiado complejas hasta para los austríacos, pese a su larga experiencia de administrar en medio del caos. Cuando finalmente se anexionaron Bosnia-Herzegovina, lo hicieron más para anotarse un tanto contra Serbia (e indirectamente contra Rusia) que para alcanzar algún coherente objetivo político. En consecuencia, Austria rompió el delicado equilibrio de contrapesar los odios.
Tres generaciones después, en 1992, volverían a brotar las mismas pasiones elementales por asuntos semejantes, desconcertando a todos menos a los fanáticos, que eran los protagonistas directos, y a los familiarizados con la singular historia de la región. Una vez más, un súbito cambio de gobierno convirtió Bosnia-Herzegovina en un hervidero. En cuanto Bosnia fue declarada Estado independiente, todas las nacionalidades se lanzaron unas contra otras en pos del predominio; los serbios ajustaron viejas cuentas de manera particularmente brutal.
Aprovechando la debilidad de Rusia después de la guerra ruso-japonesa, Austria, con total despreocupación, aplicó una cláusula secreta del Congreso de Berlín, de treinta años de antigüedad, por la cual las potencias permitían que Austria se anexionara Bosnia-Herzegovina. Hasta entonces, Austria se había contentado con el dominio de facto, porque ya no deseaba tener más súbditos eslavos. Pero en 1908, cambió esa decisión, porque temía que su Imperio se disolviera a causa de la agitación serbia y creía que necesitaba algún triunfo para demostrar la continuidad de su hegemonía en los Balcanes. En las tres décadas transcurridas, Rusia había perdido su posición dominante en Bulgaria, y la Liga de los Tres Emperadores se había disuelto. Comprensiblemente, Rusia se indignó al ver que se invocaba un acuerdo casi olvidado para permitir a Austria adquirir un territorio liberado por una guerra rusa.
Pero la indignación no garantiza el triunfo, sobre todo cuando el que la causó ya se ha adueñado del botín. Por primera vez, Alemania se colocó abiertamente del lado de Austria, indicando así que estaba dispuesta a arriesgarse a una guerra europea si Rusia se oponía a la anexión. Luego, para aumentar más aún la tensión, Alemania exigió que Rusia y Serbia reconocieran en toda regla la jugada de Austria. Rusia tuvo que tragarse esta humillación porque Gran Bretaña y Francia todavía no estaban dispuestas a entrar en guerra por una cuestión balcánica, y porque Rusia no podía ir sola a la guerra tan poco tiempo después de su derrota frente a los japoneses.
De este modo, Alemania se convirtió en un obstáculo en el camino de Rusia, y en una zona en que nunca había afirmado tener un interés vital; de hecho, hasta entonces Rusia había podido contar con Alemania para que moderara las ambiciones austríacas. Alemania demostró no sólo su rudeza sino también una grave laguna en su memoria histórica. Sólo medio siglo antes, Bismarck había predicho con toda exactitud que Rusia jamás perdonaría a Austria que la hubiera humillado en la guerra de Crimea. Ahora, Alemania cometía el mismo error, intensificando la desavenencia con Rusia, que había comenzado en el Congreso de Berlín.
Humillar a un gran país sin debilitarlo es siempre algo peligroso. Aunque Alemania creyera que estaba enseñando a Rusia la importancia de la buena voluntad alemana, Rusia decidió no volver a dejarse coger desprevenida. De este modo, las dos grandes potencias continentales empezaron a enfrascarse en un juego llamado «del gallina» en slang norteamericano, en el que cada uno de los dos conductores lanza su vehículo contra el otro, con la esperanza de que se desvíe en el último instante, confiando en que sus propios nervios mostrarán más temple. Por desgracia, este juego se practicó en varias ocasiones en Europa antes de la Primera Guerra Mundial. Cada vez que se evitó una colisión, se fortaleció la confianza colectiva en que el juego, a la postre, no era peligroso, haciendo olvidar a todos que un solo fallo ocasionaría una catástrofe irremediable.
Como si Alemania quisiera asegurarse de no haber dejado de provocar a ningún adversario potencial, o para dar a todos ellos razones suficientes para estrechar sus lazos en defensa propia, decidió entonces desafiar a Francia. En 1911, Francia, que para entonces administraba Marruecos, respondió a ciertos desórdenes locales enviando tropas a la ciudad de Fez, violando con toda claridad el Acuerdo de Algeciras. Entre los estruendosos aplausos de la prensa nacionalista alemana, el káiser reaccionó enviando el cañonero Panther al puerto marroquí de Agadir. «¡Hurra! ¡Acción! —escribió el Rheinisch-Westfalische Zeitung el 2 de julio de 1911—. Por fin acción; un hecho liberador que deberá disolver toda nube de pesimismo.»246 Las Münchener Neueste Nachrichten recomendaron que el gobierno siguiera su política con toda energía, «aun si de esa política surgen circunstancias que hoy no podemos prever»247. Con lo que pasaba por sutileza en la prensa alemana, el periódico estaba pidiendo, básicamente, que Alemania se arriesgara a una guerra por Marruecos.
El grandilocuentemente llamado «salto del Panther» tuvo el mismo fin que los anteriores esfuerzos de Alemania por romper el cerco en que ella misma se había metido. Una vez más, Alemania y Francia parecieron estar al borde de la guerra; las metas de Alemania seguían tan mal definidas como siempre. ¿Qué clase de compensación buscaba esta vez? ¿Un puerto marroquí? ¿Una parte de la costa atlántica de Marruecos? ¿Ventajas coloniales en otras partes? En realidad, deseaba intimidar a Francia, pero no supo dar una expresión práctica a ese objetivo.
De acuerdo con la evolución de sus relaciones, Gran Bretaña apoyó a Francia con más firmeza que en Algeciras en 1906. El cambio de la opinión pública británica se demostró en la actitud del entonces ministro del Tesoro, David Lloyd George, quien tenía una bien ganada reputación de pacifista y partidario de mantener buenas relaciones con Alemania. Sin embargo, en esta ocasión pronunció un importante discurso en que advirtió que si:
[...] se nos impusiera una situación en que sólo pudiésemos mantener la paz perdiendo la grande y beneficiosa posición que hemos conquistado con siglos de heroísmo y de realizaciones [...] entonces digo, categóricamente, que la paz a ese precio sería una humillación intolerable para un gran país como el nuestro