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El argumento era absolutamente redondo y contradictorio hasta el absurdo: una garantía era demasiado arriesgada y a la vez innecesaria; al alcanzar la igualdad, Alemania se daría por satisfecha. Sin embargo, una garantía de aquello que Alemania tal vez no estaba desafiando sería demasiado peligrosa, aun cuando la condena de la opinión mundial detendría al violador en su intento. Por último, el propio Hitler puso fin a tanta evasiva e hipocresía. El 14 de octubre de 1933, Alemania abandonó para siempre la Conferencia de Desarme, no por un desaire a Hitler, sino porque éste temió que se satisficieran las exigencias alemanas de igualdad, frustrando así sus deseos de rearme ilimitado. Una semana después, Hitler se retiró de la Sociedad de Naciones. A comienzos de 1934 anunció el rearme alemán. Alemania no sufrió ningún daño visible aun habiéndose separado de este modo de la comunidad mundial.
Evidentemente, Hitler había lanzado un reto, y sin embargo las democracias no estaban muy seguras de lo que aquello significaba. Al rearmarse, ¿no estaba haciendo Hitler lo que la mayoría de los miembros de la Sociedad de Naciones ya habían reconocido en principio? Entonces, ¿por qué reaccionar antes de que Hitler hubiese cometido algún acto definible de agresión? Después de todo, ¿no era de eso de lo que trataba la seguridad colectiva? De este modo, los jefes de las democracias occidentales se evitaron la molestia de tener que tomar decisiones ambiguas. Era mucho más cómodo aguardar alguna clara demostración de la mala fe de Hitler porque, sin ella, no podrían contar con el apoyo público si tomaban medidas enérgicas... o, al menos, eso pensaban los dirigentes de las democracias. Desde luego, Hitler tenía todos los incentivos para ocultar sus verdaderas intenciones hasta que fuera demasiado tarde para que las democracias occidentales pudiesen organizar una resistencia eficaz. Sea como fuere, los estadistas democráticos del período de entreguerras temieron más a la guerra que a un debilitamiento del equilibrio del poder. La seguridad, arguyó Ramsay MacDonald, debía buscarse «no por medios militares, sino por medios morales».
Hitler explotó con destreza tales actitudes lanzando periódicas ofensivas de paz hábilmente dirigidas a las ilusiones de sus víctimas potenciales. Cuando se retiró de las conversaciones de desarme prometió limitar el ejército alemán a 300.000 hombres, y la fuerza aérea alemana a la mitad de la de Francia. Esta promesa hizo olvidar el hecho de que Alemania había suprimido el límite de 100.000 hombres establecido en Versalles, mientras parecía aceptar nuevos topes que no podría alcanzar en varios años (llegado el momento, también esos límites serían sin duda rebasados).
Francia rechazó la oferta declarando que velaría por su propia seguridad. La altiva respuesta de Francia no pudo ocultar la realidad: la pesadilla de Francia, es decir, la igualdad militar (o algo peor) con Alemania se había realizado. Gran Bretaña llegó a la conclusión de que el desarme se había vuelto más importante que nunca. El gabinete anunció: «Nuestra política sigue siendo buscar mediante la cooperación internacional la limitación y reducción de los armamentos del mundo como nuestras obligaciones de acuerdo con el pacto y como único medio de impedir una carrera armamentística.»373 De hecho, el gabinete llegó a la extraordinaria decisión de que lo mejor sería negociar desde una posición que, según confesión propia, iba siendo cada vez más débil. El 29 de noviembre de 1933, seis semanas después de que Hitler había ordenado a la delegación alemana abandonar la Conferencia de Desarme, Baldwin dijo al gabinete:
Si no hubiese esperanzas de lograr una limitación de los armamentos tendríamos todo el derecho a sentirnos inquietos ante la situación, no sólo en lo tocante a la fuerza aérea, sino también al ejército y la armada. [Gran Bretaña estaba] haciendo todo el esfuerzo posible por lograr un plan de desarme que incluyera a Alemania