29
iulietta jamás hubiera sospechado que el terciopelo se ensuciara con tanta facilidad, hasta entonces nunca había tenido que ponerse una prenda durante más de un día seguido. Encerrada en el frío desván, todavía llevaba el vestido rojo y la túnica houppelande de lana fina que se había puesto la noche de su secuestro. Que, casualmente, era la misma ropa que llevaba cuando se encontró con aquel extraño muchacho en la catedral.
Un pequeño corte en la túnica marcaba el lugar donde había colocado la punta del puñal, estropeando sin querer el bordado de su madre. Giulietta se ruborizó al recordar cómo le temblaban las manos mientras desabrochaba los botones de madreperla y deslizaba la túnica de un hombro para colocar el puñal.
El recuerdo de aquel muchacho de cabello plateado se negaba a abandonarla. Literalmente le quitaba el sueño. En su interior estaba convencida de que la estaba buscando. Por supuesto que no era el primero. Ya se había sentido atraída por otros hombres. No importaba lo que pensasen sus tíos. Un delicado tañidor de laúd, de cabello castaño y suaves ojos marrones que captaban todo con la mirada. Sus dedos tocaron los hombros de Giulietta e incluso llegó a besarla suavemente en los labios. Un dulce pecado que les habría costado ser azotados si se lo hubiera contado a alguien. Pero no lo hizo, a excepción de a Eleanor, que sabía guardar un secreto.
Pero los ojos en los que pensaba ahora no eran suaves. Y su dueño no era delicado… Delgado y fuerte, tal vez. Se podía imaginar sus dedos en los hombros. En otros lugares también.
Una sola mirada y su memoria ardía.
Enfadada, Giulietta apartó estos pensamientos. De todas las cosas en las que debería estar pensando ahora, soñar con el muchacho era la más estúpida. Así que decidió pensar en su madre. Fue una estupidez aún mayor, porque sus ojos se llenaron de lágrimas que acabaron desbordándose contra su voluntad y siguieron brotando durante mucho mucho tiempo a pesar de todos sus esfuerzos por retenerlas. Su madre tenía aún menos posibilidades de ayudarla que el extraño al que había conocido en la oscura catedral.
Los deseos concedidos te matarán. Le había susurrado su madre en una ocasión.
Giulietta trató de dormir acurrucada en el suelo, pero los recuerdos de su madre eran demasiado dolorosos. Había sido asesinada tres días después de pronunciar aquella frase. Tenía treinta y seis años. Se había casado con un Visconti, pero su matrimonio no era feliz.
La muerte fue una liberación.
El viejo ducado incluía la propia Venecia y ciudades, aldeas y fincas de la parte continental cuya extensión tierra adentro equivalía a la distancia que recorrería un caballo rápido durante un día. Las fincas estaban protegidas con fortificaciones de ladrillo revocadas con estuco. Las ciudades que no disponían de murallas defensivas de piedra caliza, habían recurrido a esas fortificaciones en las últimas generaciones.
Casualmente, mucho antes de que los mercaderes trajeran a la Serenissima el primer cañón chino, los constructores de las murallas originales de la ciudad proporcionaron protección contra armas que aún no habían sido inventadas. El impacto de un proyectil de cañón rompía la piedra que revestía las murallas, pero la tierra compactada del interior lo resistía.
La muchacha que estaba acurrucada en el suelo del desván —caderas agarrotadas, los turgentes senos apretados contra las frías tablas— era la dueña de dos fincas, tres ciudades y más aldeas de las que se había tomado la molestia de contar. Si hacía un esfuerzo podía recordar los nombres de aquellas que recorrió a caballo durante su infancia, cuando aún pertenecían a su madre.
Ya de madrugada, abandonó los esfuerzos por dormirse y se acercó todo lo que su valor le permitió a la única ventana del desván. Estaba cerrada, al igual que los postigos. Por lo que pudo entrever, daba a unos tejados a medio derruir de una parte de la ciudad que desconocía. A lo lejos se veía la torre de una iglesia a punto de derrumbarse. Las casas de enfrente también estaban en ruinas, o casi. Ninguna parecía habitada.
Giulietta se desabrochó el vestido y se palpó un pecho, como un cocinero que sopesa un gordo capón. Definitivamente había aumentado de tamaño. Esto la habría hecho feliz hace un año. Ahora solo le daba miedo. Sus pezones, normalmente pálidos, ahora tenían el color rosado de la lengua de un cachorro y dolían al tocarlos. Aun así apretó uno de ellos.
«Estás a salvo», decía la nota que había encontrado al despertarse.
Pero ella no se sentía a salvo y tampoco entendió de qué circulo no podía salirse hasta que descubrió un óvalo trazado con sal que bordeaba toda la habitación. Tal cantidad de sal debía de costar un dineral. Así que optó por obedecer, porque tenía demasiado miedo a lo que podía suceder si incumplía las órdenes.
Le dolían los pechos, las mareas de su período habían cesado y podría jurar que su vientre estaba ahora más hinchado. Además había tenido que llevar el mismo vestido durante varios días. En un mundo donde las mujeres pobres vestían harapos que se pudrían con el sudor en las axilas, debajo de los pechos o entre las nalgas, aquello no era nada especial. Pero Giulietta estaba acostumbrada a cambiarse de vestido regularmente, lavarse diariamente y bañarse todas las semanas.
Por lo menos, hasta aquella fatídica noche en la catedral.
Ahora, apestaba como una criada. Y la comida que le daban no era digna ni de un hospicio. Pan tan duro que había que ponerlo en remojo. Queso rancio que se metía bajo las uñas mientras intentaba quitar los gusanos. Todo ello servido en un sucio plato de peltre.
En un rincón había un cubo tapado con su camisa.
Podía elegir entre usar la camisa y aguantar el hedor de sus heces o tapar el cubo y congelarse. A juzgar por las marcas en la pared llevaba ya seis semanas tapando el cubo y congelándose.
—Eres una estúpida —se dijo.
Eso suponía un cambio, porque antes siempre era su tío el que se lo decía. Tantos recuerdos y casi ninguno bueno.
—Estás sana —prosiguió Giulietta. Algo que solía decirle su nodriza. Entonces no le daba mayor importancia. Estaba sana y viva.
No te lo esperabas, ¿verdad?
Ha acabado hablando consigo misma. Ya que no había nadie más con quien hablar. Lo cual le recordó a lady Eleanor, su sufrida dama de compañía…
Bueno, Giulietta no creía que sufriera tanto. Pero al escucharlo en varias ocasiones, se ofendió tanto que abofeteó a Eleanor en cuanto la tuvo delante. También exigió saber lo que había estado contando por ahí. Ese recuerdo la hizo avergonzarse. Por lo menos supuso que lo que estaba sintiendo era vergüenza. Era diferente a la ira, el miedo y la desesperación. Que era lo que solía sentir al despertarse en aquel desván.
No sabía quién recogía su cubo. Ni quién traía la comida. La vez que se quedó despierta para averiguarlo, el cubo se quedó sin vaciar y el plato sin comida. Tampoco apareció nadie para limpiar la habitación cuando desahogó su rabia con el cubo. Solo el recuerdo de lo que tuvo que limpiar le impedía volver a hacerlo.
Maldita sea…
Podría intentar gritar y pedir ayuda. Pero ¿qué sentido tendría? La última vez que lo intentó estuvo gritando hasta que su voz se volvió como el croar de una rana y se hizo tanto daño que todavía le dolía la garganta al tragar. Se rompió las uñas que todavía no estaban incrustadas de queso rancio tratando de romper el yeso alrededor de la puerta que la mantenía prisionera. Pero alguien ya lo había previsto. Su prisión era una pocilga, con el suelo salpicado de cagadas de paloma y el techo lleno de telarañas en las que había atrapadas moscas muertas y arañas desecadas por igual.
Solo la puerta era nueva, con sus goznes recién engrasados. Cuando se despertó, todavía envuelta en la alfombra, en lo primero en que se fijó, tras conseguir liberarse de las ataduras, fue en las bisagras. Pero ahora se preguntaba si la alfombra podía ser más importante. Incluso en aquel estado parecía cara y fuera de lugar.
Como yo, pensó Giulietta.
Salvo que la miseria y ella resultaron mucho más compatibles de lo que le hubiera gustado. La suciedad era el menor de sus problemas. La peste del cubo era repugnante, pero estaba a punto de escoger el calor pasando por encima de su sensibilidad. Y consideraba que poseía una sensibilidad muy delicada. Estaba cambiando y eso era lo que le daba miedo. Porque el cambio que más la asustaba era uno en el que no se atrevía a pensar.
Se apoderó de ella una ola de miedo que arrasó sus emociones, luego retrocedió, amenazando con ahogarla. Y si, se preguntaba, sintiendo que las lágrimas volvían a llenar sus ojos. ¿Y si era aún peor de lo que había pensado? La gente decía que el doctor Cuervo podía conjurar a los demonios, genios atrapados en botellas.
¿Y si llevaba un monstruo en sus entrañas?