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a lámpara estaba a punto de apagarse cuando Giulietta oyó unos pasos tras la puerta de la sacristía. A pesar de ser la habitación más cálida de la basílica, estaba congelada y harta de esperar. Le dolían los nudillos del frío y se había visto obligada a cruzar los brazos sobre su pecho y esconder los dedos en las axilas.

—Bien. ¿Qué ha dicho tío Alonzo?

No esperaba que el patriarca tuviera mucho éxito en su gestión. Se le permitía entrar en la basílica a su voluntad y su palacio oficioso estaba detrás de la basílica, compartiendo un pequeño jardín con el palacio ducal, pero esas fueron concesiones que Marco Polo ofreció por la aceptación por parte de la Iglesia de la legitimidad de su familia. San Pietro di Castello, la catedral de Venecia y el palacio oficial de Teodoro estaban en las afueras de la ciudad. Y por una buena razón.

Normalmente el tío Alonzo conseguía lo que quería. A menos, claro, que la tía Alexa se opusiera firmemente. Y si lo hizo, ya habría dejado de hacerlo. Esa fue la conclusión a la que llegó Giulietta mientras soplaba sus dedos congelados, movía los pies y deseaba haber visitado el excusado antes de entrar en la sacristía.

Y aquí venía Teodoro a darle la mala noticia. Solo que la figura encapuchada de la puerta no era la del patriarca. Por un segundo, Giulietta creyó que había vuelto el muchacho de cabello plateado. Pero no era tan alto.

Tras la primera surgieron otras figuras encapuchadas.

Los krieghund, pensó, sintiendo una sacudida en sus entrañas. Pero en ese momento el hombre de la puerta se volvió y la empuñadura de su espada golpeó el arco, Giulietta se dio cuenta de que se equivocaba. Los krieghund no utilizaban armadura. Por lo menos los que habitaban sus pesadillas. Cuando el hombre sacó su daga, Giulietta tomó una cruz del altar murmurando una disculpa a Dios por utilizarla como arma.

El hombre se echó a reír.

Giulietta golpeó con fuerza abollando con la base de la cruz el brazal del hombre que había levantado la mano para protegerse. El golpe sonó como una campanada. La daga cayó al suelo de la sacristía.

—Ríete ahora —gritó Giulietta.

El hombre retrocedió y la luz de la lámpara iluminó por un momento su rostro. Una nariz aguileña, barba afilada y una sonrisa tan cruel que la hizo estremecerse.

—Quemasteis nuestro barco —dijo el hombre en voz alta—. Así que ahora debemos matarte. O tendrás que acompañarnos…

El hombre que estaba tras él levantó su ballesta.

—En primer lugar —dijo la muchacha señalando la cruz—, tengo que devolver esto.

Tras colocar la cruz de plata, Giulietta levantó el cáliz del baúl de las vestiduras sacerdotales en el que se posaba, lo besó como obedeciendo a un ritual oscuro y lo puso con cuidado en el altar al lado de la cruz. Mientras lo hacía, buscó a tientas el anillo que contenía.

—¿Estás seguro de que es ella, verdad?

Metiendo los dedos entre el pelo el jefe tiró de la cabeza de la muchacha hacia atrás para poder verla mejor. Giulietta se hubiera caído de espaldas si no fuera por el brazo que sujetaba su cabeza y la mantenía en posición vertical. Se encontró mirando a la cara de un hombre con un pendiente de oro.

—Oh, sí —dijo el hombre—. Es ella.

Los remos golpearon el agua y lady Giulietta sintió cómo se mecía la barca mientras se alejaban del embarcadero. Un hombre volvió a hablar, sus palabras le llegaban guturales y medio ahogadas por la manta en la que estaba envuelta. Después solo se oyó el crujido de la barca de sus raptores.

Transcurrido un tiempo Giulietta se dio cuenta de que todavía tenía cerrada la mano. La atravesaban alfileres y agujas, pero al apretar el puño confirmó algo que no se había atrevido a esperar. Todavía conservaba el anillo que había cogido del altar.

Tío Alonzo podría haberse pasado toda su vida pidiendo a los demonios que se la llevaran. Pero seguro que buscaría el anillo sagrado, de eso Giulietta no tenía ninguna duda. Sin él, ¿cómo iba a casarse Marco con la mar?