LXIX

ÍCARO

Aquí estoy, liberado de la pobre Adélaïde a quien acompaña en su exilio el Sr. Maîtretout, al cual sigue Corentin Durendal hacia una suerte que espera sea diferente. Han desparecido de mi vista. En cuanto a mí, alimentado por el negocio de los pantalones de ciclista y el amor de BA, vuelvo cada día a las fortificaciones donde examino, más que a los malos chicos y a las chicas perdidas que duermen sobre la hierba rala, donde examino, decía, cada día con el mismo interés, este juego infantil que consiste en balancear en la brisa los rombos de papel, llamados cometas. Excluido ahora de la industria ciclista y automovilística, sueño en un destino que entreveo apenas y que el Sr. Lubert no podía siquiera sospechar. El Sr. Lubert, pobre Sr. Lubert, abandonado por su detective, debe aburrirse sin mí y sin ninguna esperanza de verme de nuevo. El Sr. Lubert, pobre Sr. Lubert, sería todo un gesto… La única cosa que no me gusta nada de las cometas son los hilos que las retienen. El Sr. Lubert, pobre Sr. Lubert, todo un gesto sería…